Lo que nadie debía saber del traslado
El comisario Roberto Méndez dejó caer una carpeta sobre el escritorio y las miró a las dos desde el otro lado de sus gafas de montura gruesa.
—Hay un traslado para esta tarde —dijo sin preámbulos—. Ramiro Fuentes. Un científico con vínculos al crimen organizado. Lo llevan a la unidad de máxima seguridad de La Cordillera. Es un trayecto largo, rutas secundarias, sin anuncio previo.
Valeria Cortés dio un paso al frente. Llevaba el cabello rubio recogido con una firmeza que reflejaba todo lo que era como oficial.
—¿Cuál es el operativo, señor?
—Ustedes dos van en el primer móvil con el detenido. Detrás, a diez metros, irán Gonzalo y Hernán como escolta. Si entregan a Fuentes sin incidentes, las pongo a la cabeza de la lista para el grupo de operaciones especiales. ¿Aceptan?
Lorena Gómez, a su lado, asintió sin vacilar. Su piel morena brillaba bajo la luz fría de la oficina.
—Entendido, Comisario.
***
Ramiro Fuentes no parecía un criminal. Tenía los modales de un hombre acostumbrado a laboratorios y conferencias, una sonrisa calculada y unos ojos que analizaban todo antes de reaccionar. Cuando lo esposaron para el traslado, no opuso resistencia. Solo sonrió de un modo que incomodaba sin que hubiera razón concreta para ello.
—Oficiales —dijo cuando lo condujeron al patrullero—. Es un honor.
—Cierre la boca —respondió Lorena, cerrando la puerta trasera con un golpe seco.
El convoy salió de la comisaría a las cuatro de la tarde. Valeria conducía con las dos manos en el volante, los ojos fijos en el asfalto que se convertía poco a poco en una cinta gris entre campos abiertos y manchones de bosque. Lorena vigilaba a Fuentes por el espejo retrovisor. El preso miraba por la ventanilla con una serenidad que irritaba.
Diez metros atrás, en el segundo patrullero, Gonzalo conducía con una mano relajada sobre el volante. Hernán, a su lado, le mostraba algo en el celular y los dos reían. No miraban el auto de adelante.
Fuentes esperó hasta que la señal del handy empezó a flaquear. Hasta que los árboles a los costados de la ruta se volvieron más densos y las últimas casas desaparecieron del horizonte. Entonces, con un movimiento tan pequeño que pasó completamente desapercibido, sacó un cilindro metálico del interior del overol naranja.
—¿Qué tiene ahí? —ladró Lorena, girando en el asiento—. ¡Suelte eso ahora mismo!
Fuentes presionó el botón.
El silbido fue breve. El humo que llenó la cabina era de un rosa pálido, casi transparente, con un aroma dulzón que no tenía ningún paralelo en ningún protocolo policial que Valeria hubiera estudiado. Intentó abrir la ventana, pero sus dedos respondían con un retraso raro, como si el aire dentro del auto hubiera ganado peso. Lorena levantó la mano hacia su arma y descubrió que el movimiento era más lento de lo que debería ser.
—¿Qué... qué es esto? —alcanzó a decir Valeria.
El patrullero dio un volantazo. Las ruedas abandonaron el asfalto y el vehículo se internó entre la hierba alta, cruzando la banquina a toda velocidad. Las ramas golpeaban contra el chasis. Cuando los frenos respondieron a medias, el auto se detuvo en un claro junto a una laguna pequeña, rodeada de sauces y de un silencio que no parecía natural.
***
Fuentes bajó del vehículo sin apuro. Había conseguido las llaves durante el caos del desvío. Se quitó las esposas con la práctica de alguien que lo había ensayado durante semanas y se apoyó contra el costado del patrullero mientras las dos oficiales salían tosiendo, con los uniformes empapados en sudor y los ojos más brillantes de lo habitual.
—¿Qué nos diste? —dijo Lorena, apuntándole con el arma. La mano le temblaba, pero no era miedo. Era otra cosa que no quería reconocer.
