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Relatos Ardientes

Fue al supermercado desnuda bajo el abrigo negro

3.7(50)

No fue al supermercado a comprar nada.

Valeria lo supo desde que se miró al espejo esa tarde de enero, con el frío pegándole en los cristales y el aliento formando nubes diminutas en el baño. Se quitó la toalla y se observó desnuda durante un minuto largo. Piel morena, caderas anchas, tetas grandes y firmes con aureolas oscuras y pezones que se le endurecían solos al rozar el aire frío. Se pasó las manos por el vientre plano, bajó hasta el coño recién depilado y se abrió los labios con dos dedos. Estaba húmeda. Húmeda solo de pensar en lo que iba a hacer. Se llevó los dedos a la boca y se chupó su propio sabor, despacio, mirándose a los ojos en el espejo.

Abrió el armario y sacó el abrigo largo de lana negra. Se lo puso directamente sobre la piel. Sin sujetador. Sin bragas. Nada. Solo el abrigo abotonado hasta arriba y las botas altas de cuero con tacón fino que le llegaban a media pantorrilla.

Se miró una última vez. El abrigo le cubría justo hasta el inicio de los muslos. Cada paso que diera lo haría subir un centímetro.

Sonrió.

Perfecto.

***

El supermercado del centro comercial estaba medio vacío a esa hora. Valeria empujó el carrito con calma, como cualquier otra mujer haciendo la compra de la semana. Tomó manzanas, una bolsa de pasta, queso curado, una botella de vino reserva. Todo con movimientos lentos y estudiados.

Los notó casi de inmediato.

El primero era alto, de hombros anchos y pelo castaño corto. Llevaba una cazadora de cuero y la miraba desde el extremo del pasillo de conservas con una intensidad que no intentaba disimular. El segundo apareció poco después: moreno, más bajo pero compacto, brazos gruesos bajo una camiseta oscura ajustada. Se había detenido junto a los cereales, pero sus ojos no estaban en la estantería. Estaban clavados en su culo.

Valeria no los miró directamente. No hacía falta. Sentía sus miradas como dedos recorriéndole la nuca, la espalda, los muslos. Ese peso invisible que le aceleraba el pulso y le mojaba el coño con cada segundo que pasaba. Notaba cómo los labios se le hinchaban, cómo el jugo empezaba a resbalarle por la cara interna de los muslos.

Siguió caminando. Caderas balanceándose con un ritmo que no era casual. El abrigo se movía con ella, abriéndose apenas con cada paso, insinuando la piel desnuda debajo sin revelar nada todavía.

Que miren. Que imaginen. Que se la pongan dura.

En el pasillo de productos de limpieza —el más largo, el más vacío— decidió lanzar la primera señal. Se detuvo frente al estante más bajo, giró el cuerpo en diagonal y se agachó con las piernas rectas, doblándose desde la cintura. El abrigo subió por sus muslos como una cortina que se abre. Lentamente. Centímetro a centímetro. Hasta dejar a la vista las nalgas redondas, morenas, y el coño abierto entre ellas, brillando de humedad bajo los fluorescentes.

No llevaba nada debajo. Lo supieron los dos al mismo tiempo.

Valeria escuchó una respiración cortada a su espalda. Alguien tragó saliva. Alguien soltó un "joder" entre dientes. Ella tomó un bote de suavizante que no necesitaba, se incorporó despacio y lo dejó caer en el carrito sin mirar atrás.

El corazón le latía en la garganta.

Y entre las piernas, todo era calor líquido bajando.

***

El pasillo de vinos y licores era más estrecho. La luz era más tenue allí, casi íntima. Valeria se detuvo frente a una hilera de botellas y levantó el brazo derecho para alcanzar la estantería superior. El abrigo subió por el costado, dejando a la vista su cadera desnuda, la curva de su cintura, el nacimiento del pecho. El pezón duro asomó por un instante.

Los dos hombres estaban a menos de tres metros. Ya no fingían buscar productos. Estaban quietos, mirándola con la boca entreabierta y la respiración pesada. Valeria podía ver el bulto creciendo bajo los pantalones del moreno, una protuberancia gruesa que tensaba la tela.

