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Relatos Ardientes

Lo que mi amante vio mientras yo estaba con otro

3.9(19)

Rodrigo siempre decía que yo tenía algo que lo desestabilizaba. Una forma de moverme, de mirarlo, de detenerme justo antes de hacer lo que los dos sabíamos que iba a hacer. Llevábamos cuatro años así, él con su vida ordenada de casado en Rosario y yo con la mía completamente desordenada en Buenos Aires, encontrándonos cada vez que podíamos, que era menos de lo que queríamos y más de lo que era sensato.

Yo tenía veintinueve años. Él, cincuenta y dos. La diferencia nunca fue el problema. El problema, si es que se podía llamar así, era que a mí me gustaba empujar los límites y que a él le gustaba tanto como a mí, aunque tardara más en admitirlo.

Aquella noche de abril estábamos en mi departamento, los dos en la cama, con el ventilador de techo girando despacio y el ruido de la calle colándose por la ventana entreabierta. Él tenía un brazo sobre mi cintura. Yo miraba el techo pensando en algo que llevaba semanas queriendo decirle.

—Rodrigo.

—Mmm.

—Necesito decirte algo.

Se movió. Me conocía lo suficiente como para distinguir cuándo lo que venía era importante.

—Quiero coger con otro hombre —dije, sin rodeos—. No para dejarte. No tiene nada que ver con lo nuestro. Quiero sentir otra polla adentro. Un cuerpo diferente, unas manos que no conozca todavía. Quiero que otro me haga acabar.

El silencio duró exactamente el tiempo suficiente para que yo empezara a arrepentