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Relatos Ardientes

A mis 45 le enseñé al hijo virgen de mi amiga

Esto pasó hace unos doce años, pero juro que si cierro los ojos todavía puedo sentir el olor del champú barato de aquel muchacho mezclado con sus nervios. En aquel entonces yo tenía cuarenta y cinco años. Estaba en mi mejor momento: piel cuidada, el pelo castaño con la ayuda del tinte y unas curvas que se volvían peligrosas a esa edad. No era flaca, tenía un poco de carne donde había que tenerla: unas tetas firmes y un culo que todavía robaba miradas en la calle.

Tenía la vida resuelta. Casada, con dos hijos ya grandes haciendo su vida y hasta un amante de mi edad para espantar el aburrimiento. Pero lo de Damián... eso fue algo distinto.

Damián era el hijo de Patricia, una de mis amigas más cercanas. En aquel entonces era un muchacho de diecinueve años que cuando nos reuníamos nos saludaba apenas y se encerraba en su cuarto. Patricia me contaba que si no estaba jugando videojuegos estaba leyendo cómics. Me explicó en confianza que era «otaku» y entendí entonces por qué andaba siempre así, escondido detrás de unos lentes y una camiseta dos tallas más grande.

A pesar de la facha, el chico era alto. Medía casi un metro ochenta, mientras yo apenas pasaba el metro sesenta. No era guapo, pero tampoco feo: todavía tenía cicatrices de acné en la mandíbula y una pelusilla negra simulando barba. Lo que me llamó la atención fue la cara que ponía cada vez que lo descubría mirándome el culo. Yo le sonreía de costado y él se ponía rojo como un tomate.

A ver, yo no era ninguna santa. Tenía a mi marido y, de cuando en cuando, me escapaba con un amiguito que me daba unas buenas cogidas para quitarme el estrés. Pero ya estaba aburrida de lo mismo. Quería algo distinto, algo fresco.

Un día, en una reunión en casa de Patricia, lo vi pasar por el pasillo con una camiseta de manga corta. No sé qué me dio, pero me quedé pegada mirándole las venas de los brazos. Tenía unos brazos fuertes, marcados, de esos que se ven juveniles pero potentes. Me entró el antojo. ¿Cómo tendrá la verga este muchacho? ¿Caería en mis encantos?

Esperé a que Patricia se descuidara en la cocina y me acerqué a él. Estaba medio distraído, mirando el celular, y le solté la pregunta a quemarropa.

—Oye, Damián, ¿y tú no tienes novia? —le dije, mirándolo de arriba abajo con una sonrisita.

El pobre se puso de todos los colores. Se acomodó los lentes, miró al piso y me soltó un «no» todo nervioso. Se le notaba que no sabía ni dónde meterse. Aproveché el momento y le tiré el anzuelo.

—Qué raro, pero bueno, fíjate que me compré una computadora nueva y no entiendo nada de cómo instalarla. Como tú sabes tanto de esas cosas, ¿no podrías pasarte mañana por mi casa a darme una mano?

Damián me miró como si no creyera lo que estaba escuchando. Sus ojos se abrieron un poco más de la cuenta y asintió rápido, casi sin pensar. Le sonreí, le toqué el brazo a propósito y me alejé dejándolo ahí, todo confundido pero con la cita ya pactada.

Esa misma tarde, antes de irme, hice el último movimiento. Delante de él, le dije a Patricia: «Oye, qué buen hijo tienes. Le pedí que mañana me ayude con la computadora y aceptó. ¿Le das permiso?». Patricia, que no sospechaba nada, le respondió: «Claro, ve y ayuda a la tía, que tú para esas cosas eres un genio». Damián no sabía dónde meter la cara, pero asintió todo serio.

***

Al día siguiente tenía el escenario montado. Sabía perfectamente a lo que iba. Me vestí, como digo yo, bien «putona»: un jean que me marcaba el culo de una forma que no dejaba nada a la imaginación y una blusa de tiritas, bien pegada, que me hacía resaltar las tetas. Me solté el pelo, me puse un perfume fuerte y me retoqué el labial. Estaba radiante.

Cuando sonó el timbre y abrí la puerta, ahí estaba él. Damián llegó con su facha de siempre: todo de negro, con una camiseta ancha y unos pantalones que le quedaban grandes. Parecía que se quería esconder bajo la ropa, pero yo ya le había visto los brazos el día anterior y me imaginaba lo que había debajo.

