Mi hijastra me enseñó lo que nunca imaginé sentir
Me llamo Gabriela y tengo cuarenta y dos años, aunque nadie me los da. Me casé con Rodrigo hace cuatro años: un empresario de esos que siempre tienen el teléfono pegado a la oreja y la maleta lista junto a la puerta. Divorciado, dos hijos. Una hija de diecinueve, Valentina, y un chico de veintiséis que vive en otra ciudad. Cuando Valentina llegó a casa hace tres meses, yo creía que lo más complicado sería convivir con una adolescente. Me equivocaba.
Soy rubia, con el cabello hasta los hombros, ojos claros y una figura que todavía aguanta bien los espejos. No soy perfecta, pero tampoco me faltan quienes me miren cuando cruzo una sala. Valentina es otro tipo de belleza: morena, piel cálida, cabello oscuro hasta la cintura, y una figura que hace que la gente se dé la vuelta en la calle sin querer. Diecinueve años, un cuerpo que parecía dibujado con regla, y unos ojos negros que siempre parecían estar evaluando algo.
Llegó a vivir con nosotros porque su madre la sorprendió en su cuarto con dos personas a la vez. Su madre no lo tomó bien. La mandó con Rodrigo para que la encauzara, y Rodrigo, que viajaba más que estaba en casa, me delegó esa tarea a mí. En las semanas siguientes nos fuimos acercando despacio. Ella me contaba cosas: que le gustaban los hombres y también las mujeres, que prefería a las mujeres porque sabían lo que hacían, porque era como mirarse en un espejo que entiende exactamente dónde tocar. Yo la escuchaba sin juzgarla. Supongo que por eso empezó a contarme más.
Lo que voy a contar pasó el fin de semana en que Rodrigo se fue a Milán por tres días.
Antes de irse, Valentina le había pedido permiso para que una amiga se quedara el fin de semana. Rodrigo se negó en seco. Dijo que estaba castigada, que esa casa no era para sus historias, y me encargó a mí que vigilara que cumpliera el castigo. Valentina lloró. Le dijo que la amiga era de lo más normal, que no había nada que vigilar. Pero Rodrigo ya había tomado su maletín y se había marchado al aeropuerto.
Pasé la tarde ocupándome de cosas de la casa. Al caer la noche, recordé que no había visto a Valentina salir de su cuarto en horas. Le preparé un sándwich y un vaso de zumo y subí.
Llamé dos veces antes de abrir. Estaba tumbada en la cama, con el cabello revuelto sobre la almohada y la mirada perdida en el techo. Llevaba un top ajustado color turquesa y una braga a juego, ambos de encaje. La tela brillaba un poco contra su piel morena. No era la primera vez que veía a una mujer en ropa interior, pero algo en esa imagen me detuvo un segundo más de lo necesario en el umbral.
—¿Vienes a vigilarme? —dijo sin moverse.
—Te traigo de cenar —respondí, y puse la bandeja sobre la mesita.
Me di la vuelta para salir y ella dijo:
—No te vayas.
Me senté en el sofá pequeño que había junto a la ventana. Ella se incorporó en la cama, se comió la mitad del sándwich sin decir nada y me miró. Era una mirada lenta, de esas que recorren de arriba abajo sin disimulo. Después dejó el plato y preguntó:
—¿Te gusta lo que ves?
No supe qué responder. Creo que no respondí nada, porque ella ya se había levantado y venía hacia el sofá. Se sentó a mi lado, muy cerca. Olía a champú de coco y a algo más dulce que no supe identificar.
—¿Me puedes abrazar? —preguntó—. Es que me siento muy sola.
Aún tenía los ojos algo húmedos del llanto de antes. La abracé. Fue un abrazo normal al principio, de esos que das cuando alguien está triste. Pero el momento en que su brazo rodeó mi cintura y su mejilla se apoyó en mi hombro, noté que mis pezones se endurecían bajo el vestido. No llevaba sujetador. Ella lo notó también.
Levantó la cabeza y me miró de cerca. Demasiado cerca.
—¿Jugamos a algo? —dijo—. Hay un juego que me calma cuando estoy así.
—¿Cuál? —pregunté.
Me lo dijo en voz baja, con una voz que fingía ser más pequeña e inocente de lo que era. El juego era sencillo: ella hacía de bebé y yo de mamá. Sé que suena absurdo. Sé que debería haber dicho que no. Pero la manera en que lo propuso me nubló el pensamiento por completo, como si alguien hubiera apagado un interruptor en algún lugar de mi cabeza y hubiera dejado encendido únicamente el calor que empezaba a acumularse entre mis piernas.
Dije que sí.
Me quedé sentada sin moverme. Valentina se acomodó en mi regazo, con la cabeza apoyada contra mi pecho. Con una voz pequeña y fingida me pidió el pecho. Antes de que yo reaccionara, bajó el tirante de mi vestido con dos dedos. Mi pecho quedó al aire. Mi pezón estaba completamente erecto y ella lo rodeó con los labios despacio, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Cerré los ojos.
No supe en qué momento empecé a gemir. Fue algo involuntario, algo que salió solo. Ella intensificó la presión y con la mano libre bajó el otro tirante y empezó a acariciar el otro pecho con una habilidad que no esperaba. Sus dedos sabían exactamente qué hacer: cuánto apretar, cuánto deslizarse, cuándo detenerse justo antes de que la sensación se volviera demasiado intensa.
Se detuvo un momento y me preguntó si había estado con una mujer antes. Le dije que no. Intenté cubrirme, un reflejo tonto, pero ella apartó mis manos con suavidad y se acercó a mi boca.
