La primera vez que una mujer me vio de verdad
Mi nombre es Marcos. Tengo un cuerpo que nunca me ha dado confianza: complexión ancha, cabeza rapada, bastante pelo en el pecho y en los brazos. No soy el tipo que gira cabezas al entrar a un bar. Nunca lo he sido, y a los veintipico ya lo tenía bastante asumido.
Pero tenía una fantasía que me acompañaba desde los quince años y que, con el tiempo, se volvió más concreta y más urgente. No era una fantasía violenta ni complicada. Era esto: masturbarme delante de una mujer mientras ella me miraba. Solo eso. Sin tocarla, sin que ella hiciese nada en particular. Solo que me mirase la polla mientras me la sacudía a fondo hasta correrme.
Durante años lo resolví con videollamadas. Entraba en foros y chats, hablaba con desconocidas, proponía la cam y, cuando aceptaban, conseguía algo parecido a lo que buscaba. Pero no era lo mismo. La pantalla pone una distancia que no se puede ignorar. Lo que yo quería era real: otra tía respirando en la misma habitación, a pocos metros, con los ojos clavados en mi verga.
Esa es la historia que voy a contar. La primera vez que lo conseguí de verdad.
***
La conocí en uno de esos chats que ya casi no existen. Su nick era «miel_curiosa». Me mandó un privado una tarde de octubre sin que yo lo esperase. Nos pusimos a hablar y enseguida quedó claro que los dos teníamos ganas de ir más allá de la conversación.
Ella se llamaba Lucía y me dijo que tenía diecinueve años. Era, según sus palabras, «bastante tímida para estas cosas en persona». Llevaba tiempo consumiendo porno en internet pero nunca había follado con ningún tío. Me contó que lo más cerca que había estado de ver a un hombre desnudo en vivo fue en una despedida de soltera a la que fue de acompañante: el stripper pasó por su mesa y ella pensó en meterle la mano por dentro del tanga para agarrarle la polla, pero no se atrevió. Le di vueltas a ese detalle más de una vez.
Le conté mi fantasía sin rodeos. Le dije que lo que más me ponía era ser observado, que se me empalmaba solo de pensar en una tía mirándome mientras me hacía una paja. Que no necesitaba que ella hiciese nada, solo que mirase cómo se me ponía dura y cómo me corría.
—Eso es raro —me escribió. Y luego, después de un silencio— : pero también me parece interesante. Nunca he visto una polla de verdad en vivo. Solo en vídeos.
Pusimos la cam esa misma noche. Ella enfocó desde la barbilla hacia abajo, sin mostrar la cara. Llevaba una camiseta ancha y un pantalón corto de pijama. Tenía el pelo largo y oscuro que le caía sobre los hombros cada vez que se movía. Era menuda y curvilínea, con unas tetas que se le marcaban bajo la tela sin sujetador y unos muslos gruesos que enseguida separó al sentarse frente a la cámara.
Me bajé el pantalón hasta las rodillas y saqué la polla ya medio empalmada. La escuché tomar aire en el micrófono. Empecé a pajearme despacio, apretándola desde la base, dejando que se hinchara del todo delante de la cámara. Ella se metió la mano por dentro del pantalón corto y se quedó quieta un segundo, mirando.
—Está goteando —dijo, y su voz se rompió un poco al decirlo—. Se te está saliendo algo de la punta.
—Es porque te estoy viendo tocarte —le contesté—. Sácate la mano y enséñame los dedos.
Los sacó. Los tenía brillantes. Se los llevó a la boca y los chupó despacio delante de la cámara. Yo me apreté la polla más fuerte, subiendo y bajando la mano a un ritmo constante, con el prepucio deslizándose sobre el capullo cada vez más hinchado.
—Métete dos dedos —le dije—. Quiero oírte.
Lo hizo. Y los oí. Los oí perfectamente durante casi una hora, un sonido húmedo y constante que me llevó al borde tres veces antes de dejarme ir. Cuando finalmente me corrí, salió a chorros gruesos que cayeron sobre mi barriga y sobre la sábana. Ella se corrió medio minuto después, con un gemido ahogado y las piernas temblándole delante del objetivo.
Cuando acabó, me quedé con la sensación de querer más, y supe que ella también.
