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Relatos Ardientes

El señor del gimnasio que conoció mi secreto

Siempre fui discreto. Desde los diecisiete años, cuando descubrí que ciertas prendas me quedaban mejor de lo que cabría esperar, aprendí a guardar silencio. Afuera era Damián: el chico de veintinueve años que vivía en Tlaquepaque, entrenaba cuatro veces por semana y tenía un físico que nadie habría asociado con lo que cargaba por dentro. Adentro era otra persona. Una persona que llevaba tiempo esperando el momento correcto.

Rodrigo llegó al gimnasio un martes de marzo.

Era imposible no notarlo. Cincuenta y cuatro años, espalda ancha, barba entrecana recortada con descuido pero no con abandono. Tenía esa forma de moverse por el área de peso libre que tienen los hombres que llevan décadas entrenando: sin apuro, sin pose, con la certeza tranquila de quien sabe exactamente lo que hace. Yo lo observaba desde la zona de mancuerneras y me obligaba a mirar hacia otro lado cada vez que sus ojos barrían el espacio. Lo último que podía permitirme era que alguien notara el interés.

Semanas después empezamos a cruzar algunas palabras. Rodrigo era fácil de trato: divorciado desde hacía tres años, vivía solo en un departamento a diez minutos del gimnasio, trabajaba en consultoría. Nada llamativo. Hasta que un viernes por la noche, cuando los dos terminábamos la rutina y el local estaba casi vacío, se acercó al casillero donde yo guardaba mis cosas y habló sin rodeos.

—Esta noche tengo una cita —dijo, enrollando su toalla con la calma de siempre—. Con una chica algo especial.

—¿Su novia? —pregunté, aunque sabía perfectamente que no tenía novia.

—No, nada tan serio. Lo de especial va por otro lado. —Hizo una pausa, esperó a que un par de chicos que andaban por ahí se alejaran, y bajó la voz un tono—. Es una mujer transexual. ¿Has estado con alguna?

Respondí que no, que nunca, aunque dicen que es una experiencia distinta.

—Distinta es poco —dijo, y soltó una carcajada corta—. Desde que me separé decidí no cerrarme a nada. A mi edad uno aprende que el placer tiene muchas formas y que resistirse a ellas es una pérdida de tiempo. —Se abrochó el cierre de la bolsa y añadió, ya de espaldas—: Créeme que no me arrepiento de haberlo descubierto.

Se fue con una sonrisa de lado y yo me quedé mirando su silueta desaparecer por la puerta de cristal.

Esa noche, de regreso a casa, supe que lo quería para mí.

***

La oportunidad llegó tres semanas después, un jueves por la tarde que había salido del trabajo antes de lo habitual. Sonó mi teléfono con un mensaje suyo:

«Tengo un contrato que necesito revisar antes de mañana. ¿Me echas la mano? Si quieres pasas por aquí y luego nos vamos juntos al gimnasio para no llevar los dos coches.»

Le contesté que salía en ese momento y que llegaba en quince minutos.

En mi coche guardo siempre una mochila. Ropa deportiva, por supuesto, pero también otras cosas. Todo lo necesario por si el momento se presenta: lencería, medias, peluca, tacones. Llevo años así, preparado para una oportunidad que nunca terminaba de llegar. Esa tarde, mientras conducía hacia su edificio, la mochila ocupó todo mi pensamiento.

El guardia me dejó pasar sin problema. Subí al cuarto piso y llamé al timbre del departamento cuatrocientos doce.

Rodrigo abrió con pantalón de chándal gris y una camiseta blanca. Descalzo. Tenía esa comodidad de los hombres en su propio territorio que siempre me había resultado increíblemente atractiva.

—Pasa, pasa —dijo, haciéndose a un lado—. El contrato está en la computadora de la sala.

Me senté frente a la pantalla y empecé a revisar el documento mientras él se servía algo en la cocina. Hablamos un rato de cláusulas y de plazos. Luego, cuando la conversación encontró un silencio natural, Rodrigo se recostó en el sofá y dijo, sin venir demasiado a cuento:

—¿Te acuerdas de lo que te conté en el gimnasio el otro viernes?

