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Relatos Ardientes

La noche que le devolví los cuernos a mi marido

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Clara arrastró la maleta por el pasillo de entrada justo cuando el reloj del microondas marcaba las seis y cuarto de la mañana. Tres días en Valencia para una auditoría que podría haberse resuelto por email, un hotel mediocre en las afueras y el asiento de avión más incómodo que había ocupado en su vida. A sus cuarenta y dos años conservaba un cuerpo que todavía generaba miradas en la calle —caderas anchas, pecho generoso, una melena oscura que ahora llevaba recogida en un moño que había sobrevivido mal al viaje—, pero lo que sentía por dentro era puro agotamiento y algo más antiguo, más persistente: la rabia silenciosa de quien lleva meses durmiendo sola en camas de hotel mientras su marido trabaja hasta tarde en Bilbao.

Encendió la luz del salón.

Parpadeó dos veces, incapaz de procesar lo que veía.

La alfombra que había comprado en un mercadillo de Lisboa aparecía salpicada de charcos pegajosos que olían a cerveza rancia. Vasos de plástico rojo esparcidos por el suelo como cadáveres, confeti de colores pegado en las paredes blancas, botellas volcadas sobre la mesa de mármol que ella había pagado a plazos. El televisor emitía videos musicales sin sonido, proyectando destellos de luz estroboscópica sobre el caos. Y en el sofá, bajo una manta manchada, roncaba su hijo Marcos.

Marcos tenía dieciocho años y en ese momento parecía mucho menos: camiseta subida hasta el pecho flaco, vaqueros desabrochados, una lata aplastada asomando de debajo del cojín. El aliento alcohólico llegó hasta ella antes de que él abriera los ojos.

Clara dejó caer la maleta. El golpe hizo vibrar el suelo.

—¡Marcos! ¡Levántate ahora mismo!

Él se incorporó como un resorte, los ojos inyectados en sangre, la boca abierta en una mueca que tardó tres segundos en resolverse en reconocimiento.

—Mamá... no te esperaba tan pronto...

—¿Que no me esperabas? ¿En mi propia casa? —Ella señaló con un dedo tembloroso las botellas volcadas, los vasos esparcidos, el condón usado que asomaba de debajo de un cojín—. ¿Cuánta gente ha estado aquí? ¿Has convertido el salón en un vertedero?

—Fue solo una fiestecita, te lo juro. Mañana recojo todo y—

—¡Ya es mañana, imbécil! ¡Son las seis de la mañana! —Se frotó los ojos con el dorso de la mano, sintiendo las lágrimas de rabia que no pensaba derramar—. Empieza a limpiar ahora mismo. Cada botella, cada vaso, la alfombra con jabón si hace falta. Cuando baje de la ducha quiero esto impecable. ¿Me has escuchado?

Marcos asintió en silencio, pálido como la pared.

Clara subió las escaleras pisando con fuerza, los tacones marcando su irritación en la madera de cada peldaño. El pasillo del piso superior era una extensión del desastre: ropa interior ajena tirada en el suelo de parqué, otro condón arrugado junto a la puerta del baño de invitados, un charco seco con un olor que le revolvió el estómago. «¿Han subido también?», masculló, empujando puertas con el hombro. Cada habitación que revisaba añadía leña a la rabia que le ardía en el pecho, pero también había algo más, algo que no quería nombrarse: la soledad de tres noches en una cama estrecha, imaginando manos que no llegaban, pensando en Roberto y en su secretaria de veinticinco años con una claridad que ya no era capaz de bloquear.

La última puerta era la suya.

La empujó sin pensar y se detuvo en el umbral.

***

En el centro de su cama —sus sábanas de hilo egipcio, sus almohadas, el espacio que Roberto llevaba meses desaprovechando— había un chico tumbado boca arriba. Moreno, con el torso descubierto marcado por tatuajes que serpenteaban desde el hombro izquierdo hasta la cadera. Clara lo reconoció enseguida: Bruno, el amigo inseparable de Marcos, ese chico que había repetido un par de cursos y que siempre llegaba a cenar con una sonrisa ladeada y demasiada confianza para su edad. Veinte años, hombros anchos, abdominales marcados que formaban una V tentadora hacia la cintura de la que asomaba un reguero de vello oscuro.

