Mi primera vez como Camila frente al espejo
Desde muy pequeña sentí que algo en mí no encajaba con lo que se esperaba. No era solo la curiosidad por el sexo, que llegó temprano y con fuerza; era algo más profundo, una afinidad con lo femenino que me costaba nombrar. Mientras los chicos del barrio jugaban a la pelota, yo me quedaba mirando las revistas que mi madre dejaba sobre la mesa de la sala, fascinada con esas mujeres seguras de sí mismas, capaces de detener el tráfico con una mirada.
Las canciones que sonaban en la radio terminaron de moldear esa fantasía. Cada vez que escuchaba a una cantante hablar de poder y deseo, yo me imaginaba en su lugar: confiada, peligrosa, dueña de la situación. Quería caminar con tacones por una calle oscura y notar cómo los hombres se daban vuelta. Quería ser la cazadora, no la presa, pero al mismo tiempo había en mí una entrega absoluta, una sumisión que no podía negar. Si alguien me daba una orden con la voz firme, mi cuerpo respondía antes que mi cabeza.
Tardé años en entender que esa contradicción —el deseo de seducir y el deseo de obedecer— no era una contradicción, sino el centro mismo de lo que yo era.
***
Tenía catorce años la primera tarde que me dejaron sola en casa. Mis padres se habían ido al supermercado y a no sé cuántos recados más, mi hermana menor estaba en una fiesta de cumpleaños, y el silencio del pasillo me pareció una invitación. Me senté en el borde de la cama un rato largo, escuchando el reloj. Sabía lo que iba a hacer mucho antes de levantarme.
Empecé por el cuarto de mi hermana. Sus cajones eran un laberinto de calcetines coloridos, calzones de algodón infantil, ropa interior con personajes de dibujos animados. No había nada ahí que me sirviera. Era ropa de niña, no de mujer, y yo no quería sentirme niña: quería sentirme mujer.
Crucé el pasillo con el corazón en la garganta. La habitación de mis padres siempre me había parecido un territorio prohibido. La luz entraba por la ventana abierta y caía sobre la cómoda de madera oscura. Abrí el primer cajón con la punta de los dedos, como si fuera a dispararse una alarma.
Y ahí encontré el tesoro.
Un baby doll celeste de gasa transparente, con una tanga de hilo del mismo color. Un conjunto de tanga y sostén en rosa fucsia, con encaje negro a los lados. Un cachetero azul de encaje. Y, escondido al fondo, un tubo de lubricante íntimo que terminaría siendo mi compañero de iniciación esa misma tarde.
Me temblaban las manos cuando saqué el baby doll y lo extendí sobre la cama.
***
Me desnudé despacio, mirándome en el espejo de cuerpo entero del armario. Cada prenda que caía al suelo me parecía un disfraz que por fin me podía sacar. Quedé desnuda frente al espejo, observando un cuerpo que nunca había sentido del todo mío, y por primera vez quise verlo cubierto con otra cosa.
Levanté el baby doll por encima de la cabeza y dejé que la tela cayera. Era un mini vestido en realidad, con el escote justo abajo del busto y la falda tan corta que apenas me cubría las nalgas. El celeste contra mi piel pálida me hizo sentir un escalofrío que no era de frío.
Después la tanga. La puse en el suelo, metí un pie y luego el otro, y la fui subiendo despacio por las piernas. Sentí la tela escurrirse contra los muslos. Cuando llegó a su lugar, el pequeño triángulo de encaje rozó mi sexo —que ya estaba duro de pura emoción— y el hilo se deslizó entre las nalgas. Una caricia delgada que se perdía en el cuerpo. Tiré un poco más hacia arriba y vi cómo se ajustaba.
Fue ese momento, frente al espejo, con la lencería puesta, cuando entendí algo que llevaba años intentando articular. No era un disfraz. Era una traducción. Por fin estaba mirándome como me sentía por dentro.
Camila.
El nombre me llegó solo, sin que tuviera que buscarlo. Era el nombre de la chica que había estado escondida en mí desde siempre, y elegirlo en silencio frente al espejo fue como cerrar un pacto.
***
Probé los otros conjuntos. El rosa fucsia me hacía sentir más atrevida, más perra. El cachetero azul, en cambio, me dejaba media nalga al aire y resaltaba la curva de las caderas. Me di vuelta frente al espejo, me agaché, me pasé las manos por los muslos. Hice todas las poses que había visto en aquellas revistas, y esta vez la chica del espejo era yo.
Me quedé un rato así, con el baby doll celeste otra vez puesto, sentada al borde de la cama, las piernas cruzadas. Camila tenía mucho que aprender, pero ya sabía lo principal: lo que quería.
Quería ser tomada.
Quería sentir lo que era abrirse para alguien.
Y como no había nadie, tendría que abrirme yo misma.
***
Agarré el lubricante. Me puse de espaldas al espejo, en cuatro sobre la alfombra, con la tanga corrida hacia un costado. Quería verlo todo. Quería ver a Camila descubriéndose por primera vez.
Me eché lubricante en el dedo medio y lo pasé por la entrada. Frío. El cuerpo se contrajo solo. Insistí, dibujando círculos suaves, sintiendo cómo el músculo iba aceptando el contacto. Cuando empujé con la punta del dedo, el ano se cerró por reflejo, como negándose. Esperé. Volví a empujar. Y poco a poco, con paciencia, cedió.
La sensación fue extraña al principio. Una mezcla de incomodidad, ganas absurdas de ir al baño, y algo más que no sabía nombrar. Mi dedo entró hasta la mitad y se quedó ahí, quieto, mientras yo respiraba hondo y me acostumbraba a la presencia.