—Hola, Damián... pasa, te estaba esperando —le dije, dándole la espalda a propósito para que tuviera buena vista de mi culo mientras caminaba hacia la sala.

Él entró pidiendo permiso, mirando para todos lados menos a mí, pero se notaba que tragaba saliva. El pobre no sabía que esa tarde la computadora iba a ser lo último que íbamos a tocar.

Lo llevé al cuarto donde tenía el escritorio. Damián se sentó de inmediato, como si la computadora fuera su escudo, y empezó a sacar cables y a conectar cosas con una concentración exagerada. Yo me quedé recostada contra el marco de la puerta, cruzada de brazos, dejando que mis curvas hicieran el trabajo en silencio.

—Y dime, Damián... —solté de la nada, caminando hacia él—, con lo inteligente que eres y ese porte que tienes, ¿de verdad me vas a decir que no tienes a ninguna muchachita por ahí volviéndote loco?

Vi cómo se le tensaron los hombros al instante. No despegó la vista del monitor, pero las orejas se le pusieron rojas en un segundo.

—No, tía... de verdad, no tengo tiempo para esas cosas —balbuceó, tratando de sonar maduro mientras peleaba con un cable que no quería entrar.

Me acerqué un poco más, justo a su lado, apoyando una mano en el respaldo de su silla y la otra en la mesa, encerrándolo.

—¿No tienes tiempo o eres muy exigente? —le pregunté, inclinándome lo suficiente para que sintiera el calor de mi cuerpo—. Porque un chico como tú no debería estar solo.

Damián soltó el cable y se quedó congelado. Levantó la vista y, por la diferencia de altura al estar sentado, quedó con la cara justo frente a mi pecho. El pobre no sabía dónde poner los ojos. Yo le pasé los dedos por la nuca, despacio, rozándole apenas la piel con las uñas.

—No te pongas así, Damián... no te pongas nervioso —le susurré.

—Es que... no estoy acostumbrado a que me hablen así —logró decir, y juro que sentí cómo le temblaba la voz.

—¿Así cómo? Solo estamos conversando. Pero fíjate, ahora te pusiste todavía más nervioso. Siento que te late el corazón hasta en el cuello.

Él se quedó mudo y siguió peleando con los cables, pero ya no coordinaba nada. Yo me mantuve pegada a su silla, disfrutando de cómo se le ponía el cuello rojo cada vez que daba un paso.

—Pero dime una cosa, Damián... —solté como quien no quiere la cosa—, ¿tú ya has tenido novia antes?

Él asintió rápido, sin mirarme, con los ojos clavados en el monitor.

—Sí, tía... hace tiempo tuve una.

Solté una risita suave y me incliné un poco más hacia él.

—Ah, ya veo. Entonces... ¿ya no eres virgen? —le pregunté a quemarropa, bajando la voz hasta que fue casi un susurro en su oído.

El cuarto se quedó en silencio total. Damián soltó el cable que tenía en la mano y se quedó congelado. No dijo que sí, no dijo que no. Yo supe que le había dado justo en el blanco. Me acerqué todavía más, rompiendo toda distancia, y le puse una mano en el hombro, apretando un poquito su músculo firme.

—No me digas que te dejé sin palabras —le dije con una sonrisa maliciosa—. Un muchacho tan alto, tan simpático... ¿cómo va a ser virgen todavía? No me lo creo.

Damián giró la cabeza para mirarme y lo primero que encontró fue mi escote. Se quedó hipnotizado, con los ojos clavados en mis tetas, que se asomaban por la blusa de tiritas mientras yo respiraba hondo a propósito.

Se le olvidó la computadora, se le olvidó la mamá y se le olvidó hasta su nombre. Estaba ahí, con la boca medio abierta, recorriendo mis curvas con una mirada que ya no tenía nada de tímida.

—¿Qué pasa, Damián? ¿Te gusta lo que estás viendo? —le pregunté, dándole un suave masaje en la nuca.

Él no contestó con palabras, pero la forma en que tragó saliva y cómo se le dilataron las pupilas me lo dijo todo. El otaku se había ido. Ahora solo quedaba el hombre muriéndose por tocarme.

—A ver, Damián, dime la verdad... ¿tú sabes besar?

Él parpadeó rápido, procesando la pregunta en cámara lenta. Se puso todavía más colorado, si es que eso era posible.

