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Relatos Ardientes

El error en el baño que se convirtió en mi primera vez

Hacía dos meses que no salía. Había roto con Daniel en febrero y desde entonces me había tragado todas las invitaciones de mis amigas con la misma excusa: cansancio, trabajo, lo que fuera. Aquel sábado de mayo, sin embargo, Carla insistió tanto que terminé cediendo. Quedamos en su piso del Raval, me prestó una falda de cuero negro que me quedaba dos dedos más corta de lo que yo habría elegido, y a las dos de la madrugada estábamos en la entrada de un club que acababan de abrir cerca del puerto.

Me llamo Yuna. Tengo veintisiete años, soy coreana y llevo cuatro viviendo en Barcelona. Mido un metro cincuenta y siete con suerte, tengo el pelo negro y largo hasta media espalda, y suelo pasar bastante desapercibida cuando no quiero llamar la atención. Aquella noche no era una de esas noches.

El club estaba lleno hasta el último centímetro. Luces estroboscópicas que rompían la oscuridad en pedazos, un bajo que entraba por los pies, reggaetón mezclado con dembow a un volumen que no permitía pensar. Carla se perdió en la barra y yo fui a la pista sin ella. Empecé a bailar sola, los ojos cerrados, dejándome llevar.

Llevaba un top plateado sin sujetador, un tanga negro mínimo bajo la falda y unos tacones finos que me hacían sentir cuatro dedos más alta. Sabía perfectamente cómo me veía. Y por una vez en muchísimo tiempo, me gustaba.

Lo sentí antes de verlo.

Era el calor de un cuerpo a mi espalda, sincronizado al ritmo sin tocarme todavía. Olía a colonia limpia y a sudor de gimnasio. Giré la cabeza apenas lo justo para mirarlo por encima del hombro: alto, moreno, barba de tres días, ojos castaños que se reían sin abrir la boca. Camiseta negra ceñida, brazos trabajados sin exagerar. Le sostuve la mirada un segundo y volví a cerrar los ojos. Eso fue todo lo que necesitó.

Sus manos aterrizaron en mis caderas y me guió hacia él. No me resistí. Apoyé la espalda contra su pecho, arqueé un poco el culo, y bailé pegada como si lo hubiera hecho mil veces. Él respondió con un perreo lento, pesado, sucio, exactamente al ritmo de la canción. Sus dedos subían por mi cintura, me apretaban el costado, bajaban otra vez. Yo notaba su erección creciendo a través del vaquero, presionándome el bajo de la espalda, y eso me encendió la cara.

—Mateo —me dijo al oído, voz grave, casi rota por la música.

—Yuna.

No hubo más. Me giré dentro de sus brazos, le subí la mano por la nuca, lo besé. Su barba me rascó la barbilla, y por primera vez en meses me di cuenta de que estaba mojada, mojadísima, y de que el tanga no estaba aguantando nada.

Me mordió el labio inferior cuando se separó.

—Si seguimos así aquí, me echan —murmuró.

—Pues vámonos.

Me cogió de la mano y se abrió paso entre la marea de cuerpos. Subimos al piso de arriba, donde los baños eran más amplios y la chica de la entrada apenas miraba quién pasaba. Mateo eligió el último cubículo, echó el pestillo de un golpe seco, y todo el ruido del club quedó atrás como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.

El sitio olía a perfume barato y lejía. Me dio igual.

Me empujó contra la pared de azulejos con firmeza, no con violencia, y me subió la falda hasta la cintura de un solo tirón. Dos dedos retiraron el tanga hacia un lado. La rodilla me abrió las piernas. Oí el sonido del cinturón, el bóxer bajando, y entonces sentí su polla empujándome el muslo, dura, gruesa, caliente.

—Joder —susurró—. Estás empapada.

—Cállate y entra.

La cabeza me rozó los labios mojados, encontró el sitio, y empujó con un solo movimiento profundo. Solté un gemido contra mi propia mano, que él me había puesto encima de la boca para que no se oyera fuera. La mezcla de presión y alivio fue casi demasiado.

Empezó a moverse fuerte desde el principio. No había tiempo para juegos. El sonido de la piel chocando se mezclaba con el bajo lejano que seguía retumbando en las paredes. Su mano libre me agarraba la cadera con tanta fuerza que estaba segura de que mañana tendría marcas. No me importó.

—Más rápido —le pedí, voz amortiguada por sus dedos.

Aceleró. Las embestidas se volvieron profundas, repetidas, eléctricas. Yo notaba el clítoris rozándole el pubis cada vez que entraba hasta el fondo, y supe que iba a correrme en cualquier momento.

Y entonces salió.

Salió de golpe, resbaladizo, y antes de que yo entendiera qué estaba pasando, sentí su cabeza presionando un sitio diferente, un sitio que nunca antes nadie había tocado.

—Mateo, ahí no —empecé a decir, ya tarde.

Empujó.

El dolor fue como un latigazo. Agudo, ardiente, profundo. Me atravesó entera. Solté un grito ahogado contra su mano, los ojos se me llenaron de lágrimas en un segundo, y todo el cuerpo se me tensó intentando apartarme.

