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Relatos Ardientes

Lo que pasó dentro del autobús esa tarde

Ese viernes, al salir de la facultad, tomé el camino de siempre hacia la parada de autobuses. Llevaba la mochila cargada, los audífonos puestos, y pensaba en el examen de economía que tenía la semana siguiente. No pensaba en nada más.

La parada estaba llena de autobuses estacionados, los choferes sentados en las escalinatas o asomados por las ventanas, con música a todo volumen y cervezas en la mano. Era la hora en que terminaban los turnos y comenzaban las celebraciones improvisadas. Me había cruzado con esas reuniones decenas de veces sin que nadie me dijera nada.

Esa tarde fue distinta.

—Laura, ¿eres tú? —escuché una voz grave detrás de mí.

Me di vuelta. Era don Ernesto, el chofer de la línea 14, ese hombre corpulento de bigote canoso y ojos pequeños que siempre me saludaba cuando subía a su autobús. Lo conocía de vista desde hacía años, y lo había vuelto a ver hacía unos meses cuando se enteró de que yo era prima de Daniela. Desde entonces siempre me miraba de otra manera, con esa mezcla de reconocimiento y algo más que yo prefería no nombrar.

—Don Ernesto —lo saludé, deteniéndome—. ¿Cómo le va?

—Muy bien, muy bien. —Señaló con la barbilla hacia el autobús estacionado al fondo, donde se escuchaban risas y cumbia—. Estamos celebrando el cumpleaños de don Héctor. ¿No te animas a tomarte una cervecita con nosotros?

Dudé. Eran casi las seis de la tarde y tenía tarea pendiente. Tenía también ese instinto que una desarrolla con el tiempo, el que te dice cuándo una invitación es solo una invitación y cuándo es algo más.

—No sé, don Ernesto, es que tengo que llegar a casa...

—Solo un rato, muchacha. Anda, que don Héctor se pone contento cuando hay caras nuevas en la fiesta.

Algo en su manera de decirlo me hizo sonreír. Don Ernesto era de esos hombres que saben exactamente qué decir para que uno acceda sin sentirse presionada. Me tomó suavemente del codo y comenzó a caminar hacia el autobús antes de que yo terminara de decidir. Yo lo seguí. No porque no tuviera elección, sino porque quería ver a dónde me llevaba.

***

Los hombres que estaban dentro tenían entre cincuenta y sesenta y tantos años. Don Ernesto era el mayor de todos, con sus casi setenta bien cumplidos, pero ninguno parecía cansado ni viejo en ese momento: bebían, reían, cantaban desafinado con la radio puesta a un volumen que hacía vibrar las ventanas. Cuando subí, todos giraron la cabeza al mismo tiempo.

—Muchachos, les presento a Laura —dijo don Ernesto con una satisfacción que no disimulaba—. La prima de la Daniela.

Varios asintieron con una sonrisa. Alguien me extendió una cerveza antes de que dijera nada. La tomé.

—Bienvenida al cumple de don Héctor —dijo un hombre bajito, de pelo gris y ojos vivos, que resultó ser el homenajeado. Me tendió la mano y la estrechó entre las dos suyas con calor, mirándome como si me conociera de años.

Brindamos. Bebí un largo trago de mi cerveza, más de lo que pretendía. Tenía sed, o eso me dije.

La cumbia le dio paso al reguetón, y sin que nadie lo organizara, empezamos a bailar dentro del autobús. El espacio era reducido, así que los cuerpos quedaban cerca, rozándose en cada movimiento. Yo me moví despacio al principio, con ese cuidado que uno tiene cuando sabe que todo el mundo la está mirando. Pero la música era buena, la cerveza hacía su trabajo, y después de un rato me olvidé de que eran diez hombres fijándose en cada giro de mis caderas.

O me hice la que se olvidaba. Que no es lo mismo.

