La travesti del patio me hizo olvidar el calor
La noche más caliente del verano no fue la de la tormenta. Fue la de antes.
Damián llevaba tres días sin dormir bien. El ventilador de su pieza giraba al máximo y no servía para nada: solo movía el aire caliente de un lado al otro. Había probado todo — la ducha fría a las once de la noche, la ventana cerrada, la ventana abierta, dormir sin ropa sobre las sábanas. El termómetro del pasillo marcaba treinta y nueve grados cuando se levantó a la una de la madrugada.
Bajó a la calle porque no sabía qué más hacer.
El pueblo entero estaba despierto. Ventanas abiertas, perros tirados en las veredas, vecinos en la puerta con el mate en la mano. Era ese tipo de calor que no da tregua ni de noche, que hace que uno sienta su propio cuerpo como un inconveniente. El asfalto todavía irradiaba. El aire pesaba.
En la plaza, el local que había sido bar y después almacén y después directamente nada había vuelto a abrir sus puertas sin anuncio previo. El dueño, un hombre mayor con bigote y chancletas, había colgado guirnaldas de focos LED alrededor de las columnas del patio y enchufado un parlante a una caja de madera. Sonaba cumbia lenta, de esa que de día nadie escucha pero que a la madrugada encaja perfectamente. No era exactamente una fiesta. Era supervivencia colectiva: si nadie podía dormir, mejor no dormir acompañado.
Damián pidió una cerveza sin pedirla — extendió la mano y el pibe detrás de la improvisada barra la puso ahí sin preguntar. La abrió con el borde de la mesada. Se apoyó contra una columna y empezó a mirar.
Entonces la vio.
Estaba parada al borde del patio, de cara a la plaza, con un vestido de tela liviana color crema que el calor había vuelto casi traslúcido. Llevaba el pelo negro largo recogido en un rodete deshecho, del que le caían mechones empapados por el cuello y los hombros. Era alta, de hombros anchos y caderas bien marcadas. Movía los pies al ritmo de la música con esa indiferencia de quien baila para sí mismo, sin buscar aprobación ni compañía.
Damián se fijó primero en sus manos: dedos largos, uñas pintadas de rojo oscuro casi negro, un anillo de plata grueso en el índice izquierdo. Después en los ojos, cuando ella giró levemente la cabeza: grandes, oscuros, que barrían el patio sin apuro. Finalmente, la miró a él.
No hizo nada especial. Solo arqueó una ceja, levísimamente, como si preguntara algo.
Damián se separó de la columna.
—¿Bailás? —preguntó, acercándose.
—Mal —dijo ella—. Muy mal.
—Yo también.
—Ah, bueno. Entonces.
Ella sonrió. Una sonrisa de costado, sin mostrar los dientes, que le cambió toda la cara.
—Soy Renata.
—Damián.
Se metieron a la pista sin más trámite.
***
Lo de ellos no era bailar. Era ocupar el mismo espacio sin pisarse demasiado. Renata tenía algún sentido del ritmo, pero lo aplicaba según reglas propias que Damián no alcanzaba a descifrar. Él directamente improvisaba: un paso adelante, dos al costado, y esperaba que algo encajara. En los primeros cinco minutos se chocaron cuatro veces. A la quinta, cuando él la agarró de la cintura para no caerse, los dos se echaron a reír al mismo tiempo.
—Somos un desastre total —dijo ella.
—Y sin embargo seguimos acá.
—Y sin embargo.
El calor era casi físico, algo con consistencia propia. Damián tenía la remera pegada a la espalda. El vestido de Renata se adhería a sus caderas, a su vientre, a sus muslos. Cada vez que se acercaban, el olor a piel caliente y perfume mezclado con sudor se volvía más denso, más íntimo, más difícil de ignorar.
Se presentaron entre paso y paso. Ella era del pueblo, trabajaba en la peluquería de la otra cuadra. Él pasaba tres días por acá y después seguía hacia el norte, sin un destino demasiado preciso. Ella preguntó si siempre viajaba así, sin plan. Él dijo que era la primera vez. Ella no le creyó del todo, pero se lo dijo con una sonrisa.
La música cambió. Un tema más lento, de esos que obligan a elegir: o te alejás o te pegás. No hay término medio.
No se alejaron.
Renata apoyó una mano en el hombro de Damián. Él puso las suyas en su cintura. Los cuerpos se acomodaron con la naturalidad de quien ya conoce ese espacio, aunque era la primera vez. La frente de ella quedó a la altura de su sien. Podía sentir su respiración, lenta y cálida.
—Hacés mucho calor —dijo ella en voz baja.
—Vos también.
—Todo el mundo hace calor esta noche.
—Vos más que el resto.
Renata lo miró desde cerca sin moverse.
Las manos de Damián se fueron deslizando un poco más abajo en su espalda, casi sin que él lo decidiera conscientemente. Bajaron hasta la curva donde la espalda dejaba de ser espalda y empezaba a ser otra cosa, y ahí se quedaron un segundo, sopesando. Después bajaron un poco más y le agarraron el culo entero, cada mano una nalga, con firmeza. Ella no dijo nada. No se movió. Solo respiró diferente, un poco más despacio, un poco más adentro. Su cuerpo se pegó levemente más al de él, y Damián sintió, contra su propia pelvis, un bulto duro que el vestido no lograba disimular.
Ninguno de los dos hizo un comentario. Ella solo lo miró desde muy cerca, con una expresión que era mitad pregunta, mitad desafío.
—Hay un cuartito con ventilador atrás del local —dijo ella, sin mirar hacia ningún lado en particular.
Damián no contestó. La tomó de la mano.
***
Era una despensa más que un cuarto: estantes de metal con cajas de botellas vacías, olor a humedad y aceite de máquina, una lamparita pelada colgando de un cable. El ventilador de pie estaba en el rincón, oxidado y ruidoso, y hacía más ruido que fresco. Pero algo de aire movía. Renata cerró el pestillo con un movimiento preciso y se dio vuelta.
Damián ya estaba ahí.
El primer beso fue torpe, como el baile. Los dientes chocaron levemente al comienzo y los dos sonrieron contra la boca del otro sin separarse. El segundo beso fue diferente: más lento, más deliberado, con las manos de él en su cara. Al tercero ya estaban con las lenguas metidas hasta el fondo, mordiéndose los labios, respirándose la boca. Damián le agarró el pelo por la nuca y le tiró la cabeza para atrás para chuparle el cuello, lamerle el hueco de la clavícula, morderle el hombro. Renata soltó un gemido bajo, gutural, y le clavó las uñas rojas en la espalda por encima de la remera.
—Sacate esta mierda —murmuró ella, tironeándole la tela.
Damián se la sacó de un tirón y la dejó caer al piso de cemento. Renata le pasó las manos por el pecho, por los pezones, por el vientre, y bajó directo al bulto del pantalón. Se lo agarró por encima de la tela con firmeza, midiéndolo, apretándolo con la palma abierta.
—Mirá vos —dijo, con la sonrisa de costado—. La estás pasando bien.
—Vos también, por lo que sentí ahí afuera.
Ella se rió, corta y ronca, y le mordió el labio inferior.
Damián le deslizó los breteles del vestido por los hombros. La tela cayó sola hasta el suelo. Renata tenía debajo un corpiño negro de encaje y una tanga del mismo color, tensada al frente por la forma inconfundible de una erección contenida a duras penas. El cuerpo largo y moreno relucía bajo la luz única de la lamparita, cubierto por una película fina de sudor que le hacía brillar los pechos, el vientre, los muslos.
Él la recorrió con las manos: los costados, la cintura, las caderas, los glúteos. Le desprendió el corpiño y las tetas cayeron libres — no eran grandes, pero eran firmes, con los pezones oscuros ya endurecidos. Damián agachó la cabeza y le chupó uno, después el otro, sosteniéndoselas con las dos manos, y Renata dejó salir el aire de golpe con un gemido corto.
Después él bajó las manos y le agarró el paquete por encima de la tanga.
Y ahí lo confirmó del todo: debajo del encaje negro, pequeño pero completamente duro, apuntando hacia arriba contra el vientre plano, el pene de Renata.
No retiró las manos. Las dejó exactamente donde estaban, y apretó suavemente por encima de la tela.
—¿Está bien? —preguntó ella. Voz directa, sin rodeos, sin ansiedad. Solo la pregunta.
Damián tardó un segundo antes de contestar. No por duda, sino porque necesitaba que la respuesta fuera honesta.
—Sí —dijo—. Está bien. Está muy bien.
Era verdad. La tenía dura él también, más dura de lo que había estado en meses.
Renata lo estudió un momento. Debió encontrar en su cara lo que buscaba, porque algo en ella se relajó, y a la vez algo se soltó — la cortesía inicial, la contención. Le desprendió el pantalón de un tirón, le bajó el cierre, le metió la mano por dentro del bóxer y le sacó la verga. Se la agarró entera con la mano, midiéndola con los dedos, y sonrió despacio.
—Mucho mejor así —dijo.
Le empezó a hacer la paja con la mano, despacio pero firme, de la base a la punta, mientras lo miraba a los ojos. Damián dejó escapar un gruñido y le mordió el hombro. Con la mano libre, ella se bajó la tanga y se la sacó de una pierna, tirándola contra la caja de madera.
Renata era completamente depilada. Su pene, pequeño y circuncidado, quedó libre entre sus cuerpos, la puntita brillante de una gota transparente que asomaba. Damián lo sostuvo en la palma de su mano un momento, sin prisa, y empezó a moverlo con el pulgar y el índice, despacio, aprendiendo cómo era, cómo respondía. Renata cerró los ojos y separó los labios.
—No hace falta que hagas nada con eso —murmuró.
—No lo hago porque haga falta —dijo él, y se agachó.
Se puso de rodillas en el cemento y se la metió en la boca sin preguntar más. Renata soltó un gemido largo y le agarró el pelo con las dos manos. Damián la chupó entera, sin esfuerzo — le entraba completa hasta el fondo, y él pudo hacerle una mamada lenta, tragándola hasta la base, aguantándose ahí antes de subir despacio y volver a bajar. Con una mano le agarraba las bolas, chiquitas y tensas, mientras con la otra le tocaba el culo por atrás, buscándole el agujero con la yema del dedo.
—Puta madre —jadeó Renata—. Puta madre, Damián.
Le tenía la verguita contra el paladar, la lengua pegada al frenillo, y le hacía succión mientras subía. Renata movía las caderas involuntariamente, empujando contra su boca, pidiendo más. La saliva le chorreaba por el mentón a Damián. Cuando finalmente la sacó de su boca con un sonido húmedo, la verga de Renata quedó apuntando hacia arriba, empapada, brillante bajo la lamparita.
Ella le puso una mano en la nuca y lo atrajo hacia arriba, y lo besó con la boca abierta, chupándose su propio sabor.
—Ahora yo —dijo.
Lo empujó suavemente hasta que quedó parado y ella se acuclilló. Le agarró la verga con las dos manos, la miró como quien evalúa algo con respeto, y se la metió en la boca hasta la mitad de la primera pasada. La sacó, escupió sobre la cabeza para lubricarla, y volvió a metérsela, esta vez más profundo. Sabía lo que hacía. Le pasaba la lengua por debajo, le chupaba las bolas una por una, le lamía hasta el escroto, y volvía a subir para engullirla entera.
Damián le agarró la cabeza con las dos manos, le enredó los dedos en el rodete deshecho, y la dejó hacer. Renata lo miraba desde abajo con los ojos enormes, la boca llena, y de vez en cuando le sacaba la verga y se la frotaba contra la mejilla, contra los labios cerrados, dejándose embadurnar con sus propios hilos de saliva.
—Si seguís así me corro en tu cara —le advirtió él con la voz ronca.
Renata la sacó y le sopló apenas.
—Todavía no —dijo—. Todavía no.
Se paró.
***
Renata se dio vuelta. Apoyó las palmas abiertas contra los estantes de metal, con la espalda recta y las caderas levantadas hacia atrás. Se abrió las nalgas con las dos manos, mostrándole a Damián el agujero apretado y depilado, y lo miró por encima del hombro.
—Vení —dijo.
