La cena con los vecinos que cambió todo
Llevaban dos semanas en el piso de enfrente cuando los escuchamos por primera vez.
Era pasada la medianoche. Ernesto y yo teníamos el mismo ritual desde hacía años: él leía hasta que se le caían los párpados, yo apagaba la lámpara antes de que empezara a roncar. Esa noche me despertó algo diferente. Un gemido. Luego otro. Luego una voz de mujer que no se molestaba en disimular, y que el pasillo estrecho transmitía con una claridad que no dejaba lugar a dudas sobre lo que estaba pasando al otro lado.
Las paredes en estos bloques viejos no aíslan gran cosa. Se oía todo: el chasquido húmedo de una polla entrando y saliendo de un coño mojado, el golpe rítmico de una cadera contra un culo, la respiración entrecortada de él y el «así, más fuerte, métemela toda» de ella repetido como un mantra sin vergüenza.
Ernesto no dormía. Lo supe por cómo respiraba.
—¿Los escuchas? —le pregunté.
—Sí.
No dijimos nada más. Los dos nos quedamos quietos en la oscuridad, escuchando a esa pareja joven que no sabía o no le importaba que alguien pudiera oírlo todo. Los gemidos duraron un buen rato. La chica gritó dos veces con esa desinhibición de quien aún no tiene vecinos de confianza o simplemente no le importan. «Me corro, me corro, me corro», dijo la segunda vez, y luego un chillido largo que se cortó en seco cuando ella —imaginé— le mordió el hombro o le tapó la boca a él con la mano. El silencio que vino después fue casi tan elocuente como el ruido previo.
Ernesto se levantó «a beber agua». Tardó doce minutos en volver. Cuando se metió de nuevo en la cama, yo puse la mano en su pecho y noté cómo le latía el corazón todavía acelerado. Bajé un poco más la mano, por curiosidad, y noté también otra cosa: dura, tensa contra la tela del pijama, algo que llevaba mucho tiempo sin encontrarme por ahí sin invitación. No dije nada. Él tampoco. Le solté enseguida, como si no hubiera pasado.
Tardé mucho en dormirme. Yo también estaba mojada, y lo sabía perfectamente.
***
A la mañana siguiente los vi por primera vez. Ernesto había salido temprano al médico y yo bajaba a por el periódico cuando la puerta de enfrente se abrió.
Era ella. Veintipocos años, pelo negro recogido con un moño que era los restos del día anterior, ropa de trabajo medio arrugada. Bonita sin esforzarse en serlo. Me tendió la mano con una sonrisa directa y me dijo que se llamaba Sofía.
Me preguntó dónde estaba el supermercado más cercano. Se lo expliqué. Cruzamos cuatro frases más mientras esperábamos el ascensor. Cuando las puertas se cerraron me quedé pensando en lo joven que era, en esa energía descuidada que tenía, y en los gemidos de la noche anterior. En cómo sonaría ese cuello fino cuando gritaba «me corro» a las dos de la mañana.
Por la tarde volvió Ernesto. Sin que yo le preguntara, me contó que se había cruzado con el chico al salir del portal.
—Se llama Daniel —dijo—. Trabaja en construcción. Lleva dos años con ella.
—¿Todo eso en el portal?
—Es hablador. —Hizo una pausa—. Y está muy bien formado.
Lo dijo con esa indiferencia estudiada que usa cuando no quiere que sepa que algo le importa. Llevo treinta y dos años conociéndolo.
—A mí me ha parecido guapa ella —respondí con la misma indiferencia calculada.
Nos miramos. En esa mirada estaba todo lo que ninguno de los dos dijo: que éramos jubilados con el colesterol vigilado y las rodillas castigadas, que en nuestra cama hacía tiempo que no pasaba nada que mereciera que alguien al otro lado del pasillo se despertara a escucharlo. Y que esos chicos de enfrente habían encendido algo que creíamos apagado para siempre.
