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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la playa nudista cambió nuestra relación para siempre

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Llevábamos siete años juntos cuando descubrimos las playas nudistas. Valeria siempre había sido exhibicionista sin saberlo: le gustaba cambiarse con las cortinas abiertas, andar en ropa interior por la casa cuando había visitas, provocar sin que pareciera intencionado. Yo tenía treinta y ocho, ella treinta y tres, y esa tarde de julio decidimos escaparnos a una cala que nos habían recomendado, alejada de todo.

La vi vestirse esa mañana y ya supe que el día iba a ser distinto. Se puso un vestido de crochet blanco sin nada debajo salvo un tanga minúsculo. Cada paso que daba dejaba entrever la silueta de sus pechos pequeños a través de los calados. Me miró con esa sonrisa que pone cuando sabe exactamente lo que está haciendo.

—Vámonos ya —dijo agarrando las toallas—. Antes de que me arrepienta.

No iba a arrepentirse. Nunca lo hacía.

El camino hasta la cala era un sendero estrecho entre pinos que bajaba por la ladera de un acantilado. El calor pegaba fuerte, más de treinta y ocho grados, y el aire olía a resina y sal. A medida que avanzábamos nos fuimos cruzando con algunos hombres solos que caminaban sin rumbo aparente entre los árboles. Todos la miraban. Ella lo sabía y caminaba un poco más lento, dejando que el vestido se le pegara al cuerpo con la brisa.

Encontramos un claro apartado entre los pinos, a unos cien metros de la orilla. Arena fina, sombra parcial, y lo bastante aislado como para sentirnos solos. Estiré la toalla grande y me desnude sin pensarlo. Valeria se quedó de pie frente a mí, se sacó el vestido por la cabeza con un movimiento lento y después deslizó el tanga por sus piernas. Se quedó ahí desnuda, con el sol marcándole cada curva, la piel ya brillante de sudor.

—Me encanta esto —susurró, dejándose caer a mi lado—. Sentir el sol en todas partes.

Pasamos un par de horas así, tumbados, hablando de cualquier cosa, rozándonos las piernas. De vez en cuando yo le pasaba la mano por el muslo y ella entreabría las piernas un poco, como una invitación que no terminaba de concretarse. El calor hacía que todo se sintiera más intenso: su piel caliente contra la mía, el olor de la crema solar mezclado con su sudor, el cosquilleo constante de saber que estábamos expuestos.

Noté que un par de tipos pasaban por el sendero cercano y se detenían unos segundos de más al vernos. Valeria estaba tumbada boca arriba con las piernas ligeramente abiertas y no hizo nada por cerrarse. Uno de ellos se quedó mirándonos desde detrás de unos arbustos, a unos quince metros. Vi que ella también lo había notado porque sus pezones se endurecieron de golpe.

—Le estamos dando un buen espectáculo —le dije al oído.

—Lo sé —contestó sin abrir los ojos, pero sonriendo—. Y me está mojando.

Eso fue suficiente. Le agarré la nuca y la besé con fuerza, metiendo mi lengua en su boca. Ella gimió bajito y me agarró la polla, que ya estaba completamente dura. La empujé hasta que quedó de espaldas contra el tronco de un pino y seguí besándola, apretando mi cuerpo contra el suyo. Le sujeté las muñecas por encima de la cabeza con una mano mientras con la otra le acariciaba el cuello, apretando apenas, como a ella le gustaba.

Bajé la boca a sus pechos. Eran pequeños pero perfectos, con pezones oscuros que se ponían duros con el mínimo estímulo. Los lamí despacio, mordí uno con suavidad y ella arqueó la espalda empujándose contra mi boca. Cuando levanté la vista vi que tenía los ojos abiertos, mirando hacia los matorrales.

—Sigue ahí —me dijo en un susurro—. Y tiene la mano dentro del bañador.

Dios mío, pensé. La situación me excitaba tanto como a ella.

La giré y la puse a cuatro patas sobre la toalla. Me arrodillé detrás de ella y hundí la cara entre sus nalgas. Estaba empapada, el sabor salado del sudor mezclado con su excitación. Le lamí desde el sexo hasta más arriba, despacio, hundiendo la lengua, y ella empezó a gemir sin contenerse. Abrió las nalgas con sus propias manos, apoyando la frente en la toalla y levantando el culo hacia mi cara.

Metí dos dedos dentro de ella mientras seguía lamiéndola. Estaba tan mojada que entraron sin resistencia. Empezó a mover las caderas contra mi mano, follando mis dedos, y sus gemidos se fueron haciendo más fuertes. Ya no le importaba quién escuchara.

Cuando levanté la cabeza para tomar aire, vi que el tipo de los matorrales se había acercado. Estaba a menos de cinco metros, con la polla fuera, masturbándose abiertamente. Era un hombre de unos cuarenta, bronceado, polla gruesa y curva. Valeria lo vio también. En vez de asustarse, lo miró a los ojos y sonrió.

—Qué haces —le pregunté, más excitado que preocupado.

—Déjalo —me dijo con la voz ronca—. Me gusta que mire.

Seguí tocándola, ahora más rápido, y el tipo se fue acercando paso a paso. Cuando estuvo a menos de un metro, Valeria estiró el brazo y lo agarró de la polla. Mi corazón se disparó. Ella empezó a masturbarlo mientras yo la penetraba con los dedos y le comía todo lo que tenía entre las piernas.

