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Relatos Ardientes

Siete amigas, una confesión lésbica y una venganza

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El departamento olía a perfume, alcohol y algo más difícil de nombrar, ese olor a coño mojado y a semen fresco que se pega a las telas cuando siete mujeres llevan horas cogiendo entre ellas. Éramos siete esa noche, distribuidas entre sillones y almohadones en el suelo, con las botellas a medio acabar sobre la mesa de vidrio. La música sonaba baja, casi como un susurro de fondo que nadie escuchaba. Carina, que había llegado con Roxana como parte de la velada, ya no servía tragos: tenía la cara hundida entre las piernas de Sofía, la lengua metida hasta el fondo del coño y los labios brillantes de flujo. Sofía miraba el techo con los ojos entrecerrados y una expresión que luchaba entre la resistencia y algo que todavía no podía admitir, mientras las manos de Carina le abrían los muslos y sus dedos se hundían al mismo tiempo en el culo apretado.

Lucía seguía arrodillada frente a su tía Natalia, con la boca apoyada en el interior de sus muslos, subiendo despacio, dejando un rastro de saliva desde la rodilla hasta el pliegue de la ingle. Natalia apretaba el respaldo del sillón con los dedos blancos, conteniendo la respiración, las tetas al aire, los pezones erguidos y oscuros como si le doliera tenerlos así de duros. Miranda bombeaba un consolador negro y grueso en el coño de su hermana con un ritmo parejo que no cedía, girándolo cada tantas embestidas para arrancarle un gemido nuevo. Y yo estaba en el sillón del fondo, con Roxana arrodillada entre mis piernas, la lengua ya empapada de mí, intentando hablar con la poca concentración que me quedaba mientras ella me chupaba el clítoris como si fuera un caramelo.

—Al principio no quería creerlo —dije, la voz quebrándose cuando Roxana metió dos dedos y los curvó hacia adelante—. Andrés siempre fue muy conveniente con sus principios. Me repetía que los hombres que engañaban a sus mujeres eran unos cobardes. Me juraba que nunca podría hacerme algo así. Durante nueve años le creí todo.

—Cuéntanos lo del video —pidió Renata desde el suelo, con tres dedos moviéndose despacio dentro de su propio coño mientras escuchaba, el pulgar frotándose el clítoris con una lentitud que le hacía morderse el labio.

—El video llegó a mi celular una tarde que Lucía y yo estábamos en el gimnasio. Hacíamos series en las máquinas cuando lo recibí por mensaje anónimo. Una pantalla completa de Andrés con otra mujer. En la cama de mi casa. En mi ropa de cama color crema que compré el año pasado. La tipa arriba, cabalgándole la verga, y él con una cara de placer que yo no le conocía.

—Dios mío —murmuró Valeria, que estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas, una mano apoyada en el muslo de su madre y la otra metida bajo la propia falda, los dedos ocupados en un vaivén que no disimulaba.

—Eso mismo pensé. Me quedé paralizada. Lucía me vio la cara y supo que algo pasaba. Se lo mostré. Ella quiso que llamara a Andrés de inmediato, que lo enfrentara antes de que pudiera borrar pruebas. Y yo no podía mover los dedos. Las manos me temblaban sobre la pantalla.

Roxana no paró. Su lengua recorrió los labios de mi coño con una pausa calculada antes de volver al clítoris, chupándolo entre los suyos hasta hacerlo latir. Tuve que aferrarme al borde del sillón con ambas manos para no cerrarle la cabeza entre los muslos.

—Nos fuimos al vestuario para hablar con algo de privacidad. En el camino, dos tipos que llevaban un rato mirándonos decidieron que era su momento. Uno se me acercó cuando salía del área de pesas. Me dijo que tenía ganas de conocerme mejor, que los tres podríamos pasarla muy bien juntos. Sonreía con esa confianza que tienen ciertos hombres, como si la pregunta fuera un simple trámite.

—¿Los tres? —repitió Renata, hundiéndose los dedos hasta los nudillos.

—Eso entendí. Lo miré, miré a su amigo, y los mandé a la mierda. Me fui directo al vestuario de mujeres.

