Don Vicente me llamó Lucía por primera vez
Llegué a la casa de mi tía cuando cumplí los dieciocho años. No servía para los estudios, no servía para la oficina del banco donde mi madre me había metido el verano anterior, y mi padre llevaba meses sin querer hablarme. Mi tía Adela aceptó tenerme tres meses, con la condición de que yo aprovechara para ponerme al día en literatura con un viejo amigo suyo, un profesor jubilado que vivía a dos calles. Don Vicente.
La primera tarde que crucé la verja de su jardín, el mundo se inclinó un poco. Cincuenta y cinco años, alto, con las manos más grandes y venosas que había visto nunca, una voz que se quedaba a vivir en el estómago de quien la escuchara. Tenía el pelo gris, espeso, peinado hacia atrás, y unos lentes de pasta que solo se ponía cuando leía. Me abrió la puerta con una taza de café en la mano, me miró de arriba abajo y sonrió de medio lado.
—Pasa, Lucio. Tu tía me dijo que vendrías.
Asentí sin levantar la cara. No supe por qué, pero sentí calor entre las piernas.
Me senté en el sillón del estudio y traté de mirar el cuaderno. Él se acomodó frente a mí, cruzó las piernas y empezó a explicarme algo sobre el Siglo de Oro que no entré a procesar. Yo solo veía las venas de sus manos cuando movía la pluma. Solo escuchaba la cadencia grave de su voz. Cuando terminó la primera clase, me despidió con un apretón en el hombro que me dejó la piel ardiendo durante el camino de vuelta.
Esa noche, en la habitación que mi tía me había preparado, me masturbé pensando en él. Mi pene, pequeño y fino, se puso duro en cuestión de segundos. No tardé nada. Apenas tres movimientos y me corrí, temblando, salpicándome el vientre con un chorro tibio. Pero no fue suficiente. Me di la vuelta sobre la cama, separé las nalgas con las manos y empecé a tocarme el ano. Un dedo. Dos. Mordía la almohada para no hacer ruido. Después me levanté y fui al baño en puntillas. Encontré, en un cesto, un mango de cepillo de plástico liso, más grueso que mis dedos. Lo unté con la crema de manos de mi tía y volví al cuarto. Me arrodillé sobre la cama, separé las rodillas y lo empujé hacia adentro despacio.
—Don Vicente… —susurré contra la almohada—. Métemela…
Lo metí y lo saqué imaginando que era él, que tenía sus manos venosas en mi cintura, que su voz me decía obscenidades al oído. Cuando me corrí por segunda vez, lloré sin saber por qué.
***
Volví a sus clases todos los días. Él se dio cuenta enseguida. No hay nada más visible que un chico de dieciocho años deseando.
Al principio fueron roces casuales. Una mano apoyada en mi cintura mientras se inclinaba para corregirme una palabra. Un dedo que se me posaba en la nuca cuando me decía que tenía buen oído para los versos. Una tarde, mientras leíamos a Bécquer, me apartó un mechón de pelo de la cara y se quedó con la mano ahí más tiempo del necesario. Yo dejé de respirar.
—Tienes el cuello de una niña —dijo, y la voz le tembló.
No respondí. Tragué saliva y me encogí en el sillón. Él se rio bajo, como si hubiera dicho una broma privada conmigo, y siguió leyendo.
A la semana siguiente me besó. Estábamos en su cocina, yo había ido a buscar un vaso de agua, y de pronto su boca estaba sobre la mía. Su lengua era gruesa, caliente, autoritaria. Me empujó contra la encimera y me sostuvo la nuca con esa mano que ya conocía de memoria. Cuando se separó, tenía los labios brillantes y los ojos oscuros.
—Tendría que estar mandándote a tu casa —me dijo—. Pero no voy a hacerlo.
A los pocos días ya me tenía sentado en su regazo, en la biblioteca, sin pantalones. Me bajaba el bóxer hasta los muslos, me agarraba el pene con una mano y, con la otra, me metía un dedo lubricado entre las nalgas. Yo me retorcía, gemía bajo, le mordía el cuello del jersey para no gritar. Él me dejaba al borde y paraba, cada vez. Me decía que aún no, que faltaba poco, que cuando estuviera listo me lo iba a saber explicar.
—Tienes que aprender a esperar, Lucio —me susurraba, mientras me sacaba el dedo—. Las cosas que valen la pena se hacen despacio.
***
El día que pasó todo era un sábado de octubre. Mi tía se había ido al pueblo a ver a mi abuela, y le había dicho a don Vicente que yo me quedaría a comer en su casa. Él me esperaba en la puerta con una camisa azul y los ojos diferentes.
Comimos en silencio. Pasta, vino tinto, una conversación corta sobre un poema de Cernuda que yo no había entendido bien. Cuando terminamos, me llevó al dormitorio sin decir nada. Solo me tomó de la muñeca y me guio.
La habitación estaba a media luz. Una lámpara de mesa amarilla, las cortinas corridas, la cama abierta. Olía a su colonia y a sábanas limpias.
Me desnudó él, prenda por prenda. Cada vez que me sacaba algo, se detenía y me miraba. La camisa. La camiseta. El pantalón. El bóxer. Cuando estuve completamente desnudo, parado al pie de su cama, las piernas me temblaban tanto que casi no podía sostenerme.
No iba a salir de aquella habitación siendo el mismo.
