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Relatos Ardientes

Mi primer squirt anal vestida de colegiala

La casa entera era mía esa tarde de septiembre. Mis padres se habían ido fuera de la ciudad por un cumpleaños y mi hermana, Camila, tenía guardia en el hospital hasta el día siguiente. Eran las cuatro y la luz entraba por las persianas formando rayas amarillas sobre el parqué. Llevaba semanas esperando una tarde así.

Me llamo Salma, aunque casi nadie en mi vida lo sabe todavía. Tengo veintidós años, soy delgada, de cabello castaño ondulado que me dejé crecer hasta los hombros durante el último año de la universidad. Soy aperlada, mido un metro setenta y cinco descalza, y desde que empecé a ir al gimnasio para trabajar el tren inferior, mi silueta de perfil empezó a parecerse a la que siempre había imaginado para mí. Mis amigas envidiaban mis caderas. Yo sonreía y no decía nada.

Tras la primera vez que me toqué pensándome mujer —la primera vez que entendí lo que mi cuerpo podía darme—, no quise volver atrás. Cada noche que tenía la habitación para mí, buscaba algo nuevo con qué experimentar. Empecé por mis propios dedos, después por el mango cilíndrico de un cepillo redondo que ya no usaba, y poco a poco fui acumulando un repertorio improvisado que escondía detrás de los libros de literatura del estante de abajo.

Aquella tarde decidí ir más lejos.

Saqué del fondo de mi cajón los dos objetos que había estado guardando para una ocasión así. El primero era un envase cilíndrico de un fijador para el pelo que mi madre había dejado de usar: cuatro centímetros de grosor, trece de largo, plástico liso, perfecto para entrenarme. El segundo, mi pequeño tesoro, un frasco de cristal con base estriada que había encontrado de oferta en una tienda de antigüedades. Cinco centímetros de grosor, dieciséis de largo. Lo había lavado tantas veces que la etiqueta original ya era solo una sombra.

***

Decidí jugar a colegiala.

Abrí el armario de Camila y descolgué su camisa blanca de manga corta, la que no se ponía hace años. Me la abotoné dejando los dos primeros botones abiertos y me anudé el resto sobre el ombligo. Saqué de mi propio cajón una falda de cuadros escoceses que me había comprado por internet, corta, justo dos dedos por debajo del nacimiento de los muslos. Unas medias negras que me llegaban hasta la mitad del muslo. Un cachetero rosa de raso por delante, encaje por detrás, que estrenaba esa tarde.

El maquillaje me llevó casi una hora. Quería que estuviera bien hecho. Base, corrector, un delineado en gato que me alargara la mirada, sombra ahumada en los párpados, y un labial color vino que sabía que iba a quedar marcado en cada cosa que tocara con la boca. Me até el pelo a un lado con un lazo y, lo último, los tacones negros que había escondido en una caja de zapatos vieja durante meses.

Me miré en el espejo del armario. La chica que me devolvió la mirada era nueva. Era yo, pero también era alguien que solo existía cuando la casa estaba vacía. Sentí un escalofrío que no sabía bien si era miedo o ganas.

***

Me arrodillé sobre la cama, encendí música baja —algo lento, con piano— y agarré el dildo pequeño con las dos manos. Lo besé primero. Después saqué la lengua despacio, lo lamí desde la base, y por fin me lo metí en la boca como si quisiera aprender. La saliva se mezcló con el labial y empezó a correrse por el plástico. Me lo metí más adentro, hasta el fondo, sintiendo cómo el tubo liso me abría la garganta y me obligaba a tragar aire por la nariz. La arcada me subió de golpe; los ojos se me aguaron y dos lágrimas me resbalaron por las mejillas, arrastrando el delineado negro.