—De la cita —respondí, sin mirarlo.

—Eso. —Hizo una pausa—. Desde entonces ando con la cabeza en otro lado. El lunes no dejaba de distraerme. Incluso tú, que siempre usas ropa tan ajustada cuando entrenamos... hay días que me cuesta concentrarme.

Levanté la vista.

—¿Eso es un cumplido o una queja?

Se rió. Luego se puso serio de una manera que no esperaba.

—¿Me ayudarías a bajar la presión? —preguntó—. Sin obligaciones ni nada raro. Si no te interesa lo olvidamos ahora mismo y seguimos como siempre.

Me quedé mirándolo unos segundos. El corazón me latía en el cuello.

—Dame un momento —dije—. Tengo que bajar al coche por algo.

—Si te vas, te vas —dijo él, encogiéndose de hombros—. No insisto.

—No me voy. Solo espera.

Bajé corriendo, agarré la mochila del asiento trasero y volví a subir sin darme tiempo de pensar demasiado. Si esperaba más, la cabeza me convencería de no hacerlo.

Cuando entré al departamento, Rodrigo había encendido la televisión en un canal de música. Me señaló la habitación del fondo con un gesto tranquilo, como si supiera exactamente lo que iba a pasar.

—Tómate el tiempo que necesites —dijo.

***

Cerré la puerta de la habitación y respiré hondo.

Sobre la cama extendí todo con cuidado: medias negras hasta el muslo con liguero, ropa interior de satén oscuro con pequeños detalles en los laterales, sujetador a juego, falda tubo hasta la rodilla, blusa semitransparente de animal print. La peluca lacia negra que me llegaba a la mitad de la espalda. Los tacones de plataforma que guardaba desde hacía más de un año esperando exactamente este tipo de noche.

La transformación tardó veinte minutos. Me los tomé sin apuro.

Cuando estuve lista —cuando fui ella, cuando fui Camila—, escuché el ruido de mis propios tacones contra el suelo de madera del pasillo y sentí que algo encajaba en su sitio.

Rodrigo se asomó desde el sofá antes de que llegara a la sala. Se quedó parado en el marco del pasillo, con la boca levemente abierta y los ojos recorriendo cada detalle de arriba abajo.

—Dios mío —dijo en voz baja—. Estás preciosa.

Sonreí y ajusté el tono de mi voz, ese registro femenino que llevaba años practicando en soledad.

—¿Lo crees? Esto era solo mío hasta hoy. Ahora lo compartimos los dos. —Hice una pausa—. Y tu amigo, que noto que ya está despierto ahí abajo.

Él soltó una carcajada genuina, sin artificios.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—Camila. Aunque puedes llamarme como más te guste.

—Camila —repitió, como probando el nombre—. Encantado. Yo soy Rodrigo, pero a partir de ahora puedes llamarme como se te antoje.

—Siéntate entonces —dije—. Déjame atenderte como corresponde.

Fui a la cocina. Con lo poco que encontré en el refrigerador preparé algo sencillo: unos tacos de lo que había, una botella de tequila que estaba a medias en el armario. El sonido de mis tacones sobre el piso de madera mezclado con la música de fondo tenía algo de irreal. Bueno irreal. Del tipo de irrealidad que uno desea.

Le serví un vaso y se lo acerqué. Él no decía nada. Solo me miraba.

—Brinda conmigo —dijo al fin—. Por ti y por este momento.

—Y por el secreto que hoy deja de ser solo mío —añadí.

Brindamos tres veces. Yo casi no bebo, así que al tercer caballito el tequila ya había hecho su trabajo: me sentía más liviana, más libre, menos pendiente de los bordes.

Rodrigo dejó el vaso sobre la mesa de centro y me miró con una seriedad que no era incómoda.

—Desde hace un tiempo busco algo así —dijo—. Discreción, pero también algo real. No sé si lo entiendes.

—Lo entiendo perfectamente —respondí—. Yo también tengo una vida afuera. Una imagen que cuidar.