—Feromonas concentradas —respondió Fuentes con una calma que resultaba obscena—. Nada tóxico. Solo un facilitador.
—¡Central, aquí Unidad 7! —intentó Valeria con el handy—. ¡Solicitamos apoyo, estamos al sur de la ruta 14, sector lagunas!
Solo estática. El bosque y la hondonada habían borrado cualquier señal.
Fuentes no se movió del lugar. Las observaba con la expresión de alguien que ya conoce el resultado de un experimento antes de ejecutarlo.
—El gas tarda unos minutos en alcanzar el pico —dijo—. Todavía están en la fase de negación.
—Cállate —dijo Lorena. Pero notó algo: el tejido del uniforme le rozaba los pezones endurecidos de un modo que antes no había registrado, y entre las piernas sentía una humedad espesa que ya le empapaba la bombacha. El calor que sentía en el pecho no tenía que ver con la temperatura de la tarde ni con el esfuerzo físico del volantazo.
Valeria bajó el handy. Parpadeó. Miró a Lorena, luego a Fuentes, con una expresión que era mitad rabia y mitad algo que no encontraba nombre.
—No siento nada —dijo, aunque su voz sonó menos convencida de lo que pretendía y las piernas se le apretaban solas, buscando fricción en el coño hinchado.
—Yo tampoco —repitió Lorena.
Era mentira. Las dos lo sabían.
***
El gas de feromonas no adormecía la voluntad de golpe. Era más sutil que eso, y más devastador: iba erosionando las capas de protocolo y disciplina, una por una, hasta que debajo no quedaba nada más que la piel, el calor y una urgencia que no encontraba forma de justificarse racionalmente.
Fue Lorena la primera en soltar el arma. No lo decidió; sus dedos simplemente abrieron y el metal cayó sobre el pasto con un sonido sordo. Se miró la mano como si le perteneciera a otra persona.
—Lorena —dijo Valeria con voz tensa—. Recogé el arma.
—Sí —respondió Lorena. Pero no lo hizo.
Fuentes se acercó despacio. No corría. No necesitaba hacerlo.
—Pueden resistirse un poco más si quieren —dijo—. Pero el cuerpo no miente. El cuerpo nunca miente.
Valeria soltó su propia arma cuando Fuentes estaba a un metro. Lo hizo mirándolo a los ojos, con una rabia que aún no había cedido del todo pero que ya no encontraba salida hacia afuera. El aire alrededor de las dos mujeres olía a ese aroma rosado que se pegaba a la ropa y a la piel y que hacía que cada roce de tela fuera insoportable.
—Saquen los uniformes —ordenó Fuentes.
***
Lo que ocurrió en el claro junto a la laguna tomó más de media hora. El sol de la tarde iluminaba el metal caliente del patrullero y el pasto húmedo alrededor, y el único testigo era el agua quieta que reflejaba el cielo sin juicio.
Fuentes las dirigía con voz tranquila, disfrutando de cada segundo de la dominación que el gas le había entregado sin ningún mérito propio. Valeria y Lorena obedecían sin entender del todo por qué lo hacían, atrapadas en un estado que no era sueño pero que tampoco era la vigilia que conocían.
Las hizo desnudarse la una a la otra, despacio, botón por botón, con la paciencia de alguien que quiere que el proceso dure. Los uniformes cayeron al pasto en capas: primero los chalecos tácticos, luego las camisas, luego los cinturones con sus cargadores y sus esposas, finalmente los pantalones de combate. Los dedos morenos de Lorena temblaban al desabrochar el corpiño de Valeria, y cuando las tetas blancas de la rubia saltaron libres, con los pezones rosados y erectos como piedras, Lorena no pudo contenerse: se inclinó y le mordió uno con la boca abierta, chupando fuerte, arrancándole a Valeria un gemido que fue lo primero que sonó a rendición. Valeria le devolvió el favor arrancándole la bombacha empapada de un tirón, y quedó a la vista el coño moreno de Lorena, con el vello negro brillando de humedad y los labios hinchados, abiertos, chorreando ya sobre la parte interna de los muslos.
