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Relatos Ardientes

Lo que hice en la libre para llegar a casa

Mi nombre es Valentina. Tengo 27 años, soy morena clara con el cabello castaño oscuro que me llega hasta la cintura. Mido 1.65 m y tengo las caderas anchas y un culo redondo y parado que nunca ha pasado desapercibido en ningún cuarto. Me gusta maquillarme, usar ropa ajustada y sentir las miradas clavadas en mis tetas y en mi trasero. Pero hay algo que me gusta más que todo eso: la carretera libre, los tráileres, el olor a diésel y a hombre que trabaja duro, la polla dura de un desconocido que me coge a mitad del desierto sin preguntarme nada. Esto que voy a contarles pasó un sábado de agosto. Decidí viajar de Hermosillo a Ciudad Obregón sin un peso para el autobús, ofreciendo mi coño a cada chofer que quisiera parar.

Era poco antes de las cinco de la mañana. Me desperté con el coño ya mojado, incapaz de seguir durmiendo. Me metí a bañar despacio, dejando que el agua caliente me recorriera desde el cuello hasta los pies, y me toqué los pezones hasta ponerlos duros como piedras. Me metí dos dedos entre los labios y sentí lo empapada que estaba de solo pensar en lo que venía. Me depilé todo: piernas, axilas, el coño entero hasta dejarlo liso y suave como seda, con los labios rosados asomando limpios. Me puse una tanguita roja diminuta que se me metía entera entre las nalgas, un top blanco de tirantes sin sostén que dejaba ver la mitad de las tetas y los pezones marcados por debajo, y un short de mezclilla tan pequeño que la tela desaparecía entre mis nalgas cuando caminaba y dejaba ver el pliegue de abajo del culo. Encima, para salir de casa sin levantar sospechas, una sudadera larga y pants holgados. En la maleta rosada guardé mis tacones rojos de 12 cm, toallitas húmedas y lubricante.

A las 5:10 am me subí al camión urbano rumbo a la salida norte, la que conecta con la carretera libre hacia Guaymas y Ciudad Obregón. Más de 260 kilómetros. Los que tardara en hacer.

***

La primera gasolinera grande me sirvió de camerino. Entré al baño de mujeres, me cambié frente al espejo rayado, me puse los tacones y salí al sol que apenas despuntaba. Me paré en la orilla de la carretera con la maleta en una mano y el pulgar en alto, el short subiéndose solo con cada paso y dejándome la mitad de las nalgas al aire.

El primer tráiler que frenó era un Kenworth azul oscuro cargado de materiales de construcción. El chofer era un hombre de unos 45 años, moreno, ancho de hombros, con las manos cuarteadas de tanto sol y trabajo. Bajó la ventana y me miró de arriba abajo sin ningún disimulo, deteniéndose en el escote y en las piernas.

—¿Pa' dónde vas así de bonita?

—A Ciudad Obregón. Hasta donde me lleves, papi —le dije inclinándome hacia la ventana para que viera bien las tetas colgando del top.

Soltó una carcajada y abrió la puerta desde adentro.

—Sube. Te dejo en Guaymas.

La cabina olía a aromatizante de pino y tabaco. Me senté, crucé las piernas y dejé que el short se subiera lo más que pudo. Él no tardó ni cinco minutos en poner la mano callosa en mi muslo.

—¿Viajas sola siempre así?

—Solo cuando quiero algo a cambio del ride —le dije, y le tomé la mano para metérmela directamente bajo el short. Sintió la tanga empapada y gruñó.

—Chingada madre, ya estás mojadita.

—Llevo así desde que amaneció.

Desvió el tráiler por un camino de terracería entre matorrales del desierto sonorense. El polvo se levantaba detrás de las llantas como humo. Paró el motor detrás de un cerro pelón donde no pasaba ni un alma.

Me jaló hacia el camarote, que era un colchón delgado cubierto con una sábana doblada. La cabina olía a hombre dormido y a diésel viejo. Antes de que pudiera decir nada me arrancó el top de un tirón y me apretó las tetas con las dos manos, mordiéndome los pezones hasta hacerme gritar. Le bajé el pantalón y le saqué la verga: la tenía morena, gruesa, con las venas hinchadas y el glande ya baboso. Me la metí en la boca sin pensarlo, chupándola entera hasta el fondo de la garganta, y él me agarró del pelo con la mano cuarteada y empezó a moverme la cabeza a su ritmo.

—Así, puta, trágatela toda —gruñía.

La saliva me chorreaba por la barbilla y le caía sobre los huevos. Cuando ya estaba a punto de correrse me sacó la polla de la boca, me puso boca abajo contra el colchón y me arrancó el short y la tanga de un solo jalón. Me abrió las nalgas con las dos manos, me vio el coño mojado y el culo apretado, y sin avisar me clavó la verga entera de una sola embestida. Grité tan fuerte que las cortinas del camarote temblaron.

—¡Ay, papi, méteme toda la verga!

Me cogió por atrás con la cara aplastada contra la sábana y el culo levantado en el aire, embistiendo tan fuerte que la cabina entera se mecía. Cada nalgada le sonaba en la mano como un latigazo y me dejaba la piel roja. Me metía los dedos en la boca para callarme y luego me los volvía a sacar para agarrarme del pelo y arquearme la espalda. Él era brusco pero atento a mis reacciones: cuando gemía fuerte, empujaba más adentro; cuando me retorcía y trataba de escapar del golpe, me sujetaba de las caderas con más firmeza y me clavaba hasta los huevos. Me la sacó, me giró boca arriba, me abrió las piernas hasta los hombros y me la volvió a meter mirándome a los ojos, embistiendo lento y profundo, restregándome el pubis contra el clítoris hinchado. Me vine dos veces así, con las piernas temblándome y el coño chorreándole por los muslos. Duró casi veinte minutos y al final me la sacó, se subió a horcajadas sobre mi pecho y me acabó en la boca y en las tetas con un gruñido largo que retumbó en toda la cabina, disparándome chorros gruesos de semen espeso que me llenaron la lengua y me cayeron entre los pezones. Se lo tragué todo con la boca abierta para que viera. Después me limpió con cuidado usando una playera limpia que guardaba en la guantera, como si tuviera todo previsto de antemano.

—Eres la primera mujer que sube a mi cabina en doce años de carretera —me dijo mientras arrancaba de vuelta al asfalto.

No supe si era verdad. Me gustó escucharlo igual.

Me bajó en la gasolinera de Guaymas a las 8:20 am. El sol ya pegaba fuerte y mi cuerpo tenía un calor que no era solo el del desierto: el coño todavía me palpitaba y sentía el semen del primero escurriéndoseme entre las piernas cuando caminaba.

***

El segundo ride llegó antes de que terminara de acomodarme. Un Torton rojo de carga viejo pero funcionando, con cumbia a todo volumen por la ventana abierta. El chofer era un gordito alegre de unos 50 años, bigote negro espeso, ojos chicos y brillantes de quien disfruta la vida sin complicaciones. Frenó de golpe y se asomó.

—¡Órale, morena! ¿A dónde?

—A Obregón. O hasta donde aguantes —le dije con voz todavía ronca del primero.

—¡Yo aguanto mucho, mija! Ándale, sube.

Se llamaba Rodrigo, aunque lo conocían como el Bule. Cargaba cajas de cerveza y olía un poco a lo mismo. Manejaba con la mano izquierda colgada por la ventana y la derecha recorriéndome la pierna desde la rodilla hasta donde el short ya no cubría nada. Me metió los dedos gordos bajo la tanga y encontró el coño todavía chorreando del primero.

—Chingao, morra, ya vienes usada.

—Y con ganas de más —le contesté, apretándole el bulto por encima del pantalón.

A los quince minutos de carretera se salió por un camino entre huertas de pitahaya, paró el motor y me miró fijo con esa sonrisa ancha que no podía disimular.

—¿Cómo la quieres, mi amor?

—Como tú quieras. Yo aguanto todo.

Se bajó los pantalones ahí mismo en el asiento del piloto y me sacó una polla gorda, corta pero ancha como su dueño, con los huevos colgando pesados entre las piernas. Me arrodillé en el asiento del copiloto y le agaché la cabeza al regazo. Se la mamé despacio, chupándole primero los huevos uno por uno, lamiéndolos hasta que se los dejé brillosos, y después metiéndomela entera hasta que se me atoró en la garganta y se me salieron las lágrimas. Él me acariciaba el pelo y me decía "así, chiquita, muy bien, así se hace".

Cuando la tuvo bien dura me subí encima de él a horcajadas, todavía con los tacones puestos, y me la ensarté hasta el fondo de un solo golpe. Grité mientras bajaba el culo y sentía cómo me abría por dentro. Fue el más ruidoso de todos. Gritaba, reía, me decía cosas al oído que alternaban entre lo más obsceno y lo más tierno que me han susurrado en la carretera.

—¡Móntame esa verga, chula! ¡Salta, salta que se te ve rebotando todo!

Me tuvo encima de él con las piernas abiertas y las tetas rebotándole en la cara durante casi media hora. Sus manos gordas se aferraban a mis caderas y me subían y bajaban a su ritmo, embistiéndome desde abajo cada vez que yo bajaba. Yo me agarraba del respaldo del asiento para no perder el equilibrio con cada embestida que hacía rebotar toda la cabina. Me chupaba los pezones uno tras otro, mordisqueándolos, y me metía la lengua en la boca sabiéndole a cerveza y tabaco. Me bajó del asiento, me puso de rodillas en el camarote apoyada contra la ventana empañada, y me la clavó por atrás cogiéndome como perra, dándome nalgadas que me dejaban las manotas marcadas en el culo. Cuando ya no aguantaba se salió, me giró y se acabó a chorros sobre mi cara y sobre las tetas, embarrándome la verga por los labios para que se lamiera limpia. Me tragué lo que me cayó en la boca y me limpié el resto con dos dedos para chupármelos delante de él.

—Eres una diablita —se rió, sin aliento—. Ven, te invito de comer.

Paró en un puesto de mariscos en la orilla de la carretera y me invitó ceviche con tostadas. Comimos de pie bajo el sol inclemente, él con el brazo alrededor de mis hombros como si fuéramos pareja de toda la vida. Los del puesto nos miraban sin saber muy bien qué pensar de esa mujer con tacones rojos en la carretera libre a las diez y media de la mañana, con el pelo revuelto y la boca todavía hinchada.

Me dejó en la salida de Empalme a las 10:45 am.

***

El tercero y el cuarto llegaron juntos.

Un tráiler blanco de doble remolque cargado de electrónicos envueltos en plástico. Lo manejaban dos: uno flaco y tatuado de unos 35 años, y otro más joven, de 28 quizás, con cara tranquila y ojos de quien ya lo ha visto todo en la carretera. Pararon al ver mi pulgar levantado y los dos se asomaron por la ventana al mismo tiempo.

—Vamos hasta Obregón. Pero somos dos —dijo el flaco, como si fuera una advertencia.

—Mejor —contesté, y ya estaba subiendo.

La cabina de ese tráiler tenía camarote amplio. No tardaron mucho en proponérmelo. Pararon en un motel de paso cerca de Vícam: cuarto con cama grande, olor a cloro y paredes delgadas. Cerraron la puerta con seguro y en dos minutos ya me tenían desnuda de pie entre los dos. El flaco me besaba en la boca metiéndome la lengua hasta la garganta mientras el joven se arrodillaba detrás de mí y me abría las nalgas para lamerme el culo con la lengua entera, chupándome también el coño desde atrás. Se me doblaron las rodillas.

Me tumbaron boca arriba en el borde de la cama. El flaco me metió su polla larga y flaca en la boca hasta el fondo, cogiéndome la garganta a su ritmo, mientras el joven me abría las piernas y me clavaba su verga gruesa en el coño de una embestida. Sentí los dos al mismo tiempo llenándome, uno por cada extremo, y les hicieron una seña entre ellos y empezaron a coordinarse: cuando uno empujaba, el otro empujaba. Yo no podía ni respirar. La lengua se me atragantaba con la verga del flaco, los huevos me golpeaban la barbilla, y por abajo el joven me embestía tan fuerte que la cama entera se movía y golpeaba la pared.

—Ya cámbiate —le dijo el flaco al joven.

Sin dejar de metérmela, rotaron sin sacármela apenas. Ahora el joven me llenaba la boca con su verga corta y gruesa, y el flaco me la metía por el coño desde adelante, agarrándome los tobillos y abriéndome de piernas hasta doler. Cuando uno entraba por detrás el otro me llenaba la boca, y luego cambiaban sin previo aviso. Me pusieron a cuatro patas en el centro del colchón. El joven se recostó boca arriba y yo me monté encima de él con el coño empalado en su polla, y por atrás el flaco me escupió en el culo, me metió dos dedos untados de saliva y lubricante, y me la clavó también por el otro agujero. Grité con la boca abierta contra el pecho del joven, sintiendo los dos adentro al mismo tiempo, la doble penetración abriéndome entera, moviéndose alternados para que nunca dejara de sentir uno.

—Aguanta, puta, aguanta tantito más.

El plástico de los colchones crujía con cada movimiento. Me decían cosas que no repetiré aquí, aunque las recuerdo perfectamente. Me cogieron así casi una hora entera. Cuando ya no aguantaban se salieron los dos al mismo tiempo, me arrodillaron entre los dos en el piso y se acabaron sobre mi cara al mismo tiempo, disparándome semen espeso en la boca, en las mejillas, en la frente, en el pelo, mientras yo les sacaba la lengua para atrapar todo lo que podía. Me quedé de rodillas chorreando leche por el mentón, con las tetas rojas de tanto ser apretadas y el coño y el culo palpitando abiertos.

Salí de ese cuarto con el cuerpo completamente diferente al que entró: más abierta, más liviana, con la sensación de haber sido completamente usada y completamente satisfecha al mismo tiempo. El flaco me dejó su número cuando me bajaron en la gasolinera de la salida norte de Obregón.

—Si alguna vez haces esto otra vez, avísame.

—Claro —dije. Y los dos sabíamos que nunca lo haría.

Eran las 12:50 pm. Llevaba cuatro vergas en el cuerpo y todavía me faltaba camino.

***

El quinto no se parecía a ninguno de los anteriores.

Era un señor mayor, de unos 60 años, flaco, con bigote canoso perfectamente recortado y una camisa azul de vestir que parecía recién planchada. Manejaba un volteo chico y limpio, con un rosario de madera colgando del retrovisor y la radio en una estación de música norteña suave. Bajó la ventana y me miró. No con hambre, sino con algo más parecido a la curiosidad genuina de quien ve algo que no entiende del todo.

—¿Todavía te falta mucho camino, mija?

—Ya casi llego. ¿Me da un aventón al centro?

—Sube.

Me senté. La cabina olía a jabón de verdad, no a aromatizante barato. Él manejó en silencio los primeros minutos, y yo me sorprendí sin saber qué decir. Me había acostumbrado a que todo pasara rápido, a que los hombres fueran directos. Este señor no era así.

—Se te ve el cansancio en los ojos —dijo al final, sin apartar la vista de la carretera.

—Ha sido un día muy largo.

—¿Tú sabes lo que haces?

La pregunta me tomó desprevenida. No era un regaño ni un juicio. Era genuina, de alguien que quería entender en serio.

—Sí —respondí—. Lo elegí yo.

Asintió en silencio. Y entonces, sin que yo hiciera nada, puso su mano sobre la mía. Suave. Sin prisa.

Se metió por un callejón oscuro cerca del mercado municipal, apagó el motor y se giró hacia mí. Me miró como si tuviera todo el tiempo del mundo, como si no hubiera más carretera después de ese momento.

Fue la cogida más lenta de todo el día. Me desabrochó el top botón por botón, se detuvo a mirarme las tetas antes de tocarlas, y las besó una por una con los labios secos y tibios, chupándome los pezones con calma, como si los descubriera por primera vez. Me bajó el short y la tanga arrastrándolos por los muslos, y luego se arrodilló en el estrecho hueco entre los asientos, me abrió las piernas y me metió la boca entera en el coño. Me lo comió largo rato, con la lengua entrando y saliendo, chupándome el clítoris con los labios, metiéndome dos dedos flacos y curvándolos adentro hasta que me hizo venir despacio, mordiéndome yo misma la mano para no gritar. No tenía prisa por nada.