—Exacto. No te pido que cambies nada de lo que eres fuera de aquí. Solo que cuando puedas, cuando tengamos oportunidad, esto exista. Entre tú y yo. Sin nombre ni etiquetas para nadie más.

Asentí despacio.

—Me parece bien —dije—. Aunque hay una condición.

—¿Cuál?

—Que esto sea en los dos sentidos. Que lo que me pidas a mí también me lo des tú a mí.

—Trato hecho —dijo, y se levantó del sofá.

Se acercó despacio, me tomó la cara con ambas manos y me besó. Fue un beso largo, sin prisa, del tipo que empieza tranquilo y va subiendo de temperatura por su propio peso. Su lengua encontró la mía y durante un rato no hubo nada más que eso: el beso, sus manos bajando por mis costados, mis dedos enredados en su camiseta.

***

Me llevó a la habitación sin separarse de mí, besándome el cuello, la oreja, el hombro. Con habilidad que no esperaba me quitó la blusa y la falda y se quedó mirándome de pie ante él, solo con la lencería y los tacones.

Bajó la cabeza y me besó el pecho por encima del sujetador. Luego lo soltó con una facilidad que me sorprendió y continuó con la lengua sobre mi piel desnuda hasta que sentí que las rodillas me fallaban.

Nunca nadie me había mirado así. Con esa concentración, como si no hubiera nada más urgente en el mundo.

Lo empujé suavemente hacia la cama y me arrodillé ante él. Le bajé el pantalón y lo besé por encima del bóxer, despacio, sin apuro. Olía a hombre: a sudor de gimnasio, a jabón viejo, a algo más difícil de nombrar. Me gustó.

Le bajé el bóxer.

Su pene era exactamente lo que quería: no enorme, no de catálogo, sino real y duro y suyo. Con las venas marcadas y el calor de quien lleva un buen rato pensando en esto. Me lo llevé a la boca y empecé despacio, aprendiendo el ritmo que le gustaba por cómo cambiaba su respiración.

—Así —dijo con la voz ronca—. Así, no pares.

Lo tuve en la boca un buen rato. Podía sentir pequeñas descargas de líquido preseminal sobre mi lengua y eso me gustaba, esa señal de que lo estaba haciendo bien, de que lo estaba llevando exactamente donde quería.

Me levantó él solo, por las muñecas, y nos recostamos en la cama.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Perfectamente bien —respondí.

Me besó desde el cuello hacia abajo, sin saltar ningún punto. Cuando llegó a mi entrepierna lo devolvió todo con la misma atención que yo le había dado a él: lento, con la lengua, sin tener prisa de llegar a ningún lado.

Me quitó la ropa interior con cuidado.

—Déjame solo con las medias —pedí.

—Eso y más —dijo.

Abrió el cajón de la mesita de noche y sacó un preservativo y lubricante. Me colocó un par de almohadas bajo la cadera y se tomó el tiempo necesario para prepararme, con los dedos, sin forzar nada. Eso me dijo todo lo que necesitaba saber de él.

Cuando entró lo hizo despacio, cediendo centímetro a centímetro, leyendo mi cuerpo a medida que avanzaba. Sentí la presión, el calor, la plenitud que no tiene ningún otro nombre.

—¿Bien? —preguntó de nuevo, quieto.

—Más adentro —dije.

Empujó hasta el fondo y nos quedamos así un momento, respirando. Luego empezó a moverse: lento al principio, con esa cadencia que construye tensión en lugar de quemarla. Sus manos en mis caderas, mis piernas sobre sus hombros, el espejo del armario devolviendo una imagen que no terminaba de creerme.

—Que bien estás —dijo contra mi cuello—. Que bien.

No respondí. No hacía falta.

Después de un rato me pidió que me diera vuelta. Me puse de rodillas en la cama, con la cara contra la almohada, y él entró desde atrás con más decisión esta vez, llenándome con un golpe seco que me sacó un sonido que no controlé.

—Así —dije—. Así exactamente.