Quedaron desnudas entre el bosque y la laguna, con el aroma rosado pegado a sus cuerpos y las pupilas tan dilatadas que casi no se veía el color del iris.
Fuentes las besó a las dos, alternando, reclamando las bocas con una arrogancia de hombre que cree que todo lo que toca le pertenece. Les metía la lengua hasta el fondo de la garganta, y las manos le recorrían la espalda pálida de Valeria y la cintura morena de Lorena bajando hasta los culos, apretándolos, separando los cachetes, metiendo un dedo entre las nalgas de una y después de la otra para probar el terreno.
—Chúpense entre ustedes —dijo—. Quiero verlas hechas unas putas antes de tocarlas yo.
Lorena empujó a Valeria contra el capó tibio del patrullero. La rubia cayó sentada sobre el metal, con las piernas abiertas, y Lorena se arrodilló entre ellas sin dudar más. Le agarró los muslos, se los abrió del todo, y hundió la cara en el coño rosado y afeitado de Valeria. La lengua morena de Lorena se aplastó contra el clítoris hinchado y empezó a lamer de abajo hacia arriba, largo, entero, sin apuro, comiéndoselo como si tuviera hambre atrasada de años. Valeria arqueó la espalda contra el capó caliente y gritó, agarrándole el pelo negro a Lorena con las dos manos, apretándole la cabeza contra su coño, restregándose sobre esa lengua que le entraba y le salía.
—Ay, así, así, no pares, no pares —jadeaba Valeria, y ya no sonaba a oficial de policía, sonaba a hembra en celo—. Metémela más adentro, Lorena, metémela.
Lorena obedeció. Le clavó dos dedos morenos en el coño empapado mientras seguía chupándole el clítoris, y los movía con fuerza, adentro y afuera, haciendo un ruido húmedo y obsceno que se mezclaba con los gemidos de Valeria y con el viento en los sauces. Fuentes, a un costado, se había bajado el pantalón del overol y se agarraba la verga gruesa con la mano, masturbándose despacio, mirando el show.
—Bien, oficialas, bien —murmuraba—. Enséñenme cómo se lame un coño de compañera.
Valeria se corrió gritando, apretando los muslos contra las orejas de Lorena, mojándole toda la cara. Cuando el temblor le pasó, la rubia se dejó caer del capó al pasto, jadeando, con el pecho subiendo y bajando, y le agarró a Lorena de la nuca y le limpió su propio jugo de la boca con la lengua, besándola sucia, larga, como si quisiera comérsela.
—Ahora vos —susurró Valeria.
Empujó a Lorena de espaldas al pasto y le abrió las piernas. El coño moreno de Lorena estaba tan mojado que brillaba, y Valeria se lo comió con la misma desesperación con que la habían comido a ella. Le pasó la lengua entera desde el culo hasta el clítoris, arrancándole a Lorena un aullido, y después empezó a chuparle el botoncito hinchado con los labios apretados, mientras le metía tres dedos en el coño y le buscaba el punto de adentro. Lorena se retorcía sobre el pasto, con los pezones oscuros duros y erectos apuntando al cielo, y agarraba puñados de tierra con las manos.
—Puta, puta, qué bien lo hacés —gemía Lorena—. No pares, rubia, no pares.
Fuentes se acercó por detrás de Valeria, que estaba de rodillas comiéndole el coño a Lorena con el culo pálido al aire. Le agarró las caderas con las dos manos, se escupió en la verga para lubricarla, y se la clavó a Valeria de una sola estocada, hasta el fondo. Valeria gritó contra el coño de Lorena, con la boca llena, y el grito le vibró en el clítoris a la morena, que se corrió de golpe, con las piernas temblando y los talones clavándose en la espalda de Valeria.
—Así —gruñía Fuentes, empujando con fuerza, haciendo que las tetas de Valeria se sacudieran contra el pasto—. Seguí chupándole el coño, puta, no pares aunque te folle.
Valeria no paró. Con cada empujón de Fuentes por atrás, la cara se le hundía más en el coño de Lorena, y la lengua le trabajaba sola, chupando, lamiendo, metiéndose entre los labios hinchados de la morena. La verga de Fuentes le entraba y le salía del coño con un sonido húmedo, y cada estocada le arrancaba un gemido ahogado que se perdía en el sexo de su compañera.
Las obligó a arrodillarse frente a él una al lado de la otra. Valeria y Lorena tomaron su miembro con manos que temblaban, no de miedo sino del calor químico que les quemaba las venas, y lo trabajaron con la boca en turnos que pronto se convirtieron en algo simultáneo. Lorena le engullía la punta hinchada mientras Valeria le lamía los huevos, y después se cambiaban, y la rubia se metía media verga en la garganta hasta que le lloraban los ojos, mientras la morena le chupaba las bolas hasta pintárselas de saliva. Los sonidos húmedos de la succión se mezclaban con el viento en los sauces.
—Eso es —gruñía Fuentes, con los ojos entrecerrados y las manos grandes sobre las cabezas de las dos mujeres, marcando el ritmo, hundiéndoles la verga en la boca hasta que se atragantaban—. Así, oficialitas, así se chupa un pija, así se atiende a un hombre. Junten las lenguas.
Valeria y Lorena obedecieron. Sacaron las lenguas y las juntaron alrededor de la punta de la verga de Fuentes, y él la restregó contra las dos, embadurnándoles la cara de saliva y de líquido preseminal, y después se la metió de nuevo, alternando entre una boca y la otra, follándoles la garganta a las dos.
Las tomó sobre el capó del patrullero, una después de la otra. Primero acostó a Valeria boca arriba sobre el metal caliente, le abrió las piernas hasta ponérselas contra el pecho, y le clavó la verga en el coño hasta el fondo. Le agarró las tetas con las dos manos, apretándoselas fuerte, pellizcándole los pezones rosados hasta que Valeria arqueaba la espalda contra el metal y gritaba. La follaba con fuerza, con estocadas largas y profundas, haciendo que los huevos le golpearan contra el culo de la rubia con cada envión.
—Así te gusta, ¿no, oficial? —gruñía Fuentes, mirándole a los ojos mientras se la clavaba—. Decilo. Decí que te gusta que un preso te folle el coño.
—Me gusta —jadeó Valeria, con las mejillas rojas y los ojos llorosos—. Me gusta, hijo de puta, seguí, no pares.
Lorena, de pie al lado, se masturbaba mirándolos, con dos dedos hundidos en su propio coño moreno. Fuentes se la señaló con la barbilla.
—Vení acá, negra. Sentate en la cara de tu amiga.
Lorena obedeció. Se subió al capó, se puso a horcajadas sobre la cara de Valeria mirando hacia Fuentes, y le bajó el coño empapado hasta la boca. Valeria sacó la lengua y empezó a chuparla desde abajo, mientras Fuentes seguía cogiéndola. Ahora Fuentes tenía a Lorena de frente, y aprovechó para agarrarle las tetas morenas, para apretárselas, para chuparle los pezones oscuros mientras seguía metiéndosela a Valeria. Lorena se restregaba contra la cara de la rubia, moviendo las caderas en círculos, mientras se besaba con Fuentes por encima del cuerpo de su compañera.
—Cambiá —ordenó Fuentes después de un rato.
Sacó la verga del coño de Valeria, chorreando, y dio la vuelta al patrullero. Bajó a Lorena del capó, la dobló sobre el metal boca abajo, con las tetas aplastadas contra la chapa, el culo moreno bien parado y las piernas abiertas. Le agarró una nalga con cada mano, se las abrió, y le clavó la verga en el coño hasta el fondo, de un solo golpe. Lorena aulló, con la mejilla pegada al metal caliente.
—Puta madre, qué apretada estás —gruñó Fuentes, sacándola y metiéndosela otra vez con fuerza—. Coño de policía, coño de policía apretado.
La follaba desde atrás con estocadas brutales, agarrándole del pelo negro, tirándole la cabeza hacia atrás, mientras Valeria se acomodaba debajo, boca arriba, con la cara justo a la altura del coño de Lorena. Ahora Valeria le lamía el clítoris a Lorena mientras Fuentes se la cogía por detrás, y de paso le chupaba los huevos a Fuentes cada vez que sacaba la verga. Era una cadena de piel y fluidos y gemidos que resonaba en la laguna como si el bosque entero escuchara.
—¿Quién manda ahora? —preguntó Fuentes en algún momento, con una sonrisa que no era de placer sino de triunfo, empujando con más fuerza—. Decilo, negra. ¿Quién te manda?
—Vos —jadeó Lorena contra el capó, con la baba cayéndole—. Vos mandás.
—¿Y vos, rubia?
—Vos —respondió Valeria desde abajo, con la boca llena del coño de su compañera.
Ninguna de las dos se reconocía. Estaban demasiado adentro del trance. Fuentes las dio vuelta a las dos, las puso una al lado de la otra sobre el capó, boca arriba, con las piernas colgando y los coños chorreando. Se paró entre ellas y empezó a alternar: dos estocadas en el coño de Valeria, dos en el de Lorena, dos y dos, sin darles descanso. Ellas se agarraban de la mano y se besaban entre gemido y gemido, con las lenguas afuera, sin saber ya qué eran ni de quién eran.
Fuentes se corrió sobre las dos, sacando la verga en el último momento y descargándose en chorros gruesos sobre las tetas y las caras de las oficiales. El semen caliente les caía en los labios entreabiertos, en los pezones erectos, entre las tetas apretadas una contra la otra. Ellas, todavía en trance, se lamieron las gotas de la cara con la punta de la lengua, y después se besaron para pasárselo de una boca a la otra.
***
El gas tiene un límite. Todo lo tiene.
Lorena fue la primera en sentir el cambio. Fue gradual, como cuando el cuerpo empieza a metabolizar el alcohol y la lucidez regresa en capas. Primero recuperó la noción del lugar: el pasto húmedo bajo sus rodillas, el olor a pino, el metal tibio del patrullero a su espalda. Luego recuperó la noción de quién era.
Vio a Fuentes a un metro, jadeando, distraído por su propio clímax reciente, con la verga todavía afuera y goteando. Miró el suelo a su alrededor. Sus ojos dieron con una piedra del tamaño de su puño.
No pensó. Actuó.
El golpe fue seco y preciso. Fuentes cayó de costado sobre el pasto, con la sien ensangrentada y los ojos en blanco.
—¡Lorena! —Valeria sacudió la cabeza, parpadeando, mirándose las tetas manchadas de semen, mirando a su alrededor como quien sale de un sueño malo—. ¿Qué pasó? ¿Qué...?
Se miró las manos. Se miró el cuerpo desnudo en medio del campo, con los muslos pegoteados de sus propios flujos y de la corrida de Fuentes. El horror llegó exactamente al mismo tiempo que la lucidez.
—Fue el gas —dijo Lorena con una voz que no temblaba, aunque le costaba mantenerla firme—. Nos drogó. No fuimos nosotras, Valeria. No fuimos nosotras.
Se vistieron en silencio, con una eficiencia mecánica que era la única forma de no derrumbarse. Se limpiaron con lo que encontraron: un trapo del baúl del patrullero, agua de la laguna. Se pasaron el trapo entre las piernas, por la cara, por las tetas, borrando cada rastro. Arrastraron el cuerpo inconsciente de Fuentes hasta el asiento trasero del patrullero, lo vistieron a medias y le pusieron las esposas con una presión que dejaba claras las intenciones. Recogieron todos los equipos del pasto, cada cargador, cada esposa, cada bota. No dejaron nada.