Después se sacó la verga, más delgada que las de los otros pero dura y venosa, y me la metió despacio, centímetro por centímetro, mirándome a la cara todo el tiempo. Me cogió sentado, conmigo montada de frente encima de él en el asiento del piloto, con las manos viejas sujetándome la cintura y guiándome a un ritmo pausado. No embestía: se hundía. No golpeaba: llenaba. Sus manos viejas se movían con una calma que ningún hombre joven sabe tener, recorriéndome la espalda, apretándome el culo, subiéndome por la nuca hasta el pelo. Me besaba la boca entre embestida y embestida, mordiéndome el labio de abajo, chupándome la lengua. Me vine sin gritar, temblando entera, con la frente apoyada en su hombro. Cuando él se vino, me apretó fuerte contra su pecho y se acabó adentro con un jadeo suavecito, sin sacarme la verga hasta que se le puso blanda por completo. Me abrazó contra su pecho unos segundos largos y me besó la frente con una ternura que no esperaba.

—Gracias, mi reina —murmuró.

Nunca lo voy a olvidar.

Me dejó a tres cuadras del centro a las 7:50 pm. Me quedé parada en la esquina viendo cómo el volteo se perdía entre el tráfico de la tarde.

***

Llegué a la casa a las 8:40 pm.

Me bañé largo, con agua muy caliente. Vi cómo el agua se llevaba todo: el polvo del desierto, el sudor de agosto, las marcas de manos en mis caderas, el semen seco pegado en la piel, el cansancio acumulado de doce horas de carretera libre. Me lavé el cabello dos veces, me envolví en una toalla y me senté en el borde de la cama.

El cuerpo me dolía de la mejor manera posible. El coño hinchado, los pezones sensibles, el culo palpitando, los muslos temblorosos.

Me puse el camisón negro de encaje que guardo para las noches especiales y esperé. A las 9:15 pm sonó el portón. Escuché los pasos conocidos en el pasillo, las llaves cayendo sobre la mesa de la cocina.

Cuando abrió la puerta del cuarto me encontró sentada en el borde de la cama, las piernas cruzadas, el camisón corto. Me miró en silencio durante unos segundos. Lo conozco bien. Sabe cuándo he tenido un día así. Lo lee en mi postura, en la manera en que lo miro, en el brillo particular que me queda en los ojos aunque esté exhausta.

—¿Cuántos? —preguntó.

—Cinco.

Asintió. Se quitó la camisa y la colgó en la silla. Se acercó despacio, me tomó de la barbilla y me besó con una calma que contrastaba con todo lo que había vivido durante el día. Me abrió el camisón, me miró el coño depilado y todavía hinchado del uso, y sonrió.

—Ábrete, mi amor. Déjame ver bien.

Me acostó boca arriba, me abrió las piernas y me lamió el coño despacio, saboreando lo que quedaba del día. Después se desvistió y me la metió mirándome a los ojos, cogiéndome como solo él sabe: reclamándome como suya después de haber sido de todos. Me cogió lento, profundo, hasta que me vine otra vez con las uñas clavadas en su espalda, y se acabó adentro susurrándome al oído que era suya, solo suya.

Y entonces, por primera vez en doce horas, sentí que volvía a casa de verdad.

Ese fue el día más largo y perfecto que recuerdo en la carretera. Más de 260 kilómetros, cinco vergas, y al final los brazos y la polla del único que me conoce de verdad.

La carretera libre nunca decepciona.

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Comentarios(8)

PalomitoNocturno

increible. se siente tan real que da escalofrios

Valentina_mx

Uff, que forma de contarlo... me dejo sin palabras. Espero que haya mas confesiones asi de tuyas!

RutaLibre77

Esto si es una confesion de verdad, no como las inventadas que se ven por ahi. Tremendo relato

lagarto46

Me quede con ganas de saber como termino el viaje jajaja, segunda parte por favor!!!

LuciaMar85

Me encanto como esta narrado, se te nota que lo viviste. Sigue subiendo cosas asi

AlejoCosta

Genail!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo

NightReaderX

Que atrevimiento, la verdad admiro la sinceridad con la que lo contas. Pocas personas se animan a escribir algo tan personal

MarisolB

Leido de un tirón. Me recordo a una experiencia propia que jamas contaria jaja. Muy bueno

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