El tipo dio un paso más y Valeria se metió la punta en la boca. Lo lamo, lo chupó, se lo fue metiendo más y más profundo. Yo la observaba desde atrás, con mi cara a centímetros de su sexo abierto, y no podía creer lo que estaba pasando ni lo increíblemente excitado que me tenía.

La giré boca arriba y le abrí las piernas. El tipo se arrodilló entre ellas y la penetró de una sola estocada. Valeria soltó un grito que espantó a los pájaros del pino de al lado. Yo me puse junto a su cabeza y ella me agarró la polla con la mano y empezó a chuparmela mientras ese desconocido la follaba con un ritmo firme y constante.

No sé cuánto tiempo pasamos así. El calor, los gemidos, el sonido húmedo de los cuerpos. En algún momento noté movimiento alrededor y vi que se habían acercado otros dos hombres que observaban la escena masturbándose. Miré a Valeria buscando alguna señal de incomodidad, pero lo que vi en sus ojos fue puro deseo descontrolado.

—Más —fue todo lo que dijo.

El primero salió de ella y se corrió sobre su vientre con un gemido largo. Antes de que pudiera reaccionar, uno de los recién llegados ocupó su lugar. Esta polla era más larga y delgada, y Valeria gimió distinto cuando entró, un sonido más agudo, más urgente. El ritmo fue aumentando y ella empezaba a temblar con cada embestida.

El tercer hombre se colocó a mi lado y Valeria alternó entre las dos pollas con la boca, chupando una mientras la otra esperaba en su mano. Yo acariciaba su pelo, su cara, le decía al oído que era increíble, que la amaba, que siguiera. Ella me miraba con los ojos vidriosos y asentaba antes de volver a tragar.

El que la follaba cambió de ángulo y entró por detrás. Valeria se tensó un segundo, apretando los dientes, pero enseguida relajó el cuerpo y empezó a empujar hacia atrás, pidiendo más. Yo la conocía lo suficiente para saber que eso la volvía loca, y esa tarde no fue la excepción.

Quién es esta mujer, pensé mirándola. Y cómo llegamos hasta aquí.

***

Se acercó un último hombre. Era alto, de piel oscura, y dotado de una manera que nos hizo intercambiar una mirada a Valeria y a mí. Ella se mordió el labio y asintió casi imperceptiblemente. Se tumbó boca arriba y él se acomodó debajo de ella. Lo sentí entrar porque Valeria apretó los ojos y soltó el aire de golpe, como si le hubieran sacado todo el oxígeno del cuerpo. El que estaba detrás no tardó en volver a entrar por el otro lado.

Los dos la follaban a la vez. Valeria gemía con cada embestida doble, un sonido animal que nunca le había escuchado. Yo estaba de rodillas frente a ella y ella me tomaba con la boca mientras su cuerpo se sacudía entre esos dos cuerpos desconocidos. El sudor le corría por la espalda, tenía arena pegada en las rodillas y el pelo hecho un desastre, y jamás en mi vida la había visto tan hermosa.

El de atrás terminó primero, con un espasmo que le sacudió todo el cuerpo, y se retiró. Valeria siguió cabalgando al que tenía debajo, cada vez más rápido, los gemidos convirtiéndose en gritos cortos. Lo sentí en su boca: estaba apretando, temblando, a punto de correrse. Cuando lo hizo fue con todo el cuerpo, un orgasmo que la recorrió de pies a cabeza y que me arrastró a mí también. Terminé en su boca y ella tragó sin detenerse, sin soltar al otro, montándolo hasta que él también se vació dentro de ella con un rugido grave.

Todo quedó en silencio. Solo se escuchaban las cigarras y nuestra respiración entrecortada.

Valeria se levantó despacio. Tenía el cuerpo cubierto de sudor, arena y restos de lo que había pasado. El hombre de abajo se incorporó, ella se arrodilló frente a él y lo limpió entero con la lengua, despacio, con una delicadeza que contrastaba con todo lo anterior. Después él asintió con la cabeza, se vistió y se fue sin decir una palabra.

Nos quedamos solos. Valeria se acercó a mí, se sentó en mi regazo y me besó. Sabía a todo: a sal, a sexo, a verano.

—Te quiero —me dijo contra los labios—. Gracias por esto.

—Yo a ti —contesté, abrazándola—. Pero la próxima vez avisa, que casi me da un infarto.

Se rió con esa risa suya que me enamoró hace siete años y seguimos ahí sentados un rato más, desnudos, pegajosos, felices. Recogimos las cosas cuando el sol empezó a bajar y volvimos al coche en silencio, agarrados de la mano, con la certeza de que algo había cambiado entre nosotros. No sabíamos si para bien o para mal, pero ninguno de los dos quería volver atrás.

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Comentarios(8)

paris

Increible!!! me dejo sin palabras, de los mejores que lei en mucho tiempo

NocheLibre23

y despues que paso? siguieron volviendo a esa playa? porque yo necesito saber mas jaja

Tomas_99

Me recordo a unas vacaciones de hace unos años, ese ambiente tiene algo especial que te cambia la cabeza. No llegue tan lejos como ellos pero entiendo perfectamente al protagonista jaja

stahl79

Tremendo relato, 5 estrellas sin dudarlo

Curioso77

Lo lei de un tiron, buenisimo! Espero que haya segunda parte

Marcos_del_sur

Me gusto mucho como lo fuiste narrando, muy natural. Se nota que fue real

ElPlayero

El giro del final no me lo esperaba para nada, muy bien logrado. Sigue escribiendo!!!

NandoPlaya

Exelente!!! Espero tu proximo relato con muchas ganas. Saludos desde España

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