Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Le pedí ser mi chambelán y terminé desnuda en su sofá

El año de prueba estaba por cumplirse y yo no tenía la menor duda de lo que quería. La vida me había jugado una carta inesperada al despertar en mí el deseo de ser mujer, pero bastaron unos meses para entender que esa era mi verdad, que para eso había nacido. Sin embargo, antes de cerrar ese capítulo, el médico que me acompañaba en el proceso me derivó con un especialista.

—¿Cómo te ha ido con tu nueva identidad? —me preguntó en nuestra primera sesión.

Le respondí con todo el entusiasmo del mundo. Que ser mujer era lo que siempre debí haber sido. Que finalmente me sentía completa, libre, que mi vida tenía sentido por primera vez. Pero la sonrisa no me duró mucho.

—Me alegra que lo sientas así, pero necesitas entender todo lo que implica dar el paso definitivo —agregó con tono cauteloso.

—Lo sé, lo sé, estoy lista para continuar —insistí, impaciente—. Pero tengo una pregunta: ¿qué pasa si no quiero renunciar a mi pene?

—Entonces tu transición no estaría completa desde el punto de vista clínico —respondió sin inmutarse.

En ese momento yo no sabía que existían mujeres trans que conservaban su anatomía masculina. Toda la información que me habían dado era estrictamente médica: o aceptabas el paquete completo o no eras realmente mujer. Al menos eso me habían hecho creer.

Salí de esa consulta con la cabeza revuelta pero con la convicción intacta. Investigué por mi cuenta y descubrí que mi transición no dependía de una cirugía. Era cierto que no podría gestar ni menstruar, pero podría seguir adelante con hormonas, con mi identidad, con la vida que quería. Eso me devolvió la calma.

***

La noticia también tranquilizó a mis padres, especialmente a mi papá. Aunque ya me aceptaba como su hija, le preocupaba el futuro. Verme cada día más segura, más femenina, más yo, terminó de convencerlo de algo que llevaba meses gestándose. Dejó de ser el padre distante que apenas me hablaba cuando yo era su hijo y se convirtió en un papá orgulloso de su niña. Ese lazo brotó de la nada y nos cambió a los dos.

Un mes antes de terminar el curso escolar, mis padres me sorprendieron con algo que no esperaba en absoluto.

—¡Te vamos a hacer una quinceañera! —me dijeron los dos con una sonrisa enorme.

—¿Cómo que una quinceañera? —fue lo único que atiné a decir.

—Sabemos que ya eres toda una señorita y que este es el camino que elegiste —explicó mi mamá—. Hemos hablado mucho y queremos celebrarte como se debe. Con tus amigos, tu familia, todos.

Todos van a estar ahí, pensé con un nudo en el estómago. Muchos de mis familiares no sabían nada de mi transición.

—¿Qué mejor forma de presentarte al mundo como la mujer que eres? —agregó mi papá, y su sonrisa me desarmó por completo.

Debo confesar que al principio la idea me pareció una locura. Pero su entusiasmo era contagioso. Al fin y al cabo, si ya lo sabía Dios, que lo supiera todo el mundo.

—Está bien, acepto —les dije—. Pero quiero que antes de la fiesta ya esté todo formalizado. Que ya haya empezado con las hormonas, que no haya vuelta atrás. Y necesito que me prometan algo más.

—¿Qué cosa? —preguntó mi papá entrecerrando los ojos.

—Que me van a ayudar con las cirugías. Los pechos, el tratamiento láser, todo lo que necesite para sentirme completa.

—Está bien, está bien —me interrumpió levantando las manos—. Voy a ahorrar todo lo que pueda y veremos qué se puede hacer.

Los abracé a los dos con tanta fuerza que casi los tiro. Ese día sentí que todo en mi vida iba a mejorar. Las dudas que el especialista había sembrado se disolvieron con el apoyo de mis padres. Corrí a mi cuarto y marqué el número de Santiago.

Le conté de la fiesta y le pedí que fuera mi chambelán. Por supuesto dijo que sí, pero con una condición: que fuera a su casa a pedírselo en persona. Si no iba, no lo haría. Sonreí mordiéndome el labio y quedamos para el día siguiente.

