La noche en que mi mujer no supo que era yo
La primera vez que vi a mi esposa con otro hombre, me quedé paralizado al otro lado de un cristal.
No eran exactamente celos. O no solo. Era algo más turbio: una mezcla de humillación, deseo y una fascinación rara que me daba vergüenza reconocer incluso a solas, dentro de mi propia cabeza.
Lucía estaba apoyada contra el vidrio del cuarto oscuro, de espaldas a mí. Un desconocido le acariciaba la nuca y le susurraba algo al oído. Ella se reía con esa risa nerviosa que ponía siempre que algo la superaba, y después giraba la cabeza y se dejaba besar.
Tendría que haber estado furioso. Llevábamos catorce años juntos. Teníamos una hija de nueve. Ella misma me había pedido el divorcio tres semanas antes.
En lugar de eso, sentí cómo se me aceleraba el pulso.
Y lo peor: no aparté la vista.
***
Dos horas antes estábamos cenando en un restaurante peruano con nuestros amigos Carolina y Andrés.
La velada había sido un desastre, una de esas cenas en las que te das cuenta de que la conversación se sostiene por puro compromiso. Carolina contaba historias de sus hijos, Andrés asentía sin ganas, yo miraba el plato y Lucía no disimulaba el aburrimiento.
—Voy al baño —dijo Carolina, levantándose—. ¿Me acompañás, Lu?
—Voy —respondió Lucía, y la siguió escaleras abajo.
Andrés se inclinó hacia mí.
—La cosa no va bien, ¿no? —preguntó casi sin voz.
—¿Tan obvio es? —admití.
—Demasiado.
Suspiré. Con Andrés siempre había tenido confianza, pero ponerlo en palabras me costaba. Decir en voz alta que mi matrimonio se caía a pedazos lo hacía más real.
—Trato de no hacer nada que la moleste —confesé—. Y cuanto más lo intento, peor se pone.
—Tarde o temprano se va a dar cuenta de lo que tiene en casa —dijo Andrés.
No sonaba muy convencido.
Cuando ellas volvieron, Carolina traía una sonrisa que no presagiaba nada bueno.
—Esto parece un velorio —soltó—. ¿Vamos a tomar algo?
***
La terraza del bar resultó tan tediosa como la cena.
Pedimos algo de beber, miramos a la gente pasar, agotamos los temas. Carolina y Andrés se pusieron a mirar el celular, primero ella, luego él. Más tarde supe que se estaban escribiendo entre ellos.
—Me voy al baño otra vez —dijo Carolina—. ¿Venís, Lu?
Lucía puso los ojos en blanco.
—Bueno, voy.
Fue ahí donde Carolina le tiró la bomba. Que ella y Andrés a veces iban a un local liberal. Que no pasaba nada por conocer. Que solo era mirar.
Lucía me contaría después que su primer impulso fue decir que no. Pero Carolina sabe ser persuasiva, y la noche era tan infinitamente aburrida que al final aceptó. Con una condición: que yo estuviera de acuerdo.
Cuando volvieron y me lo plantearon, miré a Lucía. Me sostuvo la mirada con ese gesto suyo de vos verás, pero había algo en sus ojos, un brillo de curiosidad que no le veía hacía años.
—Si a vos te tienta —dije—, por mí, encantado.
Lucía desvió la vista y negó con la cabeza. Carolina me lanzó una mirada que no supe leer.
—Ya ves —murmuró Lucía—. A esto me refiero.
***
El taxi nos dejó al lado de una estación de servicio en una zona industrial.
—Los últimos metros se hacen a pie —avisó Andrés.
Caminamos en silencio hasta detenernos frente a una puerta metálica iluminada apenas por un farol amarillo. Parecía la entrada de un depósito, no la de un local. Andrés tocó un timbre, esperamos, y la puerta se abrió.
La chica que nos recibió tendría treinta años, morena, con un body de encaje negro que dejaba poco a la imaginación. Saludó a Carolina y Andrés con familiaridad. Pagamos la entrada, dejamos las cosas en el guardarropa, y Andrés arrancó con el tour.