***
Nos pasamos los teléfonos esa misma noche, aunque ella tardó un poco en decidirse. Durante los dos meses siguientes repetimos por videollamada varias veces a la semana. Me fue contando cosas de su vida: estudiaba diseño gráfico, vivía con una compañera de piso, le gustaba el café frío y detestaba el ruido de los bares. Yo le conté las mías. Sin quererlo, nos fuimos conociendo de verdad.
Un día le propuse quedar en persona.
Le dije que alquilaría una habitación de hotel. Que ella podría sentarse cerca de la puerta si quería. Que en cualquier momento podría irse, sin explicaciones, sin que yo dijese nada. Que lo único que le pedía era que me mirase la polla mientras me la cascaba.
Hubo tres días de silencio. Luego me escribió: «De acuerdo. Pero solo mirando.»
Le dije que con eso me bastaba.
***
Quedamos un miércoles a las seis de la tarde en el bar del hotel. Llegué veinte minutos antes y pedí agua mientras esperaba. Estaba más nervioso de lo que me esperaba. Llevaba dos meses hablando con ella casi todos los días y, de repente, la idea de verla entrar por esa puerta me ponía en tensión de una manera completamente diferente a cualquier videollamada.
La vi llegar a las seis en punto.
Llevaba un vestido verde oscuro, sencillo, con la falda por encima de las rodillas. El pelo recogido en una coleta baja. Unas gafas de montura fina que no le había visto en las llamadas porque siempre enfocaba desde la barbilla. Tenía una cara redondeada y unos ojos grandes, de color marrón claro, que me miraron desde la entrada con una mezcla de alivio y nerviosismo que reconocí porque yo sentía exactamente lo mismo.
—Hola —dijo cuando llegó a la barra—. Pensé que me iba a arrepentir en el metro y no iba a llegar.
—Pero llegaste.
—Pero llegué —repitió, y sonrió.
Nos tomamos dos copas cada uno. Hablamos de cualquier cosa: una serie que los dos estábamos viendo, lo horrible que estaba siendo el otoño, una anécdota de su compañera de piso. La conversación fue fácil, más de lo que había imaginado. A la segunda copa ya no había tensión en sus hombros.
Cuando consideré que era el momento, le dije que iba a subir a ducharme y que, si quería acompañarme, podía hacerlo.
Hubo un silencio breve. Me miró.
—¿Subimos? —preguntó ella, antes de que yo terminase la frase.
***
La habitación era sencilla: una cama de matrimonio, un escritorio con silla, una ventana con las persianas bajadas. Lo primero que hice fue sacar la silla del escritorio y colocarla a un metro de la cama, orientada hacia ella, cerca de la puerta. Sin decir nada. Lucía lo vio y asintió levemente, como si entendiese el gesto.
Entré al baño y me duché. Tardé lo necesario, sin alargar el tiempo. Ya la tenía medio dura solo de pensar en lo que venía después. Cuando salí llevaba una toalla enrollada a la cintura y el bulto se me marcaba por debajo.
Ella estaba sentada en la silla, con las manos cruzadas sobre el regazo. Me miró de arriba abajo sin disimulo, se detuvo en la toalla, y luego apartó la vista un segundo antes de volvérmela a poner encima.
—Estoy bastante nerviosa —dijo.
—Es normal —le respondí—. Piensa que lo único que vas a hacer es mirar. No tienes que hacer nada más. Solo estar ahí mirándome la polla mientras me hago una paja.
Se le relajó un poco la mandíbula, pero también se le escapó un jadeo corto al oírlo dicho en voz alta.
Me acerqué a la cama, aparté la sábana y me tumbé. Saqué la toalla por un lado y la dejé en la mesita. La sábana me cubría, pero se veía perfectamente el bulto empalmándose debajo. La miré. Ella me estaba mirando. Los dos lo sabíamos.
Empecé a tocarme por encima de la tela, despacio, apretándome el capullo con los dedos, dejando que la polla se hinchara del todo. Le pregunté si podía seguir.
—Sí —dijo. La voz le salió más firme de lo que probablemente esperaba.
Seguí. La sábana se tensó como una tienda de campaña. Le pregunté si quería ver cómo crecía del todo.
—¿Todavía más? —preguntó, genuinamente sorprendida.
—Ahora lo ves.
