La mujer del chat que encendió mi pantalla
Era martes. Las cinco de la tarde. La casa entera para él.
Daniel llevaba dos horas en el sofá sin saber qué hacer consigo mismo. Había intentado de todo: una serie que abandonó a los veinte minutos, el teléfono revisado sin parar, el techo contemplado con más atención de la que merecía. La tensión acumulada era demasiada para ignorarla y demasiado difusa para resolverla con facilidad.
Intentó con pornografía. Genérica, mecánica, sin efecto. Los cuerpos se movían con la precisión de una coreografía ensayada y él permanecía frío frente a la pantalla, como espectador de algo que no le pertenecía. Nada de lo que veía conectaba con lo que sentía.
Lo que necesitaba era algo real. Una voz que respondiera. Una presencia al otro lado de la pantalla.
Así terminó abriendo un chat de adultos que había escuchado mencionar entre amigos. Nunca lo había usado. Creó un perfil en dos minutos con el primer nombre que se le ocurrió y empezó a revisar la lista de usuarios activos con esa mezcla de hastío y expectativa que da el final de una tarde sin nada mejor que hacer.
Había de todo en esa lista. Nombres sugestivos, números añadidos al final, signos de exclamación que pedían atención. Ninguno le generó el menor interés.
Y entonces apareció: Lorena_sola.
No supo explicar por qué ese nombre se destacó entre los demás. Quizás era la sencillez. Quizás el adjetivo, ese «sola» que prometía algo sin formularlo directamente. El caso es que lo eligió sin pensarlo demasiado y escribió.
—Hola.
—Hola —respondió ella al cabo de unos segundos.
Directo. Sin adornos. Sin los emoticones ni las preguntas que solían definir esas conversaciones. Daniel se presentó con más calma de la que esperaba tener.
—Me llamo Daniel. Veintiún años.
—Lorena. Treinta y seis. ¿Qué haces aquí tan temprano?
La pregunta lo descolocó de una forma agradable.
—Aburrido —respondió—. ¿Y tú?
—Lo mismo. Pero con más experiencia en el aburrimiento.
Algo en esa respuesta lo hizo sonreír. Había un tono detrás del texto: una ironía controlada que hacía la conversación más interesante que la mayoría de las que había tenido en mucho tiempo. Siguieron hablando. De nada importante al principio: las razones de estar solos una tarde entre semana, la diferencia entre el tedio productivo y el que simplemente pesa. La tensión estaba ahí, reconocible para ambos, pero ninguno se precipitó hacia ella. Era como si los dos supieran que la anticipación tenía su propio valor y que romperla demasiado pronto sería desperdiciarla.
Media hora así. Y cuando Daniel decidió dar el paso, lo hizo con la misma calma con que ella había respondido desde el principio.
—¿Tienes cámara?
Hubo una pausa breve antes de la respuesta.
—Sí.
—¿Usamos video? Lo que pase ahí se queda ahí. Sin fotos, sin grabaciones.
Otra pausa. Daniel esperó sin añadir nada.
—De acuerdo —dijo ella—. Pero voy con el tiempo que necesite.
—Sin prisa —respondió él.
***
Pasaron a una llamada de video. Ambas pantallas negras durante los primeros segundos.
Fue él quien encendió la cámara primero. La habitación detrás de él, iluminada por la luz amarilla de la tarde que entraba por la ventana. Él de frente, con una camiseta oscura, el pelo un poco revuelto.
—Ya estoy —dijo.
Silencio. Y luego la imagen de ella.
Lorena estaba recostada sobre una cama con las sábanas revueltas. La luz de su habitación era más tenue, anaranjada, y la encuadraba de forma que solo se veían los hombros y la parte superior del pecho. Llevaba una camisola de tirantes finos, de color blanco, que contrastaba con la piel morena. El pelo oscuro, largo hasta los hombros, le caía a un lado de la cara con un descuido que no era del todo involuntario.
Treinta y seis años. Se notaban, y eso era exactamente lo que hacía que la imagen fuera tan atractiva. No había nada en ella que intentara disimularse. Se mostraba como era, desde una postura que transmitía comodidad total con esa evidencia.
—¿Me ves bien? —preguntó. La voz era grave para ser de mujer. Un poco ronca, con la cadencia de alguien que elige las palabras antes de pronunciarlas.
—Perfectamente —respondió Daniel, y tuvo que hacer un esfuerzo para que la voz no le delatara la velocidad a la que se le había acelerado el pulso.
—¿Y tú te ves cómodo en esa silla?
Él se rio. No lo esperaba.
—Más cómodo que antes de que encendieras la cámara.
