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Relatos Ardientes

Los amantes que escondimos en el armario ese verano

4.3 (7)

La villa «Las Buganvillas» olía a mar, a madreselva y a mala conciencia. Estaba encaramada sobre un acantilado de la Costa de la Luz, con dos plantas, cuatro dormitorios y una terraza desde la que se veía el Atlántico hasta donde alcanzaba la vista. Silvia y Marta, amigas desde los quince años, habían convencido a sus maridos de alquilarla para un «fin de semana romántico». Lo que sus maridos no sabían era que el romance iba a ser muy diferente al que imaginaban.

Silvia tenía cuarenta y ocho años, caderas generosas, el pelo oscuro con alguna cana que se negaba a teñir y la habilidad de mentir con una sonrisa que desarmaba hasta al más suspicaz. Estaba casada con Roberto, representante comercial de maquinaria agrícola que coleccionaba llaveros de ferias y creía que el sentido del humor consistía en contar el mismo chiste de bodas cada vez que había más de tres personas reunidas.

Marta, cuarenta y seis, más pequeña y con una soltura desconcertante para salir de situaciones comprometidas, llevaba doce años casada con Ernesto, mecánico jubilado anticipadamente que vivía para el atletismo de sillón: gritar nombres de jugadores mientras veía el fútbol con una cerveza en la mano.

El viernes por la tarde los maridos se marcharon a una embarcación alquilada en Tarifa. Prometieron volver el domingo por la noche. En cuanto el coche de alquiler desapareció por la carretera costera, Silvia sacó el móvil.

—Tienen dos horas, como mucho —dijo—. Andrés y Sergio llegan a las siete.

—Perfecto —respondió Marta, deslizando su alianza del dedo y guardándola en el cajón de la cocina, entre el sacacorchos y unos palillos—. Yo me encargo de que Sergio entre por la puerta trasera. Tú ocúpate de Andrés por la terraza. Y si alguien llama, somos dos señoras respetables que están tomando el aperitivo.

A las siete menos cuarto sonó el timbre de la puerta trasera.

Sergio tenía cuarenta y un años, hombros anchos, la mandíbula como esculpida a golpes de cincel y una botella de cava en la mano. Marta lo arrastró escaleras arriba y cerró la puerta del dormitorio principal con el pestillo.

Cinco minutos después, Silvia abrió la puerta corredera de la terraza. Andrés, cuarenta y cuatro años, con entradas elegantes y manos que sabían exactamente cómo usarse, apareció con una caja de turrones y una sonrisa torcida. Silvia lo empujó hacia el dormitorio de invitados sin mediar palabra y lo tiró sobre la cama.

Durante la hora siguiente la villa se convirtió en una sinfonía de respiraciones contenidas, risas ahogadas y el crujido rítmico de un colchón de mala calidad. Silvia y Andrés habían llegado a la parte más interesante de la velada —ella con las manos apoyadas en la cabecera y él mordiéndole el cuello despacio— cuando la voz de Roberto retumbó desde el salón como si viniera del fondo del mar.

—¡Silvia! ¡Ya estamos aquí, cariño!

Silvia se quedó inmóvil. Sus pulmones se olvidaron de funcionar durante tres segundos completos.

—Dios mío —susurró—. El motor se averió. Vinieron en taxi desde Tarifa.

—¿Qué? —dijo Andrés, sentándose de golpe.

—Al armario. Ya.

Andrés, desnudo y con los pantalones en la mano, se metió en el armario empotrado del dormitorio de invitados con la dignidad razonable que permite una situación así. Silvia se ató a toda prisa el cinturón de un albornoz de terciopelo burdeos que encontró colgado detrás de la puerta y salió al pasillo justo cuando Roberto subía los últimos escalones.

—¡Vaya sorpresa! —canturreó ella con una voz que no había practicado suficiente—. ¿Ya estáis de vuelta? ¿Qué ha pasado con la pesca?

—Ni un maldito pez. La lancha se quedó sin motor. Ernesto está sacando las neveras del coche. ¿Qué hacías?

