La dueña del rancho tenía una oferta que no esperamos
Diego y yo llevábamos tres días cruzando las quebradas del noroeste cuando el cielo se puso verde. Eso no es buena señal en esa parte de la cordillera: verde antes de negro, y negro antes del granizo. Las mochilas pesaban treinta kilos cada una y no teníamos dónde meternos.
—Hay algo ahí abajo —dijo Andrés, señalando hacia un pliegue del terreno donde se distinguía un rectángulo oscuro entre los cardones.
No discutimos. Bajamos el cerro corriendo, con las piedras sueltas traicionando cada paso, y llegamos al rancho justo cuando empezaban las primeras ráfagas. Era una construcción de adobe con techo de chapa, rodeada de un alambrado viejo y un par de burros que ya miraban al cielo con resignación. La puerta de madera tenía la pintura descascarada y un pomo de metal oxidado.
Golpeé tres veces. Nada. Cuatro veces más, más fuerte. Una voz de mujer respondió desde adentro.
—Ya voy. No hace falta que rompan.
La puerta se abrió y la señora nos miró de arriba abajo sin apuro. Sesenta y pico de años, pelo oscuro con hebras grises recogido en una trenza gruesa, mandil encima de un vestido floreado. Era robusta, con hombros anchos y una presencia que llenaba el marco de la puerta. Detrás de ella apareció otra mujer, mucho más joven, apoyada en el umbral interior con los brazos cruzados y una expresión entre curiosa y divertida.
—Soy Diego, él es Andrés. Somos mochileros, venimos de Córdoba. La tormenta nos agarró desprevenidos y necesitamos dónde pasar la noche. Pagamos lo que corresponda.
La señora nos estudió un momento con ojos oscuros y calculadores. Después se hizo a un lado.
—Pasen.
Adentro olía a leña y a guiso espeso. La cocina era amplia, con una mesa de pino en el centro y una salamandra que irradiaba calor desde el rincón. Colgaban manojos de hierbas secas del techo y había una estantería con frascos de conserva alineados por tamaño. La hija —que no tendría más de treinta y cinco— se quedó observándonos desde el umbral con esa misma media sonrisa.
—Yo soy Elvira —dijo la señora, sin ofrecernos la mano—. Ella es Natalia, mi hija. Este rancho es mío. ¿Cuántos días piensan quedarse?
—Solo esta noche —respondió Andrés—. Mañana bajamos a la ruta.
Elvira asintió lentamente, como si calculara algo que no íbamos a entender.
—El cuarto tiene dos camas. Cuesta trescientos por cabeza, con cena incluida. —Hizo una pausa deliberada—. Si quieren más que eso, son quinientos por persona. Se paga por adelantado.
El silencio que siguió duró exactamente lo que tardé en entender qué estaba ofreciendo. Andrés lo entendió al mismo tiempo que yo. Me miró de reojo. Natalia, en el umbral, miraba sus propias manos con una sonrisa que no disimulaba nada.
Llevábamos casi dos semanas en la ruta, con las pelotas cargadas y sin más consuelo que la mano izquierda dentro de la carpa. Pagamos los quinientos cada uno sin decir nada más.
Elvira guardó los billetes en el mandil con la naturalidad de quien cobra una factura de luz.
—Primero coman. Después vemos.
***
El guiso era de cordero con papas andinas. Comimos en silencio al principio, con el granizo golpeando el techo de chapa y la luz de la salamandra proyectando sombras largas sobre las paredes. Elvira sirvió los platos sin sentarse. Natalia sí se sentó, frente a Andrés, y fue ella quien empezó a hablar.
—¿De dónde son exactamente?
—Él de Rosario, yo de Córdoba —respondió Andrés.
—Primera vez que vienen por acá.
—Primera vez.