Me aparté para respirar, jadeando. Hilos de saliva tiraron de mi boca al envase y se rompieron sobre la sábana. Me miré al espejo y ahí estaba: una colegiala desordenada, con el labial corrido, los ojos llorosos, las mejillas rojas. La imagen me encendió más que cualquier cosa que hubiera leído en internet. Volví a cogerlo con la mano, me lo pasé por los labios, lo chupé otra vez, ahora con más hambre, dejándome oír, soltando un gemido bajo que vibró en mi garganta como si ya tuviera a alguien delante mirándome abrir la boca.

Me puse a cuatro patas. Me bajé el cachetero hasta los muslos —no quise quitármelo del todo, me gustaba sentirlo tirante en las piernas— y dejé que el aire me rozara. Me eché lubricante en los dedos y empecé a prepararme. Primero uno. Después dos. La primera presión siempre quemaba, pero ya conocía el truco: respirar, soltar, empujar contra mi propia mano. Los dedos se me hundían en la carne húmeda con una facilidad cada vez mayor, y cada vez que los sacaba un poco y volvía a meterlos sentía el ano abrirse un poco más, ceder a regañadientes, aceptar el castigo dulce de ser llenado.

Cuando sentí que aceptaba sin pelear, agarré el frasco de cristal y lo lubriqué entero. Lo apoyé en la entrada y empujé.

—Ahh.

El cristal era distinto. Era frío, era duro, no cedía como la piel. Hice fuerza y mi cuerpo respondió cerrándose. Esperé. Apoyé la frente en la almohada, mordí el cojín. Lo intenté de nuevo, más despacio, dejando que mi propio peso lo empujara hacia adentro. La punta entró y se quedó ahí, abriéndome con una presión firme, pesada, casi insolente.

—Mmmph —mordí más fuerte.

Cinco centímetros. Diez. Doce. Cuando sentí que el grosor se acomodaba dentro de mí, me quedé quieta unos segundos, respirando fuerte. Me sentía abierta de una manera que no había estado nunca. No era solo la sensación física: era saber que era yo quien estaba haciéndome eso a mí misma, y que nadie en el mundo lo veía. El frasco parecía clavado en el centro exacto de mi cuerpo, tensando cada músculo alrededor del vidrio frío, y esa tensión me hacía apretar los muslos, humedecerme todavía más, temblar de pura expectativa.

Lo retiré con cuidado, me incorporé sobre las rodillas y me tomé un momento para mirarme. Tenía el labial corrido, el lazo del pelo torcido, las medias bajadas en una pierna. Me lamí los labios. La camisa de Camila se me había abierto del todo.

Volví a meterlo, ahora con el cuerpo ya cooperando. Empujé hasta el fondo y empecé a moverme contra él, lento al principio, después con más ritmo. La sensación de llenado total, de ser empujada desde adentro, me dejaba sin aire. El vidrio me rozaba las paredes internas con una dureza limpia y brutal, y el ruido húmedo de mi culo tragándolo y soltándolo a cada vaivén llenaba la habitación junto con mi respiración rota. Mi propio sexo se balanceaba debajo de mí, abandonado, sin que necesitara tocarlo, pero cada movimiento de cadera hacía que mis labios se restregaran contra el aire y se me escaparan pequeños espasmos en el vientre.

Me imaginé otra escena. Yo no estaba sola. Había un hombre detrás, alguien grande, con la mano izquierda agarrándome la cintura y la derecha empujando el cristal por mí. Lo imaginé respirándome el cuello, diciéndome que me callara, mordiéndome el lóbulo de la oreja. La fantasía me hizo perder el ritmo: empecé a moverme más rápido, sin coordinar, como si ya estuviera encima de mí, marcando el ritmo con golpes secos de cadera, haciéndome rebotar sobre una polla imposible que me abría más y más a cada embestida imaginaria.

—Sí, sí, así —murmuré contra la almohada, no para nadie, solo para llenar la habitación con mi voz.

Solté la mano del dildo y me quedé apoyada solo en los antebrazos, dejando que cada vez que mi cadera bajara el cristal me entrara entero. Sonó un golpe seco cada vez que mis nalgas chocaban contra la base. La habitación olía a perfume y a sudor, a mi propia excitación espesa, a látex y jabón mezclados en la humedad caliente de la sábana. Mi respiración ya era un gemido continuo, ronco, con pausas cortas para tragar saliva y volver a empujarme contra el vidrio como si necesitara más, siempre más.

