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Relatos Ardientes

La apuesta que perdió mi marido aquella noche

La apuesta había empezado como un juego de naipes sin consecuencias. Tres semanas antes, una noche de vino tinto y risas en nuestro apartamento, Rodrigo y yo nos inventábamos reglas sobre la marcha hasta que a uno de los dos —no recuerdo bien a cuál— se le ocurrió aquella: el perdedor tendría que cumplir la fantasía más secreta del otro, sin reservas ni preguntas. Sin límites negociados a posteriori.

Rodrigo perdió con cuatro cartas pésimas y una cara de póker que no engañaba a nadie.

Y él sabía exactamente qué significaba eso.

Llevábamos meses hablando de ello en la oscuridad, en esa conversación susurrada que tienen las parejas cuando ya no queda nada por ocultar. La idea de que otro hombre me tocara mientras él miraba. Verme así, desde fuera, desatada y entregada por completo. Rodrigo me lo había confesado una noche sin que yo se lo preguntara: que la idea lo encendía y lo ponía mal a partes iguales, que no sabía si era capaz, que necesitaba que fuera real para averiguarlo.

La apuesta fue la forma que encontramos de cruzar esa línea juntos.

Durante los días siguientes lo vi moverse en secreto: llamadas que cortaba cuando yo entraba a la habitación, reservas que hacía desde el baño con la ducha abierta para tapar el sonido. Una noche me dijo, sin darle demasiada importancia: «El viernes. Cena especial para celebrar que ganaste.» Yo fingí creerle y no pregunté nada. Pero mi cuerpo llevaba días en tensión, esa clase de tensión que no es ansiedad sino anticipación, y que se instala justo entre las costillas y no se va.

El viernes por la tarde me preparé despacio.

Me duché con agua muy caliente, sin prisa, dejando que el vapor llenara el baño. Me apliqué el aceite corporal con aroma a jazmín que Rodrigo buscaba con los ojos cerrados cuando lo olía en mi piel. Luego me puse la lencería que él mismo había elegido meses atrás en una tienda del centro: un body de encaje negro que dejaba adivinar todo, una tanga fina que desaparecía en las caderas, ligueros oscuros con medias semitransparentes hasta medio muslo y los tacones de aguja que solo me pongo en las ocasiones que importan.

Me maquillé frente al espejo del baño. Labios rojos. Eyeliner preciso. Sombra oscura que afilaba la mirada hasta hacerla casi incómoda.

Cuando salí al salón, Rodrigo estaba de pie apoyado en el marco de la puerta. Me observó en silencio durante casi un minuto entero, los ojos recorriendo cada detalle sin prisa, sin decir nada. Fue una de las miradas más intensas que me ha dedicado en todos los años que llevamos juntos.

—Estás perfecta —dijo al fin, con una voz que no era la suya de todos los días—. Esta noche voy a cumplirte lo que te prometí. Otro hombre te va a tener delante de mí. Yo voy a mirar y a dirigir. ¿Estás segura de que quieres esto?

Asentí. La garganta me pesaba de anticipación.

Me puso una venda de seda negra en los ojos antes de salir del apartamento. No era estrictamente necesaria, pero entendí que formaba parte del ritual que había diseñado. Caminé de su mano por el pasillo, escuché el ascensor, sentí el aire frío de la calle durante unos segundos y luego el calor del interior del coche. Llegamos en veinte minutos a algún lugar del centro de la ciudad.

Cuando me quitó la venda, ya estábamos frente a la puerta de una suite.

***

El cuarto era amplio y estaba en penumbra. Velas de sándalo sobre las mesas laterales, la cama enorme al fondo con la ropa de cama perfectamente estirada, un sofá de terciopelo oscuro frente a un sillón individual de cuero. En la mesita auxiliar había champán en hielo, dos copas de cristal ya servidas y algunas cosas más que preferí no mirar directamente todavía.

La música llenaba el aire: un ritmo lento con mucho bajo que se sentía más en el pecho que en los oídos. Las cortinas estaban entreabiertas, y las luces de la ciudad brillaban al otro lado del ventanal como testigos lejanos e indiferentes.

Marcos estaba de pie junto al sofá.

Rodrigo lo había buscado durante semanas con una discreción que yo había fingido no notar. Era alto, de unos treinta y cinco años, piel morena y oscura, brazos anchos bajo una camisa negra remangada hasta los codos. Llevaba el pelo corto y una expresión tranquila, sin urgencia, de alguien que sabe exactamente por qué está ahí y no necesita demostrarlo.

Me miró cuando entré. No apartó los ojos. Hizo ese recorrido lento, de arriba abajo, que en otra circunstancia habría resultado descortés y que aquí era exactamente lo que debía ser.

—Mi mujer ganó una apuesta —dijo Rodrigo, cerrando la puerta con llave—. Marcos, puedes empezar cuando quieras.

Se sentó en el sillón de cuero, cruzó los brazos sobre el pecho y esperó.

Marcos tardó tres segundos en cruzar la distancia que nos separaba. Sus manos llegaron a mis caderas sin titubear, con el peso firme de alguien que no pregunta dos veces. Me besó el cuello despacio, bajando por la curva hasta el hombro, y sentí el calor de sus labios a través del aroma a jazmín que todavía me cubría la piel. Mis dedos encontraron el respaldo del sofá para no perder el equilibrio.

Esto está pasando de verdad.

Me sentó sobre él en el sofá, de espaldas a su cuerpo, exactamente como Rodrigo había especificado para tener visión completa de mi cara. Sentí la presión de su erección contra la tanga antes de que me la apartara a un lado con dos dedos. Entró despacio al principio, dejándome tiempo para acostumbrarme, y luego en un solo empuje profundo y certero que me arrancó un sonido que no había planeado hacer.

Era grueso. Me llenó de una manera diferente, nueva, que me hizo cerrar los ojos y aferrarme a sus muslos con las manos.

—Mírame —dijo Rodrigo desde el sillón.

Abrí los ojos. Mi marido estaba a tres metros, perfectamente quieto, las manos apoyadas en los reposabrazos y la respiración algo más corta que de costumbre. Esa imagen concreta —Rodrigo mirando mientras Marcos me tenía dentro— fue lo que terminó de encenderme del todo.

Empecé a moverme.

Las caderas subían y bajaban con ritmo propio, buscando el ángulo que necesitaba. Marcos me sujetó de la cintura y empujó hacia arriba para encontrarse conmigo en cada descenso, y el impacto de esas dos fuerzas opuestas me envió una descarga directa a la columna. Mis pezones rozaban el encaje por dentro en cada movimiento. El ritmo se fue acelerando solo, sin que nadie lo pidiera.

—Más —dije, y no supe bien a quién se lo pedía.

Marcos metió una mano entre mis piernas y encontró el sitio exacto sin que yo tuviera que guiarle. La combinación de sus dedos y el movimiento de sus caderas me llevó al borde en pocos minutos. Me corrí con los ojos fijos en Rodrigo, el cuerpo convulsionando encima de un hombre que no era mi marido, mientras mi marido me miraba sin apartar la vista.

Fue la cosa más íntima que habíamos hecho nunca.

***

Marcos me giró sin salir de mí. Ahora estaba a cuatro patas sobre el sofá, y él se recolocó detrás con las manos en mis caderas. Las embestidas que siguieron fueron diferentes: más directas, más largas, con un ritmo que no dejaba espacio para pensar. Cada golpe me desplazaba hacia adelante sobre el terciopelo y tenía que apoyarme en los cojines para mantener la postura. Me tiró del pelo con una mano, despacio pero sin dudas. Me puse rígida de placer.

Rodrigo se había levantado del sillón sin hacer ruido. Estaba de pie a un lado del sofá, cerca, mirándome directamente a la cara.

—Dime qué sientes —dijo en voz baja.

—Que se nota diferente —respondí, la voz cortada entre dos golpes—. Que me abre de otra manera. Que me gusta que lo estés viendo.

Marcos aceleró. Yo hundí la cara en los cojines y grité contra el terciopelo. El segundo orgasmo fue más largo que el primero, con réplicas que duraron varios segundos, haciendo que mis brazos temblaran y que casi perdiera el equilibrio sobre el sofá.

Rodrigo puso una mano en mi pelo, suave, mientras yo me recuperaba.

—Estás increíble —susurró. No era un cumplido. Era una constatación.

***

Descansamos diez minutos. Rodrigo abrió el champán y sirvió tres copas. Marcos bebió apoyado en la pared, en silencio, con esa calma de alguien que tiene claro su papel y no necesita llenarlo de palabras. Yo estaba sentada en el borde de la cama, los tacones todavía puestos, el body medio descolocado, la mente en ese estado que no es ni euforia ni calma sino las dos cosas flotando a la vez.

Rodrigo se sentó a mi lado. Me pasó el brazo por los hombros, me besó la sien.

—¿Cómo estás? —preguntó en voz baja.

—Muy bien. —Lo miré—. ¿Y tú?

Sonrió con una expresión que no le había visto antes, mezcla de orgullo y algo que no sabría nombrar exactamente.

—Mejor de lo que pensaba —dijo.

—¿Seguimos? —pregunté.

—Si quieres.

—Sí.

***

Me tumbé boca arriba en la cama. Marcos se colocó encima y entró en misionero, lento al principio, controlando el ritmo, sin prisa. Su peso sobre mí era sólido y distinto al de Rodrigo. Me sujetaba las muñecas contra la almohada con una mano; con la otra me sostenía la cadera para controlar el ángulo de penetración.

Rodrigo se sentó en el borde de la cama, muy cerca de mi cara. Me acariciaba el pelo mientras yo me arqueaba debajo de Marcos, mientras gemía contra el cuello de otro hombre, mientras miraba a mi marido a los ojos y lo veía mirarme a mí.

—Pídele que se corra dentro —dijo Rodrigo en voz baja, como si me contara un secreto que solo era para mí.

Lo miré. Sus ojos estaban fijos en los míos, oscuros, completamente presentes.

—Quiero sentirte —le dije a Marcos sin apartar la vista de mi marido—. Córrete dentro.

Marcos gruñó y se hundió hasta el fondo una última vez. Sentí cada contracción, el calor, y luego el peso de su cuerpo desplomándose sobre el mío antes de rodar a un lado. Me quedé quieta mirando el techo. El corazón me latía en sitios que no sabía que podía sentir.

Rodrigo me besó la sien. Luego la mejilla. Luego los labios, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

***

Cuando Marcos se vistió y cerró la puerta detrás de él con un gesto discreto, el cuarto quedó en silencio. Solo quedaban las velas, que habían bajado un par de centímetros durante la noche, y la música, que seguía sonando.

Rodrigo me llevó al baño. Me metí bajo el agua sin quitarme los tacones, y fue él quien me los sacó después, agachándose en la ducha sin importarle mojarse los pantalones. Me lavó el pelo con una lentitud que parecía deliberada, como si necesitara tomarse ese tiempo para procesar todo lo que habíamos cruzado juntos esa noche.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Muy bien.

—¿Segura?

—Rodrigo.

—¿Qué?

—Estoy muy bien.

Me besó en la frente con los labios húmedos. El agua seguía cayendo.

Cuando salimos de la ducha, me envolvió en una toalla enorme y me llevó hasta la cama. Nos tumbamos en silencio, yo con la cabeza en su pecho y él con una mano en mi pelo, escuchando la ciudad al otro lado de las cortinas.

—Perdí la apuesta —dijo al final.

—Ya lo sé.

—Pero valió la pena.

—Para los dos.

Sentí su risa antes de escucharla, una vibración en el pecho que me llegó a través de la mejilla. Afuera la ciudad seguía brillando, completamente ajena a lo que acababa de pasar en esa suite. Dentro, el olor a sándalo se mezclaba con el vapor de la ducha y con algo que no tenía nombre concreto pero que reconocí de inmediato: la sensación de haber cruzado una línea juntos sin soltarnos de la mano.

—La próxima vez gano yo —dijo Rodrigo.

—Inténtalo —respondí.

Me quedé dormida antes de que volviera a hablar, con su mano todavía en mi pelo y la mente flotando en esa mezcla extraña y deliciosa de complicidad, excitación y una intimidad que no habría sabido explicar antes de esta noche.

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Comentarios (7)

Romi_BA

que relato tan buenisimo!!! me encanto de principio a fin

Fer_2024

Lo lei dos veces seguidas. Espero que haya segunda parte con lo que paso despues en la suite

CuriosaTotal88

Como reaccionaste cuando abriste esa puerta y lo viste ahi? fue lo que imaginabas o te sorprendio mas de lo esperado?

PatricioV

Lo que me gusta es que no se siente forzado para nada, todo fluye muy natural. Eso es dificil de encontrar. Felicitaciones

caos2001

jajaja la apuesta la perdio el pero en el fondo ganaron todos no? tremendo final

Charo_Mdq

Me dejo con ganas de mas, se hizo muy corto :( Segui escribiendo por favor que tenes un estilo muy bueno

LauraK

Me recordo a una conversacion que tuve con mi pareja hace un tiempo... algun dia quizas. Gracias por compartir esto

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