El vecino nos miraba desde su azotea
La ventana de nuestra habitación daba justo a su azotea. Aquella noche entendí que la idea de que nos mirara me excitaba más de lo que jamás admitiría.
La ventana de nuestra habitación daba justo a su azotea. Aquella noche entendí que la idea de que nos mirara me excitaba más de lo que jamás admitiría.
No nos conocías de nada, pero pasaste toda la tarde con la mano dentro del bañador, mirándonos jugar. Y nosotras lo sabíamos desde el principio.
Marqué su número cuando calculé que ya la tendría debajo. Quería oírla gemir mientras otro hombre la cobraba sin saber que yo era cómplice del plan.
La sala estaba casi vacía. Mi marido se levantó a por las bebidas y, antes de salir, me había subido la falda y el jersey lo justo para que su amigo no pudiera apartar la mirada.
Tardé meses en confesarle que escuchar a los vecinos me ponía. Lo que no imaginé fue que ella terminaría grabándose para mí.
La dueña sonrió antes de cerrar la puerta con llave y susurró que del otro lado del espejo podía haber otra mujer mirándolo todo.
A la mitad del viaje, mirando coches que pasaban a oscuras, se me ocurrió algo que no podía hacer en ningún otro lugar del mundo. Ni allí, en realidad.
La puerta estaba entornada y por la rendija vi lo que él le hacía a ella sobre el petate. Yo era la maestra del pueblo. Yo no debía mirar. Tampoco debía tocarme.
Cuando me arrancó la toalla en el porche y los vecinos pararon de cenar para mirarme, entendí que aquel verano iba a ser muy distinto al que yo había imaginado.
Esa noche fingí que me iba con amigos. Volví a escondidas, me encerré en mi cuarto y encendí el monitor. Solo entonces empezó el verdadero espectáculo.
Llevábamos meses fantaseando con verla en pantalla, pero ninguno imaginó que el chico tras el objetivo dejaría la cámara para meterse en la cama con nosotros.
Detrás de las gafas oscuras nadie sabe hacia dónde mira un hombre, y esa tarde de julio él decidió mirar mucho más allá de la línea de la sombrilla.
Salí a fumar a oscuras y lo vi: agazapado tras la palmera, con la mirada clavada en la ventana donde ella se desvestía sin saber que la miraban dos.
Llevábamos horas tomando cerveza alrededor de la pileta. Cuando entré a la casa buscando hielo, los gemidos venían de adentro y no eran de ella sola.
Cada vez que entro a un probador, dejo la cortina apenas abierta. La que mira al otro lado nunca se entera de que la estoy buscando. Y casi siempre alguna acepta el juego.
Le dio una nalgada cuando ella pasó por su lado. Una hora después, fui yo quien le pidió que la cuidara mientras yo desaparecía entre los coches.
Las camas chirriaban en sincronía. Si ella gemía, mi novia gritaba más. Era una competencia silenciosa entre cuatro personas separadas por unos centímetros de tabique.
Apreté las sábanas debajo de mí, fingiendo dormir, sabiendo que su mirada recorría mi cuerpo desde el otro lado de la puerta. Esta noche no iba a esconderme.
Le rogaba al guardia que la dejara colarse a ver el desmadre del jacuzzi. Cuando le ofrecimos una solución, no imaginó que terminaría desnuda y arrodillada delante de los dos.
El autobús estaba lleno hasta reventar cuando sentí su mirada. Y después su mano, justo donde nadie podría notarlo si yo no quería que lo notaran.