***

Como cada quincena, mis padres salieron de viaje por trabajo. Ese día no tenía clases, así que los ayudé con las maletas y en cuanto se fueron comencé a arreglarme. Sobre mi lencería me puse ropa de chico para disimular, ya que los padres de Santiago no conocían mi realidad. Todavía no oscurecía del todo cuando salí de casa.

Toqué el timbre y Santiago abrió con esa sonrisa que siempre me hacía temblar un poco. Al entrar me quedé muda. Había velas encendidas por toda la sala, una botella de vino tinto sobre la mesa de centro, un ramo de flores junto al sofá y música suave sonando desde algún lugar. Un aroma dulce flotaba en el aire.

Qué hermoso, pensé, mientras confirmaba lo que sospechaba: sus padres no estaban en casa. Típico de ellos, y típico de Santiago para aprovechar la situación.

Me condujo hasta el sofá grande, el de tres cuerpos. Me senté y antes de que pudiera decir nada se arrodilló frente a mí, me tomó la cara con ambas manos y me besó. Primero los labios, despacio, apenas rozándolos. Luego fue bajando al cuello, al hueco entre el hombro y la oreja, mientras yo cerraba los ojos y me dejaba llevar.

Debí haberme puesto algo mejor, pensé fugazmente. Me habría encantado que me viera con la lencería nueva en lugar de esta sudadera. Pero a Santiago no parecía importarle lo que llevaba puesto, sino lo que había debajo.

Subió la intensidad de sus besos y sus manos empezaron a recorrerme. Primero los hombros, luego bajó a mis pechos por encima de la tela. Cuando eres adolescente esos momentos se sienten eternos, aunque en realidad fueron apenas unos minutos. Pero los viví como si el tiempo se hubiera detenido solo para nosotros.

Me fue subiendo la sudadera hasta sacármela por la cabeza. Después me desabrochó el sostén con dedos que temblaban un poco, lo cual me pareció tierno, y me recostó boca arriba en el sofá. Se quedó mirándome un instante, como queriendo grabar esa imagen, y luego bajó a besarme los pechos. Primero con suavidad. Después con más hambre. Yo me arqueaba hacia él, disfrutando cada caricia, cada roce de sus labios, sintiendo cómo mi piel se erizaba bajo su boca.

De pronto se detuvo. Me hizo sentarme, me dio un beso suave en la frente y me susurró al oído:

—Cierra los ojos. Te compré un chocolate blanco, de esos que te encantan.

Obedecí con una sonrisa. Sentí algo rozar mis labios. Algo tibio, ligeramente húmedo, que no tenía la textura de un dulce envuelto. Cuando moví las manos para tomarlo, lo que encontré fue la piel desnuda de Santiago. Se había desvestido por completo mientras yo tenía los ojos cerrados, y su miembro, duro y cubierto de chocolate blanco derretido, estaba justo frente a mi boca.

Una ola de calor me recorrió el cuerpo entero. Le di un primer mordisco suave y él soltó un gemido que me vibró en los dedos.

—Despacio, que me lastimas —murmuró entre dientes—. Saboréalo como si fuera tu fruta favorita.

Le hice caso. Fui recorriéndolo centímetro a centímetro con los labios, lamiendo el chocolate hasta que no quedó rastro de dulce. Pero no paré. Lo metía y lo sacaba de mi boca con un ritmo que descubrí por puro instinto, jugando con la lengua en la punta, rozándolo con los dientes apenas lo suficiente para hacerlo estremecer. Llegó un punto en que se me hizo demasiado grande y no pude tomarlo entero, pero compensé con las manos lo que no alcanzaba con la boca.

Le acaricié el vientre, los muslos, los testículos. Lo tomé por las caderas y lo atraje más hacia mí para acelerar el ritmo. Santiago empezó a respirar entrecortado, a tensarse, a agarrarme del pelo con una urgencia que me encendía todavía más. Yo sentía mis pechos desnudos moverse al compás de cada movimiento. La excitación me recorría entera: los pezones duros, un calor profundo en el bajo vientre, cada nervio del cuerpo despierto y pulsando.

