Vi a tu mamá con el vecino y no pude callarme
Mendoza tiene calles que de noche se vuelven túneles oscuros, sobre todo en La Estanzuela, donde las casas pegadas al monte tienen patios largos y ventanas viejas que cierran mal. Yo vivía en una de esas casas, a tres puertas de la de Tomás, mi mejor amigo desde primer grado.
Esa noche de marzo bajé al kiosco de la avenida a comprar cigarrillos. Volví por el callejón que separa nuestras manzanas, una zanja angosta entre tapias, porque corté camino. Cuando pasé por el fondo de la casa de Tomás, escuché algo que no debía escuchar.
Una voz de mujer ahogada, repitiendo una palabra que no entendí. Después un golpe seco contra la pared. Otro. Y un gemido largo, ronco, que se cortó como si alguien le tapara la boca.
Me quedé clavado.
La madre de Tomás se llamaba Carla. Tenía treinta y siete, era enfermera del hospital provincial, y la conocía desde que tengo memoria. Siempre me había recibido con una sonrisa, con tortas fritas o con un mate. Era una mujer linda de barrio: caderas anchas, pecho grande, pelo negro hasta los hombros, esa forma de caminar que tienen las mujeres que saben que las miran y a las que ya les da un poco lo mismo.
Pero la voz que escuchaba ahí adentro no era la de Carla del barrio. Era otra Carla.
Me acerqué a la ventana del dormitorio. La cortina estaba mal corrida, dejaba una franja de unos diez centímetros. Me agaché, apoyé el hombro en la tapia y miré.
Carla estaba arrodillada sobre el colchón, de espaldas a la ventana. Estaba desnuda, la piel brillándole de sudor bajo la luz amarilla de la lámpara. Frente a ella, parado al borde de la cama, estaba Hugo, el panadero de la otra cuadra. Yo lo veía cada mañana cuando pasaba a comprar facturas. Cincuentón, panza dura, calvo, con esa risa fácil de los tipos que hacen pan desde los catorce años.
Ahora no se reía.
—Vení —le dijo en voz baja, y le puso la mano en la nuca.
Carla obedeció sin hablar. Le abrió el pantalón, le bajó los calzoncillos, y se quedó un segundo mirando antes de inclinarse. Lo que vi me hizo entender por qué Carla, una mujer que podía elegir, había elegido al panadero. Hugo no era lindo. Pero tenía una pija que no se condecía con el resto del cuerpo, gruesa y morena, con una cabeza ancha que ella le agarró con las dos manos como si pesara.
—Despacio —dijo él.
—Yo sé.
Y se la metió en la boca. Despacio, igual que él había pedido, mojándola con la lengua, mirándolo desde abajo con una expresión que yo no le conocía. Una mezcla de hambre y de paciencia. Cuando llegó al fondo, se quedó así unos segundos, sin moverse, con los ojos cerrados.
Sin pensarlo, me bajé el cierre del jean. La tenía dura desde el primer gemido. No fue una decisión. Pasó. Empecé a moverme la mano despacio, con la cara pegada a la tapia para no perder ningún detalle.
***
Hugo le acariciaba el pelo. No le clavaba la cabeza ni le pedía cosas raras. Era casi tierno, si esa palabra se puede usar para lo que estaba viendo. Carla subía y bajaba con el ritmo que ella elegía, y cada tanto se separaba para respirar, le besaba el muslo, volvía a metérsela.
—Vení para acá —dijo él al rato—. Date vuelta.
Ella se acomodó en cuatro, las rodillas separadas, las manos en el respaldo. La cara se le veía de perfil. Tenía los labios hinchados y un mechón de pelo pegado a la sien. Hugo se subió detrás, le pasó la mano por la espalda como si la calmara, y entró en ella de una sola vez.
Carla soltó un sonido que no era humano. Era la primera vez que escuchaba a una mujer hacer eso. Como si le hubieran sacado el aire de adentro y todavía no hubiera vuelto a entrar.
—Despacio —pidió ella, riéndose entre dientes—. Despacio que después no podés parar.
Él se rió también, bajito.
—Vos sabés que no.
Empezó a moverse. Despacio al principio, como había dicho ella, pero a los dos minutos el ritmo era otro. La cama crujía contra la pared. Carla mordía la almohada para que no la escuchara la vecina. Las nalgas le temblaban con cada empuje. Yo la miraba a través de la franja de cortina y me movía la mano cada vez más rápido, escondido, con las rodillas hundidas en el pasto húmedo del callejón.