—Detrás están los baños —explicó—. A la derecha hay un sillón con cortinas. Si las cierran, nadie los ve.
Carolina sonrió, traviesa.
—Lo divertido es dejarlas entreabiertas.
Andrés siguió, señalando puertas con carteles: Hombres, Parejas. Habló del glory hole, de las rejas, de las invitaciones. Yo asentía sin terminar de entender. Lucía miraba a su alrededor con los ojos muy abiertos.
Después entramos a la sala principal.
Una barra en forma de C, una pista de baile, un DJ encerrado en su cabina. Sillones, mesas, y al fondo una gran cristalera detrás de la cual se veía una cama donde una pareja cogía sin ningún pudor, como si estuvieran solos en su cuarto.
—¿Quieren que les muestre la planta de arriba? —preguntó Andrés.
Lucía negó con la cabeza.
—Prefiero bailar un rato.
Carolina le dio una palmada en el trasero.
—¡Vamos, cortadita!
***
Bailamos sin hablar, dejándonos llevar por la música.
Yo no podía dejar de mirar alrededor. Gente de todas las edades. Mujeres en lencería. Parejas jóvenes, parejas mayores. Una rubia de unos cincuenta, vestida solo con un conjunto rojo y unos tacos altísimos, bailaba pegada a su marido mientras él le besaba el cuello.
Nadie se sorprendía. Nadie miraba con escándalo.
Carolina se acercó a la barra a pedir un trago y la seguimos. Desde ahí se veía mejor la cristalera. La pareja había cambiado de postura. Ahora ella estaba en cuatro patas y él la penetraba despacio, mirando hacia la sala, hacia nosotros.
Lucía apartó la vista.
—Vengan —dijo Carolina—. Les muestro la zona mixta.
***
La zona de parejas era un laberinto de pasillos oscuros y luces azules.
Al entrar, vimos a una pareja junto a una reja. Ella, de espaldas a los barrotes, tenía la blusa abierta y dos brazos asomaban del otro lado acariciándole los pechos. Su marido la miraba sin inmutarse mientras ella masturbaba a los desconocidos a través de los hierros.
Seguimos caminando. Cuartos con cristales. Otro pasillo. Más camas.
—Y esto —dijo Carolina, deteniéndose ante una puerta sin cartel— es el cuarto oscuro.
Entró primero.
El cuarto era chico, unos cuatro por tres metros, apenas iluminado. Dos paredes eran de cristal y daban a las zonas de camas. Había un banco corrido pegado a las paredes opacas, y sentadas en él, varias siluetas miraban lo que pasaba al otro lado del vidrio.
Nos apoyamos contra el cristal. Andrés y yo detrás, Lucía y Carolina adelante. Desde ahí se veía una de las camas grandes, ocupada por varias personas.
Lucía se removió, incómoda.
—Me tocaron el culo —susurró, mirando hacia atrás.
Carolina sonrió sin inmutarse.
—Es normal. Por eso se llama cuarto oscuro.
—¿Y a vos no te molesta? —preguntó Lucía.
—Si lo hacen bien, no.
Se rieron las dos por lo bajo.
Detrás de ellas alguien se había acercado. Un hombre corpulento, de unos cincuenta y pico, con una panza enorme y manos grandes. Lo acompañaba una mujer menuda que miraba al frente sin expresión.
El tipo estiró la mano y se la apoyó a Lucía en la nalga. Ella se sobresaltó, pero no se replegó hacia mí. Se pegó a Carolina y Andrés, buscando refugio en ellos.
No en mí.
Me quedé helado.
El hombre insistió, palpándole la bombacha por encima del vestido. Lucía se giró hacia Carolina, asustada.
—¿Qué hago? —susurró.
—Decile que no querés nada. Se va a ir.
—Me da vergüenza...