Empecé a moverlo. Despacio, mete-saca, dejando que el lubricante hiciera su trabajo. El cosquilleo que me recorría la columna era nuevo. Era placer, sí, pero un placer que venía de dentro, no de la mano sobre el sexo. Era otra cosa. Una puerta que se estaba abriendo.
Quise más. Sumé un segundo dedo y dolió. Volví a esperar, volví a respirar. Cuando el segundo dedo terminó de entrar, el ardor se transformó en una tensión deliciosa. Empecé a moverlos en tijera, separándolos, dilatándome. Camila estaba aprendiendo qué quería decir abrirse.
Probé con un tercero. Imposible. Mi cuerpo todavía no estaba listo para tanto, y aceptarlo me llenó de una urgencia nueva: necesitaba algo más grueso, algo que entrara entero y se quedara dentro.
***
Recordé que en mi cuarto tenía un marcador permanente, de esos rotuladores gruesos de tapa negra. Crucé el pasillo en lencería, con la falda del baby doll bailando sobre los muslos, sintiéndome la cosa más obscena del mundo. La idea de que alguien pudiera entrar por la puerta y verme así me erizaba la piel.
Volví con el marcador. Antes de usarlo, lo metí en la boca. Lo lamí entero, despacio, jugando como si fuera el sexo de un hombre. Lo besé. Lo babeé. Imaginé que un desconocido me miraba desde arriba, esperando que aprendiera a tragar. Me lo metí hasta el fondo de la garganta y tuve una arcada. Me limpié la baba con el dorso de la mano y volví a hacerlo, esta vez sin asco, casi con orgullo.
Cuando estuvo bien lubricado, me puse otra vez en cuatro frente al espejo. Me corrí la tanga. Coloqué la punta del marcador justo en la entrada y empujé.
***
La presión inicial fue dura. El esfínter, todavía estrecho a pesar del trabajo previo, se resistió. Apreté los dientes, exhalé despacio, y empujé con un movimiento firme. El plumón cedió y entró.
Lo primero que sentí fue un latigazo de placer mezclado con un dolor finito, casi quirúrgico, que se apagó en cuestión de segundos. Después, lo único que quedó fue la sensación de estar llena. De ser un cuerpo que se abre y recibe.
Empecé a moverlo. Adentro, afuera, adentro, afuera. El marcador se deslizaba con facilidad gracias al lubricante, y yo me veía en el espejo: el baby doll celeste, las pompis levantadas, la cara de hambre. La cara de Camila.
Mi respiración se aceleró sola. Empecé a soltar pequeños gemidos, casi sin darme cuenta, sonidos que nunca había escuchado salir de mi propia garganta.
—Ay, sí —murmuré contra la alfombra—. Sí, así.
Me hablaba a mí misma, pero en mi cabeza había alguien más. Un hombre sin rostro. Un dueño. Alguien que me sostenía las caderas y me decía qué hacer. Esa voz imaginaria me calentaba más que cualquier imagen. Me daba órdenes, me llamaba por mi nombre nuevo, me decía que era suya.
Me di una nalgada y el ardor se sumó al placer. Otra. Otra más fuerte. Mi piel quedó roja en el espejo. Camila era una niña obediente que necesitaba que la pusieran en su lugar.
***
El ritmo se aceleró. Con una mano sostenía el marcador, con la otra empecé a masturbarme, sincronizando los dos movimientos. Algo se estaba acumulando en la base de la columna, una corriente que me subía y me bajaba. Apreté el marcador adentro hasta el tope y me quedé así, sintiendo cómo me llenaba, mientras la otra mano se movía rápido sobre el sexo.
El orgasmo me alcanzó en una ola que no tenía centro. No salía del frente ni del fondo: era todo el cuerpo a la vez. Sentí el ano contraerse alrededor del marcador, atrapándolo, y al mismo tiempo el chorro tibio escapándose entre los dedos. Gemí contra el suelo, con una cara que no me había visto nunca.
Caí de costado sobre la alfombra, agitada, con el baby doll arrugado sobre las costillas y la tanga aún corrida. El marcador seguía dentro. No quise sacarlo todavía. Quería disfrutar la sensación de tenerlo, de saber que mi cuerpo lo había recibido y lo había guardado.
Cuando por fin lo retiré, despacio, me sorprendí de no tener miedo. No me dolía. Me sentía abierta, sí. Usada, también. Pero usada en el sentido bueno, en el sentido en el que un instrumento se siente usado después de sonar bien.
***
Me quedé un rato largo ahí, mirando el techo, mientras el sudor se enfriaba sobre la piel. El baby doll celeste se movía con cada respiración. Pensé en cómo iba a guardar todo, en cómo iba a borrar las huellas, en cómo iba a volver a la rutina de chico bueno cuando escuchara las llaves de mis padres en la puerta.
Pero también pensé en la próxima vez. En la lencería que todavía no había probado. En el día en que un cuerpo de verdad estuviera detrás de mí en lugar del marcador. En el hombre, todavía sin rostro, que algún día encontraría a Camila escondida en el espejo y la sacaría a la luz.
Me incorporé. Doblé el baby doll con cuidado. Volví a poner cada prenda en su lugar exacto, memorizando la disposición original. El lubricante volvió al fondo del cajón, atrás de unos pañuelos, justo como estaba.
Cuando cerré la cómoda, mi reflejo en el espejo del armario era de nuevo el de un chico común. Misma ropa, mismo pelo, misma cara aburrida. Una máscara que volvería a ponerme cada mañana sin protestar.
Pero por dentro yo ya sabía mi nombre. Y sabía, con una certeza que nunca había tenido, que esto era apenas el principio.
Continuará.