Cuando ya no pudo más, se vino dentro de mi boca con un gemido largo y ronco que le nació del fondo del pecho. Yo me tragué todo sin pensarlo, trago tras trago, mientras él se sostenía de mis hombros para no desplomarse. Su cuerpo temblaba y el mío temblaba con él. Me quedé con el sabor salado y tibio en la lengua, mezclado todavía con el recuerdo del chocolate.

Me recostó en el sofá y se acostó a mi lado, abrazándome por la cintura. Su cuerpo tibio contra mi espalda, su respiración todavía agitada en mi nuca.

—Gracias por mi regalo, amor —susurró besándome detrás de la oreja—. Me encantó.

Giré la cabeza y nos dimos un beso largo, lento, con sabor a chocolate y a todo lo demás.

—Me alegra que te gustara, mi cielo —le dije sonriendo—. Y gracias por la sorpresa.

En cuestión de minutos su respiración se hizo profunda y regular. Se había quedado dormido. Me levanté con cuidado, me quité los jeans y me quedé solo con mi ropa interior de encaje. Fui a su cuarto, encontré una sábana limpia y lo cubrí. Después me puse la sudadera sin nada debajo, me calcé los tenis y esperé la llamada de mi papá.

Cuando sonó el teléfono, Santiago seguía profundamente dormido.

—¿Cómo te fue, hija? —preguntó mi papá.

—Muy bien —contesté aguantando la risa—. Santiago aceptó ser mi chambelán.

—Qué bueno, me da gusto. Cuídate mucho, hasta luego.

Le di un beso en la frente a Santiago, que ni se inmutó, y salí cerrando la puerta sin hacer ruido.

***

Caminé de vuelta a casa con el cuerpo todavía encendido. La tarde con Santiago me había dejado con una calentura que no terminaba de apagarse, y la idea de tener la casa sola toda la noche me tenía ya imaginando cosas. En el camino me desvié un poco y pasé frente a las bodegas del mercado. El portón metálico estaba corrido y las ventanas a oscuras. Todo parecía cerrado.

Eran como las seis y media de la tarde cuando una voz gruesa me sobresaltó.

—¿Buscas a alguien, morena?

Me alejé por instinto. Un hombre se asomaba por una de las ventanas que yo había creído eran oficinas. Resultó ser el cuarto del vigilante nocturno que cuidaba las bodegas.

—No, solo estaba curioseando —le respondí dando un paso atrás.

—¿Quieres pasar a conocer? Estoy solo. Los trabajadores no vuelven hasta el lunes.

Con más curiosidad que prudencia, acepté. Abrió un espacio en el portón y me dejó pasar. Me explicó que solo tenía llaves de su cuarto y de las bodegas, que las oficinas del dueño estaban cerradas, y que los empleados libraban desde el jueves por un retraso con la mercancía que venía en tren.

Me mostró una de las bodegas, enorme y vacía, con olor a cartón y humedad, y después me llevó a su cuarto, donde me ofreció un café caliente. Acepté y me senté en la única silla disponible mientras él se acomodaba en el borde de su cama.

Lo observé con detenimiento mientras charlábamos de cosas sin importancia. Tendría unos cuarenta y tantos años. Tez clara enrojecida por el sol, complexión robusta, como de metro ochenta. Manos enormes con dedos gruesos y callosos de tanto cargar bultos. Un bigote tupido y barba de varios días sin rasurar. Panza de cerveza, camisa a cuadros algo desgastada, pantalón de mezclilla y botas de trabajo. No era guapo en el sentido clásico, pero tenía algo. Una presencia. Una manera de mirarme que me hacía sentir que veía más de lo que yo quería mostrar.

Cuando me di cuenta ya eran las ocho de la noche.

—Disculpa, me tengo que ir —dije levantándome de golpe.

—Cuando quieras volver, aquí me encuentras —respondió acompañándome hasta el portón con una sonrisa que no supe descifrar.

Caminé las últimas cuadras con las manos en los bolsillos de la sudadera y una sonrisa que tampoco podía explicar del todo. Había sido una tarde larguísima. La promesa de mi quinceañera, las manos de Santiago en mi piel, el sabor dulce que todavía sentía en los labios, y ahora ese desconocido esperando a que volviera. Entré a la casa vacía, cerré la puerta con llave, me apoyé de espaldas contra ella y pensé: Mañana va a ser un día muy interesante.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario