El mirón que espió a la dama desnuda
El conde Bertrand era un hombre cuyo corazón se había encogido hasta convertirse en una piedra de codicia. Sus impuestos caían sobre Albengar como granizo en cosecha, dejando a los campesinos masticando el barniz de sus mesas y a las madres mirando con vergüenza los platos vacíos de sus hijos. Lady Isolda, su esposa, no podía dormir. Cada lamento que subía hasta las ventanas del castillo era un clavo nuevo en su pecho.
—Tened piedad de ellos, esposo mío —le suplicaba noche tras noche.
—Tendré piedad —respondió por fin Bertrand una tarde, harto de la insistencia, con esa sonrisa torcida que solo enseñaba cuando preparaba una crueldad—. Recorred Albengar a caballo, desnuda y a pleno mediodía, y aboliré cada moneda que les exijo.
Lo dijo creyendo que el pudor cerraría la boca de su mujer para siempre. Pero Isolda inclinó la cabeza, lo miró con esos ojos azules como aguas profundas, y respondió:
—Mañana, entonces.
El pueblo entero supo del pacto antes del anochecer. Y en una asamblea espontánea, juraron entre lágrimas que no profanarían el sacrificio de su señora. Cada puerta sería cerrada con tranca, cada postigo asegurado con clavos, cada ventana cubierta con telas. Nadie miraría. Nadie respiraría siquiera junto al cristal. Que la dama atravesara las calles como atraviesa un viento sagrado un templo vacío.
***
Roderic, el sastre, vivía en una casa de tablas pegada a la calle principal, justo en el tramo donde el empedrado giraba para subir hacia la plaza. Era un hombre flaco, de manos largas, con esa quietud nerviosa de quien ha pasado la vida midiendo telas. No era cruel. No era envidioso. Pero tenía una curiosidad que se le clavaba en la garganta como un anzuelo, y aquella mañana, mientras el resto del pueblo cerraba sus contraventanas con plegarias, él se quedó mirando la madera oscura de su taller y sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas. Y más abajo, en la ingle, sintió que la polla empezaba a moverse sola dentro de las calzas, como si el animal supiera antes que él lo que iba a pasar.
Solo un instante. Nadie lo sabrá.
Buscó en el cajón el taladro más fino que tenía, un instrumento de relojero que un cliente le había pagado en tiempos mejores. Apoyó la punta contra la contraventana, justo a la altura de su ojo derecho, y empezó a girar. La viruta caía sobre sus zapatos. Sus manos temblaban. Cuando por fin la herramienta atravesó la madera y se asomó al otro lado, Roderic apartó la cara, jadeando, como si acabara de cometer un asesinato. El agujero no era más grande que un guisante. Era suficiente.
***
El silencio cayó sobre Albengar como una manta húmeda. Ningún pájaro cantaba. Ningún niño lloraba. Ningún perro ladraba. Era como si el pueblo entero hubiera dejado de respirar.
Roderic acercó el ojo al agujero y esperó. Se había desatado el cordón de las calzas antes de acercarse, casi sin pensarlo, y ahora tenía la verga fuera, dura como un palo de olmo, latiéndole contra la palma de la mano derecha. La izquierda la apoyaba en la madera para no perder el equilibrio.
Primero llegó el sonido. Un ritmo lento, solemne, casi litúrgico. Cascos sobre piedra. Cada golpe era un latido. Cada latido era una culpa. El sastre apretó los puños contra los costados y aguantó la respiración.
Y entonces apareció.
El corcel era blanco, blanquísimo, con la crin tan limpia como si hubiera sido peinada hebra por hebra. Avanzaba sin prisa, con la cabeza alta, como si supiera que llevaba a una diosa sobre el lomo. Y sobre él, montaba ella.
Lady Isolda no era una mujer avergonzada. No iba encogida, ni con las manos tratando de cubrirse, ni con la mirada baja. Iba erguida, con la espalda recta, las riendas sostenidas con dedos firmes, y el rostro vuelto hacia el frente como una santa que cruza el desierto. Y estaba completamente, brutalmente desnuda.
La luz del mediodía se posaba sobre su piel y la hacía dorada, como marfil pulido por mil veranos. Cada centímetro de su cuerpo parecía esculpido con la paciencia de quien moldea un milagro. Roderic, pegado a la madera con la respiración entrecortada, sintió que el agujero del taladro se abría hasta convertirse en una catedral entera. Sin darse cuenta, empezó a mover la mano sobre la polla en ese mismo ritmo lento y solemne de los cascos del caballo. Un tirón por cada paso. Un jadeo contenido por cada golpe.
