Cuando convencí a mi amiga de acostarse con mi jefe
En la oficina trabajamos casi siempre en silencio. Cada quien encerrado en su escritorio, sus pantallas y sus expedientes. Don Ricardo, el director, no acostumbra llamar a las secretarias a su despacho a menos que sea estrictamente necesario. Esa mañana me tocó a mí.
Daniela, su asistente personal, me recibió con la sonrisa de siempre y me desabotonó los dos botones superiores de la blusa antes de abrirme la puerta. Era su rutina con todas las que pasábamos a verlo. Una se acostumbra. Hasta el cabello me lo acomodó para que cayera de un solo lado.
—Pasa, Lorena —dijo, y me cedió el paso.
La regla era que la puerta del despacho se quedara abierta mientras durara la reunión. Caminé hacia el escritorio con los documentos que me había pedido y los dejé del lado que él me indicó. Justo del lado donde yo tenía que quedarme de pie, frente a su silla.
Sentí una mano sobre el muslo antes de darme cuenta. Don Ricardo subió los dedos por debajo de mi falda sin levantar la vista, como si todavía estuviera leyendo un informe. Doblé un poco las rodillas y apreté las piernas. No me la esperaba esa mañana.
—¿Te gusta? —preguntó en voz baja, sonriendo apenas.
—Síguele —respondí—, pero atento a tu espía.
—Daniela está sacando copias. Ya sabe lo de la blusa. Quítate el sostén, se nota mucho debajo.
Confirmé lo que ya sospechaba: la chica de afuera estaba al tanto de todo. Hasta me dio alivio. Iba a ser más fácil tratar con Don Ricardo si la otra estaba del lado de los dos.
—Métete la mano por la espalda y desabróchamelo —le susurré—. Yo lo saco por delante.
Funcionó. Cuando Daniela apareció con las copias, ya estábamos del lado serio del escritorio, riéndonos por algo que nadie escuchó. Antes de salir, le mencioné que la esposa de Esteban, el de la joyería, festejaba su cumpleaños el sábado. Le dije a Don Ricardo que pasaría los datos al día siguiente y me retiré sin esperar respuesta.
***
Mi amiga Verónica fue la que organizó la reunión. Yo aproveché para empujar a Carolina, una compañera nueva del corporativo, a que se animara. Carolina era alta, blanca, con un par de pechos que ningún vestido lograba disimular del todo. Inteligente, abierta, simpática, pero con muy poca experiencia en la cama. Me pidió que pasara por su casa para hablar del cumpleaños y, en realidad, para seguir hablando de lo que nunca terminábamos de hablar.
—Te queda hermoso ese vestido —le dije apenas me senté.
—Gracias, mamita —respondió, y se acomodó a mi lado con las piernas cruzadas hacia mí.
Hablamos de todo. De cómo se vestía, de los hombres que la miraban en la oficina, de su poca experiencia. Me contó que había estado en casa de Esteban una tarde, con la esposa de él presente, y que se había salido temprano sin entender bien a qué la habían invitado.
—Yo no supe cómo —me confesó—. Quiero aprender. Contigo no me da pena.
—Solo te cambiaría el peinado —le respondí con cariño—. Lo demás está perfecto.
Se rio y giró para quedar frente a mí. Nos quedamos mirándonos demasiado tiempo. Cuando me besó, ninguna de las dos lo había planeado. Me mordió el labio superior, me metió la lengua hasta los dientes, me jaló del cabello sin soltar el abrazo. Después de varios segundos se separó y se rio fuerte, como si no se creyera lo que acababa de hacer.
—Estoy loca —dijo—. Te amo, mamita.
—Yo también, desde hace mucho.
Me desabotonó la blusa. Me besó los hombros, el espacio entre los pechos, el sostén con los dientes. Yo le levanté el suyo sin paciencia, y los dos pechos blancos se le derramaron en mis manos. Tenía las aréolas tan claras que parecían pintadas con acuarela. Se los mordí, se los chupé, le pasé la lengua por el contorno mientras ella arqueaba la espalda contra el respaldo del sofá.