—Nada… estiramientos. Los de lumbago que me mandó la fisio. Ya sabes cómo es.

Roberto la miró de arriba abajo. Silvia tenía el pelo revuelto, la cara colorada y el albornoz mal abrochado.

—Estás sudando.

—Los estiramientos son muy intensos. La doctora dice que hay que forzar la musculatura.

***

En el dormitorio principal, la situación de Marta era considerablemente peor. Sergio la tenía apoyada contra la pared cuando oyeron la voz de Ernesto desde abajo:

—¡Marta! ¡Baja a ayudarme con las neveras portátiles!

Marta empujó a Sergio hacia el baño en suite con tanta energía que él tuvo que agarrarse al toallero para no caer.

—Al baño. Métete en la bañera y no hagas ningún ruido.

—¿En la bañera? —repitió él.

—Debajo de las toallas. Muévete.

Sergio, completamente desnudo, se tumbó en la bañera vacía mientras Marta le lanzaba las toallas del toallero encima. Luego se puso una camiseta enorme de Ernesto que encontró sobre la silla, se pasó los dedos por el pelo y bajó las escaleras con una sonrisa de diez puntos.

—Hola, mi vida —dijo—. Qué susto me habéis dado. ¿Cómo ha ido la pesca?

—Un desastre. ¿Por qué estás colorada?

—Estaba haciendo pilates en la habitación.

—Tú odias el pilates.

—He empezado a cogerle el gusto. Tiene muchos beneficios para la espalda.

Ernesto abrió la boca, la cerró, y no dijo nada más.

***

Los maridos dejaron las neveras en la cocina, se sirvieron dos cervezas y se instalaron en el sofá con cara de náufragos. Silvia y Marta se miraron desde el extremo opuesto del salón como dos actrices a punto de improvisar la escena más complicada de su carrera.

—Tenemos que entretenerlos —susurró Silvia.

—¿Cuánto tiempo necesitamos?

—Lo suficiente para sacarlos sin que los vean bajar las escaleras.

Silvia bajó al salón y se sentó entre los dos hombres con una sonrisa de presentadora de concurso.

—Chicos, justo os iba a llamar. Mi hermana Pilar viene a cenar esta noche. Con su novio nuevo. En menos de una hora.

Roberto abrió los ojos.

—¿Pilar? ¿La de Valencia? ¿Esta noche?

—Ya la conocéis, espontánea como ella sola. Y la prima de Marta también viene, con su marido. Son cuatro más. Mejor pedimos pizzas, ¿no?

Marta, que acababa de bajar, añadió con total convicción:

—Así no hay que cocinar. Mucho más cómodo para todos.

Los maridos se miraron. Ernesto se rascó la cabeza. Roberto asintió con la resignación de quien lleva muchos años casado.

Mientras tanto, en el armario del dormitorio de invitados, Andrés intentaba no respirar demasiado fuerte. El armario era antiguo, de madera, y crujía con cada movimiento. Cada vez que cambiaba el peso de un pie al otro, sonaba como si alguien pisara un tablón podrido en el fondo de un barco.

En el baño del dormitorio principal, Sergio estaba tumbado en la bañera vacía bajo un montón de toallas de felpa, sudando en silencio y preguntándose en qué momento exacto de su vida había tomado las decisiones que lo habían llevado hasta allí.

Cada diez minutos, Marta subía con la excusa de «buscar el cargador del móvil» y abría la puerta del baño el ancho suficiente para susurrar:

—Quieto. Ernesto está abajo.

Y Sergio, debajo de las toallas, respondía levantando el pulgar.

***

La primera crisis seria llegó veinte minutos después.

Roberto anunció que quería darse una ducha antes de que llegaran los invitados imaginarios. Silvia lo interceptó en las escaleras con la velocidad de un lateral de fútbol.

—El agua caliente se ha cortado. Hay un problema con el calentador.

—Me ducho en frío, no me importa.

—No, no. Es que hay un técnico que viene ahora mismo. Lo llamé antes.

—¿Un técnico de calderas a las ocho de la tarde?

