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Relatos Ardientes

La dama que cabalgó desnuda por el pueblo

La mañana en que doña Beatriz de Lara recorrió Villanueva sin ropa, el sol brillaba con la misma indiferencia de siempre. Era finales de agosto, ese calor seco que aplana hasta las sombras, y el pueblo llevaba semanas en silencio, como quien aguanta la respiración antes de hundirse.

Don Hernán de Montalvo, señor de Villanueva y sus tierras circundantes, había impuesto un nuevo tributo sobre el grano ese mismo verano. El tercero en cuatro años. Los campesinos vendían lo que les quedaba para pagar y aun así no alcanzaba. Los niños se dormían con el estómago vacío. Los hombres viejos morían antes de tiempo, con la espalda curvada de tanto agacharse a recoger lo que ya no era suyo.

Doña Beatriz lo sabía. Lo veía cada vez que bajaba al mercado, en los ojos hundidos de las mujeres, en la manera en que los hombres miraban al suelo al cruzársela. Era joven todavía, treinta años recién cumplidos, y hermosa de esa forma tranquila que no necesita adornos ni explicaciones. Su marido la amaba, o había aprendido a amarla, que a veces es lo mismo y a veces no.

Cuando le rogó por cuarta vez que levantara el tributo, Don Hernán se hartó.

—Si de verdad te importa tanto ese pueblo de miserables —le dijo, sin levantar los ojos del documento que firmaba—, cabalga desnuda por la calle principal al mediodía. Así de simple. Y yo anulo el tributo.

Lo dijo para herirla. Para que callara de una vez. No esperaba que ella aceptara.

—De acuerdo —respondió doña Beatriz, y no añadió nada más.

***

El pueblo recibió la noticia con un silencio aturdido. El alguacil explicó las condiciones: nadie debía mirar. Puertas cerradas, ventanas cerradas, ojos cerrados. El sacrificio de la señora debía ser respetado. Quien mirara rompería el pacto, y el tributo volvería a caer sobre todos sin excepción.

Durante dos días, Villanueva no habló de otra cosa. Las mujeres cosieron telas gruesas para cubrir las ventanas. Los hombres discutieron en la taberna si la señora realmente lo haría. Los niños escuchaban desde los rincones sin entender bien qué pasaba, solo que algo grande estaba a punto de ocurrir.

Marcos era carpintero. Tenía cuarenta y dos años, esposa, tres hijos, y una reputación de hombre tranquilo y trabajador que a él mismo le enorgullecía. Su taller daba a la calle principal, exactamente en el tramo central por donde pasaría el cortejo. Era el punto de mejor visibilidad del recorrido completo.

La noche anterior al mediodía fijado, Marcos no durmió. Se quedó mirando el techo de madera mientras su esposa roncaba a su lado, y pensó que era un hombre decente. Que había trabajado toda su vida sin hacerle daño a nadie. Que conocía a doña Beatriz solo de vista, la había visto una vez en la plaza cuando bendijo la cosecha, y era una mujer hermosa, sí, pero él no era de esos hombres que se complacen en lo ajeno.

Se lo repitió hasta las dos de la mañana.

Luego se levantó, fue al taller, abrió el cajón de las herramientas, sacó un clavo fino, y perforó un agujero casi invisible en el tablón más grueso de la contraventana. No más grande que la uña del pulgar. Lo justo para poner un ojo.

Se dijo que lo haría solo un momento. Que era simple curiosidad. Que no le hacía daño a nadie.

***

El mediodía llegó puntual, como siempre.

Villanueva entera contuvo el aliento. Las calles estaban vacías y silenciosas de una forma extraña, como antes de una tormenta. Marcos tenía el taller cerrado con llave, el agujero a la altura exacta de su ojo, y el corazón latiendo con tanta fuerza que le palpitaba en las sienes.

Primero lo oyó.

El paso lento y rítmico de los cascos sobre el empedrado. Uno. Dos. Tres. Cuatro. La cadencia de un animal tranquilo conducido por alguien que no tiene prisa.

Marcos se acercó a la madera y pegó el ojo al agujero.

La luz del mediodía era brutal, casi blanquecina. Tardó un segundo en ajustar la vista.

Y entonces la vio.