Carolina se acercó al tipo y le puso una mano en el pecho, obligándolo a bajar la cabeza para escucharla. No supe qué le dijo, pero el caso es que el hombre se alejó.
—Voy al baño —dije.
Nadie me respondió.
—¡Cuidado, que hay mucha bruja suelta! —bromeó Carolina.
Lucía ni siquiera me miró.
***
En el baño me encerré en un cubículo y me apoyé contra la pared.
Si nos vamos a divorciar, pensé. Si ya lo tiene decidido. ¿Qué importa lo que pase acá adentro?
Me acordé de algo que me dijo mi primera jefa, hace mil años: Tomás, en esta vida hay que aprender a decir: «¿qué carajo me importa?».
Salí decidido a volver con ellos.
Al portero de la zona de parejas le costó dejarme pasar hasta que la chica del guardarropa confirmó que iba con Carolina y Andrés.
Cuando llegué al cuarto oscuro, estaban casi en la misma posición, pero había más gente. La pareja de la barra, la rubia de la lencería roja y su marido, se habían colocado al lado.
La rubia se había pegado a Andrés, refregando su trasero contra él, mientras Carolina le acariciaba la espalda. Lucía, al lado, miraba sin atreverse a participar.
—Dale, vos también —la animó Carolina, tomándole la mano y apoyándola en la espalda de la rubia.
Lucía dudó, pero dejó la mano ahí. Después empezó a acariciar, tímidamente.
Y entonces pasó.
La mano del marido de la rubia empezó a acariciar la espalda de Lucía. Ella no se apartó. Al contrario: su mano izquierda siguió acariciando a la rubia mientras la derecha buscaba algo detrás, hasta encontrar la entrepierna del desconocido.
Me quedé en el umbral, en la penumbra, mirando.
Nadie me había visto.
El hombre metió la mano debajo del vestido de Lucía, le buscó la bombacha, le encontró el sexo. Ella se estremeció, flaqueó, y él la giró hasta apoyarla contra el cristal. La besó. La masturbó. Ella jadeaba, sudada, la cabeza echada hacia atrás.
Y yo sentía algo que no debía sentir.
No eran celos. Era otra cosa. Algo caliente en la boca del estómago, una mezcla de bronca y excitación que me daba vergüenza.
Después Carolina se acercó a ellos.
—¿Subimos? —propuso—. Hay habitaciones arriba.
Lucía dudó, mirando al desconocido, mirando a Carolina.
—Vos ya decidiste divorciarte —le dijo Carolina—. ¿Qué más da?
Lucía miró el piso un instante. Después levantó la cabeza y asintió.
—Bueno.
***
Los seguí.
Subieron las escaleras, Lucía de la mano del desconocido. Se paraban a besarse en cada descanso. Andrés subía con una mujer bajo cada brazo.
Entraron en la segunda habitación a la derecha.
Esperé unos segundos, respiré hondo, y me asomé.
El cuarto era parecido al de abajo: una cama grande en el centro, sin sábanas, y cuerpos alrededor. Andrés, Carolina y la rubia ya estaban en la cama, desnudos. Lucía y el desconocido se habían parado al lado de la entrada.
—Es una regla —le decía él, en voz baja—. Te tengo que revisar.
Y empezó a desnudarla.
Lucía apoyó las manos en la pared, las palmas abiertas, y se dejó hacer. Le bajó el cierre, dejó caer el vestido, le sacó la bombacha. Ella levantaba los pies cuando él se lo pedía, dócil, obediente.
Nunca la había visto así.
Cuando estuvo desnuda, la llevó de la mano hasta la cama. La sentó en el borde y se paró frente a ella.
—El resto te toca a vos —dijo.
Lucía le bajó el bóxer despacio. Su verga apareció, gruesa, depilada, el glande rosado. Ella la miró un instante, después acercó los labios y empezó a lamer.
Yo estaba en la puerta, escondido en la sombra, con el corazón retumbándome en el pecho.