Cuando ella se vino, le dijo cosas a Hugo en voz baja que no quiero repetir. No por pudor. Por respeto a Tomás.
***
Salí del callejón antes de que terminaran. Caminé las tres cuadras hasta mi casa con las piernas blandas y la cabeza dándome vueltas. Tardé dos horas en dormirme.
Al día siguiente, Tomás me escribió a las tres de la tarde para que fuera. Estaba aburrido, su madre había salido a hacer un turno largo en el hospital, podíamos jugar a la consola.
Me abrió la puerta él mismo, en short y remera, comiendo galletitas. Me senté en el sillón frente al suyo. La escena de la noche anterior me había dejado un peso adentro que no me dejaba mirarlo a la cara.
—¿Qué te pasa? —dijo Tomás—. Estás raro.
—Nada.
—¿Cómo nada? Tenés cara de velorio.
Tragué saliva. Era mi mejor amigo. Llevábamos diecisiete años contándonos todo. Si no se lo decía a él, ¿a quién?
—Ayer pasé por el fondo de tu casa.
—¿Y?
—Vi algo que no tendría que haber visto.
Tomás dejó la galletita en la mesa. Levantó las cejas y bajó el volumen del televisor.
—Decime.
Le conté. No los detalles más sucios, pero le conté. Hugo, la ventana, el ruido de la cama, la forma en que ella le hablaba. Le dije que su madre estaba con el panadero y que, por como hablaban, no era la primera vez. Tomás me escuchó callado, sin moverse, sin tomar la Coca que tenía al lado. Cuando terminé, se quedó un rato largo mirando la pantalla apagada.
—¿Estás seguro de que era ella?
—Era ella, Tomi.
Otro silencio. Después se rió, una risa que no era risa.
—La concha de mi madre —dijo en voz baja, casi para sí mismo—. Yo siempre pensé que algo había. La escucho a veces de noche en el baño. Creí que se masturbaba sola. Pero esto…
—¿Te bancás que te lo cuente?
—Quiero que me lo cuentes. Todo.
Y entonces hizo algo que no esperaba. Me miró fijo y dijo:
—Esta noche vamos los dos.
Le dije que no estaba bien. Él me dijo que no estaba pidiendo permiso. Era su madre, era su casa, era su decisión. Yo solo era el guía.
***
A las once y media estábamos los dos agachados detrás de los macetones del patio del fondo. Le habíamos dicho a Carla que íbamos a Cacheuta a pescar nocturno con unos pibes. Ella nos despidió con un beso en la mejilla y nos pidió que tuviéramos cuidado en la ruta.
Esa noche no fue Hugo.
El que se subió por la tapia esta vez fue Diego, el Tano Battaglia. Mecánico, taller en la esquina, cuarenta y dos, brazos llenos de tatuajes viejos, panza dura, esa forma de pisar de los tipos que no le tienen miedo a nada. Tomás abrió los ojos cuando lo vio. Yo también.
—El Tano… —susurró Tomás, sin sacarle la vista a la ventana—. Le arregló el auto a mi vieja en marzo.
—Parece que le arregló otras cosas también.
Adentro, Carla ya estaba esperándolo. Tenía puesto un camisón negro corto que yo no le conocía. Diego entró por la puerta del fondo como si supiera el camino de memoria. Ella se le tiró encima sin decir nada. Se besaron parados, ella le sacó la remera, él le bajó las breteles del camisón y le bajó la cabeza hacia abajo de un tirón.
Esa noche fue distinta de la del panadero. Hugo había sido lento, paciente, casi cuidadoso. Diego fue otra cosa. La levantó en peso, la tiró sobre la cama, le abrió las piernas y se metió entre ellas con la boca antes de cualquier otra cosa. Carla agarraba las sábanas, mordía la almohada, le tiraba del pelo a él. Cuando Diego subió, ya tenía la cara mojada hasta el mentón.
—Date vuelta —le dijo el Tano.
—No, así. Quiero verte.
Yo miré a Tomás. Él tenía la mano metida adentro del jogging, no me miraba a mí. No le hablé. No hacía falta. Me bajé yo también y empezamos los dos al mismo ritmo, agachados detrás del macetón, mirando por la franja de la cortina como si fuera una pantalla de cine.
Diego se la cogió fuerte, mirándola a los ojos, las dos manos apoyadas a los costados de la cabeza de ella. La cama crujía. Carla no le bajaba la mirada. Le decía cosas en voz baja, cosas que entendíamos a medias. Que era un macho. Que la rompiera. Que la usara cuando quisiera.