Natalia soltó un gemido largo cuando Lucía le metió la lengua entera dentro del coño, moviéndola en círculos lentos, follándola con ella. Las caderas de Natalia se elevaron del sillón, instintivas, buscando más contacto, la mano bajando sola para agarrar la nuca de su sobrina y empujarle la cara más adentro. Sofía, desde el otro extremo del cuarto, tenía los ojos cerrados y las caderas moviéndose en pequeños impulsos contra la boca de Carina, los dedos de Carina saliendo brillantes del culo y volviendo a entrar sin resistencia, como si cada pocos segundos Sofía olvidara que no quería que la vieran así de puta.

***

En el vestuario, Lucía intentó calmarme. Me dijo que respirara, que esperara a estar en casa para tomar decisiones. Que no hiciera ninguna locura. Todo muy razonable, muy Lucía. Y mientras ella hablaba, yo miraba otra vez el video. La cara de Andrés. Esa expresión que nunca le vi cuando estaba conmigo. La verga entrando y saliendo de otra mujer en mi propia cama, y él gimiendo cosas que a mí me tenía prohibidas.

Salí del vestuario de mujeres. Fui directamente al de hombres.

El primero estaba solo, con una toalla en la cintura, cerrando un casillero. Me vio entrar y me miró sin entender. Lo besé antes de que pudiera abrir la boca, le metí la lengua hasta el fondo, le agarré la nuca con las dos manos. Sentí sus manos en mi cintura, primero sorprendidas, luego firmes, luego decididas, bajando a agarrarme el culo por encima de la calza. La toalla cayó sola. Ya tenía la verga medio dura contra mi vientre, gruesa, caliente, latiéndome ahí como una promesa. Su amigo salió de la ducha treinta segundos después y encontró la escena resuelta: yo ya no llevaba la camiseta y el primero me estaba chupando un pezón con la boca abierta mientras me metía la mano dentro de la calza.

—¿Y Lucía? —preguntó Miranda, bajando el ritmo del consolador sin soltarlo, dejándolo enterrado en su hermana.

—Lucía llegó dos minutos después. Se quedó en la entrada, dijo mi nombre, una vez, dos. Luego se quedó ahí parada, viendo cómo el primer tipo me quitaba el sujetador de un tirón y el segundo se acercaba por detrás con la verga ya dura chocándome contra el culo.

—Lo hice —confirmó Lucía, sin levantar la cara de entre los muslos de su tía, la voz amortiguada contra la carne mojada—. Entré a buscarte y me encontré con eso. Me quedé paralizada igual que vos antes.

—Les dije que a ella no la tocaban si no quería. Pero le pedí que filmara. Dijo que no dos veces. A la tercera ya tenía el celular en la mano.

Lucía soltó una risa baja sin moverse. Sus labios siguieron mamándole el clítoris a Natalia sin que eso la interrumpiera demasiado, y Natalia soltó un jadeo agudo.

Los dos tipos tenían el cuerpo de alguien que se toma el gimnasio muy en serio. Espaldas anchas, brazos bien definidos, esa firmeza que se nota cuando no hay ropa que disimule nada. Y las dos vergas tampoco desentonaban con el conjunto: gruesas, largas, con las venas marcadas y los huevos pesados colgando debajo. El primero me arrancó la calza de un tirón, me dio vuelta contra los lockers y me abrió las piernas de una patada suave a los tobillos. Metal frío contra las tetas y el vientre, sus manos calientes subiéndome los muslos, dos dedos entrando de golpe en mi coño para comprobar que estaba mojada. Estaba empapada. Se rió ronco contra mi oreja.

—Estás chorreando, puta —me dijo—. Andrés te tiene abandonada.

Y me metió la verga entera de una embestida. Sin preámbulos. Sin preguntas. Grité contra el metal. El segundo se situó delante sin que nadie tuviera que pedírselo, agarrándome del pelo, apoyándome la punta de la verga en los labios.

