Un trío inesperado con los vecinos de enfrente
Diego y Natalia llegaron al edificio con tres cajas y muchas ganas de empezar. Él había aceptado un traslado de empresa y ella lo había seguido sin dudarlo demasiado. El piso era pequeño pero luminoso, en una planta alta con vistas a los tejados. Enfrente, separada solo por el rellano, había otra puerta.
La primera noche Diego se quedó dormido antes de las once. Natalia tardó más: abrió el portátil, intentó leer, se levantó a por agua. Fue entonces cuando los oyó. Al principio pensó que era la televisión de alguien. Luego reconoció el sonido y supo exactamente lo que era. Una mujer al otro lado del pasillo, con una voz cada vez más alta y sin ningún pudor.
Sonrió sola en la oscurina de la cocina y volvió a la cama.
***
Al otro lado del rellano, Roberto apagó la luz del dormitorio pero no pudo dormir. Llevaba un rato escuchando a la nueva vecina y su mente había hecho el resto. Su mujer, Amparo, respiraba pausada a su lado. Roberto se levantó en silencio, entró al baño y acabó lo que había empezado solo, con la mano apoyada en el borde del lavabo y la cabeza llena de una imagen que ni siquiera conocía bien todavía.
Cuando volvió a la cama, Amparo no se había movido. Él cerró los ojos y tardó menos de dos minutos en dormirse.
***
Por las mañanas el chico se marchaba muy temprano, antes de que el edificio despertara del todo. Roberto lo había visto un par de veces: joven, alto, con esa forma de moverse que tienen los hombres que no saben todavía lo que tienen. Una mañana, bajando él hacia el portal, se cruzó con Natalia en el rellano. Ella salía en chándal, con el pelo recogido y los ojos todavía medio dormidos.
Se saludaron. Ella le sonrió con esa facilidad que tienen algunas mujeres para hacer sentir que el mundo está bien. Roberto respondió lo mejor que pudo y siguió bajando, consciente de que ella lo había mirado un segundo más de lo necesario. O eso creyó él.
Por la tarde, cuando Amparo y él subían juntos del mercado, se encontraron con Diego en el ascensor. Amparo lo miró de reojo mientras el muchacho marcaba el piso. Tenía la chaqueta del trabajo colgada del hombro y los brazos cruzados, y a Amparo le dio tiempo a fijarse en cómo tensaba la tela de la camisa.
En casa, mientras ponían las bolsas sobre la encimera, Amparo preguntó:
—¿Son los de enfrente?
—Sí. Llegaron esta semana.
—Parecen buenos chicos.
Roberto la miró de lado.
—Sí. Y fogosos.
Amparo soltó una carcajada corta.
—Hombre, es normal. Lo mismo que hacíamos nosotros con su edad.
Roberto dudó un momento antes de hablar.
—La primera noche tuve que levantarme al baño.
—¿Por qué no me despertaste?
—No quise.
Amparo lo miró fijo. Luego sonrió de una forma que a Roberto le costó descifrar.
—Te gusta ella.
No era una pregunta. Roberto no lo negó.
—Es guapa. Y él, ¿qué te parece?
Amparo se apoyó en la encimera y cruzó los brazos.
—Que me gustaría ver qué es capaz de hacer ese hombre. Tiene pinta de que en casa no se queda con las ganas de nada.
Estuvieron un momento en silencio. Luego Roberto preguntó:
—¿Los invitamos a cenar?
—Sí —respondió Amparo—. Así nos conocemos todos mejor.
Y en esas cuatro palabras había algo más que hospitalidad de vecindad.
***
Al día siguiente Natalia llamó a la puerta de enfrente. Abrió Amparo con un delantal, y Natalia le propuso que vinieran el sábado a cenar a su casa. Amparo aceptó sin pensarlo un segundo.
Esa misma noche, tumbados en la cama, Diego y Natalia hablaron.
—Esta mañana me crucé con él en el portal —dijo ella.
—Y yo los vi a los dos en el ascensor. Ella está muy bien para la edad que tiene.
—Él también. Con las canas y esa forma de mirarte directamente.
—Veo que te fijaste.
—Me fijé. Y tú a ella también, no me digas que no.
Diego sonrió en la oscuridad.
—No te lo digo. ¿Tanto se nota?
—Bastante. ¿Qué quieres que pase el sábado?