Aparté la sábana despacio. No hubo brusquedad, no hubo gesto teatral. Solo moví la tela a un lado y me quedé con la polla al aire, dura, palpitando, apuntándole a ella, con los cojones tensados debajo y una gota transparente ya asomando por la punta. A menos de un metro de distancia. Con la luz encendida. Sin nada entre su cara y mi verga.
Lucía no apartó la mirada. La mantuvo fija en el glande, con los ojos algo más abiertos que antes, y noté cómo su respiración cambiaba, cómo tragaba saliva sin darse cuenta.
—Joder —susurró—. Es más grande de lo que parecía por la cam.
***
Me la agarré por la base y empecé a pajearme despacio, con la mano cerrada bien apretada, subiendo y bajando el prepucio sobre el capullo. La otra mano me la llevé a los huevos y me los apreté suavemente entre los dedos. Ella tenía los ojos fijos en el movimiento, seguía cada subida y cada bajada, y de vez en cuando levantaba la mirada un instante para verme la cara y volvía a bajarla a la polla enseguida, como si no quisiese perderse ni un segundo.
—¿Te gusta lo que ves? —le pregunté.
—Sí —dijo bajito—. Nunca había visto a nadie hacérselo tan de cerca.
—Mira cómo me sale más líquido cuando pienso que me estás mirando.
Apreté la base y empujé hacia arriba, obligando a que asomara una gota gruesa por la punta. Se le escapó un jadeo. Aumenté el ritmo un poco. El sonido húmedo de mi mano deslizándose sobre el capullo empezó a llenar la habitación, y ella lo escuchaba con la boca ligeramente abierta.
Al cabo de un rato le sugerí que acercase la silla. Lo hizo sin que yo tuviese que repetirlo. La arrastró hasta que sus rodillas casi rozaban el colchón. Desde ahí me veía la polla a menos de treinta centímetros de la cara.
Cuando la tuvo cerca, le pregunté si quería tocar.
—No sé si me atrevo —dijo.
—No pasa nada si no quieres.
Hubo un silencio. Luego extendió la mano, despacio, y la posó sobre la sábana que aún cubría mis muslos. La retiró enseguida, como si se hubiese quemado. Soltó una carcajada nerviosa.
—Perdona.
—No tienes que pedir perdón por nada —le dije, y lo decía en serio.
Volvió a extenderla. Esta vez no la retiró. Rodeó la base de la polla con los dedos, con cuidado, como si estuviese calibrando el peso de algo. Los cerró alrededor y apretó ligeramente. Se le escapó un «uf» sordo al notarla latir contra su palma.
—Está caliente —murmuró—. Y dura como una piedra.
Empezó a mover la mano arriba y abajo, lentamente, sin apartar los ojos de lo que estaba haciendo. Al principio con demasiada cautela, casi sin llegar a mover el prepucio. Le puse mi mano encima de la suya un segundo y le enseñé cómo cerrar más los dedos, cómo dejar que la piel se deslizara sobre el capullo. Aprendió rápido. En dos minutos ya me la estaba pajeando sola, con el pulgar frotándome el frenillo cada vez que llegaba arriba.
Yo dejé de respirar con normalidad durante un buen rato.
—Se te sale mucho líquido —dijo, mirando cómo la gota se le extendía por los dedos.
—Repártelo —le pedí—. Úsalo para que resbale mejor.
Lo hizo. Pasó el pulgar por el capullo, recogió el líquido preseminal y lo bajó por el tronco. La mano empezó a deslizarse con un sonido húmedo, mucho más obsceno que antes. Ella se mordió el labio inferior sin dejar de moverla.
Lo que sentía no era solo excitación física. Era algo más denso y más difícil de nombrar: la confirmación de que aquello que había deseado durante años estaba ocurriendo de verdad, con una tía real, con su mano de verdad envolviéndome la polla, sin pantallas de por medio. Ese pensamiento me hizo cerrar los ojos un momento.
—¿Estás bien? —preguntó Lucía sin parar la mano.
—Mejor que nunca —respondí—. No pares.
***
Le pedí que se levantase y se sentase en la silla frente al escritorio. Lo hizo, todavía con la mano manchada. Me levanté de la cama con la polla apuntando al techo y me coloqué de pie a su lado, con la verga a la altura de su cara. Ella la miró desde ese ángulo nuevo y tomó aire despacio.
—Sigue si quieres —le dije.