—Uno entró por delante —dije, corrigiendo el orden solo para acortarlo—. El otro llenó mi boca. Andrés nunca me dejó ponerme activa. Decía que no se había casado con una cualquiera. Siempre el mismo orden, siempre él decidiendo cuándo y cómo. Estos dos no me preguntaron nada. Me abrieron como si supieran exactamente lo que yo necesitaba esa tarde. Me follaron los dos agujeros al mismo tiempo, sincronizados, uno empujaba adelante y el otro se metía hasta la garganta.

Renata había dejado de moverse. Solo escuchaba, con los ojos fijos en mí y los dedos quietos dentro de sí misma.

—El metal de los lockers crujía con cada empujón. Yo babeaba sobre la verga del segundo, con los ojos llorosos, la nariz contra sus huevos cada vez que me la clavaba hasta el fondo. El de atrás me agarraba las caderas con los dos pulgares hundidos en el culo, abriéndome, mirándose la propia verga entrar y salir chorreando mi flujo. Lucía filmaba con la mano firme y las mejillas rojas como tomates. Intentaba mirar a otro lado y no podía. En un momento el tipo de atrás se apartó, se acercó a ella y le bajó la calza de un tirón. Lucía protestó. Yo me arrodillé frente a ella, le abrí los muslos con la mano, y le pedí que se quedara.

—¿Era la primera vez entre ustedes? —preguntó Miranda, con la voz más baja que antes, retomando el bombeo del consolador.

—La primera vez que lo hacíamos. No la primera vez que lo pensé.

Lucía levantó la cabeza de entre los muslos de su tía por un segundo. Me miró. Había algo en esa mirada que no era vergüenza.

—Yo también lo había pensado —dijo, y volvió a bajar la cara al coño de Natalia, esta vez chupándole los labios de a uno.

Mientras el segundo tipo volvía a mi boca y el primero me seguía cogiendo por atrás, yo tenía la lengua entera metida entre las piernas de mi mejor amiga. Le mamaba el clítoris con hambre, le pasaba la lengua plana por toda la raja, le metía la punta en la entrada. Lucía filmaba con una mano y se aferraba a mi pelo con la otra, tirando sin saber que tiraba. No dijo una sola palabra de protesta. Solo jadeaba bajito, con las caderas acercándose solas a mi boca, el coño empapándome la cara. En un momento sentí que se le tensaban los muslos alrededor de mis orejas y me hundió la lengua hasta el fondo con un gemido largo. Se corrió en mi boca mientras filmaba. Yo tragué todo sin dejar de mover la lengua.

***

—Cuando el primero acabó dentro de mí, lo sentí todo —continué—. Ese calor llenándome, los chorros de semen espeso golpeándome adentro mientras él me clavaba las uñas en las caderas y gruñía como un animal. El otro seguía en mi boca, empujando. Le pedí al segundo que terminara en mi cara. Me arrodillé, abrí la boca, saqué la lengua, lo dejé que se la sacudiera a dos centímetros de mí. Salió un chorro grueso que me cayó desde la frente hasta la barbilla, tibio, viscoso, y otros dos que me llenaron la boca y las tetas. Y miré directo a la cámara. A Lucía. Con la cara chorreando semen ajeno y el coño llenándose de lo que me había dejado el primero, todo bajando por dentro del muslo. Quería que Andrés viera cada segundo de lo que nunca me había dado.

—¿Le mandaste el video? —preguntó Sofía desde el otro sillón. Era la primera vez que hablaba en media hora. Carina levantó la cabeza un momento, los labios brillantes de flujo hasta el mentón, y esperó la respuesta antes de volver a hundir la lengua entre las piernas de Sofía.

—Todavía no. Lo guardo para el momento adecuado.

Sofía asintió despacio. Cerró los ojos y dejó que Carina siguiera, abriéndose ella misma los labios del coño con dos dedos para que la boca de Carina tuviera mejor acceso al clítoris.

La lengua de Roxana aceleró el ritmo entre mis piernas, chupándome el clítoris con una succión constante mientras me metía tres dedos en el coño y me buscaba el punto con las yemas curvadas. Renata apoyó una mano en mi muslo y la dejé quedarse; enseguida esa mano me estaba amasando una teta, pellizcándome el pezón hasta hacerme gemir. Miranda se acercó a nosotras y Roxana fue extendiendo su atención sin hacer de eso ninguna ceremonia: una boca que alternaba entre dos coños, despacio, como si tuviera toda la noche por delante. Chupaba a Miranda unos segundos, la dejaba jadeando, volvía a mí, me metía dos dedos, seguía. Valeria se masturbaba a un lado con los ojos fijos en la escena, dos dedos dentro y el pulgar en el clítoris, con esa expresión de quien todavía no se decidió a dar el último paso.