—Servicio de emergencia. Muy caro, pero no había opción.

Roberto la miró con la expresión de un hombre que lleva demasiados años casado como para creer a pies juntillas todo lo que le cuentan, pero también demasiados como para querer averiguar la verdad.

—Pues me lavo la cara en el baño del pasillo y ya está —dijo, y dobló a la derecha.

Silvia exhaló despacio y subió corriendo en cuanto él desapareció.

—Andrés. Hay que moverte. Roberto puede subir en cualquier momento y este armario cruje.

—¿Adónde voy?

—Al baño grande del dormitorio principal. Con Sergio.

—¿Con Sergio?

—Es la única opción que tenemos. En calzoncillos, venga.

Andrés cruzó el pasillo en calcetines y se metió en el baño del dormitorio principal con la cautela de alguien que sabe que su dignidad ya ha alcanzado su límite por esa noche. Dentro, Sergio levantó una toalla y lo miró desde la bañera.

—Hola —dijo.

—Hola —respondió Andrés, cerrando la puerta con cuidado.

—¿Tienes hambre? Marta me ha pasado medio sándwich por debajo de la puerta.

—¿Qué clase de situación es esta?

—La que hemos elegido —dijo Sergio, con una filosofía que en ese momento era exactamente lo último que Andrés quería escuchar.

***

La segunda crisis llegó a las nueve y cuarto.

Ernesto decidió que quería ponerse una chaqueta para la cena. La chaqueta estaba, según él recordaba perfectamente, en el armario del dormitorio principal. Marta lo vio dirigirse hacia las escaleras y entró en modo pánico silencioso.

—Cariño —dijo, poniéndose delante de él—. La chaqueta azul está en el coche. La vi antes cuando saqué la nevera.

—No, la puse en el armario esta mañana. Estoy seguro.

—Te confundes. La metí en la bolsa del maletero para que no se arrugara en el viaje.

—¿Por qué ibas a meter mi chaqueta en el maletero sin decirme nada?

—Porque soy una esposa considerada.

Ernesto la miró fijamente durante tres segundos. Marta aguantó la mirada sin pestañear.

—Pues voy a mirarlo —dijo él al final.

—Te acompaño —respondió ella, siguiéndolo al garaje.

Mientras estaban abajo, Silvia avisó a los dos hombres del baño.

—Tenéis que salir antes de que vuelvan. Hay una ventana en el dormitorio de servicio que da al jardín lateral. Podéis bajar por el toldo.

—¿Cuánto hay hasta el suelo? —preguntó Andrés.

—Tres metros. Quizás tres y algo. Hay un arbusto de lavanda que amortigua.

—¿Un arbusto de lavanda?

—Es grande. Os vestís primero, claro.

Los dos hombres se miraron durante un momento que podría haberse convertido en discusión, pero que en cambio terminó con ambos buscando sus camisas en silencio.

***

La tercera crisis fue la definitiva y la más cercana al desastre.

Cuando Andrés y Sergio, ya vestidos, cruzaban el pasillo hacia el dormitorio de servicio, Roberto subió las escaleras con una botella de vino en la mano y se los encontró de frente.

Hubo un silencio de aproximadamente dos segundos que pareció durar un año entero.

Silvia, que venía detrás, reaccionó antes de que su cerebro terminara de formular el plan.

—Roberto, son los técnicos de la caldera. Acaban de terminar.

Roberto los miró. Andrés llevaba la camisa por fuera y los zapatos sin atar. Sergio tenía el pelo aplastado en un lado y una marca de toalla en la mejilla.

—¿Técnicos de la caldera.

—El servicio nocturno. Ya te lo había dicho.

—Me dijiste que venían. No que ya estaban aquí dentro.

Andrés, que en su vida cotidiana daba clases de teatro aficionado los martes por la noche en un centro cívico del barrio, improvisó con una convicción admirable:

—Buenas noches. Todo solucionado. Un problema de presión en el circuito secundario. Sin mayor importancia.

