Mis vecinos del quinto me esperaron esa tarde sola
Vivimos con mi marido en el sexto piso de un edificio tranquilo, cerca del malecón de Trujillo. Justo debajo, en el quinto, están don Ricardo y don Mauricio, dos viudos que ya pasaron los sesenta. Son de esos caballeros antiguos: siempre con una sonrisa amable, siempre dispuestos a abrir la puerta del ascensor, siempre con un piropo medido que jamás cruzó la línea. Nos conocemos desde que nos mudamos hace cinco años, así que la confianza fluye natural, como si fueran tíos lejanos pero queridos.
Yo me llamo Mariana. Tengo treinta y cuatro años, una cintura fina y un trasero redondo que mi marido se encarga de recordarme cada noche. Las tetas las tengo altas, los pezones oscuros, y cuando salgo sin sostén bajo una blusa fina sé perfectamente lo que provoco. Diego, mi esposo, gana bien y me consiente: lencería de encaje, sandalias de tiras finas, perfumes que huelen a cosas que no se dicen en público. Él fue mi primer y único hombre. Nunca había sentido a otro dentro.
Don Ricardo y don Mauricio nunca me faltaron el respeto. Pero yo sé que miran. Cuando bajo a la portería con un short pegado o con una blusa que deja ver el borde del sostén, las pupilas se les dilatan. Se les humedece la boca. Se les mueve algo en el pantalón. Yo finjo que no me doy cuenta, me agacho un segundo más de lo necesario para recoger una llave caída, dejo que la tela se tense sobre la cadera. Hay algo en saber que esos dos hombres viejos, que hace años no tocan a una mujer, se mueren por mí. Eso me prende como nada.
—Diego, te voy a contar algo —le dije una tarde, con la voz baja—. Pero no te enojes, ¿ya?
—Cuéntame, princesa.
—Hoy bajé a saludar a los del quinto con el short negro que me regalaste. Y la blusa de tirantes. Mi amor… se les caía el periódico de las manos.
Diego soltó una carcajada áspera que me prendió todavía más.
—Pobres viejos. Llevan años aguantados. Imagínate, dos sesentones viendo ese culazo tuyo meneándose ahí. Seguro se masturban pensando en ti todas las noches.
—Me da pena —mentí, con un calorcito traidor subiéndome por el vientre—. Pero al mismo tiempo me encanta tenerlos así, al borde.
Creo que a mi marido le excitaba que otros hombres me miraran con arrechura.
Esa noche me cogió como si quisiera marcarme. Pero cuando se durmió y me quedé despierta mirando el techo, pensé en las pijas viejas de los del quinto. En lo que serían. En lo que harían si tuvieran la oportunidad.
***
Días después, Diego tuvo que viajar a Pucallpa. Quince días enteros. Un problema en la sucursal de allá, lo mandaron a resolverlo. Yo me despedí en la entrada del edificio con un beso largo, profundo, apretándome contra él para que sintiera mis tetas duras a través de la tela. Justo en ese momento aparecieron don Ricardo y don Mauricio con bolsas de la panadería.
—Buenos días, vecinos —saludamos.
—Diego, te encargamos a Marianita —dijo don Ricardo, con esa voz grave que parecía acariciar—. Cualquier cosa, nos avisas.
—Tranquilo. Está en las mejores manos.
Diego me dio una palmada cariñosa en el trasero antes de subirse al taxi. Me quedé ahí, sintiendo cómo las miradas de los dos viejos me recorrían la espalda como dedos. En el ascensor, los tres en silencio, el espacio era tan estrecho que el brazo de don Mauricio me rozaba el mío.
—Marianita —dijo don Ricardo, mirándome de reojo el escote—, ¿por qué no bajas a desayunar con nosotros mañana? Hay café de sobra.
—¿Y si los vecinos comentan?
—Hijita, nadie nos ve. El ascensor para directo en la puerta. Y nosotros somos respetuosos. No te vamos a tocar… a menos que tú quieras.
Don Mauricio soltó una risita suave.
—Solo queremos compañía, Marianita. Esa personalidad tuya nos alegra la mañana.
Tragué saliva. El corazón me latía entre las piernas.
—Mañana bajo —dije.
Esa noche me masturbé tres veces.
***
Los desayunos se volvieron costumbre. Bajé el primer día con un short corto y una blusa sin sostén. Don Ricardo me sirvió café con manos temblorosas. Don Mauricio me pasó la mermelada y dejó que sus dedos se demoraran sobre los míos. Hablamos de todo: de sus aventuras de juventud, de cogidas rápidas en moteles de carretera, de mujeres que se les escapaban gritando de placer. Yo les conté de mis primeras veces en la universidad, de los parques oscuros, de cómo conocí a Diego, de cómo me hizo el amor por primera vez. Las pupilas se les oscurecían. Se les escapaban suspiros bajos. Se acomodaban en la silla cuando el bulto les apretaba demasiado.