Sus hombros eran estrechos pero firmes, y de ellos colgaba el cabello. Aquella era la primera trampa que la naturaleza había tendido en favor de la modestia: una marea dorada, espesa, viva, que caía sobre la espalda y bajaba por los costados hasta las caderas, ondulando con cada paso del caballo. A veces el cabello cubría un seno. A veces se apartaba y lo dejaba a la vista. La dama no hacía nada por ordenarlo. Confiaba en el viento como confiaba en el pueblo, y el viento, según le diera la gana, vestía y desvestía la piel dorada de Isolda.
Roderic miró sus tetas y sintió que la garganta se le secaba. No eran promesas, eran certezas. Llenas, redondas, pesadas sin caer, sostenidas con una arrogancia silenciosa que solo dan los años jóvenes y la salud limpia. Los pezones, de un rosa intenso casi rojizo, se erguían tensos, vivos, como dos pequeñas brasas duras en mitad de aquella geometría perfecta. Tetas de mujer parida y amamantada, pensó, tetas para agarrar con las dos manos y hundir la cara entre ellas hasta ahogarse. Se imaginó con la boca cerrada sobre uno de esos pezones, chupándolo, mordiéndolo hasta que la dama gimiera, y la mano se le apretó sola alrededor de la verga con tanta fuerza que le dolió.
Y se movían. Esa fue la parte que casi le quita las piernas al sastre. Con cada paso del caballo, los senos se mecían en una ondulación lenta, hipnótica, una danza que ningún festejo nupcial podría imitar. Subían y bajaban. Se rozaban entre ellos. Trazaban arcos en el aire dorado del mediodía. Era la mecánica del deseo hecha visible, y a Roderic se le escapó una gota espesa por la punta de la polla que le resbaló entre los dedos.
Bajó la mirada por el vientre, plano y suave, surcado por una línea sutil que descendía desde el ombligo hasta perderse en un triángulo de vello fino y oscuro. Aquel vello no escondía nada. Más bien enmarcaba, como un orfebre enmarca una piedra preciosa, el pliegue cerrado del coño de la dama. Roderic vio, entre los muslos abiertos por la silla del caballo, la línea rosada de aquellos labios, la sombra donde se juntaban, y le pareció incluso adivinar el brillo húmedo del sudor del mediodía en el pubis. Un coño de condesa, un coño que probablemente ningún villano vería jamás en su vida, y él lo estaba mirando con un ojo pegado a una tabla, meneándose la polla como un animal en celo. Sintió un calor que le subió por el pecho hasta la cara. Sintió, también, cómo el placer le empezaba a subir por las piernas y a apretarle los huevos contra el cuerpo.
Las caderas eran amplias, femeninas, abiertas para enmarcar la silla del caballo. Los muslos, largos y tonificados, se tensaban y relajaban con cada paso del animal en una sinfonía silenciosa de fuerza y gracia. Roderic los veía apretándose contra el lomo blanco y pensó que ese mismo cuero de silla, esa madera, ese pelo del caballo, estaban rozando el coño de la dama con cada paso, y la idea le pareció tan obscena, tan injusta, que gimió sin querer. Las rodillas dobladas dejaban ver la curva interior de las piernas, esa zona donde la piel se vuelve más fina, más íntima, casi luminosa. Y los pies descalzos, apoyados en los estribos, mostraban dedos finos, arqueados, como los de una bailarina que descansa entre dos actos.
Cuando el caballo pasó justo frente a la mirilla, Roderic vio el perfil completo. Vio el cuello largo. Vio la mandíbula firme. Vio la curva del hombro continuándose con el seno, el seno con el costado, el costado con la cadera, y la cadera bajando hasta el culo, dos hemisferios suaves y firmes que se mecían sobre el lomo del corcel como dos lunas sobre un mar quieto. El culo de Isolda era la parte que a Roderic le rompió del todo la cordura: redondo, alto, blanco casi transparente en la luz del mediodía, con la línea profunda entre las dos nalgas apenas insinuada por la postura. Se lo imaginó agarrándolo con las dos manos, abriéndolo, hundiendo la cara en él, lamiéndoselo desde el culo hasta el coño con lengua larga y perra. La mano le empezó a moverse más rápido, contra su voluntad, resbalando arriba y abajo por la verga con un ritmo urgente y sucio que ya no se acompasaba con los cascos.
