Cuatro desconocidos y mi bañera con hidromasaje
Subieron a mi auto creyendo que solo iban a darse un baño y comer caliente. Yo ya había decidido que esa tarde no terminaría con ellos vestidos.
Subieron a mi auto creyendo que solo iban a darse un baño y comer caliente. Yo ya había decidido que esa tarde no terminaría con ellos vestidos.
Dormíamos en la misma cama por falta de espacio, yo con dieciocho años y demasiadas hormonas. Lo que pasó esa madrugada marcó todos los veranos que vinieron después.
Él estaba obsesionado con una sola idea, y yo jugaba con fuego cada vez que me escapaba para encontrarme con él lejos de la mirada de todos.
De día revisaba habitaciones y horarios con una sonrisa amable. De noche, esa misma sonrisa significaba algo muy distinto para quien le abriera la puerta.
Hacía una eternidad que un hombre no la tocaba. Bastaron dos extraños y un vagón abarrotado para que su cuerpo la traicionara sin permiso.
Cambié de horario para entrenar sola, sin miradas pesadas. Lo conseguí durante una semana. Hasta que él cruzó la puerta y todo mi cuerpo me traicionó.
Desperté con la piel pintada de achiote y unos labios desconocidos en el cuello, sin saber que esa noche la selva me daría un cuerpo que jamás creí posible.
Tenían veintipocos años, eran descarados y guapos, y eran amigos de mi hijo. Yo acababa de cumplir los cincuenta. Esa noche, junto a la piscina, dejé de fingir que no los deseaba.
Todos en palacio conocían las verdaderas funciones de su puesto, pero esa noche el viejo rey tenía un capricho distinto reservado para ella.
La mayor parte del tiempo soy el hombre que nací. Pero algunas noches me pongo la peluca, me miro al espejo y dejo que Sabrina salga a buscar lo que de verdad quiere.
Abrí las cortinas medio dormida y no me di cuenta de que él estaba al otro lado del cristal, mirándome. Y algo en esa mirada me hizo querer dejarlo seguir.
Cuando el caso me obligó a vestirme de mujer por primera vez, no imaginé que la mujer del espejo, Lía, terminaría arrastrándome a una noche que lo cambió todo.
El asiento del copiloto era incómodo para él, así que le ofrecí compartir la cama. No imaginé lo que pasaría cuando creyó que ya me había dormido.
No sabría decir si me gustaba todo de aquella criatura o nada; solo sé que esa tarde de calor, frente al espejo, dejó de penetrarme un desconocido y empezó a nacer otro yo.
Tenía cuarenta y un años y llevaba meses fingiendo que no pasaba nada cada vez que él me miraba. Esa madrugada dejé de fingir.
Entré a ese despacho gris dispuesta a suplicar por un papel. Salí sabiendo que esa noche el que iba a suplicar sería él, de rodillas y en su propia casa.
«Ven a las cinco. Tenemos que hablar de lo del sábado. Solo.» Le escribí eso por la mañana, y desde entonces no pensé en otra cosa que en oírla bajar las escaleras.
Crucé la puerta del bar con tacones nuevos y el corazón en la garganta. No imaginaba que esa noche entraría alguien de mi pasado.
Me puse el vestido vino que él había elegido, respiré hondo y entendí que esa noche sería el verdadero regalo: sentirme, por fin, la mujer que siempre fui.
Le abrí la puerta con un solo vestido de botones y nada debajo. Si entendía la invitación, perfecto; si no, ya sabría yo cómo dejársela clara.