Cuando él la agarró del pelo y le ordenó que se la metiera entera, y ella obedeció, abriendo la boca de par en par, noté que tenía el cuerpo empapado en sudor y que estaba más duro que una piedra.
¿Qué carajo me importa?, pensé.
Entré.
***
Nadie me vio.
Me pegué a una pareja que estaba en el rincón, una mujer joven en tanga y su acompañante. Ella me pasó un brazo por la espalda sin ni siquiera mirarme, absorta en lo que pasaba en la cama.
Desde ahí lo vi todo.
Vi a Andrés boca arriba, con la rubia y Carolina chupándosela al mismo tiempo. Vi al gigante de la barra entrar y acercarse a la cama, manoseando a Lucía mientras ella estaba distraída con su desconocido. Vi cómo Lucía se apartaba, asustada, y cómo el desconocido lo echaba con un gesto. Vi al gigante volver con su mujer, que mientras tanto se había enganchado con otro.
Y vi a Lucía, mi esposa, en cuatro patas sobre la cama, ofreciéndose.
El desconocido se acostó boca arriba y la atrajo hacia sí. Ella se subió a horcajadas, empezó a moverse, y entonces vi mi oportunidad.
Me acerqué por detrás.
Ella sintió mi presencia, sintió otro cuerpo pegado a su espalda, pero no se dio vuelta. Solo echó la cabeza hacia atrás, ofreciéndome el cuello.
Me puse un preservativo —los había agarrado de una bandeja a la entrada— y empecé a frotarme contra su sexo, empapado, caliente.
Ella gimió.
El desconocido me vio por encima del hombro de Lucía. Arqueó una ceja, sonrió, y siguió con lo suyo.
Entré despacio.
Fue como volver a casa después de mucho tiempo.
Lucía gimió más fuerte, se dejó llevar. Yo la penetraba con calma al principio, después más rápido, mientras ella seguía moviéndose sobre el desconocido. En un momento él se incorporó, la puso en cuatro patas, y se sumó a la fiesta. Los dos a la vez, uno por delante y otro por detrás.
Ella gritaba cosas sin sentido.
—Me van a matar —jadeó—. No paren.
Después, entre gemidos:
—El cabrón de mi marido...
Yo sonreí en la oscuridad y seguí empujando.
En un momento de confusión, cuando el desconocido se apartó para cambiarse el preservativo, le separé las nalgas y empujé hacia atrás.
Ella intentó girarse.
—No... —empezó.
Pero la sostuve por la nuca como había visto hacer al otro.
—Despacio —jadeó—. Despacio.
Obedecí.
Cuando estuve dentro del todo, su cuerpo se sacudió, y el desconocido volvió a colocarse adelante, y ella abrió la boca, y yo vi a mi esposa, a la madre de mi hija, comiéndole la verga a un extraño mientras yo me la cogía por el culo, y pensé que no sabía si quería llorar o acabar.
Acabé.
Acabé adentro de ella, con el preservativo lleno, mientras ella gemía y el desconocido también acababa en su boca.
Después todo se detuvo.
***
Me aparté, me vestí a las apuradas, y salí del cuarto antes de que pudiera verme la cara.
En el baño me limpié, me miré al espejo.
El tipo del espejo tenía los ojos brillantes y una sonrisa estúpida.
—Sos un cabrón —le dije.
El tipo del espejo asintió.
***
Cuando salí, me la encontré en la puerta del baño.
—¡Lucía! —dije, con la mejor cara de sorpresa que pude poner—. Los había perdido.
Ella me miró con los ojos hinchados, el rímel corrido.
—Tomás. Tengo que hablar con vos.
—Bueno —respondí—. Te espero en la barra.
Me senté, pedí una cerveza, y esperé.
Cuando volvió, se sentó al lado y bebió un trago directo de mi botella. Pedí otra.
—Mirá —empezó, con voz tensa—. Esta noche... pasó algo.
Asentí en silencio.
—Subí arriba con Carolina y Andrés y... bueno, pasaron cosas.
—Ya.