Siguió durante un buen rato, cambiando el ritmo cuando le parecía, deteniéndose cuando quería y empezando de nuevo. Sabía lo que hacía. Esa era la diferencia con los hombres jóvenes que había tenido: este sabía lo que hacía.

Me giró de nuevo. Me acomodó de espaldas y se arrodilló frente a mí, agarrándome los tobillos. La imagen en el espejo lateral era exactamente lo que siempre había imaginado en las noches en que me quedaba despierto preguntándome qué se sentía.

Se sentía así.

Cuando llegó al límite lo noté por la tensión en sus hombros y en la manera en que sus movimientos perdieron el ritmo controlado de antes. Se salió, se quitó el preservativo y yo lo tomé con la mano y lo terminé con la boca, despacio, dejándolo ir cuando ya no podía más.

Se desplomó a mi lado en la cama, respirando fuerte.

Ninguno de los dos dijo nada durante un minuto largo.

***

—Llevas un tiempo guardando eso —dijo al fin, sin mirarme al techo.

—Bastante tiempo —reconocí.

—Se nota que lo disfrutas. No como algo que haces para otro, sino para ti.

Giré la cabeza para mirarlo.

—Es que es para mí —dije—. Eso es lo que nadie entiende desde afuera. No lo hago para dar gusto. Lo hago porque es lo que soy cuando puedo serlo.

Rodrigo asintió despacio, como si estuviera procesando algo que ya intuía pero que no había escuchado decir con esa claridad.

—Entonces tienes suerte —dijo—. De saber quién eres.

Sonreí.

—¿Y tú? ¿Tú sabías lo que eras antes de tu divorcio?

—Sabía lo que se supone que debía ser —dijo—. Es distinto.

Nos quedamos callados otro rato. Afuera, en la calle, el ruido de la ciudad seguía con su indiferencia habitual.

—¿Tienes fantasías? —preguntó Rodrigo—. Cosas que quieras probar alguna vez.

—Muchas —dije sin dudar—. Aunque no todas para hoy.

Él soltó una carcajada que llenó la habitación.

—Me parece justo. ¿Alguna en particular?

Pensé un momento antes de responder.

—Me gustan los hombres mayores. Maduros, con peso, con historia. Una de mis fantasías es un trío con dos hombres así. Solo por ver qué se siente estar en medio de dos personas que saben exactamente lo que están haciendo.

Rodrigo me miró de lado.

—Tengo un amigo —dijo—. Que te encantaría.

—¿Lo dices en serio?

—Completamente. Aunque para eso hay tiempo. Primero esto.

Extendió la mano y me la apoyó en la mejilla con una suavidad que no esperaba de alguien que minutos antes había sido tan directo.

—¿Cuándo puedes volver? —preguntó.

Esa noche no fuimos al gimnasio. Tampoco cenamos. Nos quedamos en esa cama hablando durante horas, con la música del departamento de abajo filtrándose por el techo, construyendo los bordes de algo que ninguno de los dos sabía exactamente cómo llamar.

Lo que sí sabíamos era que habíamos empezado.

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Comentarios (10)

PedroFromBA

Que relato mas intenso, se siente real desde el principio. Gracias por compartirlo!!

Luna87

Me tuvo en vilo hasta el final. Esperando la segunda parte con ansias

Valentina_R

Increible como describis la tension de esos meses esperando el momento. Lo capture de entrada

ManuelSR

Tremendo. Me quede sin palabras

ClaraBuenos

Me recordo a algo que me paso hace tiempo, esa mezcla de miedo y ganas al mismo tiempo... lo describis perfecto. Sigue escribiendo por favor

Ruben_Noc

Muy bueno el ritmo que le diste, no se hace pesado ni un momento. Enhorabuena

Nico_pampa

La introduccion es lo mejor, me engancho de entrada. Sigue asi!!

PatriZR

Se hizo corto jaja, quiero saber que paso despues :)

JorgeJog

Buenisimo relato, de los mejores que lei esta semana. Saludos desde cordoba

IsabelRdz

Que valentia contar algo asi. Me gusto mucho como lo narraste, sin rodeos pero con mucho sentimiento

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