Lorena sonrió sin exagerar. Solo una ligera curva en la comisura izquierda. Se echó el pelo hacia atrás con un gesto distraído y lo miró directamente.
—¿Qué tenías puesto antes de sentarte ahí? —preguntó.
—Un pantalón de deporte y esta camiseta.
—Quítate la camiseta.
La instrucción fue directa, sin inflexión de ruego. Daniel la obedeció sin replicar. Se la quitó por la cabeza y la dejó caer fuera del campo de la cámara. Ella lo observó con una atención tranquila, sin prisa, como alguien que sabe exactamente lo que está mirando y no siente necesidad de disimularlo.
—Bien —dijo simplemente.
—¿Ahora tú? —sugirió él.
—Todavía no.
Daniel aceptó la asimetría sin discutirla. Había algo en el control que ella ejercía sobre el ritmo que resultaba más estimulante que si las cosas se hubieran precipitado desde el principio. La calma de Lorena no era frialdad; era precisamente lo contrario. Era la seguridad de alguien que sabe llevar algo al punto exacto que quiere porque no tiene prisa, porque el trayecto también forma parte del destino.
—Cuéntame qué estabas pensando antes de entrar al chat —dijo Lorena—. Qué imagen tenías en la cabeza.
¿Era una pregunta trampa o una invitación? Daniel decidió que era lo segundo. Le contó. Sin adornos, con más honestidad de la que solía permitirse en ese tipo de contextos. Ella escuchó sin interrumpir, y cuando él terminó, asintió levemente.
—Eso tiene solución —dijo—. Pero vas a hacer lo que yo te diga. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —respondió Daniel sin dudar.
***
Lorena empezó a hablar. Lo hizo con voz baja y uniforme, como si leyera algo que conocía de memoria pero que seguía siendo capaz de sorprenderla. Le describió lo que iba a hacer ella. Le indicó lo que quería que hiciera él.
—Cierra los ojos un momento —dijo—. Quiero que imagines mis manos antes de verlas.
Él obedeció.
—Las tengo pequeñas —dijo ella—. Los dedos finos. Ahora mismo los tengo apoyados sobre el cuello, bajando despacio. Siguiendo la línea de la clavícula.
Daniel escuchaba sin moverse. La descripción era precisa, sin artificios. No era literatura sino cartografía del cuerpo.
—Abre los ojos.
Cuando los abrió, Lorena tenía los dedos exactamente donde había descrito. Los movió hacia abajo, lentos, siguiendo la curva del escote de la camisola. Se detuvo ahí.
—¿Quieres que siga? —preguntó.
—Sí.
—Entonces quiero algo a cambio. El pantalón.
Él se puso de pie lentamente, de forma que la cámara captara el movimiento completo. Se bajó el pantalón de deporte y se quedó en ropa interior. La erección era visible, marcada contra la tela.
Lorena lo miró durante unos segundos sin decir nada. Cuando habló, la voz tenía un tono diferente. Más bajo todavía. Algo más oscuro en el fondo.
—Así —dijo—. Quédate así.
Y empezó a bajar los tirantes de la camisola.
Lo hizo despacio, uno después del otro, sin apartar la mirada de la cámara. La tela cayó y Daniel vio lo que había estado esperando ver desde el momento en que ella encendió la imagen.
Lorena tenía un cuerpo que no pedía disculpas por sí mismo. Las curvas eran reales, concretas, sin el aspecto trabajado de quien invierte horas en parecerse a algo distinto de lo que es. Los pechos eran grandes, con el peso y la forma propios de su edad, y los pezones oscuros se habían endurecido con el contacto del aire, o con la situación, o con ambas cosas a la vez.
—No apartes los ojos —dijo ella.
Él no los apartó.
—Pasa los dedos por donde yo te diga —ordenó Lorena—. Y dime exactamente qué sientes mientras lo haces.
Le indicó el camino. Él siguió las instrucciones con precisión, describiendo cada sensación en voz baja mientras la miraba a ella hacer lo mismo sobre su propio cuerpo. Era un intercambio extraño y exacto: cada uno actuando de espejo del otro, traduciendo lo que veía en algo que pudiera tocarse.
—Aprieta —dijo ella en un momento—. Con más firmeza. Quiero escucharte respirar de otra manera.
Él apretó. La respiración cambió.
—Bien —dijo Lorena—. Así.
Siguieron durante varios minutos construyendo ese ritmo: ella dando instrucciones, él cumpliéndolas y devolviendo la descripción en voz baja, los papeles invirtiéndose sin que ninguno lo acordara explícitamente. Era una danza con protocolo implícito, y los dos lo seguían sin equivocarse.