Valeria bajó el brazo y se volvió hacia ellos. Con dedos tranquilos, desabrochó el primer botón del abrigo. Luego el segundo. El tercero. El cuarto. La tela se abrió y quedó colgando suelta de sus hombros, como un telón que se descorre al inicio de una función.

Su cuerpo quedó expuesto. Las tetas grandes y redondas con los pezones oscuros y endurecidos como piedrecitas. El vientre liso. El coño completamente desnudo, los labios hinchados, brillando empapado bajo la luz artificial del pasillo, con un hilo de jugo bajándole por el muslo.

—¿Les gusta lo que ven? —preguntó con la voz baja y ronca.

El moreno soltó un jadeo.

—Joder... sí. Estás buenísima.

El alto solo asintió, los ojos fijos en ella, la mandíbula apretada y una mano apretándose por encima del pantalón.

—Pueden tocar —dijo Valeria—. Pero solo lo que yo permita. Y cuando yo diga basta, paran. ¿Entendido?

—Lo que digas —murmuró el moreno, ya acercándose.

Su mano grande bajó hasta el coño de Valeria y sus dedos se deslizaron entre los pliegues empapados. Ella contuvo el aliento cuando sintió el dedo medio entrando despacio, abriéndose paso en su interior, curvándose hacia arriba con una precisión que le arrancó un escalofrío desde la base de la columna. Notó cómo el dedo le buscaba el punto, cómo lo encontraba y empezaba a presionarlo en círculos lentos. Soltó un gemido que tuvo que tragarse.

—Joder, qué apretada estás —jadeó el moreno contra su cuello—. Y empapada. Tienes el coño chorreando.

—Mete otro —ordenó Valeria entre dientes.

El moreno obedeció. Un segundo dedo se sumó al primero, abriéndola más, llenándola, y empezó a follarla con los dos a un ritmo cada vez más profundo. El sonido húmedo de los dedos entrando y saliendo de su coño era obsceno en el silencio del pasillo. Cualquiera podía oírlo. Cualquiera podía aparecer.

Al mismo tiempo, el alto se colocó detrás. Sus manos rodearon la cintura de Valeria, subieron por las costillas y atraparon sus tetas. Las apretó con firmeza, masajeando la carne pesada, pellizcando los pezones entre el pulgar y el índice hasta que ella sintió una descarga eléctrica que le bajó directa al coño. Sintió la polla dura del alto, gruesa y caliente, apretándose contra sus nalgas a través del pantalón. Se restregaba contra ella, marcándole el surco del culo con el bulto.

—Mira qué tetas, joder —gruñó el alto, mordiéndole el cuello—. Pesan. Me cabe una entera en la boca. ¿Me dejas? ¿Me dejas chupártelas?

—Hazlo —jadeó Valeria.

El alto se inclinó por encima de su hombro y atrapó el pezón izquierdo con la boca. Lo chupó con fuerza, succionando, mientras los dedos del moreno seguían entrando y saliendo de su coño con un ritmo brutal. La lengua le rodeaba la aureola, los dientes le mordisqueaban la punta. Valeria arqueó la espalda, apretando una mano contra la nuca del alto para mantenerlo ahí, mientras con la otra buscaba a tientas la bragueta del moreno.

La encontró. La abrió. Metió la mano y sacó la polla.

Estaba dura como una piedra, gruesa, con la cabeza hinchada y brillante de líquido preseminal. Valeria la apretó en el puño y empezó a masturbarlo con el mismo ritmo con el que él la follaba con los dedos. Arriba y abajo. El moreno gimió contra su oído y aumentó la velocidad de los dedos dentro de ella, follándole el coño con saña.

—Eso es —jadeó él—, hazme una paja, así, con fuerza, no pares...

Con la otra mano, Valeria buscó al alto. Lo encontró también: una polla más larga que la del moreno, un poco más fina, palpitando bajo su palma. La sacó del pantalón y empezó a masturbarlos a los dos al mismo tiempo, una en cada mano, mientras la lengua del alto le devoraba el pezón y los dedos del moreno le follaban el coño en mitad del pasillo de vinos.

—Mírame —dijo Valeria al moreno, agarrándolo del pelo con la mano libre—. Mírame mientras te corres.

—No, no aquí —jadeó él—, déjame metértela, déjame follarte...

—No.

El placer le subía por el cuerpo en oleadas calientes, desordenadas. Los dos dedos gruesos moviéndose dentro de ella, las manos grandes estrujándole las tetas, la boca succionándole el pezón, las dos vergas duras palpitando en sus puños. Bajó la mirada y vio el espectáculo: ella desnuda bajo el abrigo abierto, con dos hombres desconocidos haciéndola jadear en mitad de un supermercado, las dos pollas fuera, brillantes de saliva y de su propio jugo.

Un gemido se le escapó de los labios. Se lo mordió para callarlo.

Cuidado. Aquí no. Cualquiera podría venir.

Pero eso era exactamente lo que la excitaba hasta la locura. El riesgo. La posibilidad de que alguien doblara la esquina del pasillo y los encontrara así: ella desnuda con un desconocido metiéndole dos dedos hasta el fondo del coño mientras otro le chupaba las tetas y ella les hacía pajas a los dos a la vez en mitad de un supermercado.

Su cuerpo se tensó. Sintió el orgasmo construyéndose, acercándose como una ola que crece en el horizonte. El coño se le cerraba sobre los dedos del moreno, latiendo.

Y entonces se apartó.

Dio un paso atrás, sacando los dedos del moreno de su interior con un movimiento firme. Soltó las dos pollas que aún latían furiosas en sus puños, dejándolas al aire, frustradas, palpitando. Se abotonó el abrigo con calma, un botón tras otro, como si estuviera vistiéndose para salir a cenar. Los miró a los dos con una sonrisa lenta, perezosa, cargada de veneno dulce.

—Gracias, caballeros. Pero esto es todo lo que van a probar.

El moreno se quedó con la mano en el aire, los dedos brillantes de su jugo, la polla dura apuntando al techo. El alto soltó una especie de gruñido frustrado y se llevó la mano a la verga, apretándola.

—No me jodas, así no nos puedes dejar...

—Os habéis corrido en la cabeza —dijo ella sin perder la sonrisa—. Con eso os apañáis.

Y antes de irse, le agarró la muñeca al moreno, le acercó los dos dedos húmedos a sus propios labios y los lamió ella misma, despacio, mirándole a los ojos. Limpió cada uno con la punta de la lengua, chupándolos hasta el nudillo. Después se los devolvió.

—Para que te acuerdes a qué sabe —murmuró.

Le dio la espalda, agarró el carrito y se alejó por el pasillo con esa cadencia medida que les impedía dejar de mirarla. Sentía las dos miradas clavadas en su culo a través del abrigo, sentía la frustración de los dos como un calor en la nuca. Y entre los muslos, su propio jugo seguía bajándole, caliente, abundante.

***

En la caja había una sola empleada. Joven, veintipocos, pelo recogido en una coleta despeinada, ojos claros. Tenía esa expresión de aburrimiento terminal de quien lleva horas pasando artículos por el escáner.

Pero cuando vio a Valeria acercarse, el aburrimiento desapareció.

Valeria colocó los productos en la cinta y se inclinó ligeramente hacia adelante. El abrigo se abrió lo justo para dejar ver el nacimiento de las tetas, la piel morena, el valle profundo entre ellas. No llevaba nada debajo y la chica lo supo en ese instante. Sus manos se detuvieron sobre el escáner.

—¿Todo bien? —preguntó Valeria con voz suave.

La cajera tragó saliva.

—Sí... sí, perdona —balbució, y siguió pasando productos con dedos torpes.

Pero sus ojos regresaban. Cada dos segundos, como un imán, volvían al escote de Valeria, a la curva generosa de las tetas moviéndose libres bajo la lana negra. Valeria respiró hondo a propósito, haciendo que subieran y bajaran, y captó cómo la chica apretaba los muslos bajo el mostrador. Se removía en la silla, frotándose disimuladamente.

