Mi vecina me espiaba desde el balcón de enfrente
Cuando me trasladaron a Montevideo por seis meses, lo último que esperaba era convertirme en el espectáculo nocturno de una desconocida. Llevaba una rutina sencilla: oficina hasta las seis, supermercado, departamento. Vivía en un piso alto frente a la rambla, con un balcón angosto y una vista que en otras circunstancias hubiera disfrutado. Lo cierto es que las primeras semanas apenas miré hacia afuera.
El calor del verano cambió esa costumbre. Llegaba a casa empapado, me sacaba la ropa antes de cerrar la puerta y andaba por el living en bóxer hasta que el aire acondicionado lograba enfriar el ambiente. Después me sentaba frente a la computadora con una cerveza, revisaba el correo y, los días en que la cabeza no me daba para nada útil, abría una página de relatos eróticos a la que volvía desde hacía años.
Algunas tardes terminaba con una mano en el pantalón, leyendo y dejando que la imaginación hiciera el resto. Lo que no sabía, y me enteré bastante después, era que la mujer del edificio de enfrente había decidido convertir mi balcón en su pasatiempo de la siesta.
Se llamaba Renata. Eso lo supe más adelante. Por ahora era solo una silueta tendida en la reposera, con un libro que jamás leía y una vista perfecta hacia mi ventana.
Una tarde me levanté de la silla sin pensar y caminé hasta el balcón completamente desnudo. Quería sentir un poco de aire en la cara antes de meterme bajo la ducha. La vi al instante. Estaba sentada con las gafas oscuras puestas, pero la inclinación de la cabeza no dejaba dudas: me estaba mirando. Volví adentro de un salto, cerré la cortina y me quedé de pie con el corazón acelerado, mitad por la vergüenza, mitad por algo más difícil de reconocer.
A los diez minutos, dejé la cortina entreabierta a propósito.
Esa decisión cambió las semanas siguientes.
***
La tarde siguiente volví temprano, me serví una cerveza y me senté frente a la computadora con la cortina apenas corrida. Renata estaba en la reposera otra vez, con un vestido suelto y las piernas estiradas. Empecé a leer despacio. Me acariciaba por encima de la tela del bóxer, sin apuro, sabiendo que ella estaba ahí. Cada tanto miraba de reojo. Ella no se movía, pero el ángulo de su cabeza estaba fijo en mi ventana.
Bajé el bóxer hasta los muslos. La saqué y me la trabajé despacio, con la mano izquierda apoyada en el borde del escritorio. Volví a mirar. Renata tenía una mano metida debajo del vestido, los dedos moviéndose en un ritmo que reconocí enseguida.
Está conmigo.
Me corrí pensando exactamente eso. Me limpié, cerré la computadora y salí al balcón con un cigarrillo. La reposera de enfrente estaba vacía. La puerta de su living, cerrada. El balcón mudo como si no hubiera pasado nada.
***
Pasaron tres días sin verla. Empecé a pensar que me lo había imaginado, o que ella había decidido cortar el juego antes de que se descontrolara. La cuarta tarde, al llegar de la oficina, vi que estaba tendida en la reposera con una bikini fucsia que le marcaba el moreno de la piel. El pelo lo llevaba recogido. Tenía el celular en la mano y, cada tanto, lo dejaba sobre el estómago para acariciarse el pecho por encima de la tela.
Esta vez fui yo el espectador. Apagué la luz del living para que ella no pudiera distinguir nada del otro lado del vidrio, y me quedé de pie detrás de la cortina, mirándola.
Renata se tomó su tiempo. Cruzó las piernas y volvió a abrirlas, se humedeció los labios, dejó caer una de las tiras del corpiño. Cuando finalmente se sacó la parte de arriba del bikini, lo hizo con esa lentitud de las mujeres que saben exactamente cuánto vale lo que están mostrando. Tenía los pechos redondos, no enormes, con los pezones oscuros y duros por el sol.
Empezó a pellizcárselos despacio mientras la otra mano se metía por dentro de la bombacha. La tela se le humedeció en cuestión de minutos. Se la corrió hacia un costado y se quedó así, abierta a la vista de quien quisiera mirar, con dos dedos trazando círculos sobre el clítoris.
Me desabroché el pantalón sin apartar los ojos. La tenía dura desde el principio. Empecé a moverme al ritmo de su mano, sincronizado con un cuerpo que ni siquiera me había tocado todavía.
Cuando ella aceleró, yo aceleré. Cuando se le pusieron las piernas tensas, las mías hicieron lo mismo. Acabó arqueada en la reposera, con una mano apretándose el pecho y la otra clavada entre las piernas. Yo me corrí dos segundos después, todavía detrás de la cortina, con la frente pegada al vidrio.
Antes de levantarse, Renata miró directamente hacia mi ventana y me lanzó un beso con la punta de los dedos.
***
Aguanté cuatro días más. El quinto la esperé en el portal del edificio.
La vi venir desde la esquina con una bolsa del supermercado y una pollera que le dibujaba el contorno de las piernas. Cuando llegó a los buzones, me acerqué por detrás y le hablé antes de que se diera vuelta, para que no se asustara.
—¿Aceptarías un café? —le dije—. En tu casa, en la mía, donde quieras.
