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Relatos Ardientes

La apuesta que me regaló una noche de trío

4.3 (6)

La apuesta había sido idea de Marcos, un viernes de lluvia con una botella de vino casi vacía y el televisor apagado porque ninguno de los dos tenía ganas de mirar nada. Habíamos estado jugando a las cartas durante una hora, inventando reglas sobre la marcha, y cuando el juego comenzó a aburrirme propuse algo diferente.

—Escribamos cada uno en un papel la fantasía que nunca le hemos contado al otro —dije—. El que pierda la siguiente mano tiene que hacerla realidad.

Marcos me miró por encima de su copa. Esa mirada suya que significaba que estaba calculando algo.

—¿Cualquier fantasía? —precisó.

—Cualquier fantasía.

Escribimos los dos en silencio. Él dobló su papel dos veces antes de dejarlo boca abajo sobre la mesa. Yo doblé el mío una sola vez.

Marcos perdió la mano.

Levantó mi papel, lo leyó despacio, lo volvió a leer. No dijo nada durante varios segundos. Luego levantó la vista y me miró de una manera que no supe descifrar del todo: era sorpresa, sí, pero también algo más.

—De acuerdo —dijo.

Y guardó el papel en el bolsillo de su camisa.

Durante las semanas siguientes lo observé organizar todo sin decirme nada. Llamadas que hacía desde la habitación de invitados con la puerta cerrada. Mensajes que interrumpía cuando yo pasaba por detrás. Una tarde vi una notificación de reserva hotelera en su teléfono antes de que pudiera ocultarla: una suite, una noche, un hotel en el centro de la ciudad.

—El viernes tenemos una cena especial —me dijo el martes—. Vístete como a mí me gusta.

No pregunté nada. Pasé tres días con una anticipación en el estómago que a veces costaba distinguir de los nervios.

***

El viernes por la tarde, Marcos preparó el baño. Aceite en el agua, velas en los bordes de la bañera, música desde el teléfono apoyado en el lavabo. Se sentó en el borde mientras yo me bañaba y dijo que tenía todo listo.

—¿Qué debo ponerme? —pregunté.

—Lo que ya sabes.

El conjunto de encaje color vino que había comprado meses atrás y que nunca habíamos estrenado. Sujetador de copa abierta, tanga fina, liguero negro con medias hasta el muslo. Me miré en el espejo largo del dormitorio y sentí esa mezcla particular de exposición y poder que viene de estar casi desnuda con tacones puestos.

Me puse un vestido negro por encima, los labios con un rojo intenso, el pelo recogido con algunos mechones sueltos.

Marcos entró al dormitorio, me vio en el espejo antes de que yo lo notara y se quedó quieto en el umbral. Cuando giré para mirarlo, cruzó los brazos y asintió muy despacio.

—Perfecta —dijo.

Antes de salir del apartamento me puso una venda de seda negra sobre los ojos. Me explicó que era parte del juego, solo para aumentar la expectativa. Me tomó de la mano y me guio hasta el ascensor, luego a un taxi, luego por un lobby que olía a madera noble y flores frescas. Cuando me quitó la venda, estábamos frente a la puerta de una suite numerada en bronce.

—¿Lista? —preguntó.

Asentí.

***

La habitación era amplia y oscura en el mejor sentido: iluminación tenue y cálida, velas de distintas alturas sobre las mesas laterales y el alféizar de la ventana. El sofá de terciopelo oscuro estaba colocado frente a un sillón individual de cuero, perfectamente orientado para ver sin perder detalle.

Sobre la mesita central había una botella de prosecco en hielo y tres copas ya dispuestas.

El hombre que esperaba en la suite se levantó cuando entramos.

Se llamaba Ignacio. Tendría unos cuarenta años: alto, complexión atlética, piel morena, una forma de sostenerse que transmitía calma y confianza en igual medida. Llevaba camisa gris oscuro y pantalón negro. Me tendió la mano con una seguridad tranquila y me miró directamente, sin disimular que estaba evaluando cada parte de mí. Marcos lo había elegido con cuidado.

Brindamos los tres. La conversación fue corta.

—Mi mujer ganó la apuesta —dijo Marcos, sentándose en el sillón de cuero y cruzando los tobillos con una calma estudiada—. Ignacio, ya sabes lo que se espera.

Ignacio asintió. Me miró.