Moví las caderas con más libertad. Giré la espalda hacia don Héctor cuando me pidió que bailara con él, y sentí sus manos en mi cintura, torpes pero cálidas, siguiendo el ritmo como podían. Los demás festejaban, aplaudían, hacían comentarios que la música tapaba a medias. Sentí el bulto duro del cumpleañero apretándose contra mis nalgas a través de la falda, empujando en cada tiempo del reguetón, y en vez de apartarme, eché la cadera atrás y le dejé notar que me había dado cuenta. Don Héctor gruñó algo en mi oído que no entendí, y sus manos bajaron un poco más, hasta apoyarse justo debajo del ombligo, con los dedos abiertos como si midiera el ancho de mi vientre.

—Qué manera de bailar, muchacha —me dijo uno al oído. Lo sentí pegado a mi espalda, su aliento caliente en el cuello.

No respondí. Solo sonreí, y cuando la mano de don Héctor subió sin permiso hasta rozarme una teta por encima de la blusa, apretándomela un instante antes de bajar otra vez, tampoco lo detuve.

***

Pasaron dos horas. La noche había caído sin que me diera cuenta, y el ambiente dentro del autobús era completamente otro: más oscuro, más denso, cargado de algo que no era solo el humo de los cigarros. Las cervezas vacías se amontonaban en el piso y alguien había sacado una botella de aguardiente que circulaba de mano en mano.

Yo sentía las piernas un poco pesadas y la cabeza con ese zumbido tibio que precede al mareo. Reconocí la señal.

—Creo que me voy —anuncié, buscando mi mochila entre los asientos.

—Pero si esto recién empieza —protestó uno de los hombres, sin moverse de su lugar.

Me levanté igual. Bajé las escaleras del autobús con más cuidado del habitual, aferrada al pasamanos, y cuando llegué a la acera sentí el aire fresco de la noche en la cara. Cerré los ojos un momento y respiré hondo.

Don Ernesto bajó detrás de mí.

Me alcanzó en pocos pasos y me rodeó los hombros con un brazo, tirando suavemente de mí hacia él. Lo sentí contra mi cadera. Lo reconocí sin titubear: la polla dura del viejo, hinchada contra mi muslo a través de la tela del pantalón, gruesa y caliente. No hizo el menor esfuerzo por disimularla.

—¿Por qué tan rápido, Laura? —Su voz era baja, casi un murmullo—. Todavía no hemos bailado tú y yo.

—Usted no bailó en toda la noche —le dije, mirándolo de reojo.

—Es que estaba ocupado mirándote.

Me giré hacia él. Tenía los ojos fijos en los míos, y en su cara había una seguridad tranquila que me resultó más perturbadora que cualquier insistencia. No era un hombre que rogaba. Era uno que esperaba, con la paciencia de alguien que sabe que el tiempo trabaja a su favor.

—Don Ernesto...

—Ernesto, a secas —me interrumpió—. Ya somos viejos conocidos.

Dio un paso hacia mí. Yo no retrocedí.

Lo que pasó después fue lento, deliberado. No fue el tipo de cosa que ocurre de golpe. Fue un acercamiento gradual, casi ceremonioso: su mano en mi cintura, su cara descendiendo hacia la mía, el calor de su aliento mezclado con el mío, y luego sus labios, que se posaron sobre los míos con una seguridad que me desarmó por completo.

Correspondí el beso. No lo pensé. Simplemente abrí la boca y lo dejé entrar, y su lengua se movió despacio, sin apuro, explorando la mía, chupándomela apenas, mordiéndome el labio de abajo con los dientes viejos. Olía a cerveza y a trabajo y a algo más que era difícil de nombrar, y ese olor me encendió más de lo que quería admitir. Sentí el coño mojarse de golpe, la humedad empapándome la bombacha, y apreté los muslos como si eso fuera a esconderlo.

Sus manos me recorrieron la espalda, bajaron hasta las caderas, me apretaron contra él. Yo tenía los dedos enredados en su camisa. Sentía su cuerpo contra el mío, sólido y cálido, y sentía también esa verga hinchada empujando contra mi vientre, insistente, palpitándome a través de la ropa. Me llevó una mano hasta la teta y me la manoseó por encima de la blusa, apretándomela entera con la palma, buscándome el pezón con el pulgar hasta que lo encontró duro y me lo pellizcó despacio, arrancándome un jadeo que le fui a soltar directo en la boca.

