El mirón del baño nos descubrió en nuestra luna de miel
París amaneció gris esa mañana de octubre. Las nubes bajas y el frío típicos del otoño recortaban a lo lejos la silueta de la Torre Eiffel, visible incluso desde la ventana del pequeño hotel donde nos hospedábamos durante la semana de nuestra luna de miel.
La amenaza de lluvia no nos iba a detener, así que nos vestimos con ganas antes de bajar al desayuno con el ánimo de salir cuanto antes a devorar la ciudad.
Mateo eligió la comodidad: vaqueros, camiseta y un jersey gris sin nada que destacar. Mi atuendo, sin embargo, parecía sacado de una revista. Pantalones de tela estampados a cuadros, un jersey negro ajustado y una boina a juego que, junto a mi melena suelta, enmarcaba mi cara.
El comedor del hotel olía a mantequilla caliente, a bollería recién horneada y a café intenso. Dudo que ninguno de los dos prestara verdadera atención a las bandejas del buffet. Apenas llevábamos unos días casados y esa burbuja de feromonas en la que estábamos nos aislaba por completo del murmullo de los demás huéspedes.
Mientras yo untaba mermelada en un cruasán, sentí la rodilla de Mateo rozando mis pantalones por debajo de la mesa, deslizando su pierna contra la mía con una lentitud deliberada. Levanté la vista y lo encontré mirándome por encima del borde de su taza.
Sus ojos verdes repasaban mi boina y la forma en que el jersey se ceñía a mi pecho con una mezcla inconfundible de orgullo posesivo y hambre. Era el tipo de mirada cruda que te desnuda en mitad de un comedor abarrotado de turistas.
—Estás preciosa —murmuró, inclinándose para robarme un beso que supo a café tostado y a promesas indecentes—. Demasiado elegante como para no pedirte que subamos a arruinarte el conjunto contra el cabecero antes de salir, supongo.
Me reí, sintiendo ese calor húmedo y familiar instalándose en mi bajo vientre, un cosquilleo que apenas me había abandonado desde que aterrizamos. Juventud, libertad y un anillo recién estrenado en el dedo eran un cóctel explosivo.
—Ni lo sueñes —le advertí con una sonrisa cómplice, entrelazando mis dedos con los suyos sobre el mantel—. Si volvemos a esa habitación, no saldremos de las sábanas en todo el día. Y por mucho que me tiente, sería un delito imperdonable volver a casa habiendo visto París solo a través de una ventana.
Le di un suave apretón en la mano antes de darle un sorbo al café, sabiendo perfectamente el efecto que esa promesa velada tenía en él.
—Aunque, si te portas bien y haces de turista ejemplar, esta noche te dejaré que me quites la boina con los dientes.
Sonrió de medio lado, apretando mi mano antes de apurar su desayuno. Si yo hubiera sabido que sus planes para arruinar mi impecable atuendo no iban a esperar a que cayera la noche, me habría atragantado con el café.
***
Salimos del hotel dispuestos a cumplir mi promesa. El aire de octubre nos recibió con ese mordisco helado y vigorizante que solo tienen las mañanas de otoño, pero el frío no fue rival para el calor que irradiábamos.
Caminamos abrazados desde el primer paso, combatiendo la temperatura con nuestros cuerpos pegados. Mateo llevaba un brazo firmemente anclado a mi cintura, atrayéndome hacia su costado mientras avanzábamos hasta la boca del metro.
La ciudad se fue desplegando ante nosotros como un decorado diseñado a medida para nuestra luna de miel. El cielo, teñido de un gris plomizo, creaba una luz difusa que hacía resaltar el dorado y el cobre de las hojas caídas que alfombraban las aceras. Paseamos por la ribera del río, escuchando el crujir de las ramas secas bajo nuestras botas y el rumor oscuro del agua a nuestra vera. Olía a tierra húmeda, a asfalto frío y al humo dulce de los puestos de castañas asadas que empezaban a asomar en las esquinas.
Durante casi tres horas, nos comportamos como los turistas perfectos que había prometido ser. Nos perdimos por las callejuelas del Barrio Latino, maravillándonos con los escaparates de las librerías antiguas y el bullicio elegante de los viandantes.