—Tranquilo —dijo, con esa voz grave—. Hoy te voy a enseñar a ser quien eres.
Me puso boca abajo sobre la cama, con las caderas levantadas y las rodillas separadas. La almohada bajo el pecho. Sentí cómo la cama cedía bajo su peso cuando se subió detrás de mí. Después oí el clic de un frasco abriéndose y un chorro frío me cayó en el surco entre las nalgas.
Su dedo entró primero. Lento, lubricado, paciente. Mi esfínter se cerró en torno a él como si quisiera echarlo, pero él giró la mano, presionó hacia abajo, esperó. Mi anillo cedió con un chasquido húmedo y el dedo entró hasta el nudillo.
—Mira cómo se abre —murmuró—. Como si hubiera estado esperando esto.
El segundo dedo dolió. Lo metió pegado al primero y los abrió en tijera. Una quemazón fina me recorrió toda la zona, gemí más fuerte de lo que quería, dije «duele» con la voz quebrada, pero mi pene chorreaba, dejaba un hilo brillante sobre la sábana sin que nadie lo tocara. Empujó más adentro, encontró un punto que no sabía que existía, y una descarga eléctrica me subió por la columna hasta la base del cráneo. Las piernas se me sacudieron solas.
El tercer dedo entró cuando ya estaba blando. Tres dedos gruesos abriéndome, entrando y saliendo con un sonido húmedo y obsceno que me daba vergüenza y me ponía más caliente. Sudaba. La almohada se me había mojado de saliva. Mi ano palpitaba, abierto, hambriento, sin entender por qué pedía más.
Don Vicente sacó los dedos. Oí cómo se ponía de rodillas, cómo se lubricaba. La punta de su pene, gruesa y caliente, presionó contra mi entrada.
—Respira, Lucía.
No fue un error. Lo dijo despacio, con todas las letras, y algo dentro de mí se abrió antes que el cuerpo.
Empujó. La cabeza pasó el anillo y mi cuerpo entero se tensó. El dolor fue agudo, punzante, real. Me clavé las uñas en la sábana. Una lágrima me cayó por la nariz mientras él entraba centímetro a centímetro, abriéndome de un modo que no había sentido nunca, hasta que sus muslos me tocaron las nalgas y supe, por el peso, que estaba completamente dentro.
—Shhh… ya pasó lo difícil —dijo, inclinándose sobre mí, besándome la nuca—. Ahora vamos a disfrutar.
Empezó a moverse despacio. La fricción seguía siendo brutal, cada salida casi sacaba la cabeza, cada entrada volvía a estirarme. Pero algo cambió cuando encontró el ángulo. Su pene empezó a golpear directo contra ese punto que su dedo había despertado.
—Ngh… ¡ah! Don… Vicente…
Cada embestida era una descarga profunda, sorda, que se me iba acumulando en algún lado del bajo vientre que no sabía nombrar. Sentía cómo mi próstata se hinchaba, latía, pedía más. El primer orgasmo llegó así, sin que nadie me tocara el pene. Un placer pesado, largo, que me hizo temblar todo el cuerpo durante un minuto entero. Mi ano se cerró en torno a él como si quisiera quedárselo. Mi pene, abandonado contra la sábana, empezó a soltar leche en chorritos sucesivos, sin presión, como si me estuviera vaciando por dentro.
—Mira cómo te corres por dentro —dijo, sin parar de moverse—. Así es como goza una hembra, Lucía.
El segundo orgasmo me destrozó. Se mezcló con el primero antes de que terminara. Todo se volvió blanco. Perdí la noción del tiempo, del cuerpo, de la habitación. Solo existía su pene abriéndome, mi cuerpo convulsionando y un calor pegajoso que se extendía bajo mí y nos manchaba a los dos.
Lo oí gruñir muy cerca de mi oído. Después sentí cómo se vaciaba dentro de mí en sacudidas calientes y profundas. Cuando salió, mi ano quedó abierto unos segundos, latiendo, dejando salir un hilo espeso que mezclaba su semen con el lubricante.
***
Me dejó descansar un rato sobre la cama, con la mano en mi espalda baja, sin decir nada. Después se levantó, fue al armario y volvió con un paquete pequeño envuelto en papel oscuro. Me lo puso encima del colchón y se sentó al borde.
—Ábrelo.
Eran unas bragas negras, de encaje, con un lazo finito en el costado. Las acaricié antes de entender. Levanté la vista. Él tenía una expresión que no le había visto nunca: serena, casi tierna, como si me hubiera reconocido por primera vez.
—Pruébatelas.
Me las puse de espaldas al espejo. Cuando me giré, no me reconocí. La tela negra contra la piel pálida, mi pene aún sensible bajo el encaje, el pelo desordenado cayéndome sobre los hombros, los labios hinchados de morderlos. La cara que me devolvía la luna del armario no era la de Lucio.
—Hola, Lucía —dijo él detrás de mí, posando las manos en mi cintura—. Encantado.
***
Esas bragas todavía las tengo. Están guardadas en el fondo de un cajón, dobladas con cuidado, manchadas de aquella primera tarde y de muchas otras que vinieron después. Cada vez que las saco, vuelvo a sentir el peso de su mano en mi nuca, su voz pronunciando un nombre que aún era nuevo, y el modo en que ese nombre, por fin, encajó.