—¿Empezamos?

***

Sus manos en mis hombros fueron firmes desde el primer momento. Me quitó el vestido con una facilidad que hablaba de práctica, lo dejó caer al suelo y dio un paso atrás para mirarme. Lo que había debajo le gustó: no dijo nada, pero no hizo falta.

Me giró despacio hasta que quedé de cara al sillón donde Marcos observaba con la copa en la mano y los ojos fijos en cada movimiento.

Sentí los labios de Ignacio bajar por mi cuello, detenerse en el hombro. Sus manos subieron por mis costados hasta el sujetador de copa abierta, los pulgares rozando mis pezones hasta que un temblor que no pude controlar me recorrió la espalda.

Me guio hacia el sofá. Me senté sobre él de espaldas a su pecho, completamente expuesta a la mirada de mi marido. Ignacio apartó la tanga a un lado. Me preparó con las manos hasta que yo le pedí que dejara de esperar. Cuando entró en mí lo hizo de un solo movimiento, profundo y sin titubeos.

El sonido que solté fue largo y ronco. No me importó.

Era más ancho de lo que esperaba. Me tomé un momento para acostumbrarme antes de empezar a moverme. Las caderas subían y bajaban con un ritmo que encontré sola, y él empujaba hacia arriba para encontrarse conmigo, sus manos apretando mi cintura con una fuerza suficiente para dejar marcas.

—Mírame —dijo Marcos desde el sillón.

Lo miré. No aparté los ojos de él durante lo que siguió.

El orgasmo llegó antes de lo que esperaba. Semanas de anticipación habían acumulado una tensión que no necesitaba mucho para romper. Me contraje alrededor de Ignacio en una serie de espasmos mientras Marcos me observaba sin pestañear, la respiración visiblemente más rápida.

***

Me giró sobre el sofá. A cuatro patas, sus manos ajustaron el ángulo de mis caderas antes de empezar. La primera embestida fue un golpe seco que hizo que aferrara los cojines con fuerza. Lo que siguió fue un ritmo constante y exigente, el sonido del impacto llenando toda la suite.

Marcos se levantó del sillón. Se acercó y se quedó de pie a mi lado, inclinado ligeramente hacia mí, muy cerca de mi cara. No me tocó. Solo estaba allí, con los ojos en los míos.

—Dime qué sientes —murmuró.

—Que estás mirando —respondí entre jadeos—. Y que me encanta que lo hagas.

Apoyó los labios en mi frente durante un segundo. Nada más.

Me vine de nuevo, más violento que la primera vez, con los brazos temblando y la voz quebrándose en un sonido largo que no intenté suprimir.

***

Descansamos. Marcos sirvió más prosecco y los tres nos sentamos en la cama con la espalda apoyada en el cabecero. La conversación fue tranquila, casi ordinaria, como si la situación no tuviera nada de extraordinaria. Ignacio hablaba poco pero bien. Marcos tenía esa habilidad suya de llenar los silencios sin que resultaran incómodos.

Cuando Ignacio fue al baño, mi marido se giró hacia mí.

—¿Cómo estás? —preguntó en voz baja.

—Muy bien —respondí—. ¿Y tú?

—Mejor de lo que pensaba —admitió.

Me besó en la sien.

—Segunda ronda —dijo—. Esta vez quiero verte contra el ventanal.

***

El ventanal de la suite daba a un patio interior con luces de jardín bajas. Ignacio me colocó de cara al cristal, mis palmas abiertas contra la superficie fría. Entró despacio esta vez, dejando que yo sintiera cada centímetro antes de empezar a moverse.

Las embestidas comenzaron lentas y profundas. El frío del cristal contra mis pechos contrastaba con el calor de su cuerpo detrás de mí, y esa diferencia de temperatura se convertía en algo difícil de separar del placer. Mis manos dejaban marcas de vapor en el vidrio.

Marcos estaba sentado en el sillón, a unos metros.

—Más fuerte —dijo.

Ignacio ajustó el ritmo. Los golpes se volvieron más firmes, el sonido resonando en las paredes de la suite. Yo presionaba la frente contra el cristal y dejaba que la sensación borrara cualquier pensamiento que no fuera inmediato.

Me corrí con un temblor que duró más de lo habitual, extendido en oleadas que seguían llegando cuando el pico ya había pasado.

