La mujer casada que me inició aquella tarde
Han pasado muchos años desde aquella tarde, pero la recuerdo con una claridad que todavía me sorprende. Era el verano en que cumplí los 18, una época en que todo parecía posible y a la vez fuera de alcance. Estudiaba, llevaba traje para las clases prácticas y tenía barba desde los 17, lo que me hacía parecer mayor de lo que era. Fue en esa época cuando conocí a Carolina.
Nos encontramos en una parada de autobús un lunes por la tarde. Yo salía de la facultad, cansado, con el maletín en la mano y la corbata aflojada. Ella ya estaba sentada cuando llegué, mirando hacia la calle con la expresión de quien ha tenido un día difícil. Me senté a su derecha sin prestarle demasiada atención, aunque eso es mentira: la noté desde el primer segundo.
Era blanca, de estatura mediana, con el cabello teñido de un cobrizo oscuro que le llegaba por los hombros. Llevaba jeans azules muy ajustados, una blusa blanca de manga larga con el cuello en uve que dejaba ver un escote generoso. Sus ojos eran de un color miel claro, y cuando sonreía —lo descubrí después— se le formaban dos hoyuelos que desarmaban a cualquiera. Tenía 26 años, aunque yo no lo sabía todavía.
Cuando el autobús apareció al fondo de la calle y los dos nos levantamos, fue cuando lo noté. La mancha era visible en su ropa, pequeña pero inconfundible. Me acerqué y hablé antes de pensarlo demasiado.
—Señorita, disculpe que la interrumpa...
Me cortó antes de que pudiera terminar la frase.
—Mira, no me interesa hacer amigos en la calle. Solo quiero llegar a mi casa tranquila.
Su tono era frío y su mirada, directa. Había tenido un mal día, eso estaba claro. Pero insistí, porque no había otra opción.
—Solo quería avisarte que tuviste un accidente.
El cambio en su rostro fue inmediato. La frialdad se disolvió y en su lugar apareció el pánico contenido de alguien que acaba de entender lo que eso significa en público. Miró hacia su bolso, calculó que no alcanzaba a cubrirla, y me miró a mí.
Me quité el saco sin decir nada y se lo ofrecí. Ella lo aceptó, se lo ató a la cintura y subimos al autobús juntos. Para cuando llegó su parada, ya éramos casi amigos. La acompañé hasta su edificio. Intercambiamos números.
***
Lo que ninguno de los dos dijo ese día: yo le oculté que tenía 18 años. Ella me ocultó que estaba casada.
Nos veíamos los lunes, los viernes y algunos sábados. Caminábamos, íbamos al cine, comíamos en sitios tranquilos. Era fácil estar con ella. Tenía esa capacidad de hacer que cualquier conversación pareciera importante, y cuando reía lo hacía con todo el cuerpo.
Algunas veces, cuando hablábamos por teléfono por las noches y yo la escuchaba respirar de forma agitada, pensaba que estaba haciendo ejercicio. Semanas después entendí que no era así.
La tensión fue creciendo de forma natural, sin que ninguno la nombrara. Un día, después de una película, nos besamos en el pasillo del cine mientras la gente salía a nuestro alrededor. Fue ella quien lo inició, con una calma que yo no tenía. Cuando nos separamos, notó mi estado sin necesidad de mirarlo.
—Podemos ser amigos con derechos —me dijo, directa—. Pero nada más que eso, ¿entendido?
Asentí con más entusiasmo del que debería haber mostrado. En mi cabeza, la respuesta era una sola: dime cuándo y dónde.
—La semana que viene —añadió—, si todavía quieres.
Quería.
***
Esa semana fue la más larga de mi vida. Cada vez que hablábamos y la escuchaba con esa respiración agitada del otro lado del teléfono, me costaba concentrarme en cualquier otra cosa. Compré condones en una farmacia del barrio. La señora que me los vendió sonrió de una forma que me puso colorado. Era obvio que yo no sabía lo que hacía.
Quedamos el sábado siguiente, después del mediodía, en un parque cerca del centro. Llegué diez minutos antes y me senté en un banco tratando de parecer tranquilo. Cuando la vi doblar la esquina, me olvidé de cómo se hace eso.
Llevaba el cabello suelto, cayéndole sobre los hombros. Una blusa negra de manga corta, sin escote, pero tan ajustada que no dejaba ninguna duda sobre lo que había debajo. Jeans azules, botas de cuero negro hasta la rodilla. Cuando se acercó y me saludó con un beso, el mundo siguió girando, pero yo no me enteré.
—¿Listo? —preguntó.
—Listo —mentí.