Y en mitad de toda esa carne sagrada, estaba el rostro. Sereno. Casi beatífico. Los ojos azules mirando hacia un horizonte que solo ella veía. Sin vergüenza. Sin miedo. Solo determinación. La determinación de una mujer que sabía que su cuerpo, en aquel instante, valía más que toda la plata del condado. Roderic imaginó ese rostro sereno abriendo la boca, esos labios finos abriéndose para meterse la verga hasta el fondo, la lengua de la condesa lamiéndole los huevos mientras él le agarraba del cabello dorado, y la corrida se le desató como un rayo. Se mordió el labio hasta hacerse sangre para no gritar. Un chorro grueso y blanco salió disparado contra la parte interior de la contraventana. Después otro. Después otro más, más débil, resbalando por sus dedos, cayéndole sobre las calzas, sobre el suelo, mientras la dama seguía avanzando ajena, dorada, sagrada, con la cabeza alta hacia el fin de la calle.
***
El paseo duró lo que dura una eternidad encerrada dentro de un instante. Roderic no parpadeó. Ni una vez. Cuando por fin Isolda dobló la esquina y desapareció de su campo de visión, el sastre se apartó del agujero como si la madera se hubiera puesto al rojo vivo. Se desplomó contra la pared, temblando, con las piernas convertidas en cera caliente, la verga aún medio dura entre los dedos manchados de semen y la respiración rota. Se limpió con un trapo de sastre que tenía a mano, uno bueno, uno de lino fino que había reservado para forrar el interior de un jubón. Le pareció justo destrozar algo bueno.
Esperó el rayo. Esperó la ceguera. Esperó la voz divina que lo señalara desde el cielo y lo condenara delante de todo Albengar.
Pero no pasó nada.
El silencio del pueblo siguió siendo silencio. Sus ojos seguían viendo. Sus manos seguían siendo manos. Y entonces comprendió que el castigo iba a ser otro, mucho más cruel. El castigo iba a ser la claridad. La memoria perfecta de cada centímetro de aquella piel dorada, de aquellas tetas oscilando, de aquel coño entrevisto entre los muslos, grabada a fuego en su retina para siempre.
***
Lentamente, como un cuerpo que despierta tras un letargo, Albengar empezó a moverse. Una contraventana chirrió. Luego otra. Una puerta se abrió con un crujido tímido. Voces tímidas se filtraron en el aire. Cuando el alguacil del conde apareció a caballo en mitad de la plaza y proclamó, con voz potente, que todos los impuestos quedaban abolidos a partir de aquel momento, el pueblo entero estalló en un rugido de júbilo que hizo temblar las tejas.
La gente se abrazaba en mitad del barro. Los viejos lloraban. Los niños bailaban. El nombre de Isolda corría de boca en boca como un rezo.
Roderic abrió su contraventana, despacio, por primera vez en todo el día. La luz del atardecer le dio en la cara y le ardió. Vio a sus vecinos celebrando. Oyó al panadero gritar que esa misma noche regalaría pan a quien quisiera. Vio a una madre besando la frente de su hijo flaco como si acabara de salvarlo de la muerte. Y supo, con una certeza dolorosa, que él no formaba parte de aquella alegría. Era un impostor en su propia calle. Un traidor que llevaba colgada del cuello una medalla invisible que solo él podía ver, y una mancha seca en las calzas que solo él podía oler.
***
Al día siguiente, el carpintero pasó por el taller a encargarle un jubón nuevo.
—Roderic —le dijo, palmeándole el hombro—, gracias a hombres como tú, el sacrificio de nuestra señora fue puro. Mi mujer dice que tú eres el más devoto de todos. Que ella te oyó rezar arrodillado mientras la dama pasaba.
El sastre tragó saliva. Asintió sin hablar. Tomó las medidas con manos que no temblaban porque se obligaba a no dejarlas temblar. Cuando el carpintero se marchó, Roderic se sentó en el banquillo y se cubrió la cara con las palmas. La gente había decidido inventarle una virtud. Su pecado se había transformado, en boca de los vecinos, en su mayor santidad. No había peor maldición.
***
Las semanas se hicieron meses. Albengar floreció. Volvieron las ferias, los músicos, las bodas. Pero Roderic se hundía. Por las noches, en la oscuridad de su pequeña cama, junto a la espalda dormida de su esposa, la visión regresaba con una nitidez insoportable. Veía el bamboleo de las tetas. Veía el vello fino sobre el coño. Veía los muslos tensándose contra la silla del caballo. Veía el cabello dorado abriéndose y cerrándose sobre la espalda perfecta como una cortina viva. Veía el culo redondo meciéndose a la altura de sus ojos.