—Bueno... sí, tía. Yo tuve una novia —contestó, intentando sacar pecho para no quedar como un tonto frente a mí.

—¿Y cómo eran esos besos? —insistí, bajando el tono de voz.

Damián tragó saliva, y se le notó clarito cómo subía y bajaba la nuez de Adán.

—Eran... normales. Besos rápidos, así de piquito —soltó al final, con una honestidad que casi me dio ternura.

Solté una carcajada suave, sin poder creer la burrada que me estaba diciendo.

—¿Piquitos, Damián? Con ese cuerpo, ¿lo máximo que hiciste fue darle un beso de niño?

Él bajó la mirada, avergonzado, y asintió apenas. Me pasé la mano por el pelo, acomodándome un mechón detrás de la oreja, y lo miré.

—Una mujer no es para darle piquitos. Una mujer es para devorársela —le solté, bajando la voz a un tono ronco—. Pero ya que estamos aquí, ¿quieres que te enseñe cómo se besa de verdad?

Vi cómo se le iluminaron los ojos. Sus manos, que antes estaban quietas, empezaron a temblar sobre sus rodillas.

—¿De... de verdad me va a enseñar?

—Claro que sí, aprendiz —le dije, poniendo mis manos en sus mejillas—. Abre la boca, Damián... deja que yo haga el resto.

Cuando por fin lo besé, sentí que el pobre casi se desmaya. Empecé despacio, saboreando sus labios jóvenes, enseñándole cómo succionar, cómo mover la boca con ritmo. Pero en cuanto metí la lengua, dio un respingo. Era un mundo completamente nuevo para él. Al principio estaba torpe, sin saber qué hacer con la suya, pero yo no le di tregua. Lo guié con paciencia, envolviendo su lengua con la mía.

De pronto, su timidez se esfumó y el instinto de ese metro ochenta despertó de golpe. Sus manos, que antes temblaban en sus rodillas, subieron disparadas a mi cintura. Me agarró con una fuerza que me dejó sin aire, pegándome a él mientras se levantaba de la silla sin romper el beso.

Ahora era él quien me dominaba por la altura. Me tenía contra su cuerpo, y a través de la blusa y su camiseta sentía el calor que desprendía. El beso se volvió hambriento, desesperado. Damián aprendía por segundos. Ya no era yo la que llevaba el ritmo. Él empezó a devorarme la boca con una urgencia que me hizo soltar un gemido.

Me separé un segundo para recuperar el aliento, con los labios hinchados y el pulso a mil. Él tenía los ojos encendidos y el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido un maratón.

—Vaya... parece que el aprendiz aprende rápido —le dije, pasando mi pulgar por su labio inferior—. ¿Ves que eso no era un piquito?

Él no dijo nada, solo me miraba con una mezcla de adoración y calentura que ya no podía esconder. Sus manos en mi cintura apretaban más fuerte, enterrando los dedos en mis curvas.

—Tengo... tengo mucho calor —logró decir, con la voz ronca.

—Yo también. ¿Por qué no te quitas esa camiseta tan grande? Quiero ver si esos brazos que me gustaron ayer tienen el cuerpo que me imagino.

Fue como si le hubiera dado una orden que estaba muriendo por cumplir. Damián soltó mi cintura y, sin quitarme la vista, se llevó las manos al borde de la camiseta. Se la sacó de un tirón, revelando lo que esos trapos habían estado escondiendo.

Me quedé loca. Si los brazos me habían impresionado el día anterior, verlo a torso descubierto me dejó sin palabras. Tenía un cuerpo bonito: hombros anchos, pectorales pequeños y un abdomen marcado que bajaba en esa V tan peligrosa hacia el pantalón. La piel blanca contrastaba con su pelo oscuro.

—Vaya, Damián... —solté, sin poder evitarlo, mientras pasaba mis manos por sus abdominales—. Tenías un tesoro escondido ahí debajo.

Me acerqué de nuevo, pegando mis tetas directamente contra su pecho desnudo. Sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo.

—Vamos a la cama —le dije contra los labios.

***

Lo llevé de la mano hacia mi habitación, sintiendo cómo sus dedos apretaban los míos. Caminaba como en un sueño, mirando mis caderas moverse frente a él. Cuando entramos, se quedó parado en medio de la alfombra. Yo no le di tregua. Lo agarré de los hombros y lo jalé hacia mí para darle un beso largo, profundo.