Sin terminar de desvestirnos, nos levantamos las faldas. No me bajé las pantaletas ni ella las suyas. Nos buscamos por encima de la tela, mojadas las dos, hasta que la tela ya no servía. Le metí un dedo, después dos. Carolina se estremecía con cada movimiento, perdía el control. Trataba de hacerme lo mismo, pero yo le succionaba el clítoris al ritmo de mis dedos y se desarmaba.
—Mamita, qué rico, hazme más —decía en voz alta, y luego se mordía el puño para no gritar.
Le pasé la otra mano por la nalga y, sin pensar, le metí la punta de un dedo en el ano. Se quedó quieta por un segundo. Luego apretó las pompas alrededor de mis dedos y empezó a moverse buscando que entraran más. Se vino en mi boca, fuerte, agarrada de mi pelo.
—Es la primera vez que lo hago con una mujer —me dijo después, agitada—. No imaginé que fuera así.
—¿Y con un hombre?
—Tampoco, en realidad. Soy muy estrecha. Me lastimo cada vez que intentan.
—El sábado vamos al cumpleaños de la esposa de Esteban —le dije, acariciándole el muslo—. Vas conmigo.
***
Carolina apareció en la fiesta despampanante. Verónica la había llevado a su salón y le habían cambiado el peinado. Se robó las miradas apenas entró por la puerta. Don Ricardo, que también estaba invitado, se quedó de pie cuando la vio. Los presenté. Le dije al oído que esa noche se hablaban de tú, que la oficina se quedaba afuera.
Después de la cena propusimos un bar tranquilo. Acabamos seis: Verónica con un amigo suyo, Andrés que me acompañaba a mí, Carolina con Don Ricardo, y la música medio tropical haciendo el resto. A la hora ya se notaba que Carolina y el jefe se habían encontrado. Él le pasaba la mano por el muslo por encima del vestido, ella le subía la falda sin disimulo. Verónica se despidió con un guiño y se llevó a su acompañante. Andrés quiso retirarse también, pero lo detuve.
—Vámonos a mi casa —propuso Carolina—. Allá nos divertimos en serio.
***
En la puerta de su casa, Carolina no encontraba la llave. Se le cayó la cartera y, en lugar de la llave, salió rodando un puñado de condones por el porche.
—Recordé que es de combinación —dijo riéndose, recogiendo todo del suelo.
—Tendrás que pagarnos la espera —le dijo Don Ricardo.
—¿Cómo qué?
—Desnúdate aquí mismo —propuse yo, y los demás aplaudieron.
Carolina empezó por la falda. Don Ricardo le bajó las pantaletas y se las metió al bolsillo del saco. Yo le quité las medias. Andrés le sacó la blusa y el sostén. Cuando los pechos quedaron al aire, Don Ricardo soltó un suspiro y se los metió a la boca uno a la vez, sin preocuparse por los vecinos.
—Mejor pasamos —dijo ella, riéndose—, antes de que alguien salga a regar las plantas.
Adentro, en la sala, Andrés me desvistió con una calma que no le conocía. Don Ricardo me chupó un pecho mientras le ayudaba con el cierre del vestido, sin dejar de mirar a Carolina. Las dos nos miramos y entendimos lo que iba a pasar.
Carolina y Don Ricardo se acomodaron en el sofá grande. Él se echó debajo y dejó que ella se le subiera encima despacio, como una rana. Yo le indiqué cómo bajar para que el dolor no la frenara. Le entró la cabeza primero. Después me acordé del remedio que me había enseñado mi tía y le solté una nalgada bien dada. Carolina pegó un grito y el resto se le metió de un solo golpe.
—Buen método para chillonas —comentó Andrés, y nos reímos todos.
Andrés me jaló al suelo, sobre la alfombra. Me monté encima de él y casi se viene en el primer movimiento.
—Quieto, novato —le susurré.
—¿Pasa algo? —preguntó Carolina desde el sofá.
—Que casi se me viene este —respondí—. Tú síguele. Cuando sientas que ya mero, párate un segundo, respira, y vuelves.
Don Ricardo ya sabía hacer eso. Carolina aprendió rápido. La oí gemir, gritar, soltar palabras que jamás le había escuchado. Cuando se vino, se aplastó contra el pecho del jefe y se quedó temblando sobre él como si la hubieran enchufado a la pared.
—Me vine, papito, me vine rico —repitió varias veces, como si todavía no se lo creyera.
—Quítale el condón —le dije—, antes de que te quede algo dentro.
—¿Cuál condón?
Don Ricardo se rio, alzó la cadera y le mostró que sí, que sí lo traía puesto. Carolina lo miró como si hubiera aprobado un examen difícil. Yo me incliné y le pasé la lengua por el pubis, todavía empapado. Carolina abrió las piernas con la generosidad de la principiante.
***
Después de un descanso volvimos a empezar. Carolina se acomodó boca abajo en el sofá. Don Ricardo le acarició las nalgas, le humedeció el ano con saliva y se le subió encima. Ninguno de nosotros esperaba que cambiara de plan en el último segundo. Carolina solo levantó un poquito la cola, como ofreciéndose, y dejó que él entrara despacio.
—Más, papito —pedía con la cara hundida en un cojín—. Más.
Lo agarró todo. Cuando Don Ricardo se sintió cerca, ella se levantó, le quitó el condón con dos dedos y le pidió que se viniera dentro de la vagina, sin protección.
—No tengo otro condón —murmuró él.
—Ya sé. Vente fuerte adentro de mí, papito. Vente.
Andrés y yo los mirábamos desde el suelo, demasiado excitados para seguir aguantando. Cuando Don Ricardo terminó, Carolina se desplomó sobre él con los ojos cerrados y una sonrisa que le ocupaba media cara. Le besé el pubis y le saqué un poco del semen con la lengua.
—Ven —le dijo a Andrés, jalándolo del pene—. Déjame sentirte tú también.
Él se le acercó, le rozó con la cabeza del pene. Yo le insinué con un gesto que se la metiera. Lo hizo, terminó fuera, le dejó un hilo blanco sobre el vientre claro. Carolina sonrió como si le acabaran de dar la mejor calificación de su vida.
—Doble dotación —dijo—. Vine cargada, como las vacas.
—Te la dieron a las dos —agregué, y nos abrazamos en el sofá entre las piernas de los hombres.
***
Pasó un buen rato hasta que Don Ricardo recuperó energía. Andrés ya se había despedido con un beso en la frente y un guiño cómplice. Quedamos los tres en la sala, desnudos, cubiertos a medias por un edredón que Carolina trajo de la habitación. Bebimos café. Hablamos en voz baja, como si fueran las cuatro de la tarde y no las cuatro de la mañana.
—Señorita Lorena —me dijo el jefe con la voz que usaba en juntas—, ¿me permitiría una despedida?
—Lo que el jefecito desee.
Me senté sobre el codo del sofá, las piernas abiertas, la espalda arqueada. Don Ricardo me besó el ombligo, bajó al pubis y me limpió con la lengua los restos de la noche. Después tomó su pene blando entre la mano, lo guio hasta mi vagina y me lo metió despacio. No estaba duro del todo, pero entró tibio, suave, como si la velada se hubiera reservado ese cariño solo para el final.
Carolina se acercó por detrás. Me sostenía la cabeza, me besaba la frente, le besaba la boca a Don Ricardo en el medio de cada embestida. Tres bocas, dos lenguas a la vez. Tres ritmos que se acoplaban sin hablar.
—Cómplices —dijo él cuando se vino.
—Para siempre —contestamos las dos a la vez.
Carolina apretó nuestras tres frentes contra la suya. Tres respiraciones que se acomodaron al mismo ritmo. Tres cuerpos que apenas hacía un día no se conocían así, y que ahora pertenecían a un secreto que nadie iba a compartir con nadie más.
—Lo repetimos —dijo el jefe—. Cuando ustedes digan.
—Aquí mismo —respondió Carolina.
—O en mi casa —agregué yo.
—En la oficina no —rio Don Ricardo, y nos besó a las dos en la frente.
Carolina lo miró con una calma nueva, la calma de la que ya sabe.
—Tú nunca dejarás de ser su Lorena —le dijo—, pase quien pase por la oficina.
—Y tú no dejarás de ser nuestra Carolina —respondí—, pase lo que pase la próxima vez.
Nos miramos las dos sin decir nada más. La próxima vez ya estaba escrita entre las tres frentes, y ninguna iba a tardar en llegar.