Cuando la sirena del segundo móvil rasgó el aire y las luces azules y rojas aparecieron entre los arbustos, las dos oficiales estaban de pie junto al patrullero, uniformadas, con los brazos cruzados.
—¿Están bien? —gritó Gonzalo bajando del auto con el arma desenfundada—. ¡Las buscamos por todos lados, qué pasó!
—Estamos bien —dijo Valeria—. El detenido tenía un dispositivo escondido. Gas irritante para intentar escaparse. Nos desorientó unos minutos, pero lo redujimos.
Hernán miró a Fuentes, que yacía inconsciente en el asiento trasero con un corte oscuro en la sien.
—Se resistió bastante —observó.
—Bastante —confirmó Lorena, sin cambiar la expresión.
***
Entregaron a Fuentes en el Penal de La Cordillera con toda la documentación en regla. Firmaron las actas. Respondieron las preguntas del jefe de turno con la misma frialdad con que se firma un formulario de inventario. Cuando salieron al patio exterior de la cárcel, el sol ya se había ido y el aire de la noche tenía el olor limpio del campo abierto.
Fuentes recuperó la conciencia durante el trayecto final y se asomó a la rejilla con una sonrisa cínica.
—Qué bien la pasamos, ¿no, chicas? —susurró—. Las advertí que íbamos a divertirnos.
—Cerrá la boca —dijo Lorena sin mirarlo, con los nudillos blancos sobre el volante—. Sos un convicto. Nadie te va a creer. Y si abrís esa boca en el penal, decimos que intentaste fugarte y que el golpe en la cabeza fue legítima defensa. Elegí.
Fuentes no dijo nada más.
Gonzalo le dio una palmada en el hombro a Valeria antes de separarse en el estacionamiento del penal.
—Operativo impecable. Ese tipo es peligroso y lo entregaron sin un rasguño. Ustedes sí que saben cómo se hace esto.
—Gracias —dijo Valeria.
En el patrullero de regreso, con Lorena al volante y la ruta oscura extendiéndose delante de ellas, estuvieron un buen rato sin hablar. El silencio entre ellas era distinto al silencio profesional de la ida. Era más pesado. Más honesto.
—Nadie puede enterarse —dijo Lorena al fin.
—Lo sé.
—No fuimos nosotras, Valeria. Fue el gas. Fue él.
—Lo sé —repitió Valeria. Y después, en voz más baja—: Pero yo estaba ahí.
Lorena apretó el volante. El asfalto pasaba bajo las ruedas con un murmullo constante, igual que siempre, como si la tarde entera hubiera sido un paréntesis que el mundo no había registrado.
—Las dos estábamos ahí —dijo Lorena—. Y las dos salimos.
No hubo más palabras hasta llegar a la ciudad. La laguna quedó atrás, en algún punto entre la ruta 14 y el bosque oscuro, guardando un secreto que ninguna de las dos volvería a pronunciar en voz alta. Fuentes estaba detrás de los barrotes del Penal de La Cordillera. Ellas conducían de regreso a sus vidas.
El comisario Méndez las recibió en la jefatura con una sonrisa de satisfacción y les extendió la mano.
—Excelente trabajo —dijo—. Sabía que eran las indicadas. Tienen el resto del día libre, se lo ganaron.
Valeria y Lorena se miraron por un segundo. Un pacto de sangre y silencio se selló en esa mirada.
—Gracias, señor —dijeron al mismo tiempo.
Caminaron hacia la salida, dejando atrás el edificio de piedra y ley. Afuera, el mismo sol que horas antes las había visto rendirse al instinto ya no estaba. Solo quedaba la noche, limpia y fría, y la certeza de que algunas tardes se guardan para siempre en los lugares donde nadie más puede encontrarlas.
Si este relato te dejó con ganas y estás en Buenos Aires, conocé acompañantes en Microcentro.