El beso fue largo. Su lengua entró despacio y sus manos volvieron a mis pechos. Yo tenía las manos en su espalda, acariciándola sin saber muy bien qué hacer con ellas, siguiendo el instinto. La piel que tocaba era suave y cálida, y yo estaba completamente fuera de control.
Se puso de pie y me tomó de la mano. Me llevó hasta la cama. A mitad de camino se detuvo y terminó de quitarme el vestido. Me miraba con una calma que me resultaba casi desconcertante: sin prisa, sin nervios, como quien sabe perfectamente lo que está a punto de ocurrir. Dio una vuelta lenta a mi alrededor y dijo en voz baja que había pensado más de una vez en esto.
Cada palabra suya era como echar gasolina sobre algo que ya llevaba un buen rato ardiendo.
Me empujó suavemente sobre la cama. Se tumbó encima de mí y empezó a besarme el cuello, la clavícula, los pechos. Alternaba la boca con las manos sin pausa, creando una cadencia que hacía difícil distinguir dónde terminaba una sensación y empezaba la siguiente. Sus labios bajaron por mi tripa despacio, con una paciencia que me desesperaba.
Cuando llegó a la tanga, metió los dedos por un lado de la tela y me tocó. El contacto fue brusco y preciso a la vez. Di un grito que ella cortó con un beso en la boca.
—Tranquila —murmuró contra mis labios—. Nadie te oye.
Me quitó la ropa interior y bajó. Su lengua empezó a trabajar con una técnica que yo no sabía que existía, o que quizás sí sabía pero nunca había experimentado así. Lamió despacio primero, explorando, y luego fue concentrándose hasta que ya no fui capaz de pensar en nada más que en lo que estaba sintiendo. Me corrí con una intensidad que me dejó sin aire, con los muslos temblando y las manos enredadas en las sábanas.
Ella levantó la cabeza y me miró desde abajo con una sonrisa que era mitad satisfacción, mitad desafío.
—Ahora tú —dijo.
***
Se quitó el top y la braga y se sentó sobre mi cara. Yo no sabía bien qué hacer al principio, así que hice lo que había aprendido de ella en los últimos minutos: empezar despacio, prestar atención a las reacciones, dejar que el cuerpo de la otra persona me fuera indicando el camino. Sus caderas empezaron a moverse con un ritmo que me indicaba que iba por buen camino. Metí los dedos mientras seguía con la lengua y ella empezó a gemir con fuerza, aferrada al cabecero de la cama.
Se corrió dos veces antes de apartarse.
Nos quedamos tumbadas un rato en silencio, con la respiración todavía agitada. Fuera, la noche era completamente oscura y tranquila. En algún momento ella se giró hacia mí y apoyó la cabeza en mi hombro, igual que al principio, pero diferente en todo lo demás.
—¿Ves? —dijo—. Sabía que lo harías bien.
—No tenía ninguna evidencia para creerme eso —respondí.
Se rió. Una risa pequeña, genuina, sin el cálculo de antes.
—Gabriela —dijo después de un momento—, esto no puede quedarse en una sola vez.
No supe qué contestar. Era una afirmación disfrazada de pregunta, o al revés. La verdad es que tampoco quería que se quedara en una sola vez, y eso era lo que más me asustaba: no el hecho en sí, no lo que implicaba para mi matrimonio ni para la convivencia con Rodrigo, sino que en ese momento, tumbada en la cama de mi hijastra en medio de la noche, la idea de que no volviera a ocurrir me parecía la peor de todas las opciones posibles.
—No —dije al final—. No puede quedarse en una sola vez.
Valentina sonrió sin decir nada más y cerró los ojos. Yo me quedé mirando el techo un buen rato antes de levantarme y volver a mi cuarto.
Esa noche casi no dormí. No por culpa ni por arrepentimiento, sino porque cada vez que cerraba los ojos, mi cuerpo recordaba todo con una precisión que no me dejaba descansar. Era como si algo que había estado dormido durante mucho tiempo hubiera decidido despertar de golpe, sin previo aviso, y ya no tuviera ninguna intención de volver a dormirse.
A la mañana siguiente, Rodrigo llamó desde Milán para preguntar si todo iba bien. Le dije que sí, que todo estaba tranquilo, que Valentina cumplía su castigo sin problema.
No mentí del todo.
El fin de semana que siguió fue el más largo y el más corto que recuerdo. Rodrigo volvería el lunes. Mientras tanto, Valentina y yo teníamos la casa para nosotras. No hablamos mucho de lo que había pasado. No hacía falta. Había una comprensión silenciosa entre nosotras, una nueva capa en la convivencia que existía por debajo de las conversaciones normales, de las comidas, de la televisión encendida de fondo.
El sábado por la tarde fui al supermercado sola. Mientras empujaba el carrito por los pasillos, me sorprendí pensando en cómo olía su cabello, en el peso exacto de sus caderas, en el sonido que hacía cuando yo hacía algo que le gustaba. Me detuve delante de los yogures durante un minuto entero sin coger ninguno.
Esto no tiene ningún sentido, pensé.
Y luego pensé que tampoco importaba demasiado.
El domingo por la tarde, cuando el sol empezaba a caer, Valentina apareció en el umbral de la cocina. Llevaba ese mismo top turquesa del primer día, y me miraba con esa expresión suya de quien ya sabe la respuesta antes de hacer la pregunta.
—¿Jugamos otra vez? —preguntó.
Cerré el grifo. Me sequé las manos con el paño de cocina. La miré un momento, como si todavía hubiera algo que decidir.
—Sí —dije.
Y me dirigí hacia las escaleras por delante de ella.