Los amantes que escondimos en el armario ese verano
La villa «Las Buganvillas» olía a mar, a madreselva y a mala conciencia. Estaba encaramada sobre un acantilado de la Costa de la Luz, con dos plantas, cuatro dormitorios y una terraza desde la que se veía el Atlántico hasta donde alcanzaba la vista. Silvia y Marta, amigas desde los quince años, habían convencido a sus maridos de alquilarla para un «fin de semana romántico». Lo que sus maridos no sabían era que el romance iba a ser muy diferente al que imaginaban.
Silvia tenía cuarenta y ocho años, caderas generosas, el pelo oscuro con alguna cana que se negaba a teñir y la habilidad de mentir con una sonrisa que desarmaba hasta al más suspicaz. Estaba casada con Roberto, representante comercial de maquinaria agrícola que coleccionaba llaveros de ferias y creía que el sentido del humor consistía en contar el mismo chiste de bodas cada vez que había más de tres personas reunidas. En la cama, Roberto era puntual, breve y educado, tres adjetivos que Silvia había terminado por asociar con las visitas al dentista.
Marta, cuarenta y seis, más pequeña y con una soltura desconcertante para salir de situaciones comprometidas, llevaba doce años casada con Ernesto, mecánico jubilado anticipadamente que vivía para el atletismo de sillón: gritar nombres de jugadores mientras veía el fútbol con una cerveza en la mano. Ernesto le tocaba las tetas por encima del camisón dos veces al mes, siempre los sábados, siempre antes de dormirse, siempre sin quitarle la ropa.
El viernes por la tarde los maridos se marcharon a una embarcación alquilada en Tarifa. Prometieron volver el domingo por la noche. En cuanto el coche de alquiler desapareció por la carretera costera, Silvia sacó el móvil.
—Tienen dos horas, como mucho —dijo—. Andrés y Sergio llegan a las siete.
—Perfecto —respondió Marta, deslizando su alianza del dedo y guardándola en el cajón de la cocina, entre el sacacorchos y unos palillos—. Yo me encargo de que Sergio entre por la puerta trasera. Tú ocúpate de Andrés por la terraza. Y si alguien llama, somos dos señoras respetables que están tomando el aperitivo.
—Yo llevo tres semanas sin follar, Marta. Como Andrés no me parta en dos esta noche, me pongo a gritar.
—A mí me lo vas a contar. La última vez que Ernesto me hizo correrme fue durante el Mundial. Y no me acuerdo de cuál.
A las siete menos cuarto sonó el timbre de la puerta trasera.
Sergio tenía cuarenta y un años, hombros anchos, la mandíbula como esculpida a golpes de cincel y una botella de cava en la mano. Marta lo arrastró escaleras arriba y cerró la puerta del dormitorio principal con el pestillo. Antes de que él pudiera dejar la botella en la mesilla, ella ya estaba de rodillas, desabrochándole el cinturón con los dientes apretados.
—Ni hola ni nada —gruñó Sergio.
—Hola después —dijo Marta, y le bajó los pantalones y los calzoncillos de un tirón.
La polla de Sergio saltó fuera, ya medio dura, gruesa y curvada hacia arriba, y Marta se la metió entera en la boca sin darle tiempo a él a reaccionar. Sergio soltó un jadeo bajo, le agarró la cabeza con las dos manos y empezó a follarle la boca despacio, viendo cómo los labios pintados de ella se estiraban alrededor de su verga. Marta chupaba con los ojos cerrados, salivando, empujándose a sí misma para tragar más, hasta que la punta le tocó el fondo de la garganta y notó ese cosquilleo de arcada que la excitaba como pocas cosas. Se retiró un momento, respiró hondo, y volvió a hundirse hasta la raíz con un sonido húmedo que hizo temblar a Sergio de arriba abajo.
—Joder, joder, joder —murmuraba él—. Vas a hacer que me corra en tres minutos.
Marta lo sacó de su boca con un plop obsceno, un hilo de saliva colgándole del labio.
—Ni se te ocurra. Me lo quiero comer entero después. Ahora fóllame.