Damián se colocó detrás. Había un bote de vaselina en el estante más bajo, entre trapos y herramientas. Ella lo señaló sin mirar, con la barbilla.
Él lo abrió.
Pero antes de meter el dedo, se agachó y le pasó la lengua por el culo, de abajo hacia arriba, lento. Renata soltó un gemido corto y agudo que no esperaba. Él lo hizo de nuevo, y otra vez, hasta clavarle la lengua adentro, chupándola, ensalivándola bien. Le agarró el pene por debajo, entre las piernas, y se lo empezó a mover con la mano mientras le comía el culo.
—Puta madre —murmuró Renata contra el estante—. Nadie me hace esto. Nadie.
—Ahora sí.
Cuando la sintió lista, se enderezó y empezó con el dedo. Despacio, sintiendo el calor interno, la resistencia inicial que cedía con paciencia. Renata respiraba de forma rítmica y controlada, con la experiencia de quien sabe exactamente cómo relajar el cuerpo. Dos dedos. La presión interna aumentó alrededor de él, caliente y compacta, y después se aflojó.
—Más —dijo ella.
Tres dedos, girando despacio, separando, preparando con cuidado. Con la otra mano seguía haciéndole la paja lenta a la verga por debajo. Renata empujó las caderas hacia atrás, cogiéndose los dedos sola, buscando más profundidad. Su respiración cambió: ya no era rítmica, era más corta, más entrecortada, algo involuntario en los bordes.
—Ya —dijo—. Ya, cogeme.
Damián aplicó vaselina generosamente sobre su verga, la untó bien, y se posicionó. Apoyó la cabeza contra el agujero y empujó apenas, buscando el ángulo. El primer centímetro fue el más lento. Renata exhaló por la nariz, relajándose de forma consciente, y el anillo cedió poco a poco alrededor de él. Después vino el calor denso del interior, envolvente, que lo tomó por completo. Damián empujó hasta el fondo, en una sola pasada larga, hasta que sintió las nalgas de ella contra su pelvis.
Cuando estuvo adentro del todo, los dos se quedaron quietos unos segundos, jadeando.
—¿Bien? —preguntó él.
—Muy bien —dijo ella—. Movete.
Empezó a moverse.
***
El ritmo fue lento al principio, profundo. Cada retirada casi completa y cada regreso generaba en Renata un sonido bajo y sostenido, entre concentración y placer. La verga de Damián salía brillante de vaselina y volvía a hundirse hasta las bolas, y él podía verlo — se agachó levemente para mirar, para verla desaparecer entera dentro de ese culo apretado que se abría y se cerraba a su ritmo. El sudor hacía todo más fluido. El ventilador oxidado giraba en el rincón sin hacer mucha diferencia.
—Más fuerte —pidió ella—. No te aguantes.
Damián aceleró.
El movimiento se volvió más urgente, más físico, menos calculado. Las caderas de ella iban al encuentro de las de él, chocando con un golpe seco y húmedo cada vez. Sus manos se aferraban a los estantes con fuerza suficiente para que los nudillos palidecieran. Los sonidos que hacía eran distintos ahora, más abiertos, más libres, sin el control de antes. Gemía con la boca abierta, sin cerrarla, dejando salir todo.
—Sí, sí, así, cogeme así, no pares.
Él la agarró de las caderas con las dos manos y empujó más fuerte, clavándosela hasta la base cada vez, con esa violencia contenida que sólo se libera cuando el otro la pide. Los estantes tintinearon. Una botella vacía cayó al piso y rodó sin romperse. El sudor les chorreaba por la espalda, por el cuello, por los muslos. Cada embestida producía ese sonido de piel contra piel que no tiene nombre pero que es imposible confundir con otra cosa, mezclado con el chapoteo húmedo del culo lubricado tragándose la verga.
Damián le pasó una mano por debajo y le encontró la verga. Estaba durísima, empapada de líquido preseminal, colgando entre las piernas y balanceándose con cada embestida. Se la agarró y empezó a hacerle la paja al mismo ritmo con que la cogía.
—Ay, la puta madre —gritó Renata, casi en falsete—. Ay, no, no, así no aguanto.