***

Sobre la mesa baja del centro de la sala, Ignacio me colocó boca arriba. Mis piernas sobre sus hombros, el ángulo diferente y más profundo. La madera crujía con un ritmo regular bajo su peso.

Marcos se sentó en el borde de la mesa junto a mí. Tomó mi mano. No habló. Solo me miraba la cara con una atención total que a veces me resultaba la forma más desnuda de intimidad que conocíamos.

Me vine mirándolo a los ojos. Fue extrañamente emotivo y completamente erótico al mismo tiempo, sin que ninguna de las dos cosas se contradijera.

***

La última posición fue en el sillón. Ignacio sentado, yo encima de él de frente, moviéndome con un ritmo que encontré sola. Marcos se arrodilló al lado, muy cerca, y me rozó la mejilla con los labios.

—Cierra los ojos —me dijo—. Solo siente.

Lo hice. Sin la distracción visual, cada sensación se multiplicó: el peso de Ignacio dentro de mí, el calor de Marcos a mi lado, el olor a vela y a piel caliente mezclados en el aire de la suite. El ritmo de mis caderas se volvió más profundo sin que yo lo decidiera conscientemente.

El orgasmo final fue el más largo de la noche. Una acumulación que fue construyéndose despacio hasta que se rompió de golpe, haciéndome doblar hacia adelante hasta que mi frente encontró el hombro de Marcos.

Ignacio se corrió poco después, con un gruñido contenido que sentí en lo más profundo.

Me quedé quieta varios segundos, incapaz de moverme todavía.

***

Se vistió en silencio mientras Marcos me envolvía en uno de los albornoces del hotel. Antes de irse, Ignacio nos dio las gracias a los dos con la misma calma tranquila que había traído consigo desde el principio. Una inclinación breve, una mirada para cada uno.

—Fue un placer —dijo.

La puerta cerró con un clic suave.

Marcos y yo nos miramos. Él sonrió primero.

Me llevó al baño y abrió la ducha. Entró conmigo y lavó mi pelo con una paciencia que no era su modo habitual pero que aparecía siempre en los momentos que importaban. Me besó en el cuello. Me rodeó con los brazos desde atrás y apoyó el mentón en mi cabeza mientras el agua caía.

Estuvimos así un buen rato sin hablar.

—Perdiste la apuesta —le dije finalmente.

—Lo sé.

—¿Pero?

—Pero gané viéndote así.

Nos secamos despacio. Me envolvió en la toalla y me llevó a la cama, donde las velas estaban casi consumidas. Me acomodé contra él con la cabeza en su pecho y escuché cómo su respiración se iba calmando.

—¿Qué pusiste tú en el papel? —le pregunté.

—Eso lo descubrirás cuando yo gane.

—¿Cuándo planeas ganar?

—Muy pronto —dijo.

Y en su voz había algo que sonaba a promesa.

En la oscuridad, mientras el ruido sordo de la ciudad entraba por el ventanal entreabierto, empecé a imaginar la próxima apuesta. Las cartas sobre la mesa, nuestros papeles doblados, y la expectativa de saber que cualquiera de los dos podría perder. O ganar, que en este caso era exactamente lo mismo.

La idea me mantuvo despierta más tiempo de lo que debería.

Cuando Marcos se durmió, le susurré en la oscuridad:

—La próxima vez gano yo.

Sonrió en su sueño, o eso me pareció.

Y yo cerré los ojos pensando en todo lo que aún podríamos apostar.

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4.3 (6)

Comentarios (9)

ElCurioso99

Excelente relato!!! me enganche desde el primer parrafo, no pude parar de leer

LuciaBA77

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo despues de esa noche

Ferchu_BA

La premisa de la apuesta es genial, se siente muy real. Mas asi!

NACHEPO

jajaja ahora voy a ver las noches de cartas con otros ojos jaja muy bueno

RaulMx22

Me recordo a una situacion parecida que viví hace unos años. Esas noches que uno no olvida facilmente.

ClaraBuenos

Muy bien narrado, se hizo cortisimo. Cuando viene la continuacion?

Nico_rdp

tremendo, de los mejores que lei ultimamente

Mia_lectora

Me gusto mucho como lo contás, se siente autentico. Sigue escribiendo!

SRomero_45

Increible como lo describis, uno siente que esta ahi mirando todo. Espero tu proximo relato con ganas, saludos desde mexico

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