Valeria se inclinó un poco más, fingiendo buscar algo en el fondo del carrito. El abrigo se abrió otro centímetro. Un pezón duro, oscuro, asomó apenas. La cajera dejó caer el bote de suavizante. Las mejillas se le tiñeron de rojo.

—Lo siento —susurró.

—No pasa nada, cariño —respondió Valeria, recogiéndolo ella misma. Al volver a incorporarse, dejó que el abrigo siguiera abierto un segundo más de lo necesario—. ¿Te gustan?

La chica abrió mucho los ojos.

—¿Qué?

—Mis tetas. ¿Te gustan?

La cajera miró a un lado y a otro. No había nadie. Tragó saliva otra vez. Asintió, casi imperceptiblemente.

—Sí —susurró—. Mucho.

Valeria sonrió. Se inclinó sobre el mostrador hasta que sus labios casi tocaron la oreja de la chica.

—¿Estás mojada?

La cajera soltó un suspiro tembloroso.

—Sí.

—Buena chica.

Valeria se enderezó, pagó en efectivo y dejó que sus dedos rozaran los de la cajera al recoger el cambio. Un contacto mínimo, piel contra piel, apenas un segundo más de lo necesario. La chica soltó un gemido tan pequeño que solo alguien que estuviera prestando atención lo habría escuchado.

Valeria lo escuchó.

Le dedicó una última sonrisa —lenta, cómplice, peligrosa— y caminó hacia la salida sin mirar atrás. Sabía que la cajera la seguía con los ojos. Sabía que esa noche, esa chica se metería en la cama, se bajaría las bragas y se follaría con los dedos pensando en sus tetas, en su voz, en la pregunta. Se correría murmurando su nombre sin conocerlo.

Ese pensamiento le provocó un escalofrío que le bajó hasta el coño y le hizo apretar los muslos al cruzar la puerta automática.

***

El camino a casa fue una tortura deliciosa.

Condujo con las piernas ligeramente abiertas, sintiendo la humedad que le empapaba los muslos resbalando contra el cuero del asiento. Cada cambio de marcha le producía una fricción mínima contra el clítoris hinchado que le arrancaba un suspiro entrecortado. En un semáforo en rojo, no aguantó más: se desabotonó el abrigo, se abrió una mano y se metió dos dedos en el coño. Solo unos segundos. Lo justo para sentir lo abierta y empapada que seguía. Los sacó brillantes, los olió, se los lamió mirando al frente.

El semáforo se puso en verde.

Los recuerdos le llegaban en ráfagas desordenadas: los dos dedos gruesos del moreno follándole el coño, la boca del alto succionándole el pezón, las dos pollas duras palpitando en sus puños, la mirada hambrienta de la cajera clavada en su escote, el "sí, mucho" susurrado entre los productos del escáner.

Entró al departamento y cerró la puerta de un golpe.

Las bolsas quedaron abandonadas en el recibidor. El abrigo cayó al suelo de la entrada y Valeria caminó desnuda hasta el sofá del salón. Su piel ardía. Los pezones seguían duros, sensibles, y su coño palpitaba con cada latido, hinchado y resbaladizo. Un hilo de jugo le bajaba por la cara interna del muslo hasta la rodilla.

Se dejó caer en los cojines, separó las piernas y apoyó los talones en el borde del asiento. Se miró: el coño abierto, los labios rosados e hinchados, el clítoris asomando bajo la capucha, todo brillando empapado bajo la luz de la lámpara. Bajó la mano derecha despacio, rozando el vientre, pasando por el pubis liso hasta llegar a los labios inflamados. Estaba empapada. Sus dedos se deslizaron sin ninguna resistencia.

—Miren lo que me hicieron... —susurró al vacío de la habitación, mordiéndose el labio.

Empezó a tocarse con una lentitud deliberada y cruel. El dedo medio rodeando el clítoris sin presionarlo del todo, trazando círculos que le hacían arquear la espalda. Recordó el aliento del moreno en su oído —"tienes el coño chorreando"—, las manos del alto estrujándole las tetas, las dos pollas latiendo bajo sus palmas. Metió dos dedos de golpe y soltó un gemido que rebotó contra las paredes vacías.

