Siete amigas, una confesión lésbica y una venganza
El departamento olía a perfume, alcohol y algo más difícil de nombrar. Éramos siete mujeres esa noche, distribuidas entre sillones y almohadones en el suelo, con las botellas a medio acabar sobre la mesa de vidrio. La música sonaba baja, casi como un susurro de fondo que nadie escuchaba. Carina, que había llegado con Roxana como parte de la velada, ya no servía tragos: tenía la cara hundida entre las piernas de Sofía, que miraba el techo con los ojos entrecerrados y una expresión que luchaba entre la resistencia y algo que todavía no podía admitir.
Lucía seguía arrodillada frente a su tía Natalia, con la boca apoyada en el interior de sus muslos, subiendo despacio. Natalia apretaba el respaldo del sillón con los dedos blancos, conteniendo la respiración. Miranda bombeaba un consolador en el cuerpo de su hermana con un ritmo parejo que no cedía. Y yo estaba en el sillón del fondo, con Roxana arrodillada entre mis piernas, intentando hablar con la poca concentración que me quedaba.
—Al principio no quería creerlo —dije—. Andrés siempre fue muy conveniente con sus principios. Me repetía que los hombres que engañaban a sus mujeres eran unos cobardes. Me juraba que nunca podría hacerme algo así. Durante nueve años le creí todo.
—Cuéntanos lo del video —pidió Renata desde el suelo, con los dedos moviéndose despacio entre sus propias piernas mientras escuchaba.
—El video llegó a mi celular una tarde que Lucía y yo estábamos en el gimnasio. Hacíamos series en las máquinas cuando lo recibí por mensaje anónimo. Una pantalla completa de Andrés con otra mujer. En la cama de mi casa. En mi ropa de cama color crema que compré el año pasado.
—Dios mío —murmuró Valeria, que estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas, una mano apoyada en el muslo de su madre.
—Eso mismo pensé. Me quedé paralizada. Lucía me vio la cara y supo que algo pasaba. Se lo mostré. Ella quiso que llamara a Andrés de inmediato, que lo enfrentara antes de que pudiera borrar pruebas. Y yo no podía mover los dedos. Las manos me temblaban sobre la pantalla.
Roxana no paró. Su lengua recorrió los labios con una pausa calculada antes de volver al centro. Tuve que aferrarme al borde del sillón con ambas manos.
—Nos fuimos al vestuario para hablar con algo de privacidad. En el camino, dos tipos que llevaban un rato mirándonos decidieron que era su momento. Uno se me acercó cuando salía del área de pesas. Me dijo que tenía ganas de conocerme mejor, que los tres podríamos pasarla muy bien juntos. Sonreía con esa confianza que tienen ciertos hombres, como si la pregunta fuera un simple trámite.
—¿Los tres? —repitió Renata.
—Eso entendí. Lo miré, miré a su amigo, y los mandé a la mierda. Me fui directo al vestuario de mujeres.
Natalia soltó un gemido cuando Lucía le metió la lengua más adentro, moviéndola en círculos lentos. Las caderas de Natalia se elevaron apenas del sillón, instintivas, buscando más contacto. Sofía, desde el otro extremo del cuarto, tenía los ojos cerrados y las caderas moviéndose en pequeños impulsos contra la boca de Carina, como si cada pocos segundos olvidara que no quería que la vieran así.
***
En el vestuario, Lucía intentó calmarme. Me dijo que respirara, que esperara a estar en casa para tomar decisiones. Que no hiciera ninguna locura. Todo muy razonable, muy Lucía. Y mientras ella hablaba, yo miraba otra vez el video. La cara de Andrés. Esa expresión que nunca le vi cuando estaba conmigo.
Salí del vestuario de mujeres. Fui directamente al de hombres.
El primero estaba solo, con una toalla en la cintura, cerrando un casillero. Me vio entrar y me miró sin entender. Lo besé antes de que pudiera abrir la boca. Sentí sus manos en mi cintura, primero sorprendidas, luego firmes, luego decididas. Su amigo salió de la ducha treinta segundos después y encontró la escena resuelta: yo ya no llevaba la camiseta.
—¿Y Lucía? —preguntó Miranda, bajando el ritmo del consolador sin soltarlo.
—Lucía llegó dos minutos después. Se quedó en la entrada, dijo mi nombre, una vez, dos. Luego se quedó ahí parada, viendo cómo el primer tipo me quitaba el sujetador.
—Lo hice —confirmó Lucía, sin levantar la cara de entre los muslos de su tía—. Entré a buscarte y me encontré con eso. Me quedé paralizada igual que vos antes.
—Les dije que a ella no la tocaban si no quería. Pero le pedí que filmara. Dijo que no dos veces. A la tercera ya tenía el celular en la mano.
Lucía soltó una risa baja sin moverse. Sus labios siguieron contra la piel de su tía sin que eso la interrumpiera demasiado.
Los dos tipos tenían el cuerpo de alguien que se toma el gimnasio muy en serio. Espaldas anchas, brazos bien definidos, esa firmeza que se nota cuando no hay ropa que disimule nada. Lo que colgaba entre las piernas tampoco desentonaba con el conjunto. El primero me tomó por la cintura y me apoyó contra los lockers. Metal frío en la espalda, sus manos calientes subiéndome los muslos. El segundo se situó delante sin que nadie tuviera que pedírselo.