—¿Y por qué han salido del baño del dormitorio principal? —preguntó Roberto sin moverse.

—Porque la caldera está conectada a ese baño —dijo Andrés sin dudarlo un instante.

—Todas las calderas están conectadas a todos los baños —añadió Sergio, con la autoridad técnica de alguien que no sabe absolutamente nada de calderas pero que cree en sí mismo con una fe inquebrantable.

Roberto los observó un momento más. Luego miró a Silvia. Luego volvió a mirarlos a ellos. Algo en su expresión sugería que estaba conectando puntos que prefería no conectar del todo.

—Bueno —dijo al final—. Gracias.

—De nada —dijeron los dos a la vez.

Ernesto, que acababa de subir detrás de Marta con la chaqueta azul encontrada efectivamente en el maletero, los vio pasar hacia la escalera.

—¿Quiénes son esos?

—Los de la caldera —dijo Marta.

—¿A estas horas?

—Servicio nocturno. Ya te lo explico.

—¿Por qué ese lleva el pelo mojado?

—Se lavó las manos —dijo Silvia desde el pasillo—. Son muy limpios.

Ernesto asintió con la lentitud de quien no está del todo convencido pero tampoco tiene energía para seguir tirando del hilo.

***

Andrés y Sergio bajaron las escaleras con la serenidad de dos personas que han terminado su jornada laboral, cruzaron el salón con una breve inclinación de cabeza hacia los maridos y salieron por la puerta principal.

En cuanto el coche arrancó en el camino de entrada y las luces traseras desaparecieron por la curva, Silvia y Marta se encerraron en la cocina, apoyaron la espalda contra la puerta y tardaron exactamente cinco segundos en empezar a reírse. Una risa baja, nerviosa, contenida, de quien acaba de salvar algo que no debería haber arriesgado en primer lugar.

—Ha faltado nada —susurró Silvia cuando recuperó el aliento.

—La próxima vez nos organizamos mejor —dijo Marta.

—La próxima vez no hay próxima vez.

—Eso dijiste el verano pasado en Alicante.

Silvia sirvió dos copas con lo que quedaba del cava, las únicas que habían sobrevivido intactas a la noche, y brindaron en silencio frente a la ventana de la cocina que daba al jardín oscuro.

Desde el salón llegaba el sonido inconfundible del televisor. Roberto y Ernesto habían encontrado un partido de fútbol y ya no existía nada más en el mundo para ellos.

—Por los armarios con buena ventilación —dijo Marta.

—Por los técnicos de caldera que saben improvisar —añadió Silvia.

Chocaron las copas sin hacer ruido. Afuera, el Atlántico seguía donde siempre, indiferente y enorme, y la lavanda del jardín olía con más fuerza después de que alguien hubiera caído encima de ella.

Se rieron otra vez, despacio, con esa mezcla particular de alivio y adrenalina que deja una mentira bien sostenida cuando por fin se puede soltar.

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4.3 (7)

Comentarios (10)

martuchaBA

tremendo final!! me quede con el corazon en la mano jajaja. excelente

NocheVieja77

Por favor una segunda parte!! necesito saber como termino todo, no puedo quedarme con esa incertidumbre

VeranoCaliente

que suspenso!!! muy bien logrado

CrisM88

Lo del porton a las seis me mato. La tension que se siente es increible, muy bien escrito

Karla_noche

me recordo a unas vacaciones con amigas... sin tanto drama afortunadamente jaja. El relato atrapa desde el primer parrafo

PepeSantander

Que manera de escribir! Uno siente el calor del verano y los nervios al mismo tiempo. Esperando ansioso la continuacion

RosaV88

el porton a las seis... casi me da un susto a mi tambien jajajaja. Muy bueno!!

SolDeVerano_

sigue asi, me engancho desde el principio

Panzeta

La ambientacion de la villa esta perfecta, le da mucho realismo. Se disfruta mucho mas asi. Felicitaciones

NachoPe

Como alguien que ha pasado veranos en casas grandes... la logistica de estas aventuras es todo jaja. Muy entretenido y bien contado

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