Me miró, buscando algo en mi cara.
—Conocí a alguien. Bueno, conocer no, pero... hicimos cosas. Cosas que necesitaba, que no sabía que necesitaba. Y fue increíble.
—Me alegro por vos.
Frunció el ceño.
—No entendés. Fue increíble en serio. Y quiero repetir. Y sé que vos no lo vas a entender, que nunca lo entenderías, porque sos...
Se calló.
—Porque soy qué —dije.
—Porque sos tan... tan correcto. Tan bueno. Tan... Tomás.
En ese momento, una voz detrás de nosotros:
—¡Dos gin tonics!
Me giré. Era el desconocido, Sebastián, acompañado de la rubia de la lencería roja. Ahora la veía de cerca: más joven de lo que parecía, el cuerpo espectacular, la tanga diminuta.
—¡Lucía! —dijo Sebastián, radiante—. Te presento a mi mujer, Camila.
Lucía los miró, después me miró a mí, después volvió a mirarlos.
—Encantada —dijo, con voz tensa—. Tu marido... sí, la pasamos muy bien.
Sebastián sonrió.
—Ya vi.
Lucía bajó la voz.
—Che, el otro, el que estaba con nosotros... ¿quién era?
Sebastián la miró sin entender.
—¿Cómo que quién era? Pensé que sabías.
—No, no sé. No le vi la cara.
Sebastián me miró.
Yo mantuve la cara de póker.
—Bueno —dijo—. Capaz algún día lo descubrís.
Lucía empezaba a alterarse. Se le notaba en cómo apretaba la mandíbula.
—Sebastián, Camila —dijo, cortante—, perdón, tengo que hablar con Tomás.
—De ninguna manera —dije—. Hablamos acá.
—¿Acá?
—Sí, acá. ¿Qué van a pensar ellos? Después de todo lo que pasó...
Lucía me fulminó con la mirada.
—Sos un hijo de puta —siseó.
—Puede.
—Y un cornudo.
—Eso también.
Respiró hondo, se giró hacia Sebastián.
—Decime una cosa. El tipo de la cama, el otro... ¿vos le viste la cara?
Sebastián negó con la cabeza.
—La verdad que no. Solo al final, cuando se fue. Pero estaba oscuro...
Lucía se dio vuelta hacia mí.
Le sostuve la mirada.
Vi el momento exacto en el que entendió. Fue un destello en sus ojos, una sombra que le cruzó la cara. Primero confusión, después incredulidad, después algo que no supe identificar.
—No —susurró.
No contesté.
—No puede ser. Vos no... vos no harías eso. Vos no...
—¿No qué? —dije.
Se quedó callada, mirándome. Mirándome como si fuera la primera vez que me veía.
—¿Por qué? —preguntó al fin, con la voz rota—. ¿Por qué tardaste tantos años en... en mostrarte así?
Sebastián y Camila intercambiaron una mirada.
—No sé —dije—. Supongo que a veces uno no se conoce de verdad hasta que se ve en un espejo.
***
Dos años después, seguimos hablando.
Esa conversación no terminó nunca. Hablamos de todo: de lo que sentimos, de lo que queremos, de lo que necesitamos, de lo que estábamos dispuestos a hacer para conseguirlo. Aprendimos a decir las cosas sin miedo, a pedir sin vergüenza, a dar sin condiciones.
A Lucía le costó más de un año confesarme lo que sintió cuando Camila, la rubia, se despidió de mí con un beso en la boca y me dijo, mirándome a los ojos:
—Vos y yo nos tenemos que conocer.
—Tuve miedo —me confesó Lucía—. Miedo de verdad. Miedo de perderte justo cuando empezaba a encontrarte.
No sé si esto que escribo le va a servir a alguien. Ojalá que sí. Ojalá alguien lo lea y entienda que a veces, para salvar un matrimonio, hay que estar dispuesto a perderlo todo.
Incluso la idea que tenés de vos mismo.
***
¿Hice bien en no dejarla?