Dormía completamente desnudo. Las sábanas enredadas solo en las piernas, el pecho subiendo y bajando con un ritmo lento y profundo. Los tatuajes se extendían en formas que ella no sabría describir pero que en ese momento le resultaron fascinantes.

Clara no debería haberse quedado mirando.

Se quedó mirando.

El cuerpo de Bruno era joven de una manera casi ofensiva: sin un gramo de tensión acumulada, la piel bronceada sin esfuerzo, los músculos del brazo relajados pero evidentes. Y allí, a la vista, su sexo: semierecto en la penumbra, grueso, reposando contra su muslo como si el mundo entero pudiera esperar.

En el avión de vuelta había pensado en Roberto. En los mensajes que llegaban tarde, en las excusas que ya no se molestaba en hacer creíbles. En las noches de hotel donde ella se tocaba sola porque necesitaba sentir algo concreto, algo que no fuera solo frustración acumulada. La rabia que había subido con ella por las escaleras se retorció entonces en algo diferente: más oscuro, más personal, y completamente indefendible.

Cerró la puerta con cuidado.

Se acercó en silencio, los tacones en la mano.

—Bruno —llamó en voz muy baja. Nada. Solo la respiración profunda de quien ha bebido demasiado.

Extendió una mano y rozó su muslo. La piel era cálida, suave. Él murmuró algo incoherente sin despertar. Clara sintió el pulso acelerarse en las sienes, en la garganta, entre las piernas. Debería echarlo a gritos. Debería llamar a la policía. Debería hacer muchas cosas que en ese momento no quiso hacer.

Se arrodilló junto a la cama.

Lo tomó despacio, con la lengua primero, recorriéndolo con calma mientras él crecía entre sus labios. Sabía a sal y a fiesta, a algo urgente que hacía semanas que no probaba. Lo succionó despacio al principio, los labios sellados alrededor del grosor, la lengua trazando espirales lentas en la punta, explorando la ranura sensible que ya humedecía. Bruno gimió en sueños y sus caderas se movieron hacia ella, instintivas.

Aceleró el ritmo. Su mano derecha envolvió la base, los dedos apenas cerrándose alrededor de la circunferencia, mientras la izquierda subía hasta sus muslos, sintiendo la tensión que se acumulaba en él. Lo tomó más profundo, los ojos húmedos por el esfuerzo, la saliva chorreando por su barbilla sobre las sábanas. El placer que le palpitaba entre las piernas había empapado ya la tela del tanga.

—¿Qué... qué coño...? —Bruno abrió los ojos de golpe. Los parpadeó varias veces, el mundo enfocándose en oleadas—. Señora Clara... ¿esto es real o...?

Ella lo miró desde abajo con ojos feroces y salió un segundo para responder, la voz ronca y baja:

—Cállate. Has ocupado mi cama sin permiso. Ahora me vas a compensar por ello.

Y volvió a tomarlo antes de que pudiera decir nada más.

Bruno soltó un gemido largo, los dedos enredándose en su pelo oscuro para guiarla.

—Señora, yo... joder, así...

Sus caderas empezaron a moverse, encontrándole el ritmo. Clara lo controló con la mano en la base, marcando el tempo, mordiéndole la piel con suavidad calculada para recordarle quién llevaba las riendas. Lo sacó cuando notó que él estaba cerca y lo miró fijamente.

—Todavía no —dijo.

***

Cuando él la levantó por los hombros y tiró de su blusa, ella se lo permitió. Se quitó la falda con un movimiento rápido, dejó caer la ropa interior empapada al suelo. Se quedó desnuda frente a él: curvas que la maternidad y los años habían redondeado, pezones oscuros y endurecidos, las caderas anchas que Roberto ya no tocaba como antes.