***

Cambié de posición. Me eché de espaldas, abrí las piernas y me apoyé los pies en el cabecero. Agarré una almohada con un brazo, la abracé contra el pecho, y con la otra mano volví a guiar el frasco. Esta vez quise sentir como en una película: yo debajo, recibiendo, las piernas abiertas, abrazada a algo que no era nadie pero que mi mente convertía en un cuerpo de hombre. Me lo metí otra vez despacio, disfrutando del instante en que la punta presionó la entrada y luego cedió, haciendo que el resto del cuerpo de vidrio se tragara mi interior con un escalofrío que me arqueó la espalda.

El ángulo cambió todo. El cristal entraba más recto y, en algún punto del recorrido, golpeaba un lugar dentro de mí que no había encontrado antes. Era como un interruptor. Cada vez que pasaba por ahí, una corriente me subía por la espalda hasta la base del cráneo. Mis muslos se tensaban, mis rodillas se abrían más, y mis dedos se clavaban en la almohada como si fueran los únicos anclajes que me quedaban.

—Ay.

No fue un gemido teatral. Fue un sonido pequeño, casi infantil, que se me escapó sin permiso. Me asusté un poco. Me detuve. Lo busqué otra vez con un movimiento corto, exploratorio, y volvió a aparecer. Insistí. La corriente se hizo más nítida, más larga, más concreta. Me daba vueltas la cabeza. Empecé a empujar con la cadera en pulsos cortos, con un ritmo torpe pero decidido, y el frasco respondía entrando y saliendo con una fricción húmeda que me dejaba el interior latiendo. Cada embestida me arrancaba un suspiro más alto, un temblor más fuerte en la barriga, una contracción en el culo que me hacía apretarlo sin querer alrededor del vidrio.

Me levanté con las piernas temblando y volví a ponerme de rodillas, esta vez de cara a la pared. Apoyé la mano izquierda contra el yeso, separé los pies, arqueé la espalda como había visto en una foto que guardaba en una carpeta oculta del teléfono. Desde ese ángulo el cristal entraba directo al lugar exacto. Sentí cómo me abría mejor, cómo cada centímetro nuevo de vidrio se acomodaba con una presión sólida, y apoyé la otra mano en el borde de la cómoda para no caerme cuando el primer empujón me hizo temblar las piernas.

Bastaron diez, quizá doce embestidas. Lo sentí venir distinto, no como las otras veces. Era una ola que empezaba en algún punto debajo del ombligo y se expandía hacia los muslos, hacia los pies, hacia las manos. Apreté los dientes. Cerré los ojos. La frente me chocó contra el azulejo de la pared y no me importó. Seguí moviéndome, rápida, desesperada, dejándome castigar por el vidrio que entraba y salía, sintiendo cómo el placer se concentraba en un nudo cada vez más feroz en el centro del abdomen.

Y entonces pasó.

Mi sexo, sin que yo lo tocara, sin orden ninguna, empezó a soltar un líquido transparente, en chorros cortos y constantes, como si una válvula hubiera cedido. Caí hacia adelante, apoyé la frente y los antebrazos contra la pared y dejé que mi cuerpo terminara solo lo que había empezado. El líquido me corrió por los muslos, por las medias, formó un charco sobre el parqué. Me temblaban las piernas, me ardía el culo por dentro y por fuera, y aun así seguí un par de empujes más, como si quisiera exprimir de mí la última gota de esa presión maravillosa.

Me quedé quieta. Respirando fuerte. Sin entender bien qué acababa de pasar.

***

Tardé varios minutos en moverme. Tenía las piernas tan flojas que tuve que sentarme en el borde de la cama. El cristal se había deslizado fuera por su cuenta. Me quité los tacones, me quedé un rato mirando el techo, escuchando mi propia respiración volver a un ritmo normal.