Sin embargo, por mucha arquitectura y mucha historia que nos rodeara, el verdadero epicentro de nuestro universo seguía siendo nuestra propia química. En cada semáforo en rojo, Mateo aprovechaba para dejar un beso fugaz sobre mi bufanda o buscar mis labios con la excusa de entrar en calor. Me paró media docena de veces apoyándome contra las barandillas de los puentes de piedra, alejándose unos pasos para sacarme fotos.
Yo posaba con mi boina y mis pantalones a cuadros, sintiéndome la mujer más bella del mundo bajo la lente de sus ojos. Incluso en mitad de una plaza atestada de gente, su escrutinio tenía ese peso físico, esa adoración silenciosa pero cargada de intenciones que me recordaba constantemente la noche que habíamos dejado atrás.
El sonido de nuestro propio parloteo, las risas compartidas y el idioma francés envolviéndonos como una melodía de fondo nos hicieron perder la noción del tiempo. Pero, pasadas las once y media, el viento comenzó a afilarse y la humedad de la calle empezó a calarnos hasta los huesos. Mis pies, tras kilómetros de adoquines, pedían una tregua silenciosa.
Fue al girar una esquina cerca del bulevar Haussmann cuando nos asaltó el inconfundible aroma a café recién molido y a mantequilla derretida, escapando por la cristalera entreabierta de una típica brasserie de toldos burdeos. El tintineo de las tazas de porcelana contra los platillos y el vaho empañando los amplios ventanales nos parecieron un refugio irrechazable.
Mateo se detuvo en seco, me frotó los brazos con ambas manos para darme calor y señaló la cristalera.
—Creo que nos hemos ganado un buen chocolate caliente antes de seguir devorando la ciudad. ¿Qué me dices, madame?
***
El interior de la cafetería nos abrazó con una bofetada de aire cálido y un murmullo denso, casi melódico, compuesto por el tintineo de la vajilla y las conversaciones en francés. El local, de techos altos, molduras doradas y espejos ligeramente desgastados por el tiempo, estaba abarrotado, pero tuvimos la suerte de encontrar una pequeña mesa redonda con tapa de mármol al fondo, en una esquina discretamente iluminada.
Para aliviar el contraste térmico, nos quitamos los abrigos y las bufandas, acomodando el grueso paño y la lana sobre los respaldos de las sillas de madera curvada. Pedimos un par de tazas humeantes a un camarero mayor, ataviado con un impecable delantal blanco, que no tardó en depositar la cerámica humeante sobre el mármol.
Envolvimos las tazas con las manos para robarles el calor, dejando que el aroma dulce y espeso del cacao nos reconfortara. Durante un buen rato, nos dedicamos simplemente a ser dos turistas más. Miramos a través del amplio ventanal empañado cómo la gente pasaba apresurada por la acera, encogida por el viento, mientras nosotros charlábamos en voz baja sobre la ruta que nos quedaba por hacer esa tarde.
Éramos el vivo retrato de la normalidad. Sin embargo, el choque térmico y la intimidad obligada por la estrechez de la minúscula mesa —donde nuestras rodillas no tenían más remedio que buscarse y rozarse bajo el tablero— empezaron a reavivar la chispa con una rapidez asombrosa.
Mientras yo le contaba algo sobre los jardines que íbamos a visitar después, me di cuenta de que Mateo ya no me estaba escuchando. Sus enormes ojos verdes tenían esa fijeza oscura y depredadora. Observaba cómo mis labios recogían el espeso líquido de la taza y cómo la punta de mi lengua limpiaba una minúscula gota de chocolate de mi comisura.
—Te estás portando muy bien —le dije, apoyando la barbilla en la mano, divertida por su indisimulada falta de atención—. Has aguantado el frío, las fotos y mis paradas en cada escaparate sin quejarte ni una sola vez.
—Ha sido un esfuerzo indescriptible, te lo aseguro —respondió, bajando el tono hasta convertirlo en un murmullo grave que solo yo podía oír sobre el ruido del local—. Sobre todo porque llevo horas viéndote pasear con esa carita de turista educada, frotándote las manos por el frío, y lo único en lo que puedo pensar es en verte de rodillas, manchándote los labios solo para mí.
Me removí en la silla, sintiendo cómo un calor súbito e inoportuno me trepaba por el pecho hasta encenderme las mejillas. Le sostuve la mirada, intentando mantener la compostura mientras mi respiración comenzaba a traicionarme.
—Creía que habíamos acordado que la recompensa por tu paciencia se cobraba esta noche, en el hotel —le recordé, pasándome la yema del pulgar por el borde de la taza.
