Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi confesión: una noche con ella y otra con su hija

La vi por primera vez en una fiesta que organizó un amigo mío a finales de septiembre. Romina entró por la puerta con esa seguridad que tienen pocas mujeres: no buscaba que la miraran, simplemente sabía que lo harían. Medía poco más de metro y medio, tenía el pelo oscuro hasta los hombros y una figura que no necesitaba descripción para entenderse.

Me acerqué antes de que lo hiciera alguien más.

La conversación fluyó bien desde el principio. Era directa, tenía sentido del humor y no perdía el tiempo en rodeos. A la media hora ya estábamos en un rincón apartado del salón, con las espaldas contra la pared y las copas olvidadas sobre una repisa. A la hora le estaba preguntando si quería que la llevara a casa.

—Sí —dijo, sin dudarlo—. Vámonos ya.

Su apartamento quedaba a veinte minutos en coche. Durante el trayecto puso música en voz baja y apoyó la mano en mi pierna con una naturalidad que me resultó más erótica que cualquier cosa que hubiera podido decir. La mano subió sin prisa, encontró el bulto que ya se marcaba contra la tela del pantalón y lo apretó con una sonrisa que no llegó a mirarme.

—Ya estás dura —dijo, sin sacar la mano—. Vamos a llegar tarde a mi cama si sigues así.

Cuando llegamos al portal, no hubo pregunta de si subía o no: ella abrió la puerta del coche y yo la seguí.

***

Su dormitorio era ordenado, con ropa de cama oscura y una ventana que dejaba entrar la luz tenue de las farolas de la calle. Romina se volvió hacia mí antes de que yo dijera nada y empezó a desabrocharme la camisa con una calma que contrastaba con todo lo que yo sentía en ese momento.

—Siéntate —me dijo.

Me senté en el borde de la cama y la observé.

Lo que hizo a continuación fue lento y completamente deliberado. Empezó a moverse frente a mí con esa facilidad que tienen algunas mujeres para hacer que el simple acto de quitarse ropa se convierta en algo que cuesta respirar. Primero la blusa, que cayó al suelo sin aspavientos. Luego la falda. Se quedó de pie frente a mí con el sujetador y la ropa interior durante un momento que se hizo más largo de lo que cualquier reloj podría medir.

Cuando se quitó el sujetador, entendí por qué había entrado a esa fiesta con tanta seguridad.

No voy a exagerar ni a inventar nada: el cuerpo de Romina era de esos que te hacen reconsiderar varias cosas sobre tu vida. Tenía unas tetas grandes y firmes, con los pezones oscuros y ya endurecidos, una cintura estrecha y unas caderas anchas que equilibraban todo lo demás. No era perfecta en el sentido frío de la palabra, pero era perfecta en el único sentido que importaba en ese momento.

Me puse de pie sin que nadie me lo pidiera.

La piel de Romina olía a algo dulce y limpio. La besé en el cuello, luego bajé despacio mientras ella apoyaba las manos en mis hombros. Le chupé un pezón y luego el otro, mordiéndolos con cuidado hasta que la oí soltar el primer gemido de la noche, uno bajo, casi enfadado, como si le molestara reconocer que ya la tenía donde quería. Bajé por el vientre plano, me arrodillé frente a ella y le bajé la ropa interior. No dijo nada: solo separó los pies y esperó, con una mano ya buscándome la nuca.

Su coño estaba afeitado, hinchado y brillante. Ya se le escapaba un hilo de flujo por dentro de los muslos antes de que la tocara.

—Cómemelo bien —me dijo, sin ninguna vergüenza—. Con lengua. Despacio primero.

Le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, del perineo al clítoris, apretando plano contra ella. Repetí el movimiento tres, cuatro veces, hasta que las caderas empezaron a moverse solas. Le abrí los labios con los dedos y la vi entera, rosa y mojada, el clítoris ya salido de su capuchón. Se lo chupé como si fuera una polla pequeña, tirando de él con los labios, y ella soltó un jadeo largo y me clavó las uñas en el cuero cabelludo.

—Ahí, joder, ahí no te muevas.

Me quedé ahí. Le metí dos dedos al mismo tiempo, curvándolos hacia arriba, buscando esa zona rugosa que se le hincha cuando está a punto. La encontré rápido. Ella empujó las caderas contra mi cara y contra mis dedos con un ritmo que no admitía interrupciones. Le chupé el clítoris más fuerte, sin dejar de bombearla con los dedos, y a los pocos minutos empezó a temblarle todo, los muslos apretándome la cabeza, el coño cerrándose alrededor de mis dedos en espasmos.

—Me corro, me corro, no pares.

No paré. Se corrió de pie, con la mano izquierda sujetándose al cabecero para no caerse, empapándome la barbilla. Cuando terminó, me agarró del pelo y me levantó de un tirón.

—Ahora tú a la cama. Boca arriba.

Me terminó de desnudar entre besos húmedos, todavía con el sabor de ella en mi boca. Cuando me vio la polla dura contra el vientre, no dijo nada: se subió sobre mí a horcajadas, se agachó y me la agarró con una mano mientras se acomodaba encima de mi cara con la otra pierna.

Se la metió en la boca hasta el fondo de un solo movimiento. La sentí golpearle la garganta y la oí toser, pero no la sacó. Empezó a mamármela con hambre, con las dos manos ya libres apretándome los huevos y la base, chupando con las mejillas hundidas y produciendo ese ruido húmedo, sucio, que solo hace una mujer que sabe lo que hace. Cada tanto la sacaba entera, escupía sobre la punta y volvía a tragarla completa.

—Qué polla más rica tienes —dijo con la voz ronca, con la punta apoyada en los labios—. Me la voy a montar toda la noche.

Se la volvió a meter y me chupó hasta que noté que se me estaban tensando los muslos. Le agarré la cara y la aparté.

—Ven aquí. Si sigues así me corro en tu boca ahora mismo.

—¿Y qué tiene de malo eso?

—Que quiero follarte primero.

Sonrió, se irguió sobre mí, se agarró la polla y se la metió en el coño de un solo movimiento, deslizándose hasta el fondo. Los dos gemimos a la vez. Estaba caliente por dentro, apretada, empapada. Empezó a moverse encima de mí con un balanceo lento de caderas, apoyando las manos en mi pecho, con esas tetas grandes moviéndose delante de mi cara.

Le agarré las tetas y le apreté los pezones entre los dedos mientras ella se me montaba. Aceleró. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando llenaba el dormitorio. Me follaba con una convicción que solo tienen las mujeres que llevan tiempo sabiendo lo que les gusta. Se inclinaba hacia atrás, apoyaba las manos en mis muslos y se hundía a fondo, con el clítoris rozando mi pubis en cada bajada.

—Dale por detrás —jadeó—. Ponme a cuatro patas.

La bajé de encima, la giré, le levanté el culo. Se lo abrí con las dos manos y le vi el ojete pequeño, oscuro, apretado, encima del coño abierto y goteando. Le pasé el pulgar por encima sin metérselo y ella soltó un quejido.

—Ahí también, después. Pero primero el coño. Fuerte.

Me la clavé de un solo empujón hasta las pelotas. Ella soltó un grito ahogado en la almohada. La agarré por la cintura y empecé a follármela sin piedad, con embestidas largas y secas, viendo cómo su culo rebotaba contra mi pubis en cada golpe. La palma abierta contra una nalga, un cachete, otro. La piel se le puso roja.

—Más fuerte, más fuerte, joder.

Le agarré el pelo en un puño, tiré hacia atrás para que arqueara la espalda y la seguí bombeando. En esa postura entraba más profundo, hasta hacerla gemir de un modo distinto, más grave. Le pasé el pulgar por saliva y se lo apoyé contra el ojete apretado. Ella empujó hacia atrás. El pulgar entró hasta el nudillo y ella se corrió al segundo, un orgasmo largo que le sacudió todo el cuerpo y le hizo apretar todo alrededor de mí como un puño.

—Córrete dentro —me pidió cuando pudo hablar—. Quiero notarlo caliente.

Aguanté un poco más, un par de minutos de embestidas cada vez más brutales, hasta que sentí el calambre subir desde los huevos. La agarré por las caderas y me hundí al fondo. Descargué chorro tras chorro dentro de ella, sintiendo cómo se contraía todavía en pequeños espasmos alrededor de mi polla. Me quedé enterrado hasta que dejé de temblar.

Salí despacio. Un hilo blanco y espeso empezó a escurrirse de su coño abierto por dentro del muslo. Ella se dio la vuelta, se sentó, se pasó un dedo por ahí y se lo metió en la boca.

—Nos queda toda la noche —dijo.

Y no exageraba. Dormimos una hora, dos como mucho. Cuando abrí los ojos me la estaba chupando otra vez, ya con la polla dura entre sus labios, y volvimos a empezar. Esta vez la puse contra la pared, con una pierna levantada apoyada en mi cadera, y me la follé de pie hasta que las dos rodillas le fallaron. Después ella se sentó encima de mí en el sillón del dormitorio, de espaldas a mí, y estuvo montándome mientras yo le mordía el cuello y le apretaba las tetas hasta que se corrió por segunda vez esa noche.

Cuando finalmente nos quedamos dormidos del todo, ella tenía la cabeza apoyada en mi pecho y yo pensaba que si aquello iba a ser una noche única, al menos era de las que uno recuerda con detalle durante años.

***

A la mañana siguiente, Romina me preparó café y me explicó que tenía que pasar a recoger a su hija a casa de su madre antes de que se hiciera tarde. Me lo dijo con la misma naturalidad con que lo diría cualquier persona en cualquier mañana de domingo.

—¿Cuántos años tiene tu hija? —pregunté, sin ninguna razón particular.

—Dieciocho. Acaba de cumplirlos en agosto.

La llevé en coche. Primero paramos frente a un edificio de apartamentos a dos kilómetros de su casa, donde Romina entró sola y tardó unos diez minutos. Cuando salió, venía acompañada de una chica joven con el pelo recogido en un moño descuidado y una sonrisa que vi a través del parabrisas antes de que llegara al coche.

—Esta es Daniela —dijo Romina cuando abrió la puerta trasera.

La chica se sentó detrás de mí. Durante el trayecto la vi poco: solo el reflejo en el espejo retrovisor cuando me atreví a mirar. Era guapa de una manera que resultaba inevitable, con rasgos similares a los de su madre pero en una versión más joven, más directa, todavía sin la calma aprendida que tenía Romina.

Cuando llegamos al apartamento, Romina entró primero para preparar algo de desayunar. Daniela se quedó en el rellano conmigo mientras sacaba las llaves del bolso.

—¿Subes? —me preguntó, sin mirarme todavía.

Estaba a punto de decir que no, que tenía cosas que hacer, cuando Daniela se apoyó en el marco de la puerta y me miró directamente a los ojos.

—Por favor —añadió, y lo dijo de una manera que no sonaba a ruego sino a algo completamente distinto.

Subí.

***

El apartamento era pequeño y luminoso. Romina estaba en la cocina haciendo ruido con tazas. Daniela me llevó al salón y nos sentamos en el sofá. Empezamos a hablar de nada importante: de la música que sonaba desde la cocina, de si me gustaba el café solo o con leche, de qué planes tenía para el resto del domingo.

Mientras hablábamos, me di cuenta de que Daniela era perfectamente consciente de lo que hacía con cada gesto. No de manera obvia ni torpe, sino con una naturalidad que resultaba difícil de ignorar. Cuando se inclinó hacia adelante para coger algo de la mesita, la camiseta se le ajustó de una manera que no pasó desapercibida.

—Mi madre me dijo que dormiste aquí anoche —me dijo, mirándome directamente.

—Sí.

—¿Fue bien?

—Muy bien.

Ella sonrió como si la respuesta le confirmara algo que ya sabía.

Antes de que pudiera añadir nada, Romina apareció con las tazas y se sentó en el reposabrazos del sofá, muy cerca de mí. Algo en la disposición de las tres personas en esa sala cambió sin que nadie lo nombrara. Romina apoyó la mano en mi hombro. Daniela me miraba con una expresión que no era exactamente inocente.

—Daniela —dijo su madre en voz baja—, deja al hombre tranquilo.

—No me está molestando —dije, y las dos se rieron al mismo tiempo, de la misma manera exacta.

Lo que pasó después fue gradual y, al mismo tiempo, inevitable. Romina se levantó a llevar las tazas a la cocina y mientras lo hacía, Daniela se acercó un poco más a mí en el sofá. Cuando su madre regresó, se sentó al otro lado mío, y el silencio que siguió era de esos que no incomodan sino que pesan de otra manera.

Fui yo quien lo rompió:

—No sé exactamente qué está pasando aquí.

Romina sonrió.

—¿Quieres saber? —preguntó.

—Sí.

—Daniela tiene curiosidad —dijo Romina, con una calma que me resultó asombrosa—. Y a mí no me importa compartir cuando me importa la persona.

Miré a Daniela. Ella asintió despacio, con los ojos fijos en los míos.

—Solo si tú quieres —añadió.

***

Empecé besando a Romina mientras Daniela se acercaba despacio desde el otro lado del sofá. Romina se quitó la ropa primero, sin ceremonias, con esa misma soltura de la noche anterior. Daniela tardó un poco más. Cuando lo hizo, me di cuenta de que el parecido entre madre e hija era mayor de lo que yo había notado en el coche: la misma estructura, la misma proporción, aunque Daniela tenía las tetas un poco más pequeñas y respingonas, la cintura más marcada, el coño con un pelo oscuro recortado en un triángulo estrecho. Tenía la energía de quien todavía está descubriendo lo que su cuerpo puede hacer y lo que quiere pedir.

Romina se acomodó en el sofá y atrajo a Daniela hacia ella. Se colocaron una encima de otra en sesenta y nueve, la madre debajo, la hija arriba, y empezaron a comerse el coño mutuamente con una concentración y una calma que me dejaron parado a los pies del sofá durante un buen rato solo mirando. Romina la agarraba de las nalgas y le abría el culo con las dos manos mientras le hundía la lengua en el coño. Daniela le lamía a su madre el clítoris con la punta, en círculos pequeños y precisos, con una técnica que no había aprendido esa misma tarde. No había nada forzado en eso. Era algo que ya habían hecho antes.

Se me puso durísima solo con verlas. Empecé a masturbarme lento, de pie, viendo cómo Daniela levantaba de vez en cuando la cara brillante para mirarme y sonreír antes de volver a hundirla entre las piernas de su madre.

Romina extendió una mano hacia mí sin desviar la atención de lo que estaba haciendo.

—Ven. Métesela en la boca a mi hija mientras yo se la como.

Me acerqué. Daniela levantó la cabeza y abrió la boca sin decir nada. Le acerqué la polla y ella la agarró con una mano, la miró un segundo como si estuviera calculando algo, y luego la tragó entera de una vez. Casi se atragantó, pero no la sacó. Empezó a mamármela desde esa postura incómoda, boca arriba con el culo sobre la cara de su madre, con los ojos húmedos mirándome desde abajo. Cada vez que Romina le clavaba la lengua, Daniela gemía con la boca llena y esa vibración me subía por toda la polla.

—Fóllale la boca —dijo Romina desde debajo, apartándose un momento de su coño—. Le gusta que se la metan hasta el fondo. Yo se lo he enseñado.

Le agarré la cabeza con las dos manos y empecé a moverme, despacio primero, más rápido después. Le follé la boca de verdad, sintiendo cómo la punta le tocaba el fondo de la garganta y le sacaba lagrimones que le corrían por las sienes hasta perderse en el pelo de su madre. Romina, mientras tanto, no paró de comérselo. Sentía las contracciones de la hija a través de la polla, cada vez que la madre le hacía algo con la lengua.

Daniela se corrió así, con mi polla enterrada en su garganta y la lengua de Romina en su coño. Todo su cuerpo tembló encima de la cara de su madre y soltó un gemido ahogado alrededor de mí que me hizo tener que sacarla para no correrme en ese momento.

La levanté del sesenta y nueve. Estaba con la cara y el pecho perlados de sudor, jadeando, con los labios hinchados. Romina se incorporó debajo y la miró con satisfacción.

—Ahora tú a él —le dijo—. Pero como te enseñé. Mírale a los ojos.

Daniela se bajó al suelo de rodillas, entre mis piernas. Se colocó frente a mí y volvió a metérsela en la boca, esta vez más despacio, con más control. No era la primera vez que lo hacía, eso quedó claro desde el principio. Tomaba su tiempo, encontraba el ritmo, prestaba atención a lo que funcionaba. La sacaba entera para chuparme los huevos uno por uno, subía a lamer la punta con la lengua enroscada, volvía a tragarla completa. Sin dejar de mirarme.

Romina, detrás de ella, se puso de rodillas y le pasó la mano por la espalda, luego por debajo. Le abrió las piernas y empezó a jugar con el coño de su hija desde atrás, con dos dedos.

—Está mojadísima —me dijo Romina con una sonrisa—. La estás poniendo bien.

Cuando me detuve antes de llegar demasiado lejos, Daniela levantó la vista.

—¿Por qué paras?

—Porque quiero preguntarte algo —dije.

Me senté en el sofá y la miré directamente.

—¿Qué quieres tú exactamente?

Daniela pensó un momento, con una honestidad que me desarmó completamente.

—Quiero que sea contigo la primera vez que lo hago de verdad —dijo—. Lo anal. Nunca lo he hecho. Quería que fuera con alguien que supiera cómo hacerlo bien y que no tuviera prisa.

Lo dijo con tal naturalidad que tardé un segundo en responder.

—¿Estás segura?

—Completamente.

Romina, que estaba escuchando desde el otro extremo del sofá, nos miraba con una expresión entre divertida y satisfecha.

—Yo la ayudo —dijo—. Túmbala boca arriba y déjame prepararla.

Tumbé a Daniela en el sofá, con la espalda apoyada en un cojín y las piernas dobladas contra el pecho. Romina se colocó al lado y le empezó a chupar el clítoris con la boca abierta y ancha, plana, mientras yo le pasaba la punta de la polla por los labios y por el coño, empapándome. Le metí primero la polla en el coño, un par de veces, lento, para relajarla. Ella suspiró largo.

—Prepárala bien —le dijo Romina—. No entres seca.

Cogí saliva, aceité con eso y con el flujo del coño de Daniela. Le pasé el pulgar por el ojete, en círculos lentos, sin apretar. Después uno. Después dos. Ella se agarraba al brazo de su madre y respiraba fuerte, pero no dijo que parara.

—Sigue —susurró—. Se siente raro, pero sigue.

Cuando ya cabía dos dedos sin quejarse, retiré los dedos y apoyé la punta de la polla contra el anillo. Empujé milímetro a milímetro. Ella apretó los dientes y cerró los ojos. Me detuve y esperé. Treinta segundos. Un minuto. Romina, mientras tanto, no dejaba de chuparle el clítoris para mantenerla distraída y mojada.

—Continúa —me pidió después—. Despacio, pero continúa.

Fui entrando por milímetros. La sentía apretadísima, un calor distinto al del coño, más cerrado, más ardiente. Cuando llegué al fondo por primera vez, ella soltó un jadeo largo y me clavó las uñas en la muñeca.

—Espera. Solo espera un momento.

Esperé. Romina le habló bajito al oído, cosas que no oí bien, y le pellizcó suavemente un pezón. Poco a poco Daniela se relajó desde dentro. La noté ceder alrededor de la polla.

—Ahora muévete. Despacio.

Empecé a moverme muy despacio, entradas cortas y suaves. Ella respiraba en el ritmo que le marcaba yo. Al cabo de un rato empezó a acompañarme moviendo un poco las caderas, y los jadeos cambiaron. Ya no eran de dolor.