Mientras lo besaba, mis manos bajaron directo a su cinturón. Empecé a desabrocharle el pantalón con calma.

—Quítame la blusa, Damián... no te quedes ahí parado —le susurré contra los labios.

Él, con las manos temblorosas, empezó a pelear con los tirantes. Yo terminé de bajarle el cierre y, en un segundo, esa tela ancha cayó al piso. Damián se quedó solo en bóxers, y se le marcaba la verga de una forma que no dejaba dudas. Estaba durísima. Por fin él me quitó la blusa y seguimos besándonos hasta que intentó sacarme el sostén. Peleaba con el broche, le daba vueltas, pero entre los nervios y que nunca había desabrochado uno de verdad, no podía. Al final tuve que soltármelo yo. En cuanto el broche cedió y mis tetas brincaron libres frente a él, Damián se quedó hipnotizado.

—Son... son hermosas —logró decir.

—Chúpamelas —le ordené.

Damián se abalanzó sobre mí y caímos a la cama casi sin darnos cuenta. Yo quedé debajo, sintiendo el peso de su cuerpo joven sobre el mío. Bajó directo a mis tetas y me las empezó a chupar con una devoción que me dejó loca. Sentir su lengua y su boca succionándome los pezones con esa fuerza me hizo soltar unos gemidos que se oían por todo el cuarto.

—Así, Damián... no pares —le decía mientras le enterraba los dedos en su pelo oscuro.

Lo tenía entregado, y yo ya no aguantaba más. Su gran bulto contra mi cuerpo me tenía encendida.

—Ya, Damián... métemela de una vez —le susurré al oído.

Él levantó la cabeza, con los ojos nublados de deseo. Sin esperar respuesta, yo misma metí las manos por debajo de mis nalgas y me quité el calzón de un tirón, abriéndome de piernas frente a él. Estaba empapada.

Damián se quedó paralizado un segundo, mirándome. Después se llevó las manos al elástico del bóxer y se lo bajó rápido. Su verga saltó libre, apuntando directo a mí. Era impresionante: larga, gruesa, venosa y con una firmeza que me hizo temblar. Pero cuando esperaba que me la metiera, se detuvo en seco y empezó a buscar desesperado entre la ropa que había dejado tirada.

—¡No tengo condón! —soltó con una voz de angustia—. ¡Se me olvidó en la otra mochila!

El pobre tenía cara de querer llorar de la frustración.

—¡Qué pendejada, Damián! —le dije, sentándome en la cama.

Él no sabía ni qué decir. Estaba ahí parado, con ese cuerpo de atleta y la verga al aire, muerto de miedo de hacerme algo sin protección.

Verlo con esa erección ya soltando las primeras gotas, sin siquiera haberla tocado, me confirmó que estaba al límite. Sus diecinueve años y su inexperiencia lo tenían traicionado.

—No importa, Damián... dámela así —le dije, abriéndome de piernas todavía más.

Él me miró como si no creyera lo que estaba escuchando.

—Pero... ¿está segura? —balbuceó, aunque ya se estaba acomodando entre mis piernas.

—Cállate y métemela de una vez —le ordené, jalándolo de las nalgas hacia mí.

Damián no aguantó más. Apoyó la punta en mi entrada y, con un empujón torpe pero lleno de esa fuerza joven que me encantaba, entró por completo. Soltó un gemido que pareció más un grito de alivio. Sentirlo así, piel con piel, sin nada de por medio, fue una gloria.

—Hijueputa... qué rico se siente —logró decir, empezando a moverse con un ritmo descontrolado.

Esa vitalidad de los diecinueve años era otra cosa. Damián estaba en trance, agarrándome de las caderas con esos brazos marcados como si se le fuera la vida en ello. Pero, claro, la inexperiencia y el calor del momento fueron demasiado para él.

No pasaron ni tres minutos cuando sentí que su ritmo se volvía errático. Apretó los dientes, soltó un gruñido ronco y se quedó rígido sobre mí. Sentí clarito cómo su verga pulsaba con fuerza dentro de mí, soltando todo en una descarga que parecía no terminar.

Se desplomó sobre mi pecho, respirando como si hubiera corrido un maratón. Aunque sentí delicioso, yo me había quedado con ganas. En cuanto recuperó un poco el aire, levantó la cabeza y me miró rojo como un tomate, no solo por el esfuerzo sino por la pura vergüenza.

