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Relatos Ardientes

Fingí dormir mientras mi hermana y él no paraban

La cabaña de montaña era demasiado pequeña para tres adultos. Natalia lo sabía cuando la reservó, Rodrigo lo supo al cargar las maletas desde el coche, y yo lo comprendí en el momento en que vi que el sofá cama de mi hermana quedaba separado del nuestro por apenas tres metros y una lámpara de pie sin pantalla. Pero nadie dijo nada. Llevábamos meses planificando ese puente y cancelar no era una opción.

Cenamos demasiado, bebimos lo suficiente. A las doce y media, Rodrigo bostezó y dijo que se iba a la cama. Natalia dijo que se quedaba leyendo un rato. Yo los miré a los dos en ese orden, primero a él y luego a ella, y no dije nada.

Tardé en dormirme. La cama era nueva, el colchón demasiado firme, y el silencio de la sierra tiene una densidad distinta al de la ciudad. Pero al final el cansancio ganó y me perdí.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que lo oyera.

Primero fue un susurro. Tan leve que lo confundí con el viento entre los pinos. Pero el viento no dice palabras, y lo que escuché tenía la forma de una sílaba contenida, de alguien que intenta no hacer ruido y fracasa. Luego el crujido de los muelles a mi lado: Rodrigo incorporándose despacio, con cuidado.

No abrí los ojos.

Hubo un silencio breve y tenso. Después él le hizo un gesto para que callara —oí el sonido, ese «sshh» contenido que reconocería en cualquier parte— y los pasos de ambos se movieron hacia el otro extremo de la habitación. El crujido suave del sofá cuando alguien se sentó en él.

Están juntos en el sofá. A tres metros de mí.

Respiré hondo y no me moví. Quería saber hasta dónde eran capaces de llegar.

Al principio no escuché nada definido. Solo respiraciones aceleradas y el roce de la tela. Luego un sonido húmedo, breve, que se repitió. Y supe qué era. Se estaban besando. Despacio al principio, como si midieran el peligro. Luego ya no midieron nada.

Me moví. Solo un poco, como haría alguien que duerme y cambia de postura. El sonido se detuvo un instante. Pero yo seguí fingiendo que dormía, y ellos siguieron besándose.

—Dámela —dijo Natalia. Tan bajo que casi no lo capté.

No pude ver qué estaban haciendo con las manos. Lo que sí supe, por el ritmo de la respiración de Rodrigo, es que ella lo estaba tocando. Y que él la tenía cogida por algún lugar que la hacía gemir con la boca cerrada, un sonido que ella aplastaba contra sus labios antes de que llegara a tomar forma.

El sonido de sus cuerpos era obsceno y preciso. No podía verlos —tenía la espalda hacia ellos—, pero cada detalle llegaba con una claridad que me resultaba insoportable por razones que no quería examinar demasiado de cerca. El chapoteo suave. Los jadeos contenidos. La voz de mi hermana pidiéndole cosas en susurros que Rodrigo satisfacía sin palabras.

No voy a abrir los ojos. No voy a abrirlos.

Luego se levantaron y entraron al baño. Oí correr el agua un momento. Después el golpe sordo de algo —de alguien— contra los azulejos. Y los ruidos que vinieron después no dejaban lugar a interpretación: el ritmo, la cadencia, el gemido que mi hermana intentó contener y no pudo del todo.

Me quedé inmóvil con los ojos cerrados y el corazón golpeándome el pecho desde dentro.

***

Cuando volvieron a la habitación, algo había cambiado. Ya no caminaban con cuidado. O habían olvidado que yo seguía ahí, o habían decidido que ya no importaba. Rodrigo llevaba a Natalia cogida del cuello por detrás, y los dos llegaron al sofá sin soltarse, sin separarse, moviéndose como un solo cuerpo torpe y urgente.

Oí cómo él la tumbaba. Cómo ella abría las piernas. Cómo él se echaba encima sin ningún preámbulo.

Y entonces, sin poder evitarlo, entreabrí los ojos.

La luz era mínima —solo lo que se filtraba por la persiana desde el exterior— pero suficiente para distinguir las formas. Mi hermana estaba tumbada de espaldas con las piernas abiertas y Rodrigo encima, moviéndose. Sus bocas se buscaban sin parar, lentas y desesperadas a la vez. Natalia gemía con la boca pegada a la de él, ahogando el sonido contra su lengua.

Volví a cerrar los ojos. No del todo.

—Fóllame bien —le dijo ella, y yo reconocí esa voz. Era la voz que Natalia usaba cuando quería algo de verdad y no pensaba disimularlo. La había escuchado antes, en otras circunstancias, a través de paredes.

—Calla —dijo él. Y siguió.

Rodrigo empujaba con una cadencia regular y profunda, y cada embestida hacía que mi hermana emitiera un sonido ahogado que él silenciaba metiéndole la lengua en la boca. El crujido del sofá se sumó al de ellos. Todo era demasiado cercano, demasiado real, demasiado presente para poder ignorarlo aunque hubiera querido.

Y yo no quería ignorarlo. Eso era el problema.

En algún momento él le susurró algo al oído. Natalia negó con la cabeza, pero él insistió. La cogió por las caderas y la reposicionó. Entendí lo que iba a hacer justo cuando lo hizo: entró más despacio, con más cuidado que antes, y el sonido de ella cambió de tono, se volvió más grave, más tensa.

—Rodrigo… —dijo, medio queja, medio súplica.

Él no respondió. Siguió empujando.

Los oía a apenas tres metros. El olor de los dos llenaba la habitación. Sentía calor en la cara y en el cuello y en otros sitios que intenté ignorar con escaso éxito. Cada vez que ella gemía reconocía algo en ese sonido que me revolvía el estómago hacia abajo.

***

Lo que vino después no lo anticipé.

Oí pasos sobre la moqueta. El peso de dos cuerpos moviéndose juntos hacia donde yo estaba. Rodrigo la llevaba cogida por detrás, sin separarse de ella, caminando los dos como un solo organismo hasta que el borde del colchón les cortó el paso.

Él la dobló sobre la cama.

La cara de Natalia quedó a centímetros de mis pies. Noté su aliento en mis tobillos. Sentí el calor de su cuerpo y el movimiento del colchón cuando Rodrigo apoyó las rodillas en él para no perder el ritmo. En la pared lateral había un espejo y lo que vi en él me apretó el estómago: mi hermana doblada sobre el borde de la cama, él detrás sujetándola por las caderas, metiéndosela hasta el fondo y sacándosela casi entera para volvérsela a clavar. La cara de Natalia aplastada contra la colcha. Sus manos buscando algo a lo que aferrarse.

Sus dedos encontraron mi tobillo.

No me retiré.

Rodrigo gruñó. Empujó más fuerte. Ella gimió contra la tela del colchón y su agarre en mi tobillo se tensó. Noté cada sacudida de su cuerpo a través de los dedos de mi hermana en mi pierna, como si el placer de ella me llegara filtrado por esa pequeña presión. Era una sensación absurda y directa que no supe cómo clasificar.

—Cállate —volvió a decirle él, y le tapó la boca con la palma de la mano.

Ella siguió gimiendo igual. Solo que ahora el sonido era sordo, aplastado.

Rodrigo cambió de ángulo, salió un momento y la reposicionó: la subió más sobre la cama, le puso un cojín bajo el vientre para elevarle las caderas, y volvió a entrar. Natalia se corrió casi inmediatamente, con un sonido que intentó contener y no pudo del todo. Sus piernas temblaron. Su cara se hundió en el colchón. Sus dedos, en mi tobillo, me apretaron con una fuerza que dolió un poco.

Me gusta que duela.

Él no paró. La siguió follando mientras ella salía del orgasmo y entraba en el siguiente, sin dejarle tiempo para recuperarse. Natalia balbuceaba cosas sin sentido. Rodrigo respondía con gruñidos graves y breves, y sus caderas seguían percutiendo contra el culo de mi hermana con una violencia metódica que yo reconocí muy bien porque me la había dado a mí muchas veces.

Eso fue lo que más me costó digerir de toda la noche.

***

En algún momento, él dejó de mirar a Natalia.

Me di cuenta porque sentí su mano. No en mi hermana: en mí. En mi cara. Me giró con una suavidad deliberada, como si me moviera mientras dormía, como si fuera un gesto casual. Su boca encontró la mía y me besó despacio, con la lengua, mientras yo mantenía los labios quietos y los ojos cerrados.

Sabe que estoy despierta. Sabe que llevo horas despierta.

Natalia se incorporó un poco. Sentí su boca también, en mi hombro primero, luego subiendo por mi cuello. Rodrigo seguía besándome. Ella me besó la mejilla. Los dos olían a sudor y a algo animal que no supe describir con palabras más precisas que eso.

No respondí con la boca. No moví los labios. Dejé que me besaran como si siguiera durmiendo.

Pero no aparté la cara. Dejé que lo hicieran.

Rodrigo volvió con mi hermana. La empujó de espaldas contra las almohadas, a mi lado, y la penetró de frente esta vez. Ella rodeó sus caderas con las piernas y yo sentí el movimiento de la cama en todo mi cuerpo: en la espalda, en los muslos, en el hueso de las caderas. El muslo de Natalia estaba pegado al mío y el calor de su piel era idéntico al mío.

—Rodrigo —susurró ella—. Así. No pares.

—Calla, te digo.

Él la follaba con embestidas lentas y completas ahora, sacándosela entera y hundiéndosela de golpe. Natalia gemía en silencio, con la boca abierta y los ojos cerrados, y yo notaba cada impulso en mi propio cuerpo como si la cama transmitiera algo en código morse que solo yo podía descifrar.

Me corrí sin tocarme. Sin moverme. Sin abrir los ojos del todo.

Un orgasmo sordo y profundo que empezó en algún sitio cercano al estómago y se extendió hacia abajo mientras Rodrigo le decía a mi hermana cosas en voz muy baja y ella respondía con sonidos que reconocí porque son exactamente los mismos que hago yo.

Él se corrió dentro de ella. Lo supe por el gruñido contenido y por cómo las embestidas cambiaron de ritmo: más lentas, más profundas, aplastándola contra el colchón con cada pulso hasta que el movimiento fue menguando y el único sonido que quedó en la habitación fue el de tres personas respirando.

Hubo silencio durante un buen rato.

Luego respiraciones. Luego más silencio.

***

Abrí los ojos cuando supe que los dos me estaban mirando.

Rodrigo seguía con las rodillas en la cama. Natalia tenía las piernas abiertas y los ojos húmedos y una sonrisa que conozco desde que éramos niñas. Me miró como se mira a alguien a quien acabas de pillar haciendo trampa en un juego en el que tú también ibas haciendo trampa todo el tiempo.

—¿Lo hice bien? —preguntó.

Tardé en responder. Miré a Rodrigo. Él no dijo nada. Esperaba con esa calma suya que siempre me había resultado más irritante que tranquilizadora.

—Sí —dije al final, con la voz un poco ronca—. Lo hiciste bien.

Natalia sonrió más. Se giró hacia Rodrigo y le susurró algo al oído que no alcancé a escuchar. Él asintió despacio.

Yo cerré los ojos de nuevo. Esta vez porque quise. Esta vez sabiendo perfectamente que no iba a poder fingir que dormía mucho más rato.

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Comentarios (7)

Nico_pba

tremendo relato!!! me quede sin palabras

CelesteMGC

La tension desde el primer parrafo es perfecta, se siente real. Se hizo cortisimo, quiero mas

Mariana_ok

Por favor una segunda parte, no puede quedar asi. Necesito saber como siguio todo despues

DiegoMR

jajaja el titulo me atrajo y definitivamente no me decepciono. De lo mejor que lei aca en mucho tiempo

tinta_y_morbo

Me recordo a una situacion parecida que viví hace años. Los nervios de fingir que dormis... brutal, lo captaste perfecto

Tomas_2k

y despues? nunca mas se hablo del tema en casa? eso es lo que me mata, quiero saber como siguio

fede_lector

Buenisimo. Esa mezcla de culpa y morbo que describe es muy real, me senti identificado jaja

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