Bruno la tumbó sobre las sábanas y bajó la cabeza. Su lengua recorrió toda la longitud de ella en un lametón lento y firme que le arrancó un gemido que no pudo suprimir.

—Come bien —ordenó ella, las uñas en su cuero cabelludo—. Como si te fuera la vida en ello.

No era experto pero sí entusiasta: succionaba el clítoris con fuerza creciente, metía los dedos curvados hacia el punto exacto, gemía contra su carne con un sonido que vibraba donde más lo necesitaba. Clara retorcía las caderas contra su cara, más ruidosa de lo que pretendía, el placer construyéndose en espirales que le tensaban los muslos hasta hacerle daño.

El orgasmo llegó rápido y con fuerza. La dejó jadeando, el cuerpo sacudido, los dedos apretados en el pelo de él hasta que el temblor remitió.

—Ahora me vas a follar —dijo cuando recuperó el aliento, incorporándose sobre él.

Se posicionó encima, guió la punta contra su entrada y bajó despacio, centímetro a centímetro. El grosor la abrió de una forma que llevaba demasiado tiempo sin sentir. Un sonido grave escapó de su garganta al hundirse del todo. Bruno gruñó bajo ella, las manos apretándose en sus caderas.

Clara empezó a cabalgar.

Subía y bajaba con fuerza creciente, el sonido de piel contra piel llenando la habitación, los pechos rebotando con cada descenso. Él los agarró con las dos manos, pellizcó los pezones con una rudeza que la hizo gemir más alto. Más alto de lo que pretendía. Giró las caderas en círculos, moliendo el clítoris contra su pubis, sintiendo otra ola construirse desde adentro hacia afuera.

La puerta se abrió de golpe.

Marcos apareció en el umbral con una bolsa de basura en la mano y la cara de alguien que acaba de ver algo que no puede desver.

Clara giró la cabeza hacia él sin detenerse. Sin cubrirse. Sin bajarse.

—¿Qué coño miras? —dijo con voz ronca—. Cierra esa puerta y baja a seguir limpiando.

Marcos no se movió. Su mirada saltaba sin control entre el cuerpo desnudo de su madre y la cara sudorosa de su mejor amigo.

—Mamá, yo... —balbució.

—¡Que cierres la puerta! —repitió ella más alto, entre jadeos—. Y no subas hasta que todo esté impecable. ¿Me has oído?

Bruno soltó una risa nerviosa pero no redujo el ritmo. Al contrario, empujó hacia arriba con más fuerza, haciendo que Clara soltara un gemido largo que resonó en el pasillo.

Marcos cerró la puerta.

Clara se volvió hacia delante y siguió.

***

Se puso a cuatro patas al cabo de un rato, el culo alzado, mirando por encima del hombro.

—Por detrás. Quiero sentirlo bien.

Él se arrodilló detrás, alineó su sexo y empujó de un golpe. Clara ahogó el grito contra la almohada. Las embestidas eran directas, sin pausa, las manos de él en sus caderas tirando de ella hacia atrás en cada golpe, sus muslos golpeando las nalgas de ella con un sonido húmedo y repetido que llenaba la habitación y que no llegaba amortiguar ninguna almohada. Un azote seco en la nalga le arrancó una exclamación que no esperaba y dejó un calor que se extendió hacia adentro.

El segundo orgasmo llegó así, a cuatro patas, convulsionándola, las uñas hundidas en la sábana mientras sus paredes internas se apretaban alrededor de él.

—Córrete dentro —ordenó entre jadeos cuando notó que él estaba al límite—. Quiero sentirlo.

Bruno dio un último empujón profundo y se corrió con un gruñido gutural largo, los dedos hundiéndose en su carne. Clara sintió el calor expandirse adentro.

Colapsaron sobre el colchón. El aire de la habitación olía a sudor y a sexo y a algo que ella no tenía intención de analizar.

—Esto no ha pasado —dijo al fin, cuando recuperó la voz—. Ni una palabra a nadie. Ahora vístete y lárgate por donde has venido.