Caminamos al hotel que estaba a dos cuadras del parque. Era un lugar discreto, de esos que no hacen preguntas. Mientras esperábamos en la recepción, yo miraba el suelo convencido de que todo el mundo en el lobby sabía exactamente lo que íbamos a hacer. Carolina, en cambio, estaba perfectamente tranquila.
Cuando cerramos la puerta del cuarto, ella entró primero. La abracé por la espalda antes de que pudiera alejarse, sintiendo su cintura entre mis manos, su cuello cerca de mi boca. La besé ahí, despacio. Escuché cómo su respiración cambiaba de ritmo.
Se giró, me besó, y retrocedimos juntos hasta caer sobre la cama. El cuarto estaba iluminado por una luz tenue de color rojo que lo hacía todo más íntimo, más extraño, más real.
Ella se incorporó, me hizo poner de pie frente a la cama y me miró desde abajo con una calma que yo no sabía imitar.
—Es mi primera vez —dije, porque me pareció que tenía que decirlo.
Sonrió sin sorprenderse.
—Lo sé, amor.
Lo decía sin burla. Era un hecho que ella ya había calculado mucho antes que yo.
Se quitó la blusa mientras yo me arrodillaba y apoyaba los labios en su abdomen. Llevaba un brasier negro de encaje que apenas cubría sus pezones. Olía a algo cálido y dulce, un perfume mezclado con algo más profundo que no supe identificar en ese momento. Le quité las botas, le desabroché los jeans. Cuando se puso de pie para bajárselos, me quedé mirándola como si no supiera qué hacer con tanta información junta.
Llevaba una ropa interior negra a juego. Me incliné y la besé por encima de la tela. Deslicé los dedos por debajo de la cinturilla y los retiré llevándome su calor. Ella puso una mano sobre mi cabeza, sin presionar, solo apoyándola ahí.
Me detuvo con suavidad, me levantó y empezó a desvestirme a su ritmo. Me quitó la camiseta, pasó las manos por mi pecho, apretó los pectorales. Sus uñas bajaron por mi abdomen de forma lenta, mirándome a los ojos mientras lo hacía. Desabrochó el cinturón, abrió el botón del pantalón y me dijo que me lo quitara.
Cuando me vio el bóxer —uno con un logo ridículo y una frase de doble sentido que una vez me había parecido muy graciosa— los dos nos reímos. Fue un buen momento. Me relajé un poco.
Entonces se arrodilló frente a mí y me besó por encima de la tela. Sentí su boca caliente a través del algodón. Me bajó el bóxer despacio, sin apartar los ojos de los míos, y tomó mi pene con la mano derecha.
Pasó la punta de la lengua por el glande con mucha calma, saboreando, y yo eché la cabeza hacia atrás sin poder evitarlo. Empezó a moverse con una cadencia constante, subiendo y bajando, presionando con los labios en los puntos exactos. Con la mano izquierda me acariciaba el pecho, me pellizcaba los pezones suavemente. Yo alternaba entre mirarla a ella y mirar su reflejo en el espejo lateral de la habitación, sin saber cuál de las dos versiones era más irreal.
Cuando sentí que no iba a aguantar mucho más, la alejé con cuidado.
—Para —dije, casi sin aliento—. No quiero terminar todavía.
Ella levantó la vista. Tenía los labios húmedos y los ojos brillantes, y me miró de una forma que me hizo sentir que era yo quien tenía el control, aunque no fuera verdad.
—Está bien —dijo—. Ahora tú.
***
Se acostó en la cama, abrió los brazos y me guio hacia abajo con las manos en mis hombros. Le quité la ropa interior del todo. Empecé por los muslos, besándola hacia adentro, sintiendo cómo la piel se le erizaba bajo la boca.
Cuando llegué a donde ella quería, me dejé guiar. Me indicaba qué hacer con pequeñas presiones de sus manos, con el movimiento de sus caderas. Yo obedecía y observaba al mismo tiempo: aprendía cómo reaccionaba a cada cosa, qué le hacía apretar las sábanas, qué le hacía soltar el aire con un jadeo corto.
Cuando arqueó la espalda y se aferró a mi cabeza con los muslos, entendí que lo había logrado. Su sabor inundó mi boca. Me quedé ahí quieto, dejando que el momento pasara del todo.
No me detuve. Seguí explorando, bajé un poco más, escuché cómo el sonido de su respiración cambiaba de nuevo. Introduje dos dedos en ella mientras la besaba en otro lugar. El segundo orgasmo llegó más rápido que el primero. Se rio cuando terminó, de una forma espontánea y libre que me sorprendió.
—No esperaba eso —dijo, todavía riendo—. Pero ha sido increíble.
Me subí hacia ella. Nos besamos sentados en la cama, con el sabor de los dos mezclado en la boca.