Me separé apenas para respirar.

—Nos están mirando —susurré.

—Que miren —dijo él, sin cambiar el tono.

Tenía razón. Cuando levanté la vista, había caras asomadas por las ventanas del autobús. Nadie hablaba. Solo miraban, con esa quietud tensa de quien no quiere hacer ningún movimiento que arruine lo que está viendo.

Debería irme. Debería agarrar la mochila y caminar hacia casa y olvidar esta tarde.

Me quedé donde estaba.

Don Ernesto volvió a besarme. Esta vez con más profundidad, con más intención. Sus manos encontraron el dobladillo de mi falda y la subieron despacio, centímetro a centímetro, sin brusquedad. Yo no lo detuve. Cuando sus dedos llegaron adonde iban, primero por encima de la bombacha, apretando la tela empapada contra los labios del coño, y después haciéndola a un lado con dos dedos gruesos que se metieron directo entre los pliegues, contuve un sonido que no quería hacer en plena calle, y fallé a medias. Los dos dedos se hundieron enteros en mí, hasta los nudillos, y me sostuvo así, empalada en su mano, mientras me susurraba al oído.

—Estás empapada, muchacha. Toda la noche esperándome, ¿no? —Movió los dedos adentro con una lentitud que me hizo temblar las rodillas—. Vení, vení para adentro.

—Adentro —dijo él, sacándome los dedos y llevándoselos a la boca sin dejar de mirarme, chupándose la humedad mía de las yemas como si fuera miel.

***

El interior del autobús olía a música y a sudor y a esa tensión específica que tiene el deseo cuando lleva horas acumulándose en un espacio cerrado. Los hombres se habían acomodado en los asientos, en silencio por primera vez en toda la noche, mirando. Algunos ya se habían abierto el pantalón y se sobaban la verga por encima del calzoncillo, sin apuro, esperando el turno que sabían que iba a llegar. Don Ernesto me guió hasta el fondo, donde había más espacio entre los asientos.

Me arrodillé sin que nadie me lo pidiera. Era lo que yo quería hacer, y en ese momento no me importó reconocerlo. Le abrí el cinturón y le bajé el pantalón hasta las rodillas, y cuando le saqué la polla del calzoncillo se me escapó un sonido de sorpresa: la tenía gruesa, oscura, con las venas marcadas por todo el tronco y una cabeza gorda y brillante donde ya asomaba una gota transparente. Se la agarré con la mano y me sorprendió el peso, la dureza del viejo que a los setenta seguía poniéndose la verga como un mástil.

La lamí primero de abajo hacia arriba, con toda la lengua plana, siguiendo la vena más gruesa desde los huevos hasta el glande. Le pasé la lengua por el frenillo, di una vuelta entera alrededor de la cabeza, y cuando lo escuché soltar un gemido ronco desde el pecho me la metí entera en la boca. La tomé despacio, sintiendo cómo él apoyaba una mano en mi cabeza sin presionar, dejándome llevar el ritmo, mientras yo me la iba tragando hasta que la punta me tocó la garganta y tuve que retroceder tosiendo. Volví a bajar. Y otra vez. Escuché el sonido de su respiración cambiando, haciéndose más trabajosa, y el ruido húmedo de mi boca chupándosela lleno el fondo del autobús.

—Así, así, muchacha —jadeó—. Mamala como si te la debiera.

Escuché también que alguien detrás de mí se movía. Sentí manos nuevas en mis caderas, diferentes, más ásperas, que me subieron la falda hasta la cintura y me bajaron la bombacha de un tirón hasta las rodillas. Me inmovilicé apenas un segundo, valorando la situación, con la polla de Ernesto todavía en la boca. Luego decidí dejarme llevar y arqueé la espalda, ofreciéndole el culo al que estuviera atrás.