Se dio vuelta despacio. Tenía los labios pintados de un rojo oscuro y los ojos negros, brillantes de algo que no era sorpresa.
—Tardaste —dijo, con una sonrisa torcida—. Subí. Yo invito.
Subimos en el ascensor en silencio. Hablamos de la humedad y del calor con esa cordialidad falsa que tiene la gente cuando sabe perfectamente lo que va a hacer en los próximos diez minutos. Renata vivía en el piso siete. La puerta de su departamento daba a un pasillo blanco. Adentro, todo era luz natural y plantas.
—¿Café o algo más fuerte? —preguntó.
—Lo que tengas.
Se quedó un segundo de espaldas, sirviendo agua, y después se dio vuelta apoyada en la mesada.
—¿Sabés por qué subiste?
—Por lo mismo por lo que vos me invitaste —contesté—. Llevo desde la primera tarde pensando en vos.
—Yo también esperaba que vinieras —dijo ella—. Pensé en bajar yo, pero me daba vergüenza. Una cosa es mostrarse desde el balcón. Otra es golpear una puerta.
Sobraron las palabras después de eso.
***
Me acerqué y le agarré la cintura con las dos manos. Tenía la piel caliente, todavía con olor a sol. Le tomé la nuca y la besé despacio al principio, sintiendo cómo su lengua respondía con esa misma lentitud calculada que había usado en el balcón. Le pasé los dedos por el pelo, le tiré apenas hacia atrás. Ella entreabrió la boca y se dejó.
—Vení —me dijo—, no quiero hacerlo en la cocina.
Caminamos al living. La pollera le cayó hasta los pies con un solo movimiento. Debajo no tenía nada. Levanté la vista y me encontré con una sonrisa que entendía exactamente el efecto que estaba produciendo.
La senté en el sillón y me arrodillé en el piso. Le abrí las piernas con cuidado. Tenía el sexo afeitado, los labios hinchados de algo que llevaba semanas alimentándose desde el otro lado de la calle. Le pasé la lengua despacio, de abajo hacia arriba, una sola vez, y la sentí encogerse.
—Acordate de las tardes en la reposera —le dije, sin levantar la cara.
—No me las olvido.
Le comí el sexo con paciencia, sabiendo que ella había llegado a ese sillón con el cuerpo entrenado para esto. Le metí dos dedos despacio mientras la lengua trabajaba arriba. Renata se aferró al respaldo, abrió más las piernas, dejó escapar un sonido grave que no era un grito ni una palabra.
Cuando le vi las piernas temblar, paré.
—No, no, seguí —dijo, con la voz quebrada.
—Todavía no.
La levanté del sillón y la di vuelta. Le apoyé el pecho contra el respaldo y le abrí las piernas con la rodilla. Le bajé el vestido por los hombros hasta dejarla en bombacha y nada más.
—¿Me viste hace cuatro tardes? —le pregunté al oído.
—Te vi.
—¿Te gustó?
—Mucho.
Me bajé el pantalón. Me apoyé contra ella, sin entrar todavía, restregándome despacio entre las nalgas y los muslos. Renata empujaba para atrás, buscándome.
—Despacio —le dije—. Quiero que dure.
La penetré por delante, con todo el peso del cuerpo apoyado en el respaldo del sillón. Ella se aferró al cuero y echó la cabeza para atrás. Empecé despacio y fui acelerando, con una mano en su cintura y la otra en su pecho, apretándole el pezón con dos dedos.
—Más fuerte —pidió.
La obedecí. Le hice el amor con las ventanas abiertas y las cortinas corridas a propósito, pensando que tal vez alguien del edificio de enfrente, alguien que pasara cerca del balcón en ese momento, pudiera estar haciendo lo mismo que ella había hecho conmigo durante semanas.
—Mirá afuera —le dije—. No sabemos quién está mirando.
Renata levantó la cabeza, sin dejar de moverse contra mí, y se quedó así, los ojos clavados en el balcón vacío del frente. Sentí cómo le subía un escalofrío por la espalda.
—Decime que te gusta que te vean —le pedí.
—Me gusta —jadeó—. Me encanta.
—Decímelo otra vez.
—Me encanta que me vean.
Cuando sentí que estaba a punto, la di vuelta otra vez. La acomodé sobre el sillón boca arriba y le ofrecí el sexo en la boca. Renata abrió bien grande, agarrándome los muslos con las dos manos, y me lo tragó hasta el fondo. Le sostuve la nuca con cuidado mientras me corría, pensando en todas las tardes que habíamos compartido sin tocarnos.
No escupió. Tragó como si llevara semanas esperando ese momento. Se limpió la comisura con el pulgar y me sonrió.
—La próxima la hacemos en el balcón —dijo.
***
Volví a Buenos Aires al final del verano. Renata todavía vive en ese piso siete frente a la rambla. Hablamos a veces. Me manda fotos desde la reposera, con la misma bikini fucsia, sabiendo perfectamente lo que provoca.
El año que viene me toca otra vez Montevideo. Le prometí que esta vez nos encontramos en el balcón, con las luces prendidas y todo el edificio de enfrente atento al espectáculo. Ella me contestó con una sola línea.
Te estoy esperando.