Se puso de pie, se quitó el vestido por encima de la cabeza y se quedó en bragas, con las tetas al aire, los pezones ya duros como piedras. Sergio le arrancó las bragas de un tirón —literalmente, se oyó el chasquido de la tela— y la empujó boca abajo sobre la cama. Le abrió las piernas con la rodilla, le agarró las caderas y se la metió de una embestida, hasta el fondo. Marta gimió contra el edredón, un gemido largo, agudo, de mujer a la que le hace falta desde hace demasiado tiempo.
—Así, así, así —jadeaba ella—. Fuerte, hostia, fuerte.
Sergio empezó a embestirla a ritmo constante, agarrándola del pelo con una mano y con la otra clavándole los dedos en la cadera. El colchón chirriaba, la cabecera golpeaba contra la pared, y Marta metía la cara en la almohada para no gritar cuando sentía la polla de Sergio abriéndose paso hasta lo más adentro. Estaba tan mojada que él resbalaba dentro con un ruido líquido y continuo, y cada estocada le hacía rebotar las tetas contra las sábanas.
Cinco minutos después, Silvia abrió la puerta corredera de la terraza. Andrés, cuarenta y cuatro años, con entradas elegantes y manos que sabían exactamente cómo usarse, apareció con una caja de turrones y una sonrisa torcida. Silvia lo empujó hacia el dormitorio de invitados sin mediar palabra y lo tiró sobre la cama.
—La caja, en el suelo —le ordenó—. Las manos, en mí.
Se subió encima de él a horcajadas, todavía con el vestido veraniego puesto, y le agarró la cara con las dos manos para besarlo con la boca abierta, la lengua metida hasta el fondo, mordiéndole el labio inferior hasta hacerle un pequeño quejido. Andrés le subió el vestido de un tirón por encima de las caderas y descubrió que no llevaba bragas.
—Dios mío, Silvia.
—Llevo cuatro horas sin ellas, esperándote. Toca.
Andrés le metió la mano entre las piernas y encontró el coño empapado, los labios hinchados, el clítoris palpitando bajo la yema del dedo. Silvia soltó un gemido gutural en cuanto él empezó a acariciarla, y se meneó sobre sus dedos como si llevara meses ensayando ese movimiento. Andrés le metió dos dedos de golpe y ella se agarró a la cabecera de la cama, las tetas balanceándose bajo el vestido.
—Chúpame primero —dijo ella—. Necesito una lengua ahora mismo o me muero.
Silvia rodó hasta quedar de espaldas y abrió las piernas. Andrés le arrancó el vestido por completo, se lo tiró al suelo y hundió la cara entre sus muslos. Empezó a lamerle el coño con avidez, la lengua plana subiendo desde la entrada hasta el clítoris, chupando los labios, metiendo la lengua dentro. Silvia se agarraba el pelo, se agarraba las tetas, se pellizcaba los pezones, mordía la almohada. La lengua de Andrés sabía exactamente dónde presionar, en qué círculos moverse, cuándo chupar el clítoris entre los labios y cuándo darle golpecitos rápidos con la punta.
—Ahí, ahí, ahí, no pares —jadeaba ella—. Voy a correrme, no pares, joder.
Se corrió con un temblor largo, apretando la cabeza de Andrés contra su coño, las piernas cerradas alrededor de sus hombros. Cuando por fin lo soltó, él tenía la barbilla y las mejillas empapadas de ella, brillando bajo la luz de la lámpara, y una sonrisa de satisfacción que le llegaba hasta las orejas.
—Ahora tú —dijo Silvia, todavía jadeando—. Métemela ya.
Andrés se desnudó en tres segundos y trepó encima de ella. Tenía la polla dura, larga, ligeramente menos gruesa que la de Sergio pero con una curva que Silvia conocía bien. Se la metió despacio, milímetro a milímetro, disfrutando de la cara que ponía ella mientras la sentía entrar. Silvia le clavó las uñas en la espalda cuando notó que llegaba hasta el fondo.
—Fóllame, Andrés. Sin piedad. Como aquella vez del hotel de Cádiz.
Y Andrés empezó a follarla como se lo había pedido: sin piedad, apoyándose en los brazos, empujando con toda la cadera, chocando pelvis contra pelvis a un ritmo que hacía que la cama entera se moviera hacia la pared.
Durante la hora siguiente la villa se convirtió en una sinfonía de respiraciones contenidas, risas ahogadas y el crujido rítmico de dos colchones de mala calidad a la vez. En el dormitorio principal, Sergio había puesto a Marta a cuatro patas y la estaba embistiendo por detrás, agarrándole las tetas por debajo, mordiéndole el cuello y la nuca, susurrándole guarradas al oído.