—Aguantá.
—No puedo, me vas a hacer correr.
—Corréte.
Renata dejó caer la cabeza entre los brazos. Damián le apretaba la verga en el puño con firmeza, subiendo y bajando, mientras adentro del culo la sentía apretarse cada vez más, contraerse a intervalos cortos, involuntarios. Podía sentir cómo se acumulaba en ella, cómo iba creciendo. Le tiró del pelo con la mano libre — un tirón corto, no violento, más bien un anclaje — y ella empujó el culo contra él con un gruñido animal.
—Me voy a correr —dijo Renata, casi sorprendida—. Me corro, Damián, me corro.
—Correte, dale, correte todo.
El orgasmo de Renata empezó en silencio: primero un temblor largo y profundo, una contracción que lo envolvió todo, y después un sonido que escapó sin permiso desde algún lugar dentro de ella, ronco y real, que llenó la despensa oscura. Su verga se sacudió en el puño de Damián y empezó a lanzar chorros calientes que salpicaron el estante de metal, el piso de cemento, la mano de él, una y otra vez, más de las que Damián esperaba de un pene tan chico. Y al mismo tiempo, adentro, sus músculos se cerraron alrededor de la verga de Damián con una fuerza brutal, ordeñándolo en oleadas, y esa presión fue suficiente para llevarlo también.
—Me corro yo también —jadeó él—. Adentro.
—Adentro, sí, correte adentro, lleName.
Damián empujó hasta el fondo y se quedó ahí, clavado, mientras se descargaba en oleadas largas dentro del culo de Renata. Sintió cómo su propio semen se derramaba contra las paredes internas, cómo lo acompañaba el temblor de ella que todavía no terminaba, cómo los dos cuerpos se sacudían al mismo tiempo sin poder controlarlo.
Se vaciaron al mismo tiempo. Él adentro de ella. Ella contra el estante de metal, temblando, con su propia corrida chorreando por el metal oxidado.
Después, silencio.
Cuando Damián se retiró, lo hizo despacio. La verga salió brillante, todavía dura a medias, y detrás vino un hilo espeso de semen que empezó a caer por el muslo de Renata. Ella se dio vuelta, se agachó sin previo aviso, y le limpió la verga con la boca — chupándosela suave, tragando lo que quedaba, mirándolo hacia arriba con una sonrisa apagada.
—Sos un desastre —murmuró.
—Vos también.
Solo el ventilador oxidado. La respiración de los dos. Y afuera, muy lejos, la cumbia lenta del parlante que seguía.
***
Se vistieron despacio, en la penumbra de la despensa. Sin hablar mucho. Sin necesitar hacerlo.
Cuando abrieron el pestillo y salieron al patio, el ambiente había cambiado. El calor seguía, pero algo en el aire era diferente: más pesado, más eléctrico. La gente que quedaba miraba hacia arriba. Alguien dijo algo sobre el cielo.
La primera gota cayó en el hombro de Damián.
La segunda en la mejilla de Renata.
Y después el cielo entero se abrió.
La lluvia llegó de golpe, torrencial, sin aviso. Los gritos en el patio fueron de alivio puro, de risa, de incredulidad. Alguien levantó los brazos. Alguien subió el volumen del parlante. Nadie entró a cubrirse.
Damián y Renata se quedaron parados en el centro del patio, dejándose mojar.
El agua fría sobre la piel todavía caliente fue casi dolorosa y completamente perfecta. Renata levantó la cara hacia el cielo y cerró los ojos. La lluvia le aplastaba los mechones contra la frente, le corría por el cuello, por los hombros, por el vestido que volvía a pegarse de otra manera.
—Llevaba tres semanas esperando esto —dijo, sin bajar la cara.
—¿La lluvia o lo de antes?
Renata bajó la vista y lo encontró. La sonrisa de costado, otra vez. La misma del principio.
—Las dos cosas —dijo.
Damián no supo qué contestar. Tampoco hacía falta contestar nada.
Se quedaron en la lluvia hasta que el agua se volvió templada y la cumbia paró y el patio quedó casi vacío. Ninguno de los dos se movió primero.