Salí de ahí con la tanga empapada y una sonrisa que no podía borrar.
Los desayunos siguieron. Cada vez más subidos de tono. Tops que dejaban ver el ombligo, sandalias de tacón, miradas que se demoraban en la boca. Una mano que se demoraba en la rodilla, un masaje en el hombro que bajaba peligrosamente cerca de las tetas. Yo me iba más caliente cada día, más cerca de cruzar la línea que todavía fingía no ver.
Mi cuerpo estaba en llamas. Diego en Pucallpa, yo sola en la cama, con los dedos metidos hasta el fondo, imaginando vergas gruesas que entraban y salían. Cuatro días después de su partida, tocaron la puerta a las dos de la tarde. Eran ellos, con una botella de pisco y una sonrisa cómplice.
—Hoy es el cumpleaños de Mauricio —dijo don Ricardo—. Baja a celebrar con nosotros, hijita. Para que el día no pase desapercibido.
Acepté sin pensarlo. Me puse un vestido corto de algodón, sin sostén, y una tanga de encaje que ya estaba húmeda antes de bajar al quinto.
***
El departamento olía a café y a hombres limpios, con ese toque de testosterona contenida que me ponía la piel de gallina. Comimos lechón, brindamos con pisco. La conversación se fue calentando rápido.
—Marianita —dijo don Ricardo, con la rodilla rozándome la mía—, te voy a confesar algo. En mi juventud, las mujeres se me acercaban porque la tenía más grande de lo normal. Larga. Venosa. De esas que abren bien.
Sentí un escalofrío subiéndome por la nuca.
—¿Y usted, don Mauricio? —pregunté con la voz temblorosa.
—La mía es más corta, hija, pero más gruesa. Las dejaba adoloridas al día siguiente.
Me lamí los labios sin darme cuenta.
—Esta noche —siguió don Ricardo— pensábamos contratar a una chica para Mauricio. Como regalo de cumpleaños.
—No —dije, poniéndome de pie despacio, dejando que el vestido se subiera—. Para eso estoy yo. Yo le bailo. Como regalo. Gratis.
—Marianita, ¿qué va a decir tu marido?
—No tiene por qué enterarse —respondí, agachándome para que el escote se abriera—. Y tranquilos, solo voy a bailar. Nada más.
Puse música suave en el celular y empecé a menear las caderas. El vestido se pegaba a la piel sudada. Los pezones se marcaban contra la tela. Me di vuelta de espaldas, apoyé las manos en la pared y saqué el trasero. Bajé despacio, flexionando las rodillas. Subí meneándolo de lado a lado.
—¡Eso, Marianita, muévelo más! —gritó don Ricardo, acomodándose el bulto sin disimulo.
Sentía la tanga empapada, los labios pegajosos rozando la tela. Me preguntaba si bailaba por ellos o por mí. El fuego que tenía dentro me estaba quemando viva.
Después de varios minutos, me giré. Los dos estaban sentados con las piernas abiertas, los ojos clavados en mí.
—Queremos ver tu tanga, mamita —pidió don Ricardo.
—¡Sí, sí, súbete el vestido! —insistió don Mauricio, golpeando el brazo del sofá con la palma.
No pude resistir. Metí los pulgares por los costados del vestido y lo subí despacio, hasta dejar expuesta la tanga negra de encaje. Seguí bailando. Me puse en cuatro en el suelo, arqueando la espalda, las tetas colgando pesadas. Me acerqué a don Mauricio, me senté a horcajadas sobre su regazo, sentí su verga gruesa palpitando contra mi sexo a través de la tela. Me moví despacio. Él soltó un gruñido bajo, las manos temblándole sin atreverse a tocarme todavía.
Me levanté antes de que perdiera el control y fui a don Ricardo. Repetí el movimiento. Su pinga larga y tiesa me presionaba justo en la entrada. Me mecí encima de él, dejando que la cabeza rozara el clítoris hinchado. Gemí sin vergüenza.
Cuando volví al centro del living y los miré, los dos se habían abierto los pantalones. Don Ricardo tenía la verga afuera, larga, venosa, curvada hacia arriba. Don Mauricio la suya gruesa como un brazo de bebé, la cabeza ancha brillante de precum. Los dos se masturbaban despacio, mirándome.
—¿Quieren que siga bailando o ya no aguantan más?
Los dos jadearon al unísono.
—Carajo —dije, con la voz ronca—. Estas vergas son más grandes que la de mi marido. Quiero probarlas.
***
Don Ricardo me hizo señas con un dedo. Me arrodillé frente a don Mauricio. Le agarré la pinga gruesa con las dos manos. Apenas me cabía. La cabeza me rozó los labios y solté un gemido. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado del precum. Abrí la boca todo lo que pude y me la metí, llenándome la garganta. Empecé a chupar con ganas, dejando que la saliva me corriera por la barbilla.
—Puta madre, Marianita —gruñó don Mauricio, con las manos en mi pelo—. Qué boca tienes, hijita.
Don Ricardo se masturbaba más rápido a un costado.
—Ven para acá, mamita. No dejes al otro esperando.
Me arrastré de rodillas hasta él. Le agarré la pinga larga y la lamí como un caramelo que se me derretía. La metí profunda, hasta que me rozó la garganta. Con la otra mano me bajé los dedos al sexo y me metí dos adentro, masturbándome mientras les chupaba a los dos por turnos.
—¿Quieren más? —pregunté, sacándome la pinga de la boca y lamiéndome los labios—. Porque yo no aguanto. Quiero sentirlas dentro. Las dos.
***
Don Ricardo me cargó como si fuera una muñeca de trapo. Don Mauricio barrió de un manotazo lo que había sobre la mesa del comedor —platos, tazas, el café— y me dejó boca arriba sobre la madera fría. Las piernas abiertas. La concha hinchada y chorreando, expuesta como ofrenda.
—Don Ricardo, disculpe —jadeé—. Pero quiero que sea don Mauricio el primero. Es su cumpleaños. Déjeme regalarle esta concha mojada.
—Claro, hijita. Tú disfruta de la verga de mi amigo.
Se desnudaron rápido, sin ceremonias. Camisas al piso, pantalones volando. Cuerpos de viejos fuertes: pelo gris en el pecho, barrigas algo abultadas pero con músculos duros debajo, vergas tiesas apuntando al cielo. Don Ricardo se paró detrás de mi cabeza, su pinga larga goteando precum sobre mis labios. Don Mauricio se colocó entre mis piernas y empezó a comerme la concha con una lengua gruesa y experta. Me retorcí sobre la mesa.
—¡Aaah! ¡Qué rico me come, don Mauricio! ¡Puta madre, qué lengua tiene…!
Metió dos dedos gruesos, curvándolos hacia arriba, frotando ese punto que me hace perder la cabeza. Me vine en menos de un minuto, gritando, los chorros calientes salpicándole la cara y la mesa.
Don Mauricio se puso de pie. Me agarró las piernas, las levantó alto, las abrió como tijera. Su verga gruesa apuntó a mi entrada empapada. Empujó de un solo viaje, sin piedad. La cabeza ancha me abrió los labios. El tronco grueso me estiró hasta el límite. Entró hasta el fondo. El golpe seco contra el útero me sacó el aire.
—¡Ufff! ¡Don Mauricio! ¡Jamás había sentido una verga tan rica! ¡Me parte en dos!
Don Ricardo, riéndose bajito, me giró la cabeza y me metió su pinga larga en la boca. La cabeza me rozó la garganta de una. Empezó a follármela con empujones lentos pero firmes. La saliva me corría por las comisuras. Yo apenas podía respirar, gimiendo alrededor de su tronco.
Don Mauricio aceleró el ritmo. Los huevos peludos golpeándome el trasero con cada embestida, el sonido húmedo y sucio llenando el departamento.
—Ahora disfruta de estas pichulas, mi pequeña —gruñó—. Te vamos a hacer ver estrellas.
El segundo orgasmo me explotó como una bomba. La concha se contrajo fuerte alrededor de la verga gruesa. Chorros calientes empapando su vientre y la mesa. Grité con la boca llena, el cuerpo arqueándose, lágrimas de placer rodándome por las mejillas. Ellos no pararon.
Don Mauricio gruñó como bestia, se clavó hasta el útero y descargó dentro de mí. Chorros calientes y espesos llenándome la vagina. El calor disparó otro orgasmo. Mi sexo lo ordeñaba, mis jugos mezclándose con su semen.
Don Ricardo no aguantó más. Me agarró del pelo, me metió la pinga hasta el fondo de la garganta y descargó. Leche espesa inundándome la boca, escapándose por las comisuras. Tosí, me atraganté, pero él no paró de bombear hasta vaciarse entero.
—Cof, cof. Don Ricardo, parece una vaca lechera. ¿De dónde le sale tanta leche, mierda?
Los dos se rieron con esa risa gruesa de viejos satisfechos.
***
Tomamos pisco. Un brindis sucio. Yo todavía desnuda, sudada, el semen resbalando por los muslos. Don Ricardo me llevó de vuelta a la mesa. Me empujó suave pero firme hasta que las tetas se aplastaron contra la madera. El trasero en pompa. Me abrió las piernas como tijera. Se arrodilló detrás y hundió la cara entre mis nalgas. Su lengua me lamió la concha desde el clítoris hasta el otro agujero, chupando los labios hinchados, sorbiendo la mezcla de semen y mis fluidos.
—¡Aaah! ¡Don Ricardo! ¡Lámamela toda, métame esa lengua hasta el fondo!
Don Mauricio me giró la cabeza, me agarró del pelo y me metió la pinga de un solo empujón. La cabeza ancha me abrió la boca hasta el límite. Empezó a follarme la garganta sin piedad. Don Ricardo se puso de pie, apuntó la pinga larga a mi sexo y la clavó hasta el fondo. El golpe me sacó un chillido ahogado. Empezó un mete y saca constante, profundo, sucio. Me vine de nuevo, los chorros salpicando sus muslos.
Salió con un sonido húmedo y apuntó la cabeza directo al ano.
—Ahora te voy a romper el otro agujero, Marianita.
—¡Don Ricardo, con esa pinga me va a partir!
—¿Tu marido nunca te lo metió por ahí?
—Sí, pero la suya es la cuarta parte de la suya.
—Tranquila, hija. Despacito.
Empujó la cabeza, abriéndome el ano centímetro a centímetro. Gemí fuerte cuando entró hasta la mitad. Otro empujón y se clavó entera. Empezó a follármelo con ritmo constante, la verga larga llegando a lugares que jamás había sentido. Don Mauricio, sin sacarme la pinga de la boca, siguió follándome la garganta mientras su compañero me abría sin misericordia.
Yo era un cuerpo tembloroso, lleno por todos lados. Cada embestida en el trasero me hacía gemir alrededor de la verga de don Mauricio. Otro orgasmo me explotó adentro, más fuerte, más sucio.
Don Ricardo gruñó, se clavó hasta el fondo y descargó en mi recto. Semen caliente goteando por el ano abierto cuando salió. Don Mauricio se sacó la pinga de mi boca con un sonido húmedo y se dejó caer en el sofá.
Don Ricardo me llevó al sofá y me sentó en medio de los dos, desnuda, sudada, con la concha y el ano abiertos chorreando leche blanca.
—¡La puta madre! —dije, con la voz ronca y satisfecha—. Me han convertido en su puta personal. Pero no me arrepiento de nada.
—Y esto recién empieza —dijo don Mauricio, palmeándome el muslo—. ¿De aquí en adelante eres nuestra del sexto?
—Cuando quieran, papis. En su departamento, en el mío, en las escaleras, en el ascensor. Solo díganme cuándo y vengo gateando si hace falta.
***
Recogí mis trapos y mis sandalias del piso. El vestido arrugado. La tanga empapada. Casi me resbalo con el suelo encharcado de fluidos. Me dirigí tambaleando hacia la puerta.
—¿Vas a subir desnuda? —preguntó don Mauricio, levantando una ceja.
—Me importa una mierda —respondí con una risa traviesa—. Que me vean si quieren.
Don Ricardo se rió fuerte.
—¡Para qué vamos a ir al night club, entonces! Si tenemos a nuestra puta personal aquí mismo.
Cerré la puerta detrás de mí. Subí las escaleras despacio, el cuerpo todavía ardiendo, las tetas rebotando libres, el semen resbalando por las piernas con cada paso. En el rellano del sexto piso me crucé con don Esteban, el vecino del séptimo, que bajaba mirando su celular. Se quedó congelado al verme: desnuda, sudada, con marcas rojas en las tetas y semen blanco goteando por los muslos.
—Bue-buenas tardes, señora Mariana —balbuceó, los ojos clavados en mi cuerpo—. Parece que tiene… mucho calor.
Me acerqué un paso, dejando que viera bien el desastre entre mis piernas.
—No se imagina cuánto, don Esteban.
Él tragó saliva. El bulto le creció en el pantalón.
—¿Podría… visitarla en estos días? Tengo unos días libres.
Sonreí, lamiéndome los labios.
—Por supuesto, don Esteban. Llame cuando quiera. Le abro la puerta tal como estoy ahora.
Subí los últimos escalones meneando el trasero, sintiendo su mirada clavada en mi espalda, y entré a mi departamento con una sonrisa de oreja a oreja. Diego todavía iba a tardar varios días más en Pucallpa. Y yo ya tenía planes para llenar cada minuto con vergas nuevas y viejas.