—Qué culo, joder. Qué culo tienes. Voy a correrme en tus tetas cuando me digas.
—En la boca —jadeaba Marta—. Cuando termines, en la boca. Me lo trago todo.
En el dormitorio de invitados, Silvia y Andrés habían llegado a la parte más interesante de la velada —ella con las manos apoyadas en la cabecera y él mordiéndole el cuello despacio, la polla enterrada hasta el fondo, dándole embestidas lentas y profundas que le arrancaban a Silvia gemidos ahogados— cuando la voz de Roberto retumbó desde el salón como si viniera del fondo del mar.
—¡Silvia! ¡Ya estamos aquí, cariño!
Silvia se quedó inmóvil, con la polla de Andrés todavía dentro. Sus pulmones se olvidaron de funcionar durante tres segundos completos.
—Dios mío —susurró—. El motor se averió. Vinieron en taxi desde Tarifa.
—¿Qué? —dijo Andrés, sentándose de golpe y saliendo de ella con un chasquido húmedo.
—Al armario. Ya.
Andrés, desnudo, con la polla todavía dura y brillante del coño de Silvia, y con los pantalones en la mano, se metió en el armario empotrado del dormitorio de invitados con la dignidad razonable que permite una situación así. Silvia se ató a toda prisa el cinturón de un albornoz de terciopelo burdeos que encontró colgado detrás de la puerta, sintiendo cómo un hilo de semen y flujo le corría por el muslo, y salió al pasillo justo cuando Roberto subía los últimos escalones.
—¡Vaya sorpresa! —canturreó ella con una voz que no había practicado suficiente—. ¿Ya estáis de vuelta? ¿Qué ha pasado con la pesca?
—Ni un maldito pez. La lancha se quedó sin motor. Ernesto está sacando las neveras del coche. ¿Qué hacías?
—Nada… estiramientos. Los de lumbago que me mandó la fisio. Ya sabes cómo es.
Roberto la miró de arriba abajo. Silvia tenía el pelo revuelto, la cara colorada, el albornoz mal abrochado y las tetas oscilando por debajo sin sujeción.
—Estás sudando.
—Los estiramientos son muy intensos. La doctora dice que hay que forzar la musculatura.
***
En el dormitorio principal, la situación de Marta era considerablemente peor. Sergio la tenía apoyada contra la pared, la había levantado del suelo, ella tenía las piernas rodeándole la cintura, y la estaba follando a pelo con embestidas cortas y rápidas cuando oyeron la voz de Ernesto desde abajo:
—¡Marta! ¡Baja a ayudarme con las neveras portátiles!
Marta empujó a Sergio hacia el baño en suite con tanta energía que él tuvo que agarrarse al toallero para no caer, la polla todavía chorreando de ella, el semen a medio camino de salir.
—Al baño. Métete en la bañera y no hagas ningún ruido.
—¿En la bañera? Marta, estaba a punto de correrme.
—Pues te aguantas. Debajo de las toallas. Muévete.
Sergio, completamente desnudo, con la verga durísima señalando al techo, se tumbó en la bañera vacía mientras Marta le lanzaba las toallas del toallero encima. Luego se puso una camiseta enorme de Ernesto que encontró sobre la silla, se limpió el interior de los muslos con una toalla de mano, se pasó los dedos por el pelo y bajó las escaleras con una sonrisa de diez puntos, notando cómo el coño le seguía palpitando a cada escalón.
—Hola, mi vida —dijo—. Qué susto me habéis dado. ¿Cómo ha ido la pesca?
—Un desastre. ¿Por qué estás colorada?
—Estaba haciendo pilates en la habitación.
—Tú odias el pilates.
—He empezado a cogerle el gusto. Tiene muchos beneficios para la espalda.
Ernesto abrió la boca, la cerró, y no dijo nada más.
***
Los maridos dejaron las neveras en la cocina, se sirvieron dos cervezas y se instalaron en el sofá con cara de náufragos. Silvia y Marta se miraron desde el extremo opuesto del salón como dos actrices a punto de improvisar la escena más complicada de su carrera.
—Tenemos que entretenerlos —susurró Silvia.
—¿Cuánto tiempo necesitamos?