—¿Les invitamos a cenar? —propuse.
Ernesto tardó tres segundos. Para él, eso es mucho tiempo.
—El sábado, si quieres.
***
Sofía aceptó en cuanto le toqué el timbre a la mañana siguiente. Demasiado rápido para ser solo cortesía de buenos vecinos.
El sábado preparé bacalao al tomate y Ernesto abrió un Ribera del Duero que guardaba para ocasiones especiales. No le pregunté por qué consideraba esa una.
Llegaron puntuales. Daniel traía una botella de cava, Sofía una tarta de pastelería. Se sentaron en los sitios que nadie les había asignado: ella al lado de Ernesto, él al lado mío. No sé si fue casualidad. No lo creo.
La cena fue larga. Hablamos del barrio, de sus trabajos, de los años que llevábamos Ernesto y yo en ese piso. Daniel era más tranquilo de lo que esperaba: escuchaba antes de hablar y hacía preguntas que demostraban que había prestado atención. Sofía tenía un humor seco que me gustó desde el principio, el tipo que no avisa de que es un chiste hasta que ya pasó y tienes que decidir si reírte o no.
Terminamos el Ribera. Sofía propuso abrir el cava antes del postre y nadie protestó.
Cuando Sofía fue a la cocina a buscar la tarta, sentí la mano de Daniel en mi muslo. No fue un roce accidental. Fue una mano abierta, con peso, colocada con toda la intención sobre la lana oscura de mi falda. Me quedé quieta. Lo miré. Él seguía hablando con Ernesto sobre el precio de los materiales, como si su mano no estuviera ahí.
Sofía volvió con la tarta. Se sentó. Vi cómo su mano izquierda desaparecía bajo la mesa en dirección a la pierna de Ernesto. Mi marido se tensó levemente. Solo yo lo habría notado.
Comimos el postre así. Cuatro personas manteniendo una conversación sobre el precio de las hipotecas mientras bajo la mesa pasaban cosas que no tenían nada que ver. La mano de Daniel subía por mi muslo despacio, con pausa, sin prisa. Yo no la detuve. Ernesto tampoco detuvo la de Sofía, que movía los dedos con una cadencia lenta y deliberada, y por el bulto que se marcaba en su pantalón supe que ya le había desabrochado la cremallera y le tenía la polla en la mano.
El silencio cayó de pronto, en el momento exacto en que los dedos de Daniel encontraron el borde de las medias y siguieron subiendo hasta apartarme las bragas y meterme dos dedos en el coño de golpe, sin preguntar, notando lo empapada que estaba desde hacía rato.
Solté un sonido que no pretendía soltar.
—¿Estás bien? —preguntó Sofía con una sonrisa que dejaba muy claro que sabía exactamente lo que estaba pasando.
—Perfectamente —dije, mientras Daniel me follaba con los dedos debajo del mantel, despacio, curvándolos hacia arriba de una forma que sabía exactamente lo que buscaba.
Daniel se inclinó hacia mí.
—¿Le puedo dar un beso?
Asentí. Me besó despacio, con calma, con una mano que seguía dentro de mí y la otra en la nuca. Su lengua tenía sabor a cava y a tabaco. Sus dedos entraban y salían de mi coño con un ruido húmedo que a esa distancia era imposible que Sofía y Ernesto no oyeran. Cuando me separé, vi que Ernesto nos miraba. No con incomodidad. Con algo que reconocí después de treinta y dos años juntos: envidia. Y tenía la polla fuera, gruesa y morada en la mano pequeña de Sofía, que la meneaba con una lentitud que era casi cruel.
Sofía tenía la mano dentro del pantalón de Ernesto. Cuando la soltó un momento, Ernesto le cogió la mano y la volvió a llevar.
—No pares —dijo en voz baja.
No recordaba haberle oído decir eso nunca.