Hubo una pausa.
—Lo que tenga que pasar —respondió él—. Ya veremos cómo se desarrolla la noche.
Natalia se giró hacia él y apoyó la cabeza en su pecho. Ninguno de los dos dijo nada más, pero los dos pensaron en lo mismo bastante rato antes de dormir.
***
El sábado llegó con una lluvia fina que empapaba los balcones. Roberto y Amparo cruzaron el rellano a las nueve menos diez. Él llevaba una botella de vino tinto y ella iba con un vestido que no se ponía desde hacía meses, con una falda que le llegaba a las rodillas y unas medias que hacían el resto.
La cena fue larga. Natalia había cocinado un guiso de carne y había puesto la mesa con mantel, algo que Diego reconoció que nunca hacían solos. Hablaron del traslado, de la ciudad, del barrio, del trabajo de cada uno. Roberto y Amparo llevaban treinta y dos años juntos y lo contaban sin la resignación de quien ha perdido algo, sino con la comodidad de quien sabe exactamente dónde está parado.
La disposición de la mesa lo había propuesto Natalia, casi sin disimulo: Roberto sentado a su lado, Amparo al lado de Diego. Las dos parejas enfrentadas, pero mezcladas.
Con el postre sobre la mesa y la segunda botella de vino ya abierta, Natalia apoyó la mano izquierda sobre el muslo de Roberto. Lo hizo despacio, sin brusquedad, como si fuera algo natural. Siguió comiendo con la derecha, mirando al frente, hablando de algo que ya ninguno de los dos recordaría después.
Roberto notó el calor de esa mano a través de la tela del pantalón. No retiró la pierna.
Al otro lado de la mesa, Diego había hecho lo mismo. La mano de Diego sobre el muslo de Amparo, justo donde terminaba la falda y empezaban las medias. Amparo siguió con la cuchara en la mano pero dejó de hablar durante unos segundos.
Los cuatro se miraron. Nadie dijo nada. El silencio duró lo justo para que quedara claro que todo el mundo sabía lo que estaba pasando y nadie tenía intención de parar.
La mano de Diego subió despacio por la pierna de Amparo hasta llegar donde la tela de las bragas estaba ya húmeda. Amparo cerró los ojos un momento.
—¿Te puedo besar? —preguntó Diego, con una calma que a Amparo le pareció la cosa más erótica que había escuchado en mucho tiempo.
—Sí —respondió ella—. Claro que sí.
Al mismo tiempo, Natalia había deslizado los dedos hasta el pantalón de Roberto y lo notó tenso, duro, esperando. Lo miró a los ojos.
—¿Te lo saco?
—Por favor —respondió él en voz baja—. Hace rato que lo necesito.
Eso puso a Amparo todavía más encendida. Metió la lengua en la boca de Diego y cogió su mano para presionarla más fuerte contra ella. Los gemidos empezaron a filtrarse por encima de las voces.
Natalia le hizo una caricia larga a Roberto, luego se agachó.
—Para —dijo él con la voz tensa—, que me corro.
—No todavía —respondió ella levantando la cabeza—. Quiero que me folles.
Se levantó, se quitó el vestido de un solo movimiento y se sentó encima de él en la silla. Roberto la sujetó por las caderas y cerró los ojos.
Al verlos, Diego se separó de Amparo, se desabrochó el pantalón y le pidió con la mano que lo tocara.
—Pero antes quítate el vestido —le dijo—, quiero verte bien.
Amparo se levantó sin apartar los ojos de Natalia y Roberto, que se movían ya con ritmo sobre la silla. Se quitó el vestido, luego las medias, y se quedó de pie un momento, con Diego mirándola desde abajo. Tenía el cuerpo de una mujer que ha vivido y no lo esconde. A Diego le pareció lo más honesto que había visto en mucho tiempo.
Se levantó, la abrazó por detrás y la llevó hacia él. Amparo se sentó encima y empezaron a moverse también, mirando de reojo a los otros dos.
Estuvieron así más de diez minutos. Los cuatro en el mismo comedor, a menos de dos metros de distancia, sin que nadie dijera nada. Solo el ruido de las sillas, la respiración y los gemidos que ya nadie intentaba controlar.
Entonces Natalia se soltó, se puso de pie frente a Roberto y le dijo:
—Ahora mastúrbate. Quiero ver cómo te corres.