Sentí un dedo entrando primero, tanteándome el coño, comprobando lo empapada que estaba. Después la cabeza gorda de otra verga apoyada en mi entrada, empujando despacio, abriéndome a la fuerza pero sin apuro. Me llenó de un solo envión que me sacó todo el aire del cuerpo y me hizo soltar la polla de Ernesto un segundo, con la boca abierta y la baba colgándome del mentón.

—Trágala, no la sueltes —me ordenó Ernesto, agarrándome del pelo y volviéndome a meter la verga hasta el fondo de la garganta.

El de atrás empezó a follarme con un ritmo pesado, sacándomela hasta la punta y volviéndomela a clavar entera, mientras me agarraba las caderas con las dos manos y me tiraba hacia él en cada embestida. Yo estaba de rodillas, con la boca llena por adelante y el coño llenándose por atrás, y no había un solo pensamiento en mi cabeza que no fuera aguantar el ritmo de las dos vergas al mismo tiempo.

Lo que siguió fue una sucesión de sensaciones que no sería capaz de ordenar cronológicamente aunque quisiera. Cuerpos, manos, bocas, calor, peso. Los hombres se turnaban con una paciencia que no esperaba de ninguno de ellos, sin atropellos ni torpezas, con una cadencia que tenía algo casi ritualístico. Yo pasé de uno a otro sin que nadie me forzara a nada que no quisiera, y en cada posición encontraba algo diferente.

Uno me tumbó de espaldas en el asiento largo del fondo, me abrió las piernas y me hundió la cara entre los muslos, chupándome el coño con el bigote áspero raspándome los labios, la lengua trabajándome el clítoris con una precisión de hombre que llevaba cuarenta años aprendiendo a comer coño. Me hizo correr en su boca sin pedirlo, y cuando levantó la cara tenía toda la barbilla brillante y una sonrisa satisfecha, antes de subirse encima de mí y metérmela hasta el fondo mientras todavía temblaba del primer orgasmo.

Otro me puso a cuatro patas sobre uno de los asientos, sabía exactamente cómo tomarme por la cintura para que el ángulo fuera el correcto, y me clavó la polla con embestidas cortas y profundas que me hacían golpear la frente contra la ventanilla. Le sentí los huevos golpeándome el clítoris en cada envión, y me corrí gritando algo que no era una palabra.

Otro me sentó a horcajadas sobre él, me guió las caderas con las manos y me hizo cabalgarlo despacio, mientras me hablaba al oído con una voz ronca y baja que me ponía la piel de gallina, diciéndome cosas que ninguno de ellos me diría a la luz del día. «Qué rica cogés, muchacha». «Mirá cómo te la comés entera». «Movete, movete, así, para que te tape los huevos». Me pellizcaba los pezones con los dedos gruesos mientras me subía y bajaba encima suyo, empapándolo con lo que otro me había dejado adentro.

Don Héctor esperó su turno como cumpleañero, y cuando le tocó me pidió que se la mamara primero, sentado en un asiento con las piernas abiertas y las manos en la nuca. La tenía más chica que la de Ernesto pero curva, y le puse todo el empeño en la lengua, chupándole los huevos, metiéndomela hasta el fondo, mirándolo a los ojos mientras la sacaba con hilos de saliva colgando. Después me sentó encima suyo de frente y me la metió despacio, abrazándome, y así, pegada a su pecho, con la barba canosa raspándome el cuello, me corrí otra vez, temblando entre sus brazos como si me estuviera dando un ataque.

Llegué al borde varias veces antes de caer. Cuando caí la primera vez fuerte, fue con la boca de don Héctor en mi cuello y las manos de otro perdiéndose entre mis piernas y una tercera verga forzando el paso en mi boca, y el sonido que hice no tuvo nada de discreto. Llenó el espacio del autobús y rebotó contra las ventanas.

Nadie se rió. Se quedaron quietos un momento, mirándome temblar, y luego siguieron como si nada hubiera interrumpido el ritmo de la noche.

Perdí la cuenta de los orgasmos en algún momento. También perdí la cuenta del tiempo. Uno se corrió adentro con un rugido corto, apretándome las caderas hasta dejarme marcas. Otro me sacó la polla en el último segundo y me vació la corrida caliente sobre las tetas, chorreándome hasta el ombligo. Un tercero me pidió abrir la boca y me acabó dentro, ordenándome que tragara todo, y yo tragué mirándolo, con el semen espeso resbalándome por la comisura.