—Lo suficiente para sacarlos sin que los vean bajar las escaleras. Y para que a mí se me deje de notar que tengo medio litro de semen entre las piernas.
—Sube y lávate, por dios. Yo los entretengo.
Silvia bajó al salón dos minutos después, ya con bragas puestas, y se sentó entre los dos hombres con una sonrisa de presentadora de concurso.
—Chicos, justo os iba a llamar. Mi hermana Pilar viene a cenar esta noche. Con su novio nuevo. En menos de una hora.
Roberto abrió los ojos.
—¿Pilar? ¿La de Valencia? ¿Esta noche?
—Ya la conocéis, espontánea como ella sola. Y la prima de Marta también viene, con su marido. Son cuatro más. Mejor pedimos pizzas, ¿no?
Marta, que acababa de bajar, añadió con total convicción:
—Así no hay que cocinar. Mucho más cómodo para todos.
Los maridos se miraron. Ernesto se rascó la cabeza. Roberto asintió con la resignación de quien lleva muchos años casado.
Mientras tanto, en el armario del dormitorio de invitados, Andrés intentaba no respirar demasiado fuerte y tampoco intentaba no notar que se le seguía escurriendo el sabor de Silvia por la barbilla. El armario era antiguo, de madera, y crujía con cada movimiento. Cada vez que cambiaba el peso de un pie al otro, sonaba como si alguien pisara un tablón podrido en el fondo de un barco. Tenía la polla a media asta, aprisionada contra los pantalones que sostenía como escudo, y una gota espesa amenazaba con caer al parqué.
En el baño del dormitorio principal, Sergio estaba tumbado en la bañera vacía bajo un montón de toallas de felpa, sudando en silencio, con la verga todavía dura, palpitando al ritmo del corazón, y preguntándose en qué momento exacto de su vida había tomado las decisiones que lo habían llevado hasta allí. Cada minuto que pasaba, la polla se le hinchaba un poco más contra el borde de la toalla, y las bolas le pedían a gritos que alguien terminara lo que Marta había empezado.
Cada diez minutos, Marta subía con la excusa de «buscar el cargador del móvil» y abría la puerta del baño el ancho suficiente para susurrar:
—Quieto. Ernesto está abajo.
Y Sergio, debajo de las toallas, respondía levantando el pulgar y, la segunda vez, agarrándole la muñeca a Marta y llevándosela a la polla por debajo de la felpa. Marta cerró los ojos un instante al notar la carne caliente y dura en la palma, apretó dos veces, muy despacio, un mimo rápido de despedida provisional, y salió del baño con la respiración descompuesta.
—Luego —susurró.
—Luego —repitió él.
***
La primera crisis seria llegó veinte minutos después.
Roberto anunció que quería darse una ducha antes de que llegaran los invitados imaginarios. Silvia lo interceptó en las escaleras con la velocidad de un lateral de fútbol.
—El agua caliente se ha cortado. Hay un problema con el calentador.
—Me ducho en frío, no me importa.
—No, no. Es que hay un técnico que viene ahora mismo. Lo llamé antes.
—¿Un técnico de calderas a las ocho de la tarde?
—Servicio de emergencia. Muy caro, pero no había opción.
Roberto la miró con la expresión de un hombre que lleva demasiados años casado como para creer a pies juntillas todo lo que le cuentan, pero también demasiados como para querer averiguar la verdad.
—Pues me lavo la cara en el baño del pasillo y ya está —dijo, y dobló a la derecha.
Silvia exhaló despacio y subió corriendo en cuanto él desapareció.
—Andrés. Hay que moverte. Roberto puede subir en cualquier momento y este armario cruje.
—¿Adónde voy?
—Al baño grande del dormitorio principal. Con Sergio.
—¿Con Sergio?
—Es la única opción que tenemos. En calzoncillos, venga.
Andrés cruzó el pasillo en calzoncillos y calcetines, con la polla todavía apretándole el algodón, y se metió en el baño del dormitorio principal con la cautela de alguien que sabe que su dignidad ya ha alcanzado su límite por esa noche. Dentro, Sergio levantó una toalla y lo miró desde la bañera. Estaba desnudo del todo, medio tapado, y era imposible no ver que la tenía dura como una piedra.
—Hola —dijo Sergio.
—Hola —respondió Andrés, cerrando la puerta con cuidado.