***
Lo que vino después fue el 69, que ella propuso con una naturalidad que yo no tenía. Me acosté boca arriba y ella se acomodó encima de mí, orientada al revés. Mientras yo podía seguir con ella, ella hacía lo que ya sabía hacer, pero ahora con las manos libres para explorar más. Era demasiado al mismo tiempo. Sensaciones en todas las direcciones. Tuve que concentrarme para no perder el hilo de lo que yo tenía que hacer.
Ella llegó de nuevo así, con la cara enterrada en mí, aferrada a mis muslos. Se levantó y me miró desde arriba, todavía recuperando el aliento.
—¿Tienes condones?
Saqué uno del bolsillo del pantalón. Ella lo tomó, lo abrió y me lo puso con una destreza que me hizo sentir torpe por comparación.
Se subió encima de mí despacio, guiándome con la mano. La sensación de entrar en ella fue algo para lo que no existía ninguna preparación posible. Me quedé quieto un momento, sin hablar, sin moverme.
Ella empezó a moverse. Despacio al principio, con un ritmo de caderas que lo hacía parecer sencillo. Yo tenía las manos en su cintura. La miraba a la cara, luego a sus pechos, luego a la cara otra vez. Le puse las manos encima. Apretó las mías con las suyas.
El ritmo fue aumentando de forma gradual. Su piel se sonrojó. Nuestro sudor mezclado hacía que brillara bajo la tenue iluminación del cuarto. Busqué el interruptor de la mesita y encendí la luz principal. Quería verla bien.
La vi con claridad. Las marcas rosadas de mis manos en sus caderas. La forma en que cerraba los ojos en ciertos momentos y los abría en otros, cuando quería encontrar los míos.
Sentí cómo se tensaba alrededor de mí, cómo sus manos apretaban las mías con fuerza. Se inclinó hacia adelante y la abracé, la besé en el cuello mientras seguía moviéndome desde abajo. Gemía cerca de mi oído con una voz que no tenía nada que ver con la mujer fría que me había cortado en la parada de autobús.
Después la acomodé boca arriba y puse sus piernas sobre mis hombros. Desde ese ángulo todo era diferente. Sus uñas en mis antebrazos. Su voz pidiéndome más sin cortarse, sin vergüenza. Le mordí suavemente las pantorrillas, le besé los tobillos.
—Más fuerte —me dijo—. No te cortes.
No me corté.
Me apoyé en la cama con los brazos a sus lados, empujé con más fuerza, sentí que se me acababa el tiempo. Le apreté los pezones con los pulgares. Ella arqueó la espalda justo cuando yo no pude contenerme más.
Terminamos al mismo tiempo, o algo muy parecido. Me desplomé sobre ella con el pecho agitado, la frente apoyada en su hombro. Nos quedamos así un rato largo, sin hablar, escuchando cómo se iban calmando las respiraciones.
***
Me quedé dormido sin darme cuenta. Cuando abrí los ojos, ella seguía ahí, mirando el techo con una expresión tranquila. La luz del cuarto era más fría ahora, y ya no parecía irreal. Parecía solo una habitación, con dos personas en ella.
—¿Cuánto tiempo llevamos dormidos? —pregunté.
—Un rato —dijo—. No importa.
Me giré hacia ella. La miré de cerca por primera vez sin el peso de la anticipación encima.
—Disculpa si fui brusco en algún momento —dije—. No sé si lo hice bien.
Se rio de esa forma espontánea que ya reconocía.
—Lo hiciste muy bien —dijo—. En serio. Para ser tu primera vez, te portaste.
—Es que había visto mucho... —empecé.
—Ya lo sé —me cortó, todavía riendo—. Se nota. Pero estuvo bien. Lo romántico me lo debes para la próxima.
Nos vestimos despacio, sin prisa. Antes de salir del cuarto, me acordé de los condones que había traído en el bolsillo. Solo habíamos usado el que ella había abierto. Los demás los guardé sin decir nada.
Carolina tenía marido. Me lo dijo un mes después, con la misma calma con que lo decía todo. Se llamaba Roberto. Me lo presentó una tarde de domingo en un café del barrio. Era un tipo tranquilo, de risa fácil, que me trató desde el principio como si fuera un amigo de toda la vida.
Porque, a su manera, lo era.
Han pasado muchos años desde aquella parada de autobús. Todavía nos vemos de vez en cuando, los tres o ella y yo solos. Ha cambiado poco. Sigue cuidándose, sigue teniendo esa forma de reírse que lo desarma todo. Y yo sigo siendo, en parte, el chico nervioso que compró condones en una farmacia del barrio y no los usó.