Sofía lo miraba a los ojos mientras lo hacía. Le pasaba el pulgar por la punta, recogía la gota de líquido que asomaba y volvía a bajar la mano, apretando fuerte en la base. Era una mujer que sabía muy bien lo que estaba haciendo. Ernesto respiraba por la boca, sin ocultarlo ya.
Me levanté de la silla. Daniel me ayudó a quitarme la falda y luego la blusa. Después me desabrochó el sujetador y me lo tiró al suelo. Las bragas ya me las había apartado con los dedos, así que me las bajé yo misma y las dejé caer sobre la falda. Me quedé de pie delante de él, con cincuenta y ocho años y toda la historia que eso implica escrita en el cuerpo, y vi cómo me miraba de arriba abajo sin el más mínimo asomo de decepción. Todo lo contrario. Se sacó la polla del pantalón: gruesa, dura, curvada ligeramente hacia arriba, con las venas marcadas. Ernesto tuvo razón por la mañana. Estaba muy bien formado.
—Siéntate encima —dijo.
Me coloqué sobre él en la silla del comedor, a horcajadas. Cogí su verga con la mano, la coloqué en la entrada de mi coño y bajé despacio, ajustándome centímetro a centímetro, notando cómo llenaba un espacio que llevaba demasiado tiempo vacío. Cuando toqué fondo solté el aire de golpe. Daniel me apretó las caderas con las dos manos y me quedé quieta un segundo, aguantando la presión de tenerlo entero dentro.
—Móntame —dijo—. Como quieras.
Empecé a moverme. Al principio despacio, subiendo y bajando la cadera, sintiendo cómo salía y entraba con ese ruido húmedo que no dejaba espacio a la imaginación. Daniel me chupaba un pezón y luego el otro, mordiendo justo lo suficiente. Aceleré. Le clavé las uñas en los hombros. La silla empezó a crujir con cada envestida y me dio igual.
Sofía había dejado lo que estaba haciendo y nos observaba con los brazos cruzados y esa media sonrisa suya.
—Así —dijo, con la voz baja—. Fóllatelo bien.
Ernesto, desde el otro extremo de la mesa, también miraba. Lo vi agarrar el borde de la mesa con las dos manos. Tenía la polla al aire, hinchada, brillante de la saliva y del líquido preseminal que Sofía le había estado extendiendo con los dedos.
—Mastúrbate —le dijo Sofía en voz baja—. Quiero verte.
Ernesto dudó un segundo. Solo uno. Después se cerró la mano alrededor de su propia polla y empezó a moverla, primero con torpeza, después encontrando el ritmo.
Lo que siguió —ver a mi marido de esa manera, con esa expresión abierta y sin el blindaje habitual, meneándosela mientras me miraba montar a otro hombre— fue algo que no esperaba sentir como lo sentí. Daniel se movía debajo de mí y yo no podía dejar de mirar a Ernesto. Y él me miraba a mí. Esa corriente entre los dos, después de tantos años, fue más intensa que cualquier otra cosa de esa noche. Empecé a moverme más rápido. Daniel me apretaba el culo con las dos manos, ayudándome a bajar más fuerte, y yo notaba cómo su verga me golpeaba dentro con cada bajada.
—Mírame —le dije a Ernesto—. No dejes de mirarme.
Ernesto llegó primero. Se corrió en su propia mano con un sonido que no le había oído en años, profundo y sin control, un gruñido de garganta que me llegó al coño como si me hubiera tocado él. Vi cómo la corrida le manchaba los dedos y la camisa. Sofía aplaudió muy despacio, tres veces.
—Bien —dijo.
Yo me corrí un minuto después, apretada contra el pecho de Daniel, temblando encima de él, con las paredes del coño cerrándose alrededor de su polla mientras él me sujetaba las caderas quietas para sentir cada latido. Daniel no se corrió. Aguantó. Cuando me separé de él y me puse de pie, con las piernas temblando, la tenía todavía dura y brillante, esperando.
