La adicción secreta de mi marido por mis confesiones
Nunca pensé que las palabras pudieran encender a Andrés más que mi cuerpo. Llevábamos siete años casados cuando descubrí su secreto, y fue la noche que se me ocurrió contarle, con todos los detalles que él reclamaba, cómo había sido mi primera vez.
Soy una mujer bajita, de caderas firmes y piernas que se notan cuando uso falda. No tengo el trasero de modelo, pero tengo unos pechos que llaman la atención apenas asoma un escote. La piel blanca los hace todavía más visibles, y eso lo aprendí desde adolescente, cuando en cualquier reunión los hombres me hablaban a la cara durante medio minuto antes de bajar la mirada un par de centímetros.
Lo que pocos saben es que disfruto del sexo desde que descubrí mi cuerpo a solas. A los dieciséis ya conocía cada zona que reaccionaba con mis propios dedos, y eso, sumado a un primer amante que supo aprovecharlo, me convirtió en una mujer que no acepta menos que un orgasmo bien dado.
Andrés siempre lo supo. Desde el primer beso, ese hombre entendió que yo era de respuesta rápida, y nunca tuvo que esforzarse demasiado para tenerme mojada. Bastaban dos copas de vino y una mano firme en mi cintura para que mi cuerpo lo siguiera al cuarto, al baño, a la terraza, al asiento trasero del auto. Lo que tampoco sabía, hasta esa noche, era que su deseo tenía otra puerta más profunda que el contacto físico.
Fue un viernes de invierno. Habíamos cenado solos, los chicos estaban en lo de mi madre, y abrimos una botella de malbec que un amigo nos había regalado para el aniversario. La conversación fue derivando, como suele pasar después del segundo vaso, hacia temas que de día no se hablan. Pasados, ex parejas, qué nos había gustado y qué no. Cosas que en general tocábamos por encima.
—Contame tu primera vez —me dijo, mirándome por encima de la copa—. En serio. Sin saltearte nada.
—¿Para qué querés saber eso?
—Curiosidad —respondió, pero la sonrisa no era curiosa. Era otra cosa.
Está bien, pensé. Vamos a ver hasta dónde llega esto.
—Se llamaba Mateo —empecé—. Iba al mismo gimnasio que yo, era unos centímetros más alto que vos, y tenía esa costumbre de abrazarme por detrás cuando nadie miraba.
Andrés bajó la copa. Sus ojos cambiaron de tono. No me interrumpió.
—Era flaco, fibroso, no muy musculoso. Pero el primer día que lo besé, en el estacionamiento del gimnasio, me agarró la nuca con una mano y la cintura con la otra, y supe que ese chico no era inexperto.
—¿Y la tenía grande? —me cortó.
Lo miré un segundo. Andrés no era de hacer ese tipo de preguntas. Pero esa noche había algo distinto en su forma de respirar.
—Larga, sí. Unos dieciocho centímetros. No era muy gruesa, pero llamaba la atención.
—Seguí.
***
Le conté que una tarde de domingo nos quedamos solos en la casa de mis padres. Que estábamos en el sillón del living, viendo una película que ninguno miraba, y que en algún momento dejó de ser un beso de chicos. Le conté cómo me apretaba contra el respaldo, cómo me mordía el labio, cómo deslizaba la lengua por mi cuello hasta que sentí la primera puntada entre las piernas.
—Estaba tan mojada que me daba vergüenza —le dije, y noté que se había recostado contra el respaldo de la silla del comedor, en esa postura que tiene cuando me mira venirme y no quiere perderse un solo gesto.
—Seguí —repitió. La voz más grave.
—Me saqué la blusa antes de que él me la pidiera. Me morí de calor. Tenía el corpiño negro que me había comprado dos días antes pensando justamente en él. Cuando vio mis pechos hizo un ruido con la garganta, como un quejido. Se lanzó. Empezó a chuparme un pezón mientras con la otra mano me apretaba el otro, y yo no podía creer que mi cuerpo respondiera con tanta intensidad a algo tan simple.
Andrés se acomodó en la silla. Le miré la entrepierna sin disimulo. El bulto era evidente. Yo conozco esa erección desde hace años; sé cuándo está dura y cuándo está dura de otra manera. Esa noche estaba dura de otra manera.
—Después se bajó el pantalón —continué, dejando que el vino me ayudara a no sonrojarme—. Y por primera vez en mi vida, una verga me apuntaba a la cara. Se puede decir así, ¿no? Me apuntaba.
—Decilo así —murmuró—. Decilo todo así.
—Levanté la mano y le toqué la punta. Estaba húmeda, tibia. Le hice una paja torpe, pequeña, no me animaba a más. Me cerraba apenas la cabeza con los dedos. No tenía idea de lo que estaba haciendo, pero sentía que él se moría de placer y eso me daba poder.