Y con la visión llegaba la dureza vergonzante bajo las mantas, y con la dureza la mano que se movía sola, y con la mano la culpa. Se meneaba la polla en silencio, con el pulgar tapándose la punta para no gotear sobre las sábanas, mordiendo la almohada mientras se imaginaba a la condesa arrodillada frente a él, la boca abierta, la lengua fuera, chupándosela hasta el fondo. Se imaginaba metiéndosela por detrás sobre el mismo caballo blanco, con las manos hundidas en las tetas, mordiéndole el cuello mientras el corcel seguía andando por la calle empedrada. Se imaginaba correrse dentro de ese coño de condesa, llenárselo de semen villano, dejarle un hijo mestizo que ningún noble podría reclamar. Y cuando por fin se corría, se corría en la mano ahuecada, en silencio, con la cara vuelta contra la pared para que su mujer no lo oyera jadear.
Algunas noches, cuando el peso de la culpa era demasiado, se giraba hacia su esposa dormida, le levantaba el camisón por detrás y le hundía la polla en el coño sin hablar. Ella se despertaba a medias, gemía suave, se apretaba contra él confiada. Roderic le agarraba las tetas por debajo del camisón, se las apretaba, se las manoseaba, y las sentía más pequeñas, más caídas, más humanas que las de la condesa. Cerraba los ojos y follaba a su mujer pensando en Isolda. Empujaba fuerte, más fuerte de lo que solía, apretando los dientes, hasta que se corría dentro con un gruñido ahogado contra la nuca de la pobre mujer que lo amaba. Después se separaba, se giraba hacia el otro lado y lloraba en silencio, con la polla todavía chorreando semen sobre las sábanas y el nombre equivocado atrapado en la garganta.
Empezó a hablar entre sueños. Murmuraba un nombre que no era el de su mujer. Su esposa, una buena mujer que lo amaba, le preguntaba si estaba enfermo. Si tenía fiebre. Si quería que avisara al boticario. Roderic negaba con la cabeza. No podía contarle la verdad. No podía contársela a nadie.
***
Una noche, ya sin aguante, salió a la calle y entró en la taberna del puerto. Pidió cerveza. Se sentó en un rincón. Y oyó, en la mesa de al lado, a un grupo de hombres que hablaban de la dama. Uno de ellos, borracho, juraba que él había mirado por una rendija, que había visto las tetas de la condesa dando bandazos, que se había meneado la polla hasta correrse contra la puerta. Los otros lo callaron a manotazos.
—Mentira de borracho —dijo el más viejo—. Aquí en Albengar nadie miró. Si alguien hubiera mirado, habría caído fulminado. Roderic, el sastre, fue testigo de eso. Él dice que no oyó ni un suspiro de profanación en toda la calle.
El sastre dejó la jarra a medio beber. Salió de la taberna con las piernas pesadas. Caminó bajo la luna hasta su taller. Cerró la puerta con llave. Se sentó en el suelo, contra la madera fría de la contraventana, justo debajo del agujero por el que había mirado, y lloró sin hacer ruido durante mucho tiempo. Y aun llorando, se sacó la verga y se la meneó una vez más, despacio, ceremonialmente, como quien reza. Se corrió sobre las mismas tablas donde había caído la corrida del primer día, y en la oscuridad no distinguió una mancha de la otra.
***
Roderic vivió muchos años más. Se hizo viejo. Su espalda se encorvó sobre las telas, sus dedos se llenaron de manchas, sus ojos se nublaron de cataratas. Pero la visión seguía intacta dentro de él. Limpia. Brillante. Imposible de borrar. Se corría todavía, ya anciano, con la mano temblorosa dentro de las calzas, pensando en aquellas tetas doradas, en aquel coño entrevisto, en aquel culo blanco meciéndose sobre el lomo del caballo. Cada vez que pasaba por delante del castillo y veía el retrato de Lady Isolda colgado del salón principal, no veía a una heroína vestida de azul. Veía a la mujer desnuda sobre el caballo blanco, con los pezones duros y los muslos abiertos sobre la silla, y sentía sobre la nuca el peso de unos ojos azules que no juzgaban a nadie excepto a él.
La leyenda terminaría diciendo que un hombre curioso fue castigado con la ceguera por haber mirado donde nadie debía mirar. Pero la verdad, la verdad que Roderic se llevó a la tumba, fue otra. El verdadero castigo no fue perder la vista. Fue conservarla. Fue ver, durante el resto de su vida, con una claridad imposible de apagar, la belleza inalcanzable de aquella mujer que había salvado a un pueblo entero, y al mismo tiempo, sin saberlo, había condenado para siempre a un solo hombre a correrse en soledad pensando en ella hasta el último día.