Natalia tomó un sorbo de vino tinto de una copa sin pie y asintió. Tenía el pelo negro cortado recto a la altura del mentón y los ojos claros, una combinación infrecuente en esa zona. Llevaba un vestido de algodón sin mangas que le marcaba el cuerpo sin esfuerzo. A veces se inclinaba sobre la mesa para alcanzar algo y la tela se tensaba en los lugares correctos, dejando entrever el borde oscuro de un pezón que asomaba libre bajo el algodón fino.
Elvira se movía entre la pileta y la mesa con la eficiencia de alguien que ha hecho el mismo trabajo miles de veces. Tenía la espalda ancha y las caderas firmes, y cuando se agachaba a buscar algo en un cajón bajo, la tela del vestido se tensaba sobre su culo grande y macizo de una manera difícil de ignorar. Sentí cómo se me endurecía la verga contra la costura del pantalón sin haber hecho nada para provocarlo.
—¿Y por qué se les ocurrió venir por este camino? —preguntó Natalia, apoyando el codo en la mesa—. No es la ruta más obvia.
—Queríamos evitar las rutas turísticas —dijo Andrés—. Ver algo diferente.
—Y lo vieron —dijo ella, con una sonrisa que no era del todo inocente.
Cuando terminamos de comer, Natalia levantó los platos y Elvira llenó los vasos con más vino. Después apagó la luz del techo y encendió una vela en el centro de la mesa. El gesto era tan deliberado que casi resultó cómico.
—¿Se acuerdan de lo que pagaron? —preguntó Elvira, sentándose por fin.
—Sí —dijo Andrés.
—Bien. Entonces no hace falta andar con vueltas. Yo cojo con Diego. Vos, Natalia, hacé lo que quieras con el otro.
Lo dijo sin pestañear, mirándome directo, y sentí que la sangre se me iba entera a la entrepierna.
***
El cuarto quedaba al fondo de un pasillo corto. Dos camas de una plaza, una mesita de luz entre ellas, una ventana con cortina de arpillera. Elvira entró primera y encendió una lámpara de bajo voltaje que bañó todo en luz amarilla y densa. Natalia cerró la puerta con llave.
Lo que siguió fue sin apuro. Elvira se quitó el mandil, lo dobló y lo dejó sobre la silla. Después se desabotonó el vestido de arriba hacia abajo, con movimientos lentos y precisos, como quien tiene todo el tiempo del mundo. Debajo no llevaba nada más que una bombacha de algodón blanco que se le hundía entre los muslos gruesos. Sus tetas eran grandes y pesadas, con pezones oscuros y anchos como monedas que se endurecieron con el aire frío del cuarto. El vientre era blando y surcado por las marcas de una vida trabajada, y sus caderas amplias tenían la solidez de algo construido para durar y para aguantar polla.
No era la imagen de las revistas. Era mejor que eso: era carne real, hembra de verdad, con olor y peso.
Natalia tardó menos. Tenía el cuerpo de alguien que hace trabajo físico: piernas firmes, vientre plano, tetas medianas y levantadas con los pezones rosados apuntando para arriba. Se quitó el vestido de un solo movimiento y se quedó parada en el centro del cuarto sin el menor pudor, con el coño depilado a la vista y los muslos ligeramente abiertos, mirando a Andrés con una expresión directa que era casi una pregunta.
—¿Qué preferís? —le preguntó—. ¿La boca, el coño o el culo?
—Lo que vos quieras —respondió él, con la voz un poco ronca.
—No. Lo que vos quieras —repitió ella, con énfasis—. Estás pagando, después de todo. Decilo con la palabra.
—El coño primero —dijo Andrés, tragando saliva—. Y después vemos.
—Buen chico.
Me acerqué a Elvira y la tomé de la cintura ancha. Era sólida y cálida, con la piel suave a pesar de los años. Olía a jabón de glicerina y a algo más, algo propio que no tenía nombre pero que se me metió directo en la cabeza. La besé. Respondió despacio al principio, después con más decisión, abriendo la boca y metiéndome la lengua con una hambre pausada que no esperaba. Sus manos encontraron el cierre de mi pantalón con determinación, me lo bajaron junto con el calzoncillo de un tirón, y me agarró la verga con una mano firme y callosa.