***
Ernesto se vistió con calma. Se limpió la mano con la servilleta. Me dio un beso en la sien, estrechó la mano de Daniel, les dijo que había sido una noche estupenda. Luego salió del comedor y oí cómo se cerraba la puerta del dormitorio al fondo del pasillo.
Lo conozco. Cuando se siente demasiado expuesto necesita estar solo un rato. Era su forma de decirme que estaba bien, que no pasaba nada malo, que necesitaba procesar en soledad.
Sofía y Daniel me miraron.
—¿Venís? —dijo ella.
No era exactamente una pregunta.
Los seguí al dormitorio, desnuda, con la corrida de Daniel bajándome por la cara interna del muslo aunque él aún no se hubiera corrido —era la mía, mezclada con lo que le había sacado a él con el roce—. Olía diferente al nuestro: a madera y a algo cítrico que no supe identificar. La cama era grande, con la colcha arrugada de esa mañana todavía sin hacer. Una habitación de gente joven: ropa en la silla, cargadores por todas partes, una planta en la ventana que parecía sobrevivir de milagro.
Me senté en el borde de la cama. Ellos se desnudaron sin prisa. Sofía tenía un cuerpo delgado y firme, los pechos pequeños, el pubis afeitado. Daniel volvió a soltar la polla, dura otra vez, o todavía. Empezaron a tocarse entre sí como si yo llevara tiempo ahí, con esa familiaridad que tienen las parejas que se conocen bien. Ella se puso de rodillas delante de él y se la metió en la boca entera, hasta el fondo, con una técnica que solo se consigue después de habérsela chupado muchas veces. Hablaban en voz baja entre chupada y chupada y yo los escuchaba sin intervenir todavía.
—Tenía los ojos clavados en tus piernas desde que llegaron —dijo Daniel, con la mano en la nuca de Sofía.
—Lo vi —respondió Sofía, sacándosela de la boca un momento—. Por eso empecé con él. Quería ver cómo respondía.
—¿Y?
—Bastante bien. Se le puso durísima en cuanto le metí la mano dentro del pantalón. —Me miró—. Y tú llevas un rato muy quieta.
—Estoy viendo —dije.
—¿Solo viendo?
Sofía se levantó, se acercó y me besó en la boca. Sabía a la polla de su novio. Suave, sin urgencia, dándome tiempo para decidir. Le puse una mano en la mejilla casi sin darme cuenta, y con la otra le busqué un pecho.
—¿Estás bien? —me preguntó cuando se separó.
—Sí. Estoy bien.
Daniel se colocó detrás de mí y me apartó el pelo del cuello. Sus labios en la nuca, despacio, con pausa. Sofía siguió besándome, ahora en la boca y luego en el cuello, y me empujó suavemente hacia atrás hasta que quedé tumbada. Y yo, que llevaba años convenciéndome de que esa parte de mi vida ya estaba archivada, que había tenido su momento y era historia pasada, descubrí que me había equivocado bastante.
Sofía me tumbó del todo y fue bajando por mi cuerpo con una atención que hacía tiempo que nadie me dedicaba. Me chupó los pezones uno a uno, sin prisa, mordisqueando justo lo justo. Bajó por el vientre, dejando un rastro húmedo, y me abrió las piernas con las dos manos. Cuando llegó donde llegó, cerré los ojos y me dejé llevar. Su lengua era pequeña y precisa. Empezó por los labios, dando pasadas largas y planas, y luego se centró en el clítoris con la punta, dibujando círculos, alternando presión, leyendo mis respuestas con una precisión que me sorprendió. Me metió dos dedos y los curvó hacia arriba mientras seguía chupando. Yo tenía una mano en su pelo y la otra apretaba las sábanas.