—Perdón... fue muy rápido, ¿verdad? —balbuceó.

Le sonreí con esa ternura que da saber que acabas de marcar a un hombre para siempre. Lo agarré de la nuca y le di un beso lento.

—Tranquilo, Damián... estuvo muy bien para ser tu primera vez. Me diste con una fuerza que ya quisieran muchos.

Él me miró con una mezcla de alivio y adoración. Se quedó ahí, encima de mí, con su cuerpo relajándose. Estuvimos así un rato hasta que, mientras lo besaba despacio, sentí un movimiento ahí abajo. Su verga, impulsada por esa juventud envidiable, empezó a latir y a ponerse dura otra vez dentro de mí, como si no hubiera pasado nada.

—Vaya, Damián... ¿se te puso dura otra vez? —le solté—. Pues no la desperdicies.

No necesitó que se lo dijera dos veces. Esta vez me dio como un loco, con una fuerza que me hacía saltar en el colchón. Se olvidó de la timidez y me agarró las tetas con ganas, mordiéndome los pezones con una desesperación que me sacaba gemidos profundos. Duró un poco más, pero entre la calentura y las ganas, no fueron más de cinco minutos antes de que volviera a venirse dentro de mí con un gruñido.

Cuando por fin se relajó, le mentí que mi marido podía aparecer en cualquier momento.

—Vístete rápido, mi amor —le dije, dándole un palmetazo juguetón en el culo—. Mi esposo ya casi llega y no queremos que te encuentre aquí.

Damián saltó de la cama como un resorte. Cuando ya estaba listo en la puerta, con su facha de siempre pero con una luz distinta en los ojos, se detuvo y me miró con timidez.

—¿Me... me daría su número? Por si... por si necesita más ayuda con la computadora.

Solté una carcajada y saqué el celular. Se lo dicté mientras él lo anotaba como si fuera un tesoro. Lo agarré de la nuca, le planté un beso bien cargado y le susurré al oído.

—Escríbeme, Damián. Que todavía nos quedan muchas clases pendientes.

***

Ese muchacho estaba probando la miel por primera vez y, como era de esperarse, quedó enviciado. No aguantó ni un día tranquilo. Me escribía a cada rato, con esa insistencia del que ha descubierto un mundo nuevo. Pasaron apenas tres días y el teléfono no dejaba de vibrar. Al tercero decidí que ya le había hecho sufrir suficiente.

«Ven a las cuatro. Estoy sola», le puse.

Esta vez no hubo rodeos. Me había puesto un conjunto de lencería de encaje negro, de esos que te levantan las tetas y te marcan la cintura, con una tanga que apenas se veía. Cuando abrí la puerta, Damián se quedó petrificado al verme casi desnuda.

—Pasa de una vez —le dije, agarrándolo de la camiseta y jalándolo hacia adentro—. Hoy no vamos a perder el tiempo.

Lo llevé directo a la cama. Esta vez no iba a dejar que sus nervios decidieran el ritmo. Con un empujón firme lo acosté y me subí encima, sintiendo el peso de mis curvas sobre su abdomen. Le quité la camiseta entre besos y bajé hasta sus pectorales, hasta ese abdomen que tanto me había gustado.

Me deslicé entre sus piernas, le desabroché el pantalón y se lo bajé de un tirón. Su verga brincó libre, todavía más dura y venosa que la primera vez. Estiré la mano hacia la mesa de noche, donde ya tenía un condón preparado, y se lo fui poniendo con mis dedos y mi boca, asegurándome de que sintiera cada roce.

—Escúchame bien, Damián —le susurré—. Hoy vas a aguantar. Si sientes que ya te vas, piensa en otras cosas, en tus juegos, en lo que sea... pero no te corras hasta que yo te diga.

Me acomodé y, con un movimiento lento y decidido, me dejé caer hasta el fondo. Empecé a moverme con calma, subiendo y bajando, disfrutando de cómo sus manos se hundían en mis caderas.

—¡Hijueputa! —exclamó él—. Se siente mucho mejor así.

—No pienses, solo siente —le dije, empezando a cabalgarlo con ritmo.

El muchacho estaba en trance. Yo me movía con una confianza que lo tenía desarmado, brincando sobre él con fuerza, dejando que mis carnes chocaran contra su pelvis con un sonido seco que inundaba el cuarto. Sus manos calientes se hundieron en mis nalgas, apretándolas con desesperación.