Natalia llegó al orgasmo con un gemido que intentó contener y no pudo. Sus muslos apretaron la cabeza de Lucía un instante, las caderas se sacudieron hacia arriba tres veces contra la boca de su sobrina, y el coño le chorreó sobre el mentón de Lucía en pequeños espasmos. Luego se aflojaron. Lucía se incorporó, los labios húmedos, la barbilla brillante, y sostuvo la mirada de su tía. Natalia le devolvió algo que parecía más gratitud que vergüenza y le pasó el pulgar por la comisura de la boca, recogiendo su propio flujo, llevándoselo a los labios.

—Hay algo más que contar —dijo Valeria, dejando de tocarse—. Algo que pasó entre mi madre y yo antes de esta noche. Algo que ella no quiere mencionar.

Natalia se tensó. Completamente. Los hombros, las manos, la mandíbula.

—Valeria —dijo en voz baja.

—Mamá. —Valeria levantó las cejas y miró alrededor—. Acabas de dejar que tu sobrina te llevara al orgasmo frente a seis personas. Creo que el umbral de lo que se puede contar quedó muy lejos.

Algunas rieron. Sofía apretó los labios pero no dijo nada.

—Es diferente —insistió Natalia.

—¿Por qué? —Lucía se acercó y apoyó una mano en su rodilla con cuidado, como se hace con alguien que está a punto de ceder—. Esta noche no hay secretos entre nosotras.

Natalia la miró. Esa sobrina que acababa de llevarla al orgasmo con una paciencia que ningún amante suyo había tenido en años. Que ahora esperaba sin presionar, con esa calma de quien sabe que va a ganar.

—Sé que van a juzgarme —dijo Natalia en voz baja.

—Nadie va a juzgarte —respondió Lucía—. Y si alguien lo intenta, que se vaya a dormir. —Y miró directo a su madre.

Sofía sostuvo esa mirada durante unos segundos. Luego bajó los ojos al vaso que tenía en las manos. Carina le llenó el vaso sin que nadie se lo pidiera.

El departamento quedó en silencio. Solo la música baja, el sonido de siete respiraciones agitadas, el tintineo del hielo en los vasos, el chapoteo suave de los dedos de Renata que habían vuelto a moverse dentro de ella. Valeria acariciaba el tobillo de Lucía con el pulgar. Renata apoyó la cabeza contra mi hombro, con los dedos todavía brillantes de su propio flujo. Miranda tenía los ojos fijos en su madre, esperando.

Natalia respiró hondo. Una vez. Y luego otra.

—Está bien —dijo al fin—. Pero necesito otro daiquiri antes de empezar.

Carina ya estaba de pie.

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Comentarios(10)

LauraM22

que historia tan buena!!! me quede con ganas de mas

Ceci_BA

Necesito la segunda parte yaaa, me dejaste colgada justo en lo mejor

Daniloop87

jaja esto me recordo a una reunion con mis amigas, aunque la nuestra fue muuucho menos interesante XD

Rosa_leyente

Me encanto como se arma la tension desde el principio. El vino, las siete juntas... se siente real y natural

MaeraX

y como reaccionaron las demas cuando Camila empezo a hablar? eso es lo que mas quiero saber

Luisma_84

excelente relato, de los mejores que lei en esta seccion en mucho tiempo

NadiaSol77

Lo que me gusta es que no es burdo para nada. Se siente como algo que le pudo pasar a cualquiera. Sigue asi!

GusJav30

El vino siempre tiene la culpa jajaja. Tremendo

PatriciaR_Sur

Esperando ansiosa que publiques mas, hace rato que no me enganchaba tanto con algo de esta categoria. Saludos!

Florencia_R

Me hize un mate y lo lei de una sola vez, no podia parar. Muy bueno

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