Sergio miró la entrepierna de Andrés, luego la suya, y luego el techo.
—Estamos los dos igual, ¿no?
—Tres semanas de espera —murmuró Andrés—. Me quedé a mitad.
—Yo estaba a segundos.
—¿Tienes hambre? Marta me ha pasado medio sándwich por debajo de la puerta.
—¿Qué clase de situación es esta?
—La que hemos elegido —dijo Sergio, con una filosofía que en ese momento era exactamente lo último que Andrés quería escuchar.
Andrés se sentó en el suelo, con la espalda contra la pared, e intentó pensar en cosas antisexuales. Facturas del gestor. Los pies de su suegra. El discurso de Nochebuena. No funcionaba: la polla le seguía latiendo como si tuviera vida propia y le pedía a gritos algo, cualquier cosa, un coño, una mano, la propia. Miró a Sergio. Sergio lo miró a él. Los dos entendieron y los dos apartaron la vista al mismo tiempo.
—Ni de coña —dijo Andrés.
—Ni de coña —confirmó Sergio.
Se quedaron en silencio un minuto largo. Al cabo, Andrés metió la mano por dentro del calzoncillo, se agarró la polla y empezó a masturbarse despacio, mirando al azulejo del techo. Sergio hizo lo mismo bajo la toalla. Ninguno dijo nada. Fue el pacto más silencioso y más digno de la noche.
—¿Piensas en ella? —susurró Sergio al cabo de un rato.
—En la mía. Cállate.
—Yo también.
Se corrieron los dos con diez segundos de diferencia, mordiéndose el labio, cada uno en su propia toalla, cada uno pensando en la mujer que estaba abajo mintiéndole a su marido.
***
La segunda crisis llegó a las nueve y cuarto.
Ernesto decidió que quería ponerse una chaqueta para la cena. La chaqueta estaba, según él recordaba perfectamente, en el armario del dormitorio principal. Marta lo vio dirigirse hacia las escaleras y entró en modo pánico silencioso.
—Cariño —dijo, poniéndose delante de él—. La chaqueta azul está en el coche. La vi antes cuando saqué la nevera.
—No, la puse en el armario esta mañana. Estoy seguro.
—Te confundes. La metí en la bolsa del maletero para que no se arrugara en el viaje.
—¿Por qué ibas a meter mi chaqueta en el maletero sin decirme nada?
—Porque soy una esposa considerada.
Ernesto la miró fijamente durante tres segundos. Marta aguantó la mirada sin pestañear.
—Pues voy a mirarlo —dijo él al final.
—Te acompaño —respondió ella, siguiéndolo al garaje.
Mientras estaban abajo, Silvia avisó a los dos hombres del baño.
—Tenéis que salir antes de que vuelvan. Hay una ventana en el dormitorio de servicio que da al jardín lateral. Podéis bajar por el toldo.
—¿Cuánto hay hasta el suelo? —preguntó Andrés.
—Tres metros. Quizás tres y algo. Hay un arbusto de lavanda que amortigua.
—¿Un arbusto de lavanda?
—Es grande. Os vestís primero, claro.
Silvia se los quedó mirando un segundo. Andrés en calzoncillos, Sergio con la toalla en la cintura, los dos con el pelo revuelto y el olor inequívoco de lo que acababan de hacerse a sí mismos. Le entró una risa nerviosa, medio culpable, medio caliente.
—¿En serio, chicos?
—Emergencia sanitaria —dijo Sergio.
—Es cierto lo del arbusto —añadió Andrés—. Yo te acompaño.
Los dos hombres se miraron durante un momento que podría haberse convertido en discusión, pero que en cambio terminó con ambos buscando sus camisas en silencio. Silvia cerró la puerta del baño y bajó a asegurarse de que Marta seguía entreteniendo a Ernesto en el maletero.
***
La tercera crisis fue la definitiva y la más cercana al desastre.
Cuando Andrés y Sergio, ya vestidos, cruzaban el pasillo hacia el dormitorio de servicio, Roberto subió las escaleras con una botella de vino en la mano y se los encontró de frente.
Hubo un silencio de aproximadamente dos segundos que pareció durar un año entero.
Silvia, que venía detrás, reaccionó antes de que su cerebro terminara de formular el plan.
—Roberto, son los técnicos de la caldera. Acaban de terminar.