—Joder, joder...

Los movió adentro y afuera, curvándolos, buscando ese punto que la hacía temblar. Las tetas se le sacudían con cada embestida de su propia mano. Con la otra mano se pellizcó un pezón, fuerte, retorciéndolo, y la mezcla de dolor y placer le nubló la vista por un instante. Cambió de ritmo: tres dedos ahora, hundiéndoselos hasta los nudillos, follándose el coño con la misma saña con la que aquel desconocido la había follado con los suyos en mitad del supermercado.

—Más fuerte... —se ordenó a sí misma entre jadeos—, más adentro...

El sonido húmedo de sus dedos entrando y saliendo del coño llenaba el salón. Sacó la mano, brillante, y se la llevó al clítoris. Empezó a frotárselo en círculos rápidos, presionando, soltando, presionando otra vez. El otro pezón. Lo pellizcó, lo retorció. Volvió a meterse los dedos. Cuatro. Se follaba con cuatro dedos imaginando que era una polla, que eran dos pollas, que eran las dos pollas que había tenido en las manos hacía menos de una hora, que se las metía a la vez, una por el coño y otra por el culo, hasta el fondo, hasta partirla.

Estaba al borde. Lo sentía: ese nudo caliente apretándose en el vientre, los muslos temblando, la respiración convertida en jadeos cortos y desesperados. El coño se le cerraba sobre los dedos, palpitando, listo para reventar.

Y justo ahí, se detuvo.

Sacó los dedos, brillantes y resbaladizos, chorreando, y los miró a contraluz. Se los llevó a los labios y los lamió despacio, saboreándose con los ojos entrecerrados. Chupó cada uno hasta el último resto, mordisqueándose las yemas.

—No —murmuró con una sonrisa que era mitad tortura, mitad promesa—. Todavía no.

Se quedó quieta, desnuda, con las piernas abiertas y el coño latiendo al aire, abierto, hinchado, suplicando. El placer negado le recorría el cuerpo como corriente eléctrica, cada nervio gritando por un alivio que ella se negaba a dar. Sentía el orgasmo retrocediendo a regañadientes, dejándole el cuerpo zumbando, la piel hipersensible, los pezones tan duros que dolían. Y eso, exactamente eso, era lo que más la excitaba de todo: el control absoluto. Sobre ellos. Sobre ella misma. Sobre el deseo.

Cerró los ojos y dejó que la frustración se transformara en anticipación.

—Mañana —susurró, acariciándose el muslo con la yema de los dedos, subiendo hasta volver a rozar los labios del coño empapado— voy a ir más lejos. Mañana dejo que alguno me la meta hasta el fondo. Mañana me corro con una polla dentro.

Y con esa promesa flotando en el silencio del departamento, se quedó tendida en el sofá, ardiendo por dentro, los dedos jugando perezosos entre los labios mojados, disfrutando cada segundo de ese fuego que ella misma había elegido no apagar.

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3.7(50)

Comentarios(9)

Piloto_33

excelente!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

TulioVs

Me encanto como esta narrado, se siente muy real. El detalle del abrigo y los tacones lo dice todo sin decir nada jajaja

noche_loca22

La cajera se habra dado cuenta de algo?? esa parte me dejo intrigada, quiero saber como termino

duncan74

Yo de cliente en ese supermercado hubiera tardado tres horas en hacer las compras jajaja. Muy bueno el relato

AnonimoA26

Me recordo a una pelicula que vi hace años, pero esto es mucho mas cercano y real. Bien logrado

MarceloT

Quede con ganas de saber si alguien se atrevio a decirle algo. Por favor una segunda parte!

Marcos_Mdq

El morbo de la situacion esta muy bien logrado. Se siente la tension de cada mirada sin volverse explicito. Excelente

Marta_K

Bien escrito y sin vueltas, justo lo que buscaba para esta noche jeje. Espero que haya mas relatos asi

ivan

Tremendo. Saludos desde Buenos Aires!

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