Doña Beatriz de Lara avanzaba sobre un caballo tordo, las riendas sostenidas con ambas manos, la espalda recta, la barbilla levantada. Completamente desnuda.

No fue excitación lo que Marcos sintió en ese primer instante. Fue algo más parecido al vértigo, a la sensación de estar parado en el borde de algo muy alto y mirar hacia abajo sin poder apartar los pies.

Su piel era más oscura de lo que él había imaginado. El sol del verano castellano la había dorado en los brazos y el cuello, y había una línea donde el bronceado se interrumpía, en los hombros, que hacía más evidente la blancura suave del resto. Era una piel sin defectos aparentes, lisa y firme, la piel de una mujer que dormía sin angustias y comía sin escasez.

Sus pechos eran medianos, redondos, con una caída natural y suave que el movimiento del caballo acentuaba. No eran los pechos de una estatua, sino los de una mujer viva. Con cada paso del animal, oscilaban ligeramente, un balanceo mínimo y constante que era más honesto y más perturbador que cualquier exageración. Sus pezones, oscuros y pequeños, estaban erguidos por el aire y la exposición, dos puntos concretos que Marcos no podía dejar de ver.

Su vientre era liso, con una leve curvatura que se acentuaba justo encima del ombligo. Las caderas, amplias y reales, el tipo de caderas que cargan hijos y años y que no piden permiso para existir. El vello oscuro entre sus muslos apenas se vislumbraba desde el ángulo de Marcos, pero estaba ahí, denso y natural, un triángulo que dividía el cuerpo entre lo visible y lo que quedaba en la penumbra.

Sus piernas caían a los lados del caballo, largas y firmes. Los músculos de los muslos se tensaban y relajaban con cada movimiento del animal. Sus pies estaban descalzos, apoyados en los estribos, los dedos ligeramente curvados hacia abajo.

Pero lo que más recordaría Marcos, lo que volvería sin que él pudiera controlarlo durante años, no era ningún detalle específico del cuerpo. Era la expresión de su cara.

Doña Beatriz miraba al frente. No hacia abajo, no hacia los costados, sino directamente al frente, como si estuviera sola en la calle, en el pueblo, en el mundo entero. Como si los muros cerrados y los ojos que se suponía que no miraban fueran invisibles para ella. No había vergüenza en esa cara. Tampoco arrogancia ni desafío. Había algo más difícil de nombrar, algo parecido a la concentración de quien hace una cosa muy difícil y sabe exactamente cuánto le cuesta.

Su cabello caía suelto, largo hasta la cintura, castaño oscuro con reflejos cobrizos que el sol arrancaba en mechones. Se movía con el viento que el avance del caballo creaba, a veces rozándole los pechos, a veces echándose hacia atrás para revelar la línea perfecta de su espalda y la curva de las nalgas que se mecían al ritmo del trote.

El caballo avanzó lentamente por toda la calle. Marcos no apartó el ojo del agujero. Ni siquiera parpadeó, aunque le ardían los ojos. La vio de frente, de perfil, y cuando el caballo giró al final del recorrido, alcanzó a ver su espalda entera, la columna vertebral como una línea perfecta, y luego la esquina que se la tragó.

El sonido de los cascos se fue apagando. El silencio volvió a ser total.

***

Marcos se separó de la contraventana y se quedó de pie en el centro del taller oscuro. Le temblaban las manos. Tenía la boca seca. Se sentó en el banco de trabajo porque las piernas no lo sostenían bien.

Esperaba culpa. Llegó, sí, pero fue diferente a lo que había imaginado. No fue el golpe de un rayo ni la voz interior que lo reprendía. Fue algo más frío, más permanente. Una certeza silenciosa: había roto algo que no podía repararse.

Afuera, poco después, comenzó el ruido de las puertas que se abrían, de las ventanas que se descorrían. Los murmullos de la gente que salía a la calle sin saber bien qué había pasado, esperando la confirmación de que el sacrificio había funcionado.

Y funcionó. Esa misma tarde, el alguacil de Don Hernán recorrió las calles anunciando la abolición del tributo. El pueblo estalló en un júbilo que Marcos oyó desde su taller, con la puerta todavía cerrada con llave y el agujero en la contraventana mirándolo desde la penumbra.

No salió a celebrar.

***

Los días siguientes fueron los más raros de su vida adulta.

Todo seguía igual en apariencia. Se levantaba, desayunaba, abría el taller, cortaba madera, clavaba, serraba, medía. Su esposa le preguntaba si estaba bien. Él decía que sí. Los clientes venían y él los atendía con la misma amabilidad de siempre.

Pero había algo que no podía controlar.

La imagen volvía sin aviso. A veces mientras comía, a veces mientras trabajaba con las manos. El balanceo de los pechos de doña Beatriz al ritmo del caballo. La línea de su espalda. La expresión de su cara mirando al frente como si el mundo entero fuera suyo y ella lo supiera. Venía con una precisión que lo desconcertaba, nítida y exacta como si lo hubiera visto hace cinco minutos y no días.

Y lo peor no era la imagen. Lo peor era que la imagen venía acompañada siempre de esa cara seria y concentrada, y en ese contexto la excitación se mezclaba con algo más parecido a la vergüenza. Porque ella no había estado ahí para ser mirada. Había estado ahí para salvar a su pueblo. Y él había convertido ese acto en una función privada para su propio deleite.

Una tarde en la taberna, sin que él hubiera dicho nada a nadie, un hombre en la mesa de al lado mencionó su nombre.

—Marcos el carpintero, ese sí que es de fiar —dijo alguien entre risas y vasos—. El único con el taller en plena calle principal y ni se le ocurrió mirar. Un hombre íntegro, te lo digo yo.

Marcos bebió su vino despacio, sin contestar nada.

—Es de los que cumplen su palabra aunque nadie los esté viendo —añadió otro.

Salió antes de que sirvieran la segunda ronda.

***

Los meses pasaron. Villanueva prosperó sin el tributo. La gente comía mejor, los niños corrían por las calles, el mercado volvió a llenarse los martes. Doña Beatriz aparecía de vez en cuando en la plaza, siempre vestida, siempre con el mismo porte tranquilo de quien sabe lo que ha hecho y no necesita que nadie lo recuerde. Marcos la veía de lejos y apartaba la vista.

No porque la deseara, aunque algo de eso había. Sino porque no podía mirarla a la cara sin sentir que ella lo sabía. Sin sentir que en algún rincón de esos ojos serenos había un registro exacto de todos los que habían mirado y de todos los que habían cumplido su palabra.

Él había perforado la madera con sus propias manos. Había puesto el ojo en el agujero. Y había visto.

Nadie se lo había quitado. El pueblo seguía llamándolo hombre íntegro. Su esposa lo quería. Sus hijos crecían sanos. Todo seguía funcionando, excepto esa parte de él que conocía la verdad y no tenía con quién hablar de ella.

Con los años se preguntó si el castigo de las leyendas, el de quedar ciego, no habría sido más misericordioso. La ceguera habría sido algo simple y visible, algo que el mundo pudiera ver y comprender. Pero esto, esta claridad permanente, esta imagen que volvía con puntualidad de verdugo, era una condena que no tenía nombre ni explicación posible.

Marcos envejeció en Villanueva. Siguió siendo carpintero. Siguió siendo, para todos, un hombre decente y de palabra.

Y siguió viendo, cada vez con menos culpa y más resignación, a doña Beatriz de Lara cabalgando desnuda por una calle vacía, mirando al frente como si supiera exactamente adónde iba y cuánto valía cada paso.

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Comentarios (7)

MironDelSur

increible relato!!!

Camila95

me quede con ganas de saber que vio exactamente... necesito la segunda parte si o si

Felix_BA

buenisimo, se nota que saben escribir. ese final con 'no lo abandono jamas' es casi poetico, raro para este sitio pero bienvenido sea jaja

Pablito_83

y el resto del pueblo cerro los ojos de verdad?? me parece que algun otro tambien espió jajaja

Rodrigo88

que imagen la de Marcos y el clavo en la madera... me lo imagine perfecto

Mirón_Cba

los relatos de voyerismo son mis favoritos y este no defrauda. sigan subiendo asi

MarisolBA

por favor que haya continuacion! quiero saber como le cambio la vida a Marcos despues de eso

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