Me miró de abajo arriba, luego enfocó la vista al frente y volvió a rodearme con los dedos. Desde esa posición podía apoyar el codo en el escritorio y trabajarme la polla con más comodidad. Empezó otra vez, con la mano bien cerrada, y esta vez añadió algo por su cuenta: con la otra mano me agarró los huevos, los sopesó en la palma y empezó a masajeármelos con la yema de los dedos.
—Joder, Lucía —jadeé.
—¿Así bien? —preguntó sin mirarme, con los ojos fijos en el capullo hinchado que le entraba y le salía del puño.
—Así perfecto. Aprieta un poco más los huevos.
Apretó. Se los tiró suavemente hacia abajo mientras seguía pajeándome con la otra mano cada vez más rápido. Aumentó el ritmo poco a poco. No se lo pedí: lo hizo ella sola, siguiendo un instinto que debía llevar un rato acumulándose. De vez en cuando levantaba la vista y me miraba a la cara, como buscando una confirmación de que iba bien. Yo intentaba mantener los ojos abiertos porque quería ver su cara en ese momento, pero no siempre lo conseguía.
El capullo se me puso morado. Los huevos se me subieron pegados al cuerpo. Sentí ese cosquilleo desde la base que sube por el tronco y avisa un par de segundos antes.
—Estoy cerca —le dije—. No pares. Que salga todo encima del escritorio, delante de ti.
Asintió sin decir nada y apretó un poco más el ritmo. La mano se le movía como un pistón sobre el prepucio, deslizándose con el ruido pegajoso del líquido preseminal repartido por toda la polla. Los dedos que me tenían los huevos siguieron masajeándolos, tirando hacia abajo cada vez que me la subía.
Me corrí con fuerza, tres o cuatro sacudidas seguidas de chorros gruesos y blancos que le salieron de la punta y cayeron sobre el escritorio delante de ella. El primero llegó lejos y se estrelló contra la madera con un ruido húmedo. Los siguientes le cayeron más cerca, hasta manchar el papel de la libreta que había encima. Gemí sin contenerme, con las caderas empujando hacia adelante contra su puño. Lucía no paró, siguió con la mano, ordeñándome hasta la última gota, hasta que yo mismo le pedí que parase porque el capullo me palpitaba tan sensible que no aguantaba.
Tenía los dedos manchados de semen espeso y los mantuvo quietos un momento, mirando lo que había pasado sobre la mesa. Un charco blanco que se extendía despacio sobre la madera.
Entonces hizo algo que no esperaba.
Pasó los dedos índice y corazón por la superficie del escritorio, recogiendo el semen que había allí. Me miró. Sonrió. Se llevó los dedos a la boca y los limpió despacio con la lengua, chupándoselos hasta el nudillo, tragando lo que había recogido.
Yo no supe qué decir durante varios segundos.
—No tenías que hacer eso —le dije al fin.
—Ya lo sé —respondió—. Pero yo también tenía una cosa pendiente. Siempre quise saber a qué sabía.
Volvió a pasar los dedos por la mesa para recoger lo que quedaba. Esta vez me mantuvo la mirada mientras lo hacía, y cuando acabó se los metió enteros en la boca, cerrando los labios alrededor, y los sacó lentamente lamiéndolos. Al final se pasó la lengua por los labios para limpiarse una gota que se le había quedado en la comisura, con una calma que me dejó sin palabras.
—Está más salado de lo que pensaba —dijo—. Pero me gusta.
***
Nos quedamos un rato más en la habitación. Ella se recompuso el vestido y yo me puse ropa. Hablamos poco. No hacía falta decir mucho. Había una satisfacción tranquila en el silencio, el tipo de silencio que solo existe cuando algo ha salido exactamente como tenía que salir.
En la puerta, antes de irse, se giró.
—Gracias —dijo—. En serio. Llevaba mucho tiempo queriendo hacer algo así y no sabía cómo.
—Yo también —le respondí.
Se fue por el pasillo sin mirar atrás. Escuché el ascensor abrirse y cerrarse. Me quedé un momento quieto en la puerta de la habitación, con esa sensación particular que tienen los días en que algo que llevaba años siendo imaginario de repente ocupa espacio en la realidad.
Había sido, sin duda, uno de los mejores días de mi vida. Y eso que todavía no sabía que no sería el último.