Bruno asintió, aturdido, recogiéndose con la ropa del suelo a toda prisa. Cuando se cerró la puerta, Clara se quedó tumbada un momento con los ojos en el techo. Luego se levantó, cambió las sábanas y se puso la bata.

***

No se había duchado todavía. Bajó las escaleras con paso lento y deliberado, el pelo todavía revuelto, el cuerpo marcado por el encuentro bajo la tela fina de la bata.

El salón estaba impecable. La alfombra limpia, las botellas recogidas, el suelo sin rastro de confeti ni de los desastres de la noche anterior. El olor a producto de limpieza luchaba contra el rastro de cerveza que aún persistía en el aire. Marcos había cumplido. Estaba sentado en el sofá con la espalda rígida y la mirada fija en el suelo, como alguien que ha visto algo que no consigue dejar de ver por más que lo intente.

Clara se detuvo frente a él. No se ajustó la bata.

—Has hecho un buen trabajo —dijo con calma—. La casa está perfecta.

Él levantó los ojos lentamente. Los bajó de inmediato.

—Mamá, yo no iba a decir nada...

—Escúchame bien. —Ella cruzó los brazos y lo miró directamente a los ojos—. Lo que has visto esta noche no ha ocurrido. No le vas a decir nada a tu padre cuando vuelva de Bilbao. Ni mañana, ni la semana que viene, ni nunca.

Marcos abrió la boca.

—Si se te ocurre contarlo —continuó ella con voz tranquila, casi amable—, yo le cuento todo lo de la fiesta. Las botellas, los condones en el pasillo, el estado en que encontré esta casa. Le enseñaré las fotos que tomé cuando llegué. ¿Quieres explicarle por qué la alfombra que le regaló su madre olía a vómito y a cerveza rancia? ¿O prefieres que le cuente que te quedaste un buen rato escuchando al otro lado de esa puerta antes de cerrarla?

La voz de Clara no subió ni un decibelio. Era peor así.

—Así que ya lo sabes. Tú decides si esto queda entre nosotros o si los dos salimos perdiendo. —Le sostuvo la mirada un momento más—. Buen chico. Ahora ve a ducharte y métete en la cama.

Se dio la vuelta y subió las escaleras sin esperar respuesta.

Marcos no dijo una sola palabra.

Ella, ya en el pasillo del piso de arriba, entró al baño y abrió la ducha. Mientras el agua caliente le caía encima, pensó en Roberto en Bilbao, en su secretaria de veinticinco años, en las mentiras que se habían vuelto tan rutinarias que ya nadie se molestaba en disimularlas bien. Pensó en ello sin la rabia de antes, sin el nudo en la garganta que siempre la acompañaba en los viajes.

Solo sentía una satisfacción tranquila y bien ganada.

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Comentarios (10)

ViviR88

jajajaja me morí con el título, ya desde ahí sabia que iba a ser buenisimo. Tremendo!!

MartinBaires

Que manera de arrancar un relato... ya en el primer párrafo te engancha y no podes parar. Seguí escribiendo por favor

Paty_23

Increible!!! se siente todo muy real, como si lo estuvieras contando en persona

curiosa87

Y despues como quedó la relación? me quedé pensando en eso jaja. Muy buen relato, esperando la continuación

SofiaB

Me encantó que no sea burdo ni vulgar, esta bien narrado y se entiende todo perfectamente. Así se hace

RodriMDQ

La ironía del título ya lo dice todo jajaja. Excelente, quiero mas relatos de este estilo

Sevillana

Hay momentos en que la vida simplemente te presenta la oportunidad y vos elegís si la tomás o no. Me identifiqué bastante con esa sensación aunque en mi caso fue diferente. Muy bien contado, felicitaciones!

NormaLp

Tres dias son mucho tiempo para pensar... y a veces la cabeza te juega malas pasadas jajaja. Buenisimo

MarcosD

La tensión inicial está perfecta, se nota que sabés escribir. Esperando el proximo relato!!

Richi_85

Me hize el tiempo para leerlo de corrido y no me arrepiento para nada. Sigue así, saludos!

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