Roberto la miró sin entender del todo.
—No me tienes que tocar. Solo eso.
Amparo se giró desde donde estaba, sin dejar de estar encima de Diego, para ver a su marido. Roberto, con los ojos clavados en su mujer mientras la follaban, no aguantó mucho más. Se corrió con un grito que llenó el comedor.
Amparo lo vio y se mordió el labio.
—¿Tú vas a correrte? —le preguntó a Diego.
—Todavía no —respondió él—. Quiero acabar con mi chica.
La bajó con cuidado. Amparo se quedó sentada en la silla, con las piernas abiertas y una mano entre ellas, sin poder parar.
Roberto se vistió en silencio, le dio un beso largo a su mujer y se marchó.
Natalia miró a Amparo.
—Ven con nosotros —le dijo—. En la habitación estaremos mejor.
***
Amparo no supo bien qué esperaba al entrar en ese cuarto. Se sentó en el borde de la cama mientras Diego y Natalia empezaban a tocarse frente a ella, hablando entre ellos en voz baja como si estuvieran solos, como si se hubieran olvidado de que ella estaba ahí. Y sin embargo era todo lo contrario: cada palabra iba dirigida a ella tanto como al otro.
—Ha sido una noche increíble —dijo Natalia, con los dedos en el pelo de Diego.
—Mejor de lo que esperaba. Yo ya estaba empalmado mirándole las piernas desde que se sentó.
—Lo noté. Por eso empecé con Roberto, para ver cómo reaccionaban los dos.
—¿Y bien?
—Se puso duro enseguida. No tardó nada.
Amparo escuchaba y seguía tocándose. La voz de Natalia era tranquila, directa, sin artificios. Eso la excitaba más que cualquier otra cosa.
Natalia se acercó a ella, se inclinó y la besó en los labios. Un beso corto, sin prisa.
—¿Te gusta mirar? —le preguntó.
—Me encanta.
—Pero no te corras todavía —dijo Natalia—. Quiero que Diego te folle a ti ahora.
Amparo sintió que el estómago se le doblaba. Natalia se apartó y se sentó en la silla del rincón con las piernas cruzadas.
Diego se acercó a Amparo despacio. Le pasó una mano por la cara, le apartó el pelo y le preguntó cómo se llamaba, aunque ya lo sabía. Era una forma de empezar de nuevo, de hacer que ese momento tuviera su propio peso.
—Amparo —respondió ella.
—Encantado, Amparo. Yo soy Diego.
Y la besó.
Lo que siguió fue lento y sin apuro. Diego tenía esa habilidad de moverse sin que nada pareciera urgente, aunque todo lo fuera. Amparo pensó en algún momento que hacía años que no se sentía así, no exactamente así: deseada sin condiciones, sin la historia acumulada de treinta años con la misma persona.
Natalia los miraba desde la silla. Tenía una mano sobre el muslo y los ojos muy abiertos. De vez en cuando cerraba los ojos y volvía a abrirlos, como si quisiera asegurarse de que todo seguía siendo real.
Amparo se corrió dos veces antes de que Diego terminara. La segunda vez gritó sin querer y se tapó la boca con el dorso de la mano, y Natalia soltó una carcajada suave desde el rincón.
Cuando todo acabó, los tres se quedaron tumbados en silencio unos minutos. La lluvia seguía en los cristales. Desde el rellano no se oía nada.
Amparo se incorporó primero, recogió la ropa del suelo y empezó a vestirse. Natalia la ayudó a abrocharse la parte de atrás del vestido sin que nadie se lo pidiera.
—Ha sido la mejor cena de bienvenida que nos han dado nunca —dijo Diego desde la cama.
Amparo sonrió.
—La próxima la organizamos nosotros —respondió—. Y venís a nuestra casa.
Le dieron un beso en cada mejilla antes de que saliera al pasillo. Cruzó el rellano, abrió la puerta de su casa en silencio y encontró a Roberto leyendo en el sofá con una copa de vino a medias.
La miró.
—¿Cómo ha ido?
Amparo se quitó los zapatos y fue a sentarse a su lado.
—Bien —dijo—. Muy bien.
Y apoyó la cabeza en su hombro mientras él terminaba de leer, sin añadir nada más, porque no hacía falta.