En algún momento, Lorena levantó la falda corta que llevaba puesta y se deshizo de la ropa interior sin dramatismo, con el mismo gesto natural con que uno apaga una luz. Se recostó de nuevo y separó las piernas lo suficiente para que la cámara mostrara exactamente lo que él quería ver.
Estaba húmeda. Visible, sin ambigüedad posible.
—¿Lo ves? —preguntó.
—Sí —dijo Daniel. La palabra le salió más ronca de lo que pretendía.
—Bien. Ahora tú.
Él se bajó la ropa interior. Y cuando estuvo completamente expuesto frente a la pantalla, escuchó a Lorena soltar un sonido breve, casi inaudible, que no era exactamente un gemido pero estaba en el vecindario.
—Así me gusta más —dijo.
***
A partir de ese punto las instrucciones dejaron de ser necesarias.
Los dos encontraron el ritmo al mismo tiempo, como si hubieran acordado la velocidad sin hablarlo. Los dedos de Lorena se movían en círculos que ya no eran lentos ni metódicos sino urgentes, animados por algo que iba más allá de la técnica. Él la miraba mientras su mano trabajaba sin pausa, con la tensión acumulada de toda la tarde convergiendo en ese instante preciso.
—No apartes los ojos —repitió ella, y esta vez la voz era diferente. Más tensa. Más urgente.
Él no los apartó.
Los sonidos que salían de los altavoces eran concretos: la respiración de ella, cada vez menos uniforme; el sonido húmedo y rítmico de sus dedos; la propia respiración de Daniel, que ya no intentaba controlar. Entre los dos habían construido algo en esa media hora de conversación y en esa otra media hora de mirarse, y ahora todo eso tomaba su forma más concreta y definitiva.
—Cuánto llevas guardado —dijo Lorena de pronto, más para sí misma que para él.
—Varios días —respondió Daniel.
—Se nota.
Ella aceleró. Él hizo lo mismo. La pantalla mostraba el cuerpo de Lorena contraído sobre sí mismo, los ojos entrecerrados pero todavía fijos en la cámara, los labios entreabiertos. Jadeaba con los dientes apretados, como si quisiera mantener el control sobre el sonido aunque el cuerpo ya estuviera más allá de eso.
Daniel sintió la presión acumularse de forma irreversible. La conocía bien, pero esa vez tenía una intensidad diferente, amplificada por la mirada de ella sobre él y por esa voz ronca que seguía emitiendo sonidos desde el otro lado de la pantalla.
—Ya —dijo Lorena con la voz tensa—. Ya voy.
—Yo también —respondió él.
Los dos llegaron casi al mismo tiempo. Ella primero: el cuerpo se arqueó levemente, los ojos se cerraron durante un segundo antes de volver a abrirse, y el gemido que salió de sus labios fue bajo pero claro, sin esfuerzo por contenerse. Él la vio llegar y eso fue suficiente para que su propio cuerpo cediera con una intensidad que le tensó los músculos desde el pecho hasta los pies.
Silencio.
Los dos recuperando la respiración. Los dos todavía conectados por la pantalla.
—Bien —dijo Lorena al cabo de un momento, con una voz que había recuperado su calma habitual más rápido de lo que él esperaba.
—Muy bien —dijo él.
Ella sonrió. Esta vez más ampliamente que antes, sin reserva.
—¿Habías hecho esto antes? —preguntó.
—No así —admitió Daniel.
—Para ser la primera vez, sabes escuchar.
Él se rio sin saber muy bien por qué, pero la risa salió sola.
—¿Vas a volver al chat? —preguntó.
Lorena ya estaba acomodando la camisola con el mismo gesto casual con que había hecho todo lo demás a lo largo de esa tarde.
—Depende de la tarde —respondió—. ¿Y tú?
—Puede que sí —dijo Daniel—. Ahora tengo una razón mejor para entrar.
Ella volvió a esbozar esa sonrisa contenida antes de apagar la cámara sin decir nada más.
La pantalla quedó en negro.
Daniel se recostó en la silla y miró el techo durante unos segundos. La casa seguía igual de vacía, la tarde seguía siendo martes, y la tensión que había cargado desde el mediodía se había ido tan completamente que le costó recordar cómo se sentía tenerla.
Cerró la ventana del chat.
Pensó en Lorena_sola y en si volvería a encontrarla ahí un día de estos. Pensó en esa voz ronca dando instrucciones con esa calma extraña y precisa. Pensó en cómo había cerrado la sesión sin decir «hasta luego», como alguien que sabe que las despedidas largas estropean las cosas buenas.
Ojalá vuelva a estar sola la próxima vez que yo también lo esté.