Después fui al baño, abrí el grifo del lavabo y me eché agua fría en la cara. El delineado me había dejado dos surcos negros desde los ojos hasta el mentón. Me reí en voz alta. Tenía pinta de haber llorado en una boda.

Lo había leído cien veces en foros, en hilos sobre próstata, en confesiones de otras chicas como yo. Pero leer no era lo mismo que sentirlo. Lo que mi cuerpo acababa de hacer no se parecía a ningún orgasmo anterior. Era más profundo, más largo, menos genital y más nervioso. Era como si me hubieran reseteado por dentro. Todavía sentía el eco del vidrio en el ano, la sacudida de las paredes internas, el temblor extendiéndose por la espalda cada vez que recordaba el punto exacto donde todo se había encendido.

Quise repetirlo.

Limpié el suelo, cambié las sábanas, bebí agua. Me retoqué el delineado lo justo. Y volví. Esta vez no necesité preparación: estaba todavía abierta, todavía sensible, todavía con el cuerpo en alerta. Apoyé las dos manos en la pared, separé los pies, arqueé la espalda y me lo metí entera de un solo movimiento controlado. El frasco entró con menos resistencia, y ese dato por sí solo me hizo jadear, porque significaba que mi cuerpo ya lo esperaba, ya lo deseaba, ya estaba listo para dejarse tomar otra vez.

Tardó menos. Cinco embestidas, quizá seis, y la ola ya estaba subiendo otra vez. Mi cabeza giró a un lado, la lengua se me quedó en la comisura como si me hubiera quedado sin batería, y el cuerpo se vació por segunda vez sobre el parqué, sobre las medias, sobre los empeines. La humedad me chorreaba por los muslos y el culo me latía con un cosquilleo profundo, casi adolorido, pero ese dolor fino me excitaba todavía más. Me agarré al borde de la cama para sostenerme y seguí moviéndome hasta que las piernas dejaron de responderme.

Me deslicé hasta el suelo, despacio, riendo bajito. Tenía el pelo pegado a la frente, la camisa de Camila completamente abierta, la falda subida hasta la cintura. Si en ese momento alguien hubiera abierto la puerta, me habría dado igual. Estaba demasiado lejos.

Me vestí de chica de calle como si nada hubiera pasado, lavé la ropa en frío y la metí en la secadora antes de que volviera mi hermana. Devolví la camisa al armario de Camila. Guardé el frasco de cristal en su escondite, detrás de los libros, ya con un cariño nuevo. Me preparé un té y me senté en el sofá con las piernas todavía flojas, mirando por la ventana cómo el cielo se ponía naranja.

Esa fue mi primera vez. La primera vez que mi cuerpo me entregó algo que ni siquiera sabía que podía darme. Y supe, sentada en ese sofá con la taza temblándome levemente entre las manos, que no iba a ser la última.

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Comentarios(10)

RamonOscuro

Ufff que comienzo tan intenso, me enganche desde la primera linea y no pude parar!!!

Valentina_C

Me encanto como arranca el relato, esa tension desde el primer parrafo te atrapa completamente. Esperando la continuacion!

MatiasK92

Buenisimo, seguí escribiendo por favor!!

EnzoLector

La verdad que muy bien narrado. Se nota que hay experiencia detras de cada parrafo, gracias por compartir

Lili_noc

Que manera de arrancar un relato... me quede sin palabras. Mas!!!!

TomTom_AR

jajaja el detalle del principio es todo, te deja con curiosidad desde el arranque. Muy bueno

Gaston_MDQ

Excelente!! de lo mejor que lei ultimamente en esta pagina. Saludos desde Mar del Plata

SantiagoK

Hay segunda parte? quede con ganas de saber como termina todo esto, por favor seguí!

Fer_nocturno

Tremendo relato, se siente real y eso es lo que mas me gusta. Sigue asi campeona

DreamReader88

Me recordo a algo que lei hace tiempo pero este esta mucho mejor escrito, felicitaciones

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