—Hostia. Perdón, perdón, me equivoqué.

Se quedó quieto. Yo lo notaba latiendo dentro de mí, completamente quieto, y en ese momento de silencio todo se sintió mucho más íntimo de lo que había sido en toda la noche. Su frente apoyada contra mi pelo. Su pecho subiendo y bajando contra mi espalda. Su mano destapándome la boca con cuidado.

—Sácamela —susurré, voz rota—. Duele.

Él movió las caderas hacia atrás muy despacio, sin salir todavía del todo, y entonces ocurrió algo que no esperaba. La mitad de la salida se sintió bien. Una presión que se aliviaba, sí, pero también algo más, una sensación nueva que me recorrió la columna como un escalofrío. Mi coño, vacío, latía. El clítoris me ardía solo de la presión interna.

Volvió a entrar un poco. Despacio, casi con miedo.

Esta vez no dolió igual.

—¿Sigo? —preguntó. Se le notaba el esfuerzo de contenerse en cada sílaba.

Di que no, Yuna. Di que no.

Pensé que iba a decirle que no. Que la respuesta correcta, la que mi cabeza tenía clarísima, era no. Pero lo que salió de mi boca fue otra cosa.

—Despacio. Despacio primero.

Mateo soltó un gruñido grave, casi de alivio, y me apretó la cadera con las dos manos. Empezó a moverse de verdad. Salidas cortas, entradas suaves, dándome tiempo a acostumbrarme. Cada centímetro encendía algo profundo, eléctrico, raro. Era una intensidad que no se parecía a nada que hubiera sentido antes. Cada vez que entraba hasta el fondo, yo notaba mis propios músculos rendirse un poco más.

—Más —murmuré, sorprendiéndome a mí misma—. Más fuerte.

Aceleró. La pared fría contra mi mejilla, mis manos resbalando en los azulejos, mi culo en pompa ofreciéndose más a cada embestida. Sus huevos chocaban contra mis labios mojados, y entre la fricción de fuera y la presión de dentro, yo no sabía dónde terminaba un placer y empezaba el otro.

—Joder, Yuna —jadeó contra mi nuca, barba rozándome la piel sudada—. No vas a creerme, pero esto es lo más apretado que he sentido en mi vida.

—Más profundo.

Empujó hasta el fondo. Mantuvo la presión. Empujó otra vez.

Lo que vino después no se parecía a ningún orgasmo que hubiera tenido antes. Empezó muy adentro, en un punto que yo ni siquiera sabía que existía, y subió como una ola que rompe en mil pedazos. El cuerpo se me convulsionó solo. Las piernas me temblaban. Sentí el coño apretarse alrededor del vacío, expulsando un chorro tibio que me bajó por la cara interna del muslo. Me apreté en espasmos largos, lentos, infinitos. Estaba llorando y sonriendo al mismo tiempo, mordiéndole los dedos para no gritar.

Mateo aguantó lo que pudo. Lo noté en su respiración, en cómo se le aceleró todo. Tres embestidas más, profundas, y soltó un gemido grave contra mi nuca.

—Me corro —avisó—. Joder.

Lo sentí latir muy fuerte muy adentro, y luego el calor: chorros espesos rellenándome, una sensación rara, sucia, que me hizo cerrar los ojos. Salió despacio cuando terminó. Un hilo blanco me bajó por el muslo, y yo me quedé apoyada en la pared, jadeando, falda arrugada en la cintura, tanga torcido, todo el cuerpo temblando.

Él me abrazó por detrás. Me besó el cuello, el hombro, la base de la nuca.

—Perdona —murmuró—. De verdad, perdona. No quería empezar así.

Giré la cabeza despacio. Tenía los ojos vidriosos, el rímel corrido por las lágrimas, y una sonrisa que no me sabía controlar.

—No te disculpes —le dije bajito—. Ha sido el mejor error que me han hecho nunca.

Mateo se rio contra mi pelo. Una risa nerviosa, aliviada.

—¿Lo dices en serio?

—Nunca había sentido nada parecido.

***

Salimos del cubículo diez minutos después, cuando me hube recompuesto el tanga, la falda y la cara como pude. Me apuntó su número en el dorso de la mano con un boli que le pidió a la chica de la entrada. Hace de aquello tres semanas y me ha escrito todos los días.

No sé si voy a quedar otra vez con él. Estoy pensándolo. Lo único que tengo claro es que aquella noche cambió algo dentro de mí que no sabía que se podía cambiar, y que de ahora en adelante nada va a ser como antes.

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Comentarios (7)

NereaSur88

hermoso relato, me tuvo pegada hasta el final!!

Valentina_87

Hay segunda parte?? necesito saber como siguio todo esto jaja

rositamx

Me recordó a algo que me paso en una fiesta hace años. Ese nerviosismo y ese calor que describis lo senti igualito, escribis muy bien

Marce2116

con que error empieza esto?? me quede con la intriga jaja, muy bueno

nikoBA

Los relatos de confesiones son los mejores porque se sienten reales. Este es de esos

xime_cba

Que lindo!! mas asi por favor :)

Chucho85

buenisimo, de esos que se leen de un tiron sin poder parar

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