—Tenés buena polla —dijo, apretándomela sin dejar de mirarme—. Vamos a ver qué sabés hacer con ella.
La acosté sobre una de las camas. Me arrodillé frente a ella y le bajé la bombacha despacio, arrastrándola por los muslos gruesos hasta sacarla por los tobillos. Su coño era grande y carnoso, con los labios oscuros y gruesos, brillando ya de humedad, coronado por una mata de pelo negro con canas plateadas. Le abrí las piernas con las manos, se las levanté a la altura de los hombros, y me metí a fondo con la boca. Le pasé la lengua entera por toda la raja, de abajo hacia arriba, sintiendo el sabor fuerte y espeso, y me quedé a chuparle el clítoris hinchado con la punta de la lengua.
Ella no dijo nada, pero separó más las piernas y me puso la mano sobre la cabeza, una presión suave que era más una guía que una orden. Le metí dos dedos en el coño mientras seguía chupando y sentí lo apretada que estaba todavía, la manera en que se me cerraba alrededor de los nudillos. Estuve un buen rato ahí, mamándole el coño con paciencia, aprendiendo su ritmo, ajustando la lengua según lo que me decía su cuerpo, hasta que sus caderas empezaron a moverse solas contra mi cara y sus dedos se apretaron en mi pelo.
—Ya —dijo, con la voz más ronca—. Metémela ya.
Me tiró de la muñeca para que subiera. Me trepé encima de ella y le apoyé la punta de la verga en la entrada del coño, empapada de saliva y de sus propios jugos. Empujé despacio. Ella soltó un gemido grave, cerrado en la garganta, y me clavó las uñas en los hombros.
—Toda —dijo—. Metémela toda de una vez. No me tengas lástima.
Le hice caso. Se la hundí hasta el fondo de una embestida, sintiendo cómo su coño maduro me apretaba centímetro a centímetro, cómo sus tetas grandes se aplastaban contra mi pecho, cómo se le escapaba un jadeo largo que le duró todo el recorrido. Cuando toqué fondo me quedé quieto un momento, apoyado sobre los codos, mirándole la cara.
—Cogeme bien —dijo—. Como si fueras un hombre. Fuerte.
Empecé a moverme. Al principio con embestidas largas y pausadas, sacándola casi entera y volviéndola a meter hasta el fondo, escuchando cómo la cama vieja crujía bajo el peso de los dos. Después más rápido, con el pubis chocando contra el suyo, haciendo un ruido húmedo y obsceno que llenaba el cuarto. Ella controlaba el ritmo con las caderas, marcándome cuándo acelerar y cuándo frenar, apretándome el coño alrededor de la verga cada vez que salía como para no dejarme escapar.
En algún momento me giró con una fuerza que no esperaba y quedó encima. Se sentó sobre mí a horcajadas, se ensartó la polla entera de un solo movimiento y ahí el control fue completamente explícito. Se movía de forma pausada y circular, hincando las caderas contra las mías, con los ojos entreabiertos y las tetas pesadas balanceándose delante de mi cara. Levanté las manos y se las apreté, se las estrujé, le pellizqué los pezones oscuros hasta que soltó un gruñido bajo.
—Bien —dijo, cuando algo le gustaba especialmente. Solo eso.
Le agarré el culo con las dos manos, dos nalgas macizas y calientes, y la ayudé a moverse más rápido. Ella se inclinó hacia adelante, me metió una teta en la boca y yo se la chupé entera, con el pezón duro entre los dientes, mientras seguía cabalgándome con la eficiencia tranquila de una yegua que sabe exactamente el paso que necesita.
***
En la otra cama, Andrés y Natalia habían encontrado su propio ritmo mucho más rápido. Ella lo había tomado de la nuca y lo había besado con una fuerza que claramente lo tomó por sorpresa. Después lo había empujado de los hombros hasta sentarlo en el borde de la cama, se le había arrodillado entre las piernas y le había sacado la verga del pantalón con un tirón práctico. Se la metió entera en la boca de una sola vez, hasta la base, y Andrés soltó un jadeo que resonó en todo el cuarto.