—¡Dios, Damián... así! —le grité, echando la cabeza hacia atrás, sintiendo el sudor resbalar por mi espalda.

Bajé las manos y las planté con fuerza sobre sus abdominales. Sentir la dureza de su vientre me ponía a mil. Él subió las manos directo a mis tetas, que no paraban de rebotar frente a su cara, y las apretó con hambre.

—¡Mierda! ¡Qué rico aprieta! —logró decir, con la voz rota.

—¿Te gusta cómo te aprieto la verga? —le pregunté, bajando para que mis pezones le rozaran los labios.

—¡Me tiene loco! —gritó él, soltando mis tetas para agarrarme de las nalgas—. ¡Siento que me voy a morir aquí mismo!

Damián ya no podía más. Sus abdominales se pusieron rígidos bajo mis palmas y sentí cómo su verga empezaba a latir con fuerza salvaje dentro de mí.

—¡Ya no aguanto! —rugió, arqueando la espalda.

Yo le rodeé el cuello con los brazos y lo apreté con mis piernas, dándole el permiso silencioso. Damián soltó un gruñido que retumbó en mis oídos y sentí la descarga caliente llenando el condón.

***

Cuando terminó de vaciarse, me separé de él despacio. Le quité el condón usado, le hice un nudo rápido y lo tiré a la basura sin quitarle la vista. Me eché a su lado, jadeando, viéndolo con el pecho subiendo y bajando, empapado en sudor.

Pasaron apenas unos minutos cuando Damián reaccionó. No esperó que yo le dijera nada. Estiró el brazo hacia la mesa de noche, agarró otro condón, se lo puso él solo y se acomodó de nuevo entre mis piernas.

Hundió su verga de un solo golpe, entrando tan profundo que sentí cómo el útero me daba un vuelco. Esta vez no había timidez. Me embestía con una rabia y una fuerza que me hacían saltar contra el colchón. Mientras me daba con todo, se bajaba a morderme las tetas con desesperación animal, jadeando sobre mi piel.

Lo jalé del cuello para darle un beso voraz y entre jadeos le ordené el cambio.

—¡Damián, en cuatro, ya!

Me giré rápido, apoyando manos y rodillas en el colchón, entregándole toda la vista de mi culo. Él no tardó ni un segundo. Cuando entró, solté un grito que se ahogó contra las sábanas. Me agarraba de las caderas con manotones firmes, dejando los dedos marcados en mi piel, y de vez en cuando se inclinaba para morderme la espalda.

—¡Así, carajo, dame más fuerte! —le gritaba.

Él estaba fuera de control. Sus jadeos eran roncos, casi gruñidos. Después de un rato de ese trote violento, llegó a su límite. Soltó un rugido, apretó mis caderas como si quisiera romperlas y se vino con una última embestida profunda que me hizo vibrar.

Sin sacarla todavía, se desplomó sobre mí. Me empujó con su peso, haciéndome acostar boca abajo. Nos quedamos así, sintiendo cómo su verga todavía pulsaba dentro mientras recuperábamos el aliento.

Ese día terminamos cogiendo tres veces. Aunque cada encuentro no era precisamente largo por su inexperiencia y esa urgencia de sus diecinueve años, la verga siempre se le ponía como una roca en cuestión de segundos, y me cogía con una entrega y una vitalidad que me hacían sentir más viva que nunca a mis cuarenta y cinco.

Lo que empezó como una ayuda con la computadora terminó convirtiéndose en una relación de amantes que duraría mucho tiempo. A partir de esa tarde, Damián se volvió mi alumno. Entre sábanas y mensajes a escondidas, le fui enseñando todo lo que yo sabía sobre el placer, transformando a ese otaku tímido en el hombre que me daría las mejores tardes de mi vida.

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Comentarios (7)

Marcos_76

Increible relato!!! me encanto cada detalle, se nota que esta bien pensado

CuriosaBA77

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo entre ellos

Paty_nocturna

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace años. Esas miradas que lo dicen todo sin decir nada... muy bien contado!

DiegoMza

jajaja lo de la computadora como excusa, clasico pero efectivo siempre

RobertoOK

Hubo segunda vez? me quede con la duda, espero que si jaja

Caro88

buenisimo!!! sigan subiendo relatos asi

SombrasDeNoche

Me gusto que no cayo en lo obvio, se siente natural y creible. Mas relatos asi por favor

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