—Más —dijo—. Un poco más adentro.

Fui subiendo el ritmo con mucho cuidado. Romina le metió dos dedos en el coño mientras yo la seguía follando por detrás, y cuando notó que su hija empezaba a temblar, apretó el clítoris entre el pulgar y el índice.

Daniela se corrió con un grito seco, todos los músculos apretándose alrededor de la polla en una convulsión que casi me arrastró conmigo. Aguanté unos segundos más, un empujón, dos, y me salí a tiempo. Me arrodillé sobre ella y me la corrí encima, sobre el vientre y sobre las tetas, chorros largos y espesos que le cayeron hasta el cuello. Romina se agachó sin decir nada y le limpió el semen de la piel con la lengua, lamiendo despacio, mirándome.

Cuando terminé, Daniela se quedó recostada durante un rato sin decir nada, con los ojos todavía cerrados. Luego se volvió hacia su madre con una expresión que era mitad asombro y mitad algo que no tenía nombre exacto.

—Duele —dijo—. Pero no quiero que sea la última vez.

Romina sonrió.

—Bienvenida —le respondió, con la misma calma con que lo diría sobre cualquier otra cosa.

Daniela se volvió hacia mí:

—Quería darte algo que nadie más había tenido. Y además así no tengo que compartirlo con nadie.

No supe qué responder a eso. Creo que no hacía falta decir nada.

***

Esa tarde me marché cuando el sol ya estaba bajo. Conduje de vuelta a mi apartamento pensando en todo lo que había pasado en las últimas veinticuatro horas y llegué a la conclusión de que no tenía ningún interés particular en volver a mi vida exactamente como estaba antes.

Llamé a Romina esa misma noche.

Pasé el siguiente mes yendo y viniendo. Después de dos meses, dejé mi piso y me mudé con ellas. Nos casamos en primavera, en una ceremonia pequeña con cuatro amigos y sin mucho protocolo. Romina eligió un vestido blanco que no tenía nada de discreto. Daniela llevó el ramo y brindó primero.

Ahora vivimos los tres juntos. Han encontrado un equilibrio que a veces me parece difícil de creer pero que funciona con una naturalidad que ya no me sorprende. Hay noches completamente normales: cena, conversación, una serie en el televisor. Y hay noches que no lo son en absoluto.

He aprendido que la vida puede ser mucho más amplia de lo que uno imagina cuando todavía vive solo con sus costumbres y sus ideas sobre cómo se supone que tienen que ser las cosas.

No me arrepiento de ninguna de las decisiones que tomé desde aquella fiesta de septiembre. Ni de haber seguido a Romina hasta el portal. Ni de haber subido cuando Daniela me lo pidió. Ni de haber cambiado de apartamento, de rutinas y de casi todo lo demás.

Algunas historias no tienen un final claro. La mía, en cambio, tiene un principio muy concreto: una fiesta, una mujer que entró por la puerta con demasiada seguridad, y yo, que tuve la suerte de no quedarme quieto.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(9)

Rodo_baires

Increible relato. Me quede sin palabras con el giro del dia siguiente, no lo vi venir para nada.

PabloRD

segunda parte porfa!!! no puede quedar ahi

VeroLectora

Que manera de arrancar con Romina en la fiesta. Ya desde el primer parrafo sabes que la cosa no va a ser simple. Muy bien contado.

Dante_cba

jaja tremendo, no me lo esperaba. excelente

Martin_Cba

Me recordo a algo parecido que me paso hace tiempo, aunque sin ese giro inesperado jaja. Muy buena historia

Karla_noche

La categoria confesiones le queda justa. Se siente autentico, no inventado. Segui publicando!

Marcos_BsAs

Hace rato que no leia algo tan bien narrado aca. Esperando mas de esto

Fernandito99

Pregunta: ella sabia lo que iba a pasar cuando lo llevo a buscar a la hija? esa parte me genera curiosidad

RositaMdz

buenisimo!!! me engancho desde la primera linea

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.