Ernesto se guardó para el final. Cuando los demás ya se habían acomodado en los asientos, jadeando, con las vergas colgando fuera de los pantalones, él se acercó y me puso de nuevo a cuatro patas en el asiento del fondo. Me montó despacio, hundiéndomela entera de una sola vez, y empezó a cogerme con una lentitud metódica de hombre viejo que sabe dosificar la energía. Me habló al oído durante todo el rato, diciéndome puta, diciéndome hermosa, diciéndome que hacía años que quería probarme, desde la primera vez que me vio subir a su autobús. Cuando se corrió, lo hizo con un gemido largo, vaciándome adentro con embestidas cada vez más profundas hasta que se quedó pegado a mí, tembloroso, con la frente apoyada entre mis omóplatos.

Sentí la corrida caliente saliéndoseme del coño, chorreándome por los muslos, mezclándose con la de los otros que ya llevaba adentro.

***

Me quedé tumbada en el asiento del fondo, con los ojos cerrados y la respiración lenta, escuchando cómo volvían poco a poco los sonidos normales: voces bajas, el crujido de los asientos, el sonido de una cerveza que alguien abría. Alguien me cubrió con una chaqueta que no reconocí. Olía a tabaco y a colonia barata.

Don Ernesto se sentó a mi lado un momento después.

—¿Estás bien? —preguntó. Era la primera vez que le escuchaba algo parecido a una duda en la voz.

—Sí —dije, sin abrir los ojos.

—¿Segura?

Abrí los ojos entonces y lo miré. Tenía la misma cara de siempre, el mismo bigote canoso, los mismos ojos pequeños detrás de las arrugas. Pero había algo en su expresión que no había estado antes durante toda la noche. Algo que se parecía a la preocupación, o quizás al respeto.

—Estoy bien, Ernesto —dije. Sin el «don».

Sonrió. Se levantó sin decir más y fue a reunirse con los demás.

Yo permanecí quieta unos minutos más, escuchando el murmullo de esas voces de hombres que habían pasado de ser desconocidos en un autobús a algo que no tenía un nombre claro en ningún idioma. Luego me incorporé despacio, me acomodé la ropa, sintiendo cómo la corrida de todos ellos seguía escurriéndoseme entre las piernas, empapándome la bombacha que me subí sin limpiarme, y recogí mi mochila del suelo.

Cuando bajé del autobús, la calle estaba casi vacía y el aire de la noche era fresco y limpio. Caminé hacia casa sin apurarme, con las piernas todavía un poco inestables, con esa sensación de pesadez agradable que deja el cuerpo cuando ha sido usado de la manera correcta.

Pensé en Daniela mientras caminaba. Me pregunté si ella habría sentido lo mismo esa tarde en el autobús de Ernesto, si también habría bajado así a la calle con la cabeza llena de cosas que no sabía cómo ordenar, con el coño lleno del semen de diez viejos. Decidí que algún día se lo preguntaría.

O quizás no. Algunas cosas son mejores cuando se guardan solas, sin palabras que las empequeñezcan.

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Comentarios(8)

MaduroSur

tremendo!!

LectorSilencioso

Me atrapo desde la primera linea. Esa sensacion de querer quedarse aunque uno sabe que no deberia... muy bien contado.

Nestor_G

Por favor continualo, quede con ganas de saber como termino todo

Tomas_46

Que buena pluma, se lee rapido pero deja huella. Sigue publicando!

CarlosM_Bsas

jaja esa ultima frase lo dice todo. Genail

Paloma_77

El ambiente del autobus esta muy bien logrado, casi me senti ahi. Espero mas relatos asi

LoboLibre22

Excelente!!! de los mejores que lei por aca en mucho tiempo

Cris_M

Me recordo a algo que me paso hace años en un colectivo, je. Muy bueno, me gusto mucho como lo narraste sin que se vuelva burdo.

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