Roberto los miró. Andrés llevaba la camisa por fuera y los zapatos sin atar. Sergio tenía el pelo aplastado en un lado y una marca de toalla en la mejilla.
—¿Técnicos de la caldera.
—El servicio nocturno. Ya te lo había dicho.
—Me dijiste que venían. No que ya estaban aquí dentro.
Andrés, que en su vida cotidiana daba clases de teatro aficionado los martes por la noche en un centro cívico del barrio, improvisó con una convicción admirable:
—Buenas noches. Todo solucionado. Un problema de presión en el circuito secundario. Sin mayor importancia.
—¿Y por qué han salido del baño del dormitorio principal? —preguntó Roberto sin moverse.
—Porque la caldera está conectada a ese baño —dijo Andrés sin dudarlo un instante.
—Todas las calderas están conectadas a todos los baños —añadió Sergio, con la autoridad técnica de alguien que no sabe absolutamente nada de calderas pero que cree en sí mismo con una fe inquebrantable.
Roberto los observó un momento más. Luego miró a Silvia. Luego volvió a mirarlos a ellos. Algo en su expresión sugería que estaba conectando puntos que prefería no conectar del todo.
—Bueno —dijo al final—. Gracias.
—De nada —dijeron los dos a la vez.
Ernesto, que acababa de subir detrás de Marta con la chaqueta azul encontrada efectivamente en el maletero, los vio pasar hacia la escalera.
—¿Quiénes son esos?
—Los de la caldera —dijo Marta.
—¿A estas horas?
—Servicio nocturno. Ya te lo explico.
—¿Por qué ese lleva el pelo mojado?
—Se lavó las manos —dijo Silvia desde el pasillo—. Son muy limpios.
Ernesto asintió con la lentitud de quien no está del todo convencido pero tampoco tiene energía para seguir tirando del hilo.
***
Andrés y Sergio bajaron las escaleras con la serenidad de dos personas que han terminado su jornada laboral, cruzaron el salón con una breve inclinación de cabeza hacia los maridos y salieron por la puerta principal.
En cuanto el coche arrancó en el camino de entrada y las luces traseras desaparecieron por la curva, Silvia y Marta se encerraron en la cocina, apoyaron la espalda contra la puerta y tardaron exactamente cinco segundos en empezar a reírse. Una risa baja, nerviosa, contenida, de quien acaba de salvar algo que no debería haber arriesgado en primer lugar.
—Ha faltado nada —susurró Silvia cuando recuperó el aliento.
—Sergio no se corrió —dijo Marta—. Estaba a punto y lo dejé en la bañera. Me odia.
—Andrés tampoco. Bueno. Andrés algo se sacó ahí arriba, me dijo por señas. Me da hasta ternura.
—¿Se la cascaron en el baño?
—Los dos. Juntos. Sin mirarse.
Marta se tapó la boca con las dos manos para no aullar de risa. Silvia se agarró al banco de la cocina, casi llorando.
—La próxima vez nos organizamos mejor —dijo Marta cuando pudo respirar.
—La próxima vez no hay próxima vez.
—Eso dijiste el verano pasado en Alicante.
Silvia sirvió dos copas con lo que quedaba del cava, las únicas que habían sobrevivido intactas a la noche, y brindaron en silencio frente a la ventana de la cocina que daba al jardín oscuro. Todavía tenía las bragas mojadas del coño de la ida y de la vuelta, y notaba, con cada movimiento, cómo se le pegaban a los labios como un recordatorio caliente.
Desde el salón llegaba el sonido inconfundible del televisor. Roberto y Ernesto habían encontrado un partido de fútbol y ya no existía nada más en el mundo para ellos.
—Por los armarios con buena ventilación —dijo Marta.
—Por los técnicos de caldera que saben improvisar —añadió Silvia.
Chocaron las copas sin hacer ruido. Afuera, el Atlántico seguía donde siempre, indiferente y enorme, y la lavanda del jardín olía con más fuerza después de que alguien hubiera caído encima de ella.
Se rieron otra vez, despacio, con esa mezcla particular de alivio y adrenalina que deja una mentira bien sostenida cuando por fin se puede soltar. Y en el móvil de Silvia, escondido en el bolsillo del albornoz, ya vibraba un mensaje de Andrés que decía, en tres palabras: «¿Cuándo, otra vez?».