—Uno entró por delante —dije—. El otro llenó mi boca. Andrés nunca me dejó ponerme activa. Decía que no se había casado con una cualquiera. Siempre el mismo orden, siempre él decidiendo cuándo y cómo. Estos dos no me preguntaron nada. Me abrieron como si supieran exactamente lo que yo necesitaba esa tarde.
Renata había dejado de moverse. Solo escuchaba, con los ojos fijos en mí.
—El metal de los lockers crujía con cada empujón. Lucía filmaba con la mano firme y las mejillas rojas como tomates. Intentaba mirar a otro lado y no podía. En un momento el tipo de atrás se acercó a ella y le bajó la calza de un tirón. Lucía protestó. Yo me arrodillé frente a ella, le abrí los muslos con la mano, y le pedí que se quedara.
—¿Era la primera vez entre ustedes? —preguntó Miranda, con la voz más baja que antes.
—La primera vez que lo hacíamos. No la primera vez que lo pensé.
Lucía levantó la cabeza de entre los muslos de su tía por un segundo. Me miró. Había algo en esa mirada que no era vergüenza.
—Yo también lo había pensado —dijo, y volvió a bajar la cara.
Mientras uno de los tipos seguía desde atrás y el otro esperaba, yo tenía la lengua entre las piernas de mi mejor amiga. Lucía filmaba con una mano y se aferraba a mi pelo con la otra, tirando sin saber que tiraba. No dijo una sola palabra de protesta. Solo jadeaba bajito, con las caderas acercándose solas a mi boca.
***
—Cuando el primero acabó dentro de mí, lo sentí todo —continué—. Ese calor llenándome mientras el otro seguía en mi boca. Le pedí al segundo que terminara en mi cara. Me arrodillé, abrí la boca, lo dejé. Y miré directo a la cámara. A Lucía. Quería que Andrés viera cada segundo de lo que nunca me había dado.
—¿Le mandaste el video? —preguntó Sofía desde el otro sillón. Era la primera vez que hablaba en media hora. Carina levantó la cabeza un momento, los labios brillantes, y esperó la respuesta.
—Todavía no. Lo guardo para el momento adecuado.
Sofía asintió despacio. Cerró los ojos y dejó que Carina siguiera.
La lengua de Roxana aceleró el ritmo. Renata apoyó una mano en mi muslo y la dejé quedarse. Miranda se acercó a nosotras y Roxana fue extendiendo su atención sin hacer de eso ninguna ceremonia: una boca que alternaba entre dos pares de piernas, despacio, como si tuviera toda la noche por delante. Valeria se masturbaba a un lado con los ojos fijos en la escena, con esa expresión de quien todavía no se decidió a dar el último paso.
Natalia llegó al orgasmo con un gemido que intentó contener y no pudo. Sus muslos apretaron la cabeza de Lucía un instante. Luego se aflojaron. Lucía se incorporó, los labios húmedos, y sostuvo la mirada de su tía. Natalia le devolvió algo que parecía más gratitud que vergüenza.
—Hay algo más que contar —dijo Valeria, dejando de tocarse—. Algo que pasó entre mi madre y yo antes de esta noche. Algo que ella no quiere mencionar.
Natalia se tensó. Completamente. Los hombros, las manos, la mandíbula.
—Valeria —dijo en voz baja.
—Mamá. —Valeria levantó las cejas y miró alrededor—. Acabas de dejar que tu sobrina te llevara al orgasmo frente a seis personas. Creo que el umbral de lo que se puede contar quedó muy lejos.
Algunas rieron. Sofía apretó los labios pero no dijo nada.
—Es diferente —insistió Natalia.
—¿Por qué? —Lucía se acercó y apoyó una mano en su rodilla con cuidado, como se hace con alguien que está a punto de ceder—. Esta noche no hay secretos entre nosotras.
Natalia la miró. Esa sobrina que acababa de llevarla al orgasmo con una paciencia que ningún amante suyo había tenido en años. Que ahora esperaba sin presionar, con esa calma de quien sabe que va a ganar.
—Sé que van a juzgarme —dijo Natalia en voz baja.
—Nadie va a juzgarte —respondió Lucía—. Y si alguien lo intenta, que se vaya a dormir. —Y miró directo a su madre.
Sofía sostuvo esa mirada durante unos segundos. Luego bajó los ojos al vaso que tenía en las manos. Carina le llenó el vaso sin que nadie se lo pidiera.
El departamento quedó en silencio. Solo la música baja, el sonido de siete respiraciones, el tintineo del hielo en los vasos. Valeria acariciaba el tobillo de Lucía con el pulgar. Renata apoyó la cabeza contra mi hombro. Miranda tenía los ojos fijos en su madre, esperando.
Natalia respiró hondo. Una vez. Y luego otra.
—Está bien —dijo al fin—. Pero necesito otro daiquiri antes de empezar.
Carina ya estaba de pie.