***
Me detuve un instante. Andrés ya no disimulaba. Tenía la mano sobre el pantalón, la palma apretada contra el bulto, la respiración pesada. Me incliné, le bajé el cierre y la saqué. Más corta que la de Mateo, pero mucho más gruesa, mucho más mía. Brillaba bajo la luz cálida del comedor.
—¿Te excita escuchar cómo me cogieron por primera vez? —le pregunté con la verga en la mano.
—Me vuelve loco —dijo sin pestañear—. Porque vos cogés mejor que cualquiera. Y yo soy el que se quedó con vos.
Esa frase me prendió fuego por dentro. Le pasé la lengua por la cabeza, despacio, sintiendo cómo el sabor del vino que me quedaba en la boca se mezclaba con el suyo. Cuando se la metí entera, me apretó la nuca con la misma fuerza con la que Mateo me había agarrado catorce años atrás. Era curioso. Las manos cambian, los hombres cambian, pero ese gesto siempre lo hicieron igual.
—No te detengas. Contame el resto —pidió con los ojos cerrados.
Saqué la boca. Le agarré la verga con las dos manos y empecé a masturbarlo con saliva, abriendo bien las piernas en mi silla para que él pudiera ver la mancha que se estaba formando en mi tanga.
—Mateo me dio vuelta y me clavó las rodillas en el sillón. La primera embestida me dolió, pero fue el tipo de dolor que pedís más. Me sostenía de las caderas y me cogía con una violencia controlada, como si supiera exactamente cuánto aguantaba mi cuerpo. Yo no podía hablar. Tenía la cara contra el almohadón y mordía la tela para no gritar, porque mis viejos podían volver en cualquier momento.
Andrés cerró los ojos un segundo. Le aceleré la mano.
—Me hizo venir dos veces así, con los dedos en mi boca para que callara. Y cuando empecé a temblar, me dio vuelta otra vez, me puso boca arriba y me clavó las piernas contra el pecho. Esa fue la posición en la que terminó.
—¿Te acabó adentro? —preguntó con la voz quebrada.
—No. La sacó en el último segundo y me disparó cinco chorros sobre el pecho. Cinco. Los conté. Tenía el cuello, las tetas, una parte del mentón, todo cubierto. Quedé hecha un desastre.
***
Andrés se aferró a los apoyabrazos de la silla con las dos manos. Le miré la cara, le miré los nudillos blancos, y entendí lo que estaba a punto de pasar. Me levanté despacio, sin soltarle la verga, y me arrodillé entre sus piernas. No había planeado nada de eso, pero algo en mí quería que él terminara como había terminado Mateo aquella tarde.
—Mirame —le dije.
Le bombeé fuerte, con la mano cerrada, sosteniéndole los ojos como hacía cuando él ya no podía aguantar más. Tardó menos de un minuto. Soltó un gemido ronco, casi animal, y se vino con dos chorros largos que me dejaron una línea de semen desde la frente hasta el labio. El maquillaje que me había puesto para él, las pestañas, todo arruinado en cuestión de segundos. Después vinieron otros tres más débiles, más transparentes, que le bajaron por los dedos y mancharon los míos.
Me quedé arrodillada un instante, sin limpiarme. Lo miré. Él me miró. Y antes de que cualquiera de los dos dijera nada, se rio. Una risa baja, agradecida, casi avergonzada.
—Hace años que no se me paraba así —admitió.
—Lo sé.
—¿Por qué nunca me contaste?
—Porque nunca preguntaste.
***
Esa noche dormimos abrazados, los dos pegajosos, los dos despeinados. Y al día siguiente, cuando me sirvió el café, supe que algo había cambiado. Andrés me miraba distinto. Me miraba como si yo fuera una caja con doble fondo, como si dentro de mí hubiera un archivo entero de cosas que él no había leído todavía.
Desde aquella noche, las cenas a solas se convirtieron en otra cosa. Cada tanto, cuando los chicos no están, me sirve una copa, se sienta enfrente y me pide otra historia. Una de las tantas que tengo guardadas. La del compañero de la facultad que me cogió en el baño de un boliche. La del fotógrafo que me hizo unas fotos y terminó haciéndome venir contra la mesa de revelado. La del amigo de un amigo en el viaje de egresados.
Algunas son verdad. Otras las invento sobre la marcha, robando escenas de películas, sumando detalles que sé que lo van a poner duro. A esta altura, ya no estoy segura de cuáles fueron y cuáles construí para él. Y la verdad es que no me importa. Mi marido tiene una adicción nueva, y resulta que el único proveedor del mundo soy yo.
Espero pronto contarles otra de las tantas que lo ponen así, esa misma cara de perversión que me mira desde el otro lado de la mesa cuando le digo, todavía con el primer sorbo de vino entre los labios, que tengo algo nuevo, algo que él no escuchó nunca.