—París es la ciudad del amor, Lucía. Esperar a que se haga de noche me parece un desperdicio imperdonable.
Apuró el último sorbo de su taza y dejó la porcelana sobre el platillo. Su expresión cambió ligeramente, volviéndose más terrenal y práctica.
—Además, tanto frío y tanto cacao acaban de pasarme factura. Tengo que ir al baño.
Sus ojos se desviaron un segundo hacia el corredor estrecho al fondo de la cafetería, enmarcado por el sobrio cartel de latón que indicaba los aseos. Se ajustó el vaquero y dio un paso, pero antes de alejarse se detuvo. Apoyó una mano sobre el borde de nuestra mesa de mármol y volvió a clavar sus enormes pupilas en mí, desnudándome con la intención.
—¿Te apetece acompañarme? —sugirió en voz baja, con una naturalidad que contrastaba brutalmente con la indecencia de la propuesta.
Me quedé paralizada un instante, con el pulso desbocado latiéndome en la garganta. No era una orden, nunca lo eran con él. En su naturaleza no estaba la de imponer, sino la de tender el cebo y esperar a que yo mordiera el anzuelo. Y la verdad era que mi cuerpo no tenía ninguna intención de resistirse.
Me puse de pie despacio, sintiendo la fricción de la tela de mis pantalones contra mis muslos, y asentí en silencio.
***
Nos alejamos de la mesa juntos, dejando nuestras tazas vacías y nuestras prendas de abrigo descansando sobre los respaldos. Un pequeño bodegón inamovible que sembraba la duda razonable de si habíamos abandonado el local o si, por el contrario, tan solo estábamos reservando nuestro sitio.
El pasillo que conducía a los aseos se me hizo interminable. Caminaba unos pasos por detrás de Mateo, sintiendo cómo el murmullo de la cafetería se iba amortiguando a nuestras espaldas. Al llegar frente a la pesada hoja de madera con el cartel de Messieurs, nos detuvimos una fracción de segundo. Sus ojos brillaban con una mezcla de anticipación y travesura.
Empujó la hoja con lentitud, conteniendo la respiración ante el miedo cerval de encontrarnos a alguien dentro. Vacío.
Entramos precipitadamente, como dos ladrones, y nos colamos en el primer cubículo libre, justo al lado de la batería de urinarios de pared. Mateo cerró de un tirón y pasó el pestillo metálico con un chasquido que resonó como un disparo en el silencio del recinto.
El espacio era asfixiante. Quedé atrapada entre su cuerpo y la fría taza de porcelana blanca. El ambiente, lejos de resultar desagradable, desprendía un intenso olor a jabón de lavanda y desinfectante cítrico; la prueba innegable de la categoría del establecimiento.
Bajé la tapa del sanitario y me senté sobre ella, buscando un poco de estabilidad en medio de aquel arrebato. Mis rodillas casi rozaban sus muslos. Levanté la vista, esperando que iniciara ese ritual torpe y apresurado, tan típico de las noches de discoteca de nuestra juventud.
Yo estaba dispuesta. Llevaba pensando en tenerlo a solas desde que bajamos al buffet del hotel.
Alargué las manos hacia su cintura. Mateo desabrochó el botón metálico de sus vaqueros y bajó la cremallera, pero justo cuando mis dedos se colaban por la cinturilla de su ropa interior, el chirrido de la entrada principal nos congeló la sangre.
Alguien acababa de entrar.
***
Pasos lentos, pesados. Botas de hombre golpeando la baldosa con la calma de quien no tiene ninguna prisa. Levanté la vista hacia Mateo, esperando ver el mismo pánico que yo sentía retorcerme las tripas.
Pero él no estaba asustado.
Sus ojos verdes brillaban con una intensidad nueva, casi salvaje. Se llevó el índice a los labios pidiéndome silencio y, al mismo tiempo, avanzó medio paso hasta que su entrepierna entreabierta quedó a la altura de mi cara. Negué con la cabeza, una negación más teatral que sincera, y él me sostuvo la mirada con esa sonrisa ladeada que conocía demasiado bien.
Estás loco, le dije sin palabras. Y yo estoy aún más loca por seguirte el juego.
Fuera, el desconocido caminó hasta la batería de urinarios, justo al otro lado de nuestro tabique. Escuché el ruido inconfundible de la cremallera, el suspiro contenido y luego ese silencio incómodo que solo rompía el chorro contra la porcelana. Estaba, literalmente, a un metro de nosotros.
