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Relatos Ardientes

El trío en el baño del bar no estaba en nuestros planes

Tres días antes, en la playa, habíamos conocido a Mateo. Un encuentro casual que empezó con una conversación sobre tablas de surf y terminó con su mano en la cintura de Lucía mientras los tres compartíamos un helado al atardecer. No pasó nada más esa tarde, pero cuando volvimos al apartamento, Lucía y yo follamos con una intensidad que no habíamos tenido en meses. Los dos sabíamos por qué, aunque ninguno lo dijo en voz alta.

El sábado, cuando ella me propuso quedar con él para tomar algo, asentí como si fuera un plan cualquiera. Metí tres preservativos en el bolsillo de mi chaqueta antes de salir. Lucía se puso una falda negra que le llegaba a medio muslo y un top que dejaba adivinar que no llevaba sujetador. Cuando la vi salir del baño así vestida, supe que aquella noche no era una cita social.

—¿Estás seguro? —me preguntó, apoyada en el marco de la puerta.

—Estoy seguro —respondí.

No lo estaba del todo, pero el deseo pesaba más que la duda.

***

El bar se llamaba Almacén y estaba en una calle lateral del centro. Luces bajas, música electrónica a un volumen que permitía hablar sin gritar, sillones de terciopelo oscuro y una barra de cobre donde la gente se acodaba con poses estudiadas. Era el tipo de sitio donde todo el mundo parece estar esperando que pase algo.

Mateo ya estaba sentado en una mesa del fondo cuando llegamos. Cuarenta y tantos años, pelo entrecano, mandíbula ancha. Argentino de nacimiento, pero llevaba más de una década viviendo en España. Tenía esa seguridad de los hombres que han aprendido a ocupar espacio sin pedirlo, y eso me incomodaba. Cada vez que hablaba, sus ojos se dirigían primero a Lucía y después a mí, como si yo fuera un complemento necesario pero secundario. Me molestaba, aunque no sabía si me molestaba él o me molestaba que Lucía no pareciera notar la diferencia.

Pedimos gin-tonics. Lucía se sentó entre los dos, con las piernas cruzadas hacia el lado de Mateo. No sé si fue deliberado. Probablemente sí.

—Cuéntanos más de ti —dijo ella, inclinándose hacia él con ese gesto que yo conocía bien: la barbilla apoyada en la palma de la mano, los labios entreabiertos, la atención absoluta.

Mateo habló de su trabajo en publicidad, de un viaje reciente a Lisboa, de que estaba soltero desde hacía un año. Contaba las cosas con una soltura que yo envidiaba. Lucía se reía con sus anécdotas, y cada vez que lo hacía, su mano buscaba mi pierna bajo la mesa. Un apretón breve, casi imperceptible. Su manera de decirme: sigo aquí contigo.

Al segundo gin-tonic, la conversación dejó de ser polite. Mateo mencionó una ex con la que había ido a un club de intercambio. Lo dijo con naturalidad, probando el terreno. Lucía no apartó la mirada.

—¿Y cómo fue? —preguntó ella.

—Intenso. Pero lo mejor no era lo que pasaba dentro. Lo mejor era la tensión del camino de ida, en el coche, sabiendo lo que iba a pasar y sin poder tocarse todavía.

Lucía me miró. Sus pupilas estaban dilatadas y no era solo por la penumbra del bar.

—La anticipación —dijo ella, como si acabara de descubrir una palabra nueva.

—Exacto —respondió Mateo.

Su mano, que estaba sobre la mesa, se movió unos centímetros hasta rozar los dedos de Lucía. Ella no retiró la suya. Yo observé el contacto como si lo viera desde fuera de mi propio cuerpo, con una mezcla de excitación y vértigo que me aceleraba el pulso.

***

Fue Lucía quien lo propuso. No con palabras, sino levantándose de la mesa con un movimiento fluido y mirando hacia el pasillo del fondo donde estaban los baños. Nos miró a los dos alternativamente, con esa sonrisa suya que era mitad invitación y mitad desafío.

—Vamos —dijo.

No esperó respuesta. Caminó hacia el pasillo contoneándose apenas, lo justo para que los dos la siguiéramos como si tirara de un hilo invisible. Mateo me miró, buscando una confirmación. Asentí con la cabeza y me levanté.

El pasillo estaba vacío. La puerta del baño de hombres daba a un espacio pequeño con un lavabo y un espejo empañado. Detrás, un cubículo con la taza y apenas sitio para dos personas. Entramos los tres y el espacio se redujo a cuerpos, calor y respiraciones entrecortadas.

Eché el pestillo. Lucía ya tenía las manos en mi cinturón. Me besó con urgencia, mordiéndome el labio inferior, y después giró la cabeza hacia Mateo y lo besó a él. Verla besar a otro hombre a quince centímetros de mi cara fue como recibir una descarga eléctrica. No dolía. Quemaba, pero del tipo de quemadura que quieres que siga.

Me subí de pie sobre la tapa de la taza para ganar espacio. Lucía se colocó frente a mí y se subió la falda hasta la cintura con un gesto practicado, como si lo hubiera ensayado delante del espejo. No llevaba bragas. Era nuestro pacto secreto para las noches de salida, una provocación que solo yo conocía y que ahora se volvía pública.

Su culo quedó expuesto hacia Mateo. Ella me miró desde abajo con los ojos entrecerrados y la boca abierta, y sin que nadie dijera nada, me desabrochó el pantalón y lo bajó lo justo. Su lengua recorrió mi polla de abajo hacia arriba, despacio, con esa mezcla de ternura y hambre que solo ella sabía calibrar. Cerré los ojos un segundo y cuando los abrí, vi a Mateo detrás de ella, sacando el preservativo que le había pasado minutos antes.

Escuché el sonido del envoltorio rasgándose. Vi cómo se lo colocaba. Sentí el momento exacto en que la penetró porque Lucía gimió contra mi piel, un sonido grave que le vibró en la garganta y me recorrió entero.

El espacio era ridículo. Los azulejos fríos contra mi espalda, el tubo fluorescente parpadeando encima de nuestras cabezas, el olor a desinfectante mezclado con perfume y sudor. Nada de eso importaba. Lo que importaba era la boca de Lucía alrededor de mi polla, sus labios apretados, su lengua girando en la punta cada vez que Mateo empujaba desde atrás. Lo que importaba eran sus manos agarradas a mis muslos para mantener el equilibrio, sus uñas clavándose en mi piel cada vez que él cambiaba el ángulo.

Mateo follaba con un ritmo constante, firme, sin las vacilaciones que yo habría tenido en su lugar. Sus manos sostenían las caderas de Lucía como si la conociera de siempre, y eso me provocaba una mezcla contradictoria de celos y excitación que no sabía cómo gestionar. Así que no la gestioné. La dejé estar, como una corriente que te arrastra y a la que solo puedes rendirte.

Lucía se apartó de mi polla un instante para respirar. Tenía la cara enrojecida, el rímel corrido bajo un ojo, el pelo pegado a la frente.

—No pares —me dijo, y no sé si se lo decía a mí o a él.

Quizá a los dos.

Me agarró de nuevo con la mano y la boca, alternando succiones largas con movimientos rápidos de la lengua. Mateo aumentó el ritmo. El sonido húmedo de sus embestidas llenaba el cubículo, mezclado con los gemidos ahogados de Lucía y mi propia respiración, que ya no podía controlar.

Lo sentí venir como una ola que se forma en el estómago y sube. Le avisé con un toque en el hombro, nuestro código. Ella no se apartó. Nunca se apartaba. Me corrí en su boca mientras sentía cómo todo el cuerpo se me tensaba y después se aflojaba de golpe, como un cable que se suelta. Lucía tragó sin inmutarse y siguió empujando las caderas hacia atrás, buscando su propio placer.

Mateo terminó un minuto después, con un gruñido seco y las manos clavadas en la cintura de ella. Lucía se corrió la última, temblando entre los dos, con la frente apoyada en mi muslo y la boca abierta en un gemido silencioso que duró varios segundos.

Nos quedamos así unos instantes, los tres inmóviles, recuperando el aliento en aquel cubículo diminuto que olía a sexo y a jabón industrial. Después Lucía se rio, una carcajada baja y nerviosa que rompió la tensión, y los tres empezamos a recomponernos como pudimos.

***

Cuando abrí la puerta del baño, un chico esperaba junto al lavabo. Tendría veintipocos años, pelo rubio, auriculares colgando del cuello. Nos miró a los tres salir del cubículo y apartó la vista de inmediato, pero no lo bastante rápido como para ocultar una media sonrisa. Estoy seguro de que había escuchado todo. La idea no me incomodó tanto como esperaba. De hecho, añadía algo. Un testigo involuntario que convertía lo que habíamos hecho en algo un poco más real, un poco más trasgresor.

Volvimos a la mesa. Mateo pidió otra ronda. Lucía se sentó a mi lado, esta vez con las piernas cruzadas hacia mí, y apoyó la cabeza en mi hombro. Su pelo olía a sudor y a ese champú de vainilla que usaba siempre. Mateo, más relajado que al principio, nos habló de un club privado al que había ido un par de veces con una ex.

—Solo parejas y mujeres solas en los reservados. Los hombres solos se quedan en la barra —explicó, removiendo su copa—. Es un sitio discreto, nada sórdido. Buena música, buenas copas, y lo que pase queda entre las paredes.

Lucía levantó la cabeza de mi hombro y me miró. Sus ojos tenían esa luz que aparecía cuando algo le intrigaba de verdad, cuando una posibilidad nueva se abría delante de ella y no podía resistir la tentación de asomarse al borde.

—¿Qué opinas? —me preguntó.

Quise decir que no estaba preparado. Quise decir que lo del baño ya había sido bastante, que necesitaba tiempo para procesar lo que sentía, que mis inseguridades seguían ahí aunque el orgasmo las hubiera silenciado un rato. Pero en lugar de todo eso, me descubrí pensando en la expresión de Lucía cuando Mateo la penetró, en cómo su cuerpo se había arqueado, en el sonido que hizo, en la manera en que después me buscó a mí para anclarse.

—Podríamos ir a echar un vistazo —dije, como si estuviera hablando de un restaurante nuevo.

Lucía sonrió. Mateo levantó su copa en un brindis silencioso.

La noche continuó con más tragos y menos silencios. Hablamos de límites, de lo que nos gustaba, de lo que nos daba miedo. Mateo tenía la habilidad de hacer que las cosas incómodas sonaran razonables, y Lucía tenía la habilidad de convertir lo razonable en irresistible. Yo, entre los dos, iba descubriendo que mi papel no era el que había imaginado. No era el que controlaba. No era el que decidía. Era el que observaba, el que sentía, el que se dejaba llevar por una corriente que Lucía y yo habíamos creado juntos pero que ahora tenía vida propia.

Cuando salimos del bar, pasadas las dos de la mañana, el aire fresco me golpeó la cara como un recordatorio de que el mundo seguía existiendo fuera de aquella burbuja. Lucía me cogió de la mano y caminamos unos metros por delante de Mateo.

—¿Estás bien? —me preguntó en voz baja.

—Creo que sí.

—¿Solo crees?

Me detuve y la miré. Tenía los labios hinchados, las mejillas encendidas, y en sus ojos había una mezcla de satisfacción y vulnerabilidad que me recordó por qué me había enamorado de ella.

—Estoy bien —dije, y esa vez lo sentí de verdad.

Nos despedimos de Mateo con un abrazo. Él nos dio su número y dijo que nos avisaría cuando hubiera una noche buena en el club. Lucía guardó el contacto en su teléfono. Yo lo guardé en la memoria, junto con todo lo demás: el cubículo, el fluorescente, el sabor de la adrenalina mezclada con gin-tonic, y la certeza de que lo que habíamos hecho esa noche no era un final sino un principio.

En el taxi de vuelta, Lucía se quedó dormida con la cabeza en mi regazo. Le acaricié el pelo mientras miraba las calles vacías a través de la ventanilla. Aún me quedaban dos preservativos en el bolsillo de la chaqueta. Sonreí al pensarlo. Nuestro camino de exploración apenas había empezado, y por primera vez, la idea no me daba miedo.

Me daba curiosidad.

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