Diego no contestaba con palabras. Apretaba los dientes y empujaba más fuerte.
Cuando Carla se vino, gritó. Gritó de verdad, sin ahogarse, sin importarle el barrio, sin importarle nada. Por suerte la casa de al lado era de un viejo medio sordo del oído derecho. Yo me vine al mismo tiempo, mordiéndome el puño para no hacer ruido. Tomás aguantó un poco más, hasta que el Tano la dio vuelta y se la cogió de costado, una pierna sobre el hombro, mirándola como si fuera la última cosa que iba a ver en su vida.
Después de la segunda corrida, Diego se vistió, le dio un beso largo en la boca y se fue por donde había venido.
***
A los dos minutos, Carla se levantó.
Caminó hasta la ventana. Yo me dije a mí mismo: «se va a cerrar la cortina y listo». Pero no la cerró. La abrió.
Tomás y yo nos quedamos petrificados detrás del macetón, con los pantalones bajos hasta las rodillas, las manos donde no debían estar.
Carla nos miró. No gritó. No se tapó. Tenía el pelo revuelto, el cuello rojo, los labios hinchados. Encendió un cigarrillo y lo prendió mirándonos.
—Hace cuánto que están ahí, hijos de puta —dijo, sin levantar la voz.
Tomás abrió la boca y no le salió nada.
—Yo… —empecé yo.
—Vos cerrá. —Después miró a su hijo—. Vos, Tomi, miráme.
Tomás levantó la cara despacio. No estaba llorando, pero cualquiera que lo conociera como yo se daba cuenta de que estaba a un milímetro.
—Mañana, después del trabajo, hablamos. Los dos. Ahora vayan a dormir.
No se enojó. Eso fue lo más raro de todo. No se enojó, no nos echó, no amenazó con contarle a mis viejos. Cerró la cortina, despacio, y apagó la luz.
Tomás y yo salimos por el portón del fondo sin hablarnos. En la vereda, antes de cruzarse a la suya, me miró.
—Mañana venís —me dijo—. Quiero estar.
Asentí.
***
Esa noche no dormí. Pensé en mil cosas: en que nuestra amistad estaba destrozada, en que iba a tener que mudarme, en que Carla me iba a odiar para siempre. Pensé también, de a ratos, en cómo le había temblado el cuello cuando se vino con el Tano.
Al día siguiente, a las siete de la tarde, toqué el timbre.
Carla me abrió. Estaba en jean, una remera vieja, sin maquillaje. Me hizo pasar y me llevó a la cocina, donde Tomás ya estaba sentado, con una Coca enfrente y la cabeza baja.
—Sentate —me dijo.
Me senté.
Encendió un cigarrillo. Aspiró despacio. Después habló, mirando un punto fijo de la mesada.
—Lo que vieron es mío y no se discute. Yo me cojo con quien se me canta. Hugo, Diego, otros que ni saben que existen. Tu padre se fue hace cuatro años, Tomás, y no pienso quedarme seca esperando que vuelva. Soy una mujer, no un mueble.
Tomás no levantó la cabeza.
—Pero —siguió ella, mirándome a mí ahora— lo que hicieron ustedes dos no se hace. No se le mira a la madre por la ventana. No se hace una guarrada con la cabeza de tu mejor amigo. ¿Está claro?
Asentí. Tomás también, sin mirar.
—Bueno. Entonces escuchen. Lo de anoche no vuelve a pasar. Si querés saber algo de mi vida, Tomi, me preguntás. A vos, Mateo, te quiero ver acá la semana que viene a almorzar como siempre, y no quiero que esto cambie cómo me mirás. ¿Capaz?
Le dije que sí. Le creí, también, que no era una amenaza. Era una mujer cansada, hablando como hablan las madres cuando ya no les queda paciencia para la mentira.
Antes de levantarme, le dije una sola cosa.
—Lo siento.
Carla apagó el cigarrillo en el cenicero. Me miró un segundo más de la cuenta.
—Lo sé.
***
Volví a casa caminando despacio, mirando las baldosas. Al pasar por la panadería de Hugo, levanté la vista. Él estaba acomodando las facturas detrás del mostrador, con el delantal blanco lleno de harina. Me vio. No me saludó. Yo tampoco a él.
Esa noche me prometí no volver al callejón nunca más.
No siempre cumplimos lo que nos prometemos.