Daniel se acercó por el lado y me puso su verga cerca de la boca. La cogí sin pensarlo y me la metí entera, saboreando el gusto de mi propio coño mezclado con el suyo. Se la chupé con ganas, con los ojos cerrados, mientras Sofía seguía trabajándome abajo. Daniel gemía por lo bajo y me acariciaba el pelo.
Llegué de esa manera, con la lengua de Sofía en el clítoris, sus dedos dentro de mí y la polla de Daniel en la boca. Grité con ella dentro y noté cómo se me contraía todo alrededor de los dedos de Sofía, una y otra vez, mientras ella seguía chupando hasta el último temblor.
Cuando Sofía se incorporó, Daniel ya estaba esperando.
—¿Quieres que te folle? —preguntó, directo, sin adornos.
—Sí —dije, con la misma llaneza—. Fuerte.
Me puso a cuatro patas en la cama. Sofía se tumbó delante de mí, abriendo las piernas, y me acercó su coño a la cara sin decir nada. Se lo comí. Nunca lo había hecho antes con una mujer y me sorprendió lo natural que salió: la lengua encontró sola el clítoris hinchado, y el sabor, dulzón y salado a la vez, no era tan distinto del mío.
Daniel me la metió por detrás de una embestida limpia, hasta el fondo. Solté un gemido contra el coño de Sofía. Empezó a follarme despacio, midiendo, y después subió el ritmo. Sus caderas chocaban contra mis nalgas con un ruido plano y seco que llenaba la habitación. Me agarró la cadera con una mano y con la otra me tiró un poco del pelo, justo lo suficiente. Fue diferente a todo lo que recordaba. No tengo otra forma de decirlo. El cuerpo de un desconocido que sabía lo que hacía y tenía tiempo para hacerlo, que no tenía prisa porque no tenía nada más importante que hacer en ese momento. Sofía se retorcía debajo de mi lengua, con las manos en mi cabeza, guiándome.
—Más rápido —le dijo a Daniel—. Fóllala más rápido.
Daniel obedeció. Me embestía con fuerza, sujetándome de las caderas, y yo intentaba seguir concentrada en el coño de Sofía pero cada dos por tres tenía que separarme para gemir.
—¿Bien? —me preguntó Sofía en algún momento.
—Muy bien —respondí, con los labios brillantes de ella.
—Lo sabía.
Me corrí otra vez antes de que Daniel terminara. Me pilló casi por sorpresa, con más fuerza de la que esperaba, con la polla de Daniel entrando y saliendo de mí a un ritmo constante y la boca todavía pegada al coño de Sofía. Grité contra ella, la mordí sin querer en el interior del muslo, y creo que solté algo parecido a lo que Sofía soltó aquella primera noche que nos despertó a los dos al otro lado del pasillo. Sofía se corrió casi al mismo tiempo, apretándome la cabeza con los muslos.
Daniel aguantó unos segundos más y después se salió, me giró de un movimiento y me acabó de correr encima, sobre los pechos y el cuello, con un gemido largo. Vi cómo brotaban los chorros, blancos y espesos, y cómo se le vaciaba la polla poco a poco en la mano.
Cuando todo acabó nos quedamos los tres en silencio. Sofía miraba el techo. Daniel tenía los ojos cerrados pero no dormía. Yo tenía la corrida de él secándose despacio sobre la piel y no me molesté en limpiármela.
—¿Habíais hecho esto antes? —pregunté.
—Dos veces —dijo Sofía—. Pero con vecinos no.
—¿Y bien?
Se giró hacia mí con una sonrisa que era casi afectuosa.
—La próxima cena la hacemos en vuestra casa —dijo.
Asentí. Cerré los ojos un momento. Al otro lado del pasillo, en nuestro dormitorio, Ernesto también debía estar despierto, mirando el techo en la oscuridad, con esa expresión que pone cuando algo le ha cambiado algo por dentro y todavía no sabe cómo nombrarlo.
Lo entendía perfectamente.