Mateo apoyó la palma de la mano sobre mi nuca, sin presión, ofreciéndome la elección. La acepté.
Lo recibí en mi boca conteniendo el aliento, escuchando cada uno de los movimientos del extraño. Mateo apoyó la otra mano contra el azulejo frío para sostenerse, y la que tenía en mi pelo no me empujaba: se aferraba a mí como quien se aferra a la única cuerda que lo mantiene cuerdo. Sentí cómo su vientre se contraía con cada caricia de mi lengua.
El hombre del urinario terminó. Cerró su cremallera. Pero no se marchó.
Caminó hasta el lavabo, abrió el grifo y empezó a lavarse las manos con la parsimonia de quien tiene todo el tiempo del mundo. Yo no podía detenerme. Mateo no quería que me detuviera. Su mano me apretaba la nuca con más insistencia y yo sentía cómo el corazón se me iba a salir por la boca y, sin embargo, contra toda lógica, estaba más excitada que nunca.
Pensé en aquel hombre. En que quizá ya nos hubiera oído entrar juntos. En que quizá supiera, por el silencio sospechoso del cubículo, exactamente lo que estábamos haciendo. En que quizá se lavase las manos con tanta lentitud precisamente para escucharnos un poco más.
Esa idea, la imagen de un mirón al otro lado del tabique escuchando sin que pudiéramos verlo, fue la que me terminó de romper por dentro. Sentí un latigazo de placer que se me concentró entre los muslos sin que nadie me tocara, solo por la idea, solo por saberme escuchada.
Ahogué un gemido contra la piel de Mateo. Él me agarró el pelo, recogiendo el desastre que había sido mi peinado bajo la boina, y se mordió el puño para no hacer ruido. Sentí cómo se vaciaba contra mi paladar mientras el grifo del lavabo seguía corriendo, indiferente, tres metros más allá.
Por fin, los pasos del extraño se alejaron hacia la puerta. Pero antes de salir, se detuvo. Solo un segundo. Lo justo para que oyéramos cómo carraspeaba con calma deliberada, con esa carraspera que es a la vez una declaración y un saludo. La puerta se cerró tras él con un golpe seco.
Lo sabía. Lo sabía perfectamente.
Mateo y yo nos miramos en el silencio del cubículo, jadeando como dos adolescentes pillados en falta. Él se llevó la mano a la boca para no reírse en voz alta. Yo le di un manotazo flojo en el muslo, intentando recomponer mi maquillaje con las yemas y la imaginación.
—Te voy a matar —susurré.
—Has disfrutado tanto como yo —murmuró, ajustándose el cinturón—. Más, diría yo.
Tenía razón. Y los dos lo sabíamos.
Esperamos un par de minutos largos antes de salir, lo necesario para que cualquier otro huésped diera por concluida la coincidencia. Cuando por fin abrimos el cubículo, los aseos estaban vacíos. Me lavé las manos despacio, mirándome al espejo. Tenía las mejillas encendidas, los labios hinchados y la boina ligeramente torcida. Parecía exactamente lo que era: una recién casada que acababa de hacer una travesura.
Volvimos a la mesa cogidos de la mano, como si nada. Las tazas seguían frías sobre el mármol y nuestros abrigos esperaban en los respaldos. Mateo dejó un billete generoso bajo el platillo y me ayudó a colocarme la bufanda con una galantería exagerada que escondía una sonrisa cómplice.
Al salir de la brasserie, nos cruzamos en la acera con un señor de unos cincuenta años, traje gris y bigote recortado, que encendía un cigarrillo apoyado en el escaparate. Levantó la vista al vernos pasar. Sus ojos, demasiado curiosos, se posaron sobre mi boina y sobre la mano de Mateo en mi cintura. Inclinó la cabeza con una sonrisa diminuta, casi imperceptible.
—Bonne journée, madame —murmuró, exhalando una bocanada de humo lento.
Apreté el brazo de Mateo y seguí caminando sin girarme, sintiendo cómo la mirada del desconocido nos acompañaba calle abajo durante los primeros pasos. Una corriente cálida me recorrió la espalda. No de vergüenza. De algo bastante más oscuro.
París seguía siendo gris y fría. Y, sin embargo, nunca me había sentido tan calentita por dentro.