—Qué rica la tenés —dijo ella, sacándosela de la boca con un ruido húmedo y escupiéndole encima antes de volver a mamársela—. Vamos a hacerla trabajar.
Le chupó la polla con la boca abierta y la lengua fuera, sin nada de delicadeza, dejándose caer saliva por el mentón y por los pechos. Le agarraba las pelotas con una mano y con la otra se acariciaba el coño abierto de piernas en el piso. Andrés le puso la mano en la cabeza y ella lo dejó, pero fue clara:
—No me la manejes vos. Yo sé cómo chuparla.
No había timidez en Natalia: sabía lo que quería y lo pedía con palabras concretas, sin rodeos. Cuando la tuvo bien dura, se paró, lo empujó de espaldas contra el colchón y se le sentó encima a horcajadas mirándolo a la cara. Se agarró la verga con la mano, se la dirigió al coño y se la fue metiendo poco a poco, con la boca abierta y los ojos clavados en los de él.
—Más despacio —decía—. No te vayas todavía.
Y después:
—Ahora sí. Así. Cogeme.
El granizo había parado. La lluvia que quedaba caía suave sobre el techo, un sonido constante que llenaba los silencios entre los golpes de las caderas y el crujir de las camas. Las dos camas crujían en distinto compás. Los sonidos de Natalia eran más expresivos que los de su madre, más inmediatos: gritaba con la boca abierta cada vez que Andrés la embestía desde abajo, se mordía los labios, decía «puta, qué rico» sin bajar el volumen. Elvira, en cambio, hacía ruido solo cuando algo la encontraba de verdad, como si midiera el placer antes de mostrarlo.
En un momento, Natalia giró la cabeza hacia nuestra cama sin dejar de moverse encima de Andrés, con la verga entrándole y saliéndole del coño a la vista.
—Mamá, ¿cómo andás?
—Bien andada —respondió Elvira, sin cambiar el ritmo—. Bien clavada.
Natalia soltó una carcajada corta y se volvió hacia Andrés, agarrándose de su pecho para acelerar el rebote.
***
Pasada la medianoche, Natalia sugirió cambiar. Práctica, sin drama, con la cara todavía enrojecida y el coño chorreándole por los muslos:
—¿Quieren rotar? Quiero probar la otra polla.
Andrés miró a Elvira. Yo miré a Natalia. Nadie dijo que no.
Natalia era diferente de su madre en casi todo. Más directa en sus pedidos, más impaciente, más ruidosa. Se acostó de espaldas, abrió las piernas de par en par y se abrió el coño con dos dedos, enseñándome el rosado brillante del interior.
—Metémela —dijo—. Sin preliminares. Ya vengo caliente de antes.
Me trepé encima y se la clavé de una embestida. Ella arqueó la espalda y soltó un grito largo, con la boca abierta contra mi cuello.
—Ay puta, qué grande la tenés vos también. Rómpeme.
Le agarré las piernas por detrás de las rodillas y se las empujé hacia el pecho, doblándola en dos, y empecé a cogerla fuerte, con embestidas rápidas y profundas que hacían chocar mis pelotas contra su culo. Ella no paraba de decir cosas: «así, así, más fuerte, dame toda, no te salgas». Tenía las piernas fuertes y sabía cómo usarlas. Me rodeó la cintura con ellas y ajustó el ángulo con precisión, buscando lo que quería sin dejar de guiarme con las manos.
—Ahí —dijo—. Quedáte exactamente ahí. En ese punto. Dale.
La cogí en ese ángulo hasta que sentí que se le tensaba todo el cuerpo debajo del mío, hasta que sus paredes internas empezaron a contraerse alrededor de mi verga como una boca hambrienta. Después me empujó del pecho, me tiró hacia atrás y se subió encima con la misma urgencia práctica que parecía marcar todo lo que hacía. Se sentó a horcajadas y empezó a rebotarme la polla con toda la potencia de sus muslos, agarrándose sus propias tetas y ofreciéndomelas para chupárselas.
—Mordémelas —pidió—. No tengas miedo.
Elvira, con Andrés, estableció su ritmo pausado y deliberado. Lo había puesto de rodillas en el borde de la cama y ella se había puesto en cuatro delante de él, con el culo grande al aire y el coño maduro chorreando entre los muslos. Andrés se la metía por atrás, agarrándola de las caderas anchas, y ella recibía cada embestida con un gruñido bajo de aprobación, mirando hacia atrás por encima del hombro.
—Así, chico. Cogeme la concha bien. Metémela toda.
Lo guió con la misma autoridad tranquila con que había llevado toda la noche, sin escenas ni dramatismo, tomando lo que quería y dando lo que consideraba suficiente. Andrés no se quejó. Le apretaba el culo grande con las dos manos, se lo abría para verse entrar y salir, y de vez en cuando le mandaba una nalgada que hacía sonar la carne. Ella se reía bajo, con la cara contra el colchón.
—Más —le pedía—. Más fuerte, que no soy de porcelana.
En algún momento los cuatro terminamos mezclados en una sola cama. Natalia tenía la espalda apoyada contra el pecho de su madre y las dos se miraban a veces con una complicidad que no necesitaba explicación. No era la primera vez que hacían esto. Eso estaba claro sin que nadie lo dijera. Elvira le pasaba una mano por el vientre a la hija, le agarraba una teta con familiaridad, le separaba los labios del coño con dos dedos para mostrárnoslos abiertos y brillantes.
—Este chico tiene ganas —dijo Elvira, señalándome con la barbilla—. Cogela bien, mijo. Está pidiendo.
Natalia le pidió a Andrés que se pusiera de rodillas frente a ella. Lo tomó de la nuca y lo bajó con firmeza hasta que él tuvo la cara metida en su coño, y le enseñó cómo chuparla con la lengua plana y ancha.
—Así. Toda la lengua. Y de vez en cuando el clítoris con la punta.
Elvira, mientras tanto, me acomodó detrás de su hija con la practicidad de alguien que conoce bien la geometría del asunto. Me guió la verga con la mano, escupió sobre la punta y me la dirigió al culo de Natalia, apretado y rosado entre las nalgas firmes.
—Metésela por acá —dijo—. A ella le encanta que la cojan por los tres agujeros a la vez.
Empujé despacio. Natalia soltó un gemido largo cuando la corona pasó el anillo, y después otro cuando le fui metiendo el resto centímetro a centímetro. Estaba caliente y apretadísima. Cuando la tuve entera dentro me quedé quieto un momento, dejándola acostumbrarse, y ella empujó el culo hacia atrás contra mí para indicarme que podía moverme.
—Cogeme el culo —dijo con la voz ahogada—. Mientras Andrés me come el coño.
Estuvimos así un buen rato, los cuatro entrelazados en una sola superficie que crujía sin cesar. Yo cogiéndola por el culo con embestidas largas, Andrés arrodillado delante mamándole el coño y el clítoris, Elvira detrás de mí, pegada a mi espalda, con las tetas grandes aplastadas contra mis hombros y una mano metida entre mis piernas acariciándome las pelotas mientras yo se la metía a su hija. El calor de los cuerpos llenaba el cuarto y la lámpara proyectaba sombras que se balanceaban en las paredes.
Cuando Natalia llegó a su momento, lo hizo en silencio, con el cuerpo tenso durante varios segundos largos y la cara enterrada en el pelo de Andrés. Le sentí el culo contraerse alrededor de la verga en oleadas y tuve que apretar los dientes para no correrme ahí mismo. Elvira me agarró de la cadera y me detuvo.
—Todavía no, mijo. Sacala.
Me la sacó ella misma del culo de la hija, se llevó la verga a la boca de sopetón y me la chupó entera, mirándome a los ojos, con una desvergüenza absoluta. Me la mamó unos segundos, sacándome un gruñido, y después me tiró de espaldas sobre el colchón y se me sentó encima. Se ensartó la polla en el coño y empezó a montarme rápido, con la hija todavía jadeando al lado nuestro.
—Correte adentro —me ordenó, mirándome fijo—. Que sienta cómo me llenás.
No aguanté ni un minuto más. Le agarré las caderas anchas con las dos manos, la clavé contra mí hasta el fondo y me corrí en chorros largos dentro de ella, sintiendo cómo su coño maduro me exprimía hasta la última gota. Elvira llegó a su manera, a los pocos segundos: con un largo suspiro y las caderas quietas, apretando los dientes alrededor de algo que no quería soltar, y una contracción sorda que le recorrió todo el cuerpo.
Andrés se corrió en la boca de Natalia poco después. Ella se lo tragó todo con la misma eficiencia con que hacía el resto de las cosas, se limpió la comisura con el dorso de la mano y le sonrió.
—Buen chico.
***
Cerca de las dos de la mañana Natalia se quedó dormida primero, enrollada en una sábana con el brazo sobre el pecho de Andrés, con el semen todavía secándose entre los muslos. Elvira estaba despierta, mirando el techo, con mi corrida chorreándole despacio del coño hacia el interior del muslo.
—¿Puedo preguntarte algo? —dije en voz baja.
—Ya lo estás haciendo.
—¿Cuántos años tenés?
—Los que aparento. —Pausa—. Sesenta y tres.
—No aparentás sesenta y tres.
—No me halagues. Sé exactamente cómo estoy.
No era humildad ni coquetería. Era precisión. Elvira sabía lo que era y no necesitaba que nadie se lo confirmara de ninguna manera.
—¿Cuánto tiempo llevan acá?
—Yo, desde siempre. Mi marido murió hace doce años. El rancho es mío desde antes de eso. —Giró la cabeza y me miró—. ¿Por qué te importa?
—No sé. Me importa.
Estuvo en silencio un momento. Después dijo:
—Es una buena vida. Dura, pero buena. No cambiaría mucho.
Afuera, los burros se habían quedado quietos. La lluvia era apenas un susurro sobre el techo de chapa. Algo crujió en algún lugar del rancho: madera que trabaja de noche, acomodándose al frío. Natalia se movió en sueños y murmuró algo ininteligible. Andrés roncaba suavemente.
Dos semanas caminando y nunca me había imaginado que la noche iba a terminar con dos hembras así, exprimidas hasta la última gota.
Me quedé dormido antes de que amaneciera, con la mano todavía apoyada en el culo grande de Elvira.
***
Nos fuimos después del desayuno. Elvira sirvió tostadas con queso de cabra y mate sin preguntar si queríamos. No habló mucho. Natalia sí: preguntó a Andrés si tenía Instagram, él dijo que sí y ella se encogió de hombros con una sonrisa.
—No importa. Acá no hay señal de todas formas.
Cuando salimos, el sol pegaba fuerte sobre la quebrada mojada y el aire olía a tierra húmeda y a pino quemado por la tormenta. Elvira nos acompañó hasta el alambrado. Ahí se detuvo.
—Suerte con el camino —dijo.
—Gracias por todo —respondí.
Asintió. No agregó nada. Se dio la vuelta y volvió hacia el rancho sin mirar atrás, con esa misma solidez tranquila con que había abierto la puerta la noche anterior.
Andrés y yo caminamos en silencio durante el primer kilómetro. Después él dijo:
—¿Volvemos algún día?
—No sé. —Miré hacia atrás, pero el rancho ya había desaparecido detrás de un recodo del cerro—. Capaz.
—Capaz —repitió.
Y seguimos bajando hacia la ruta, con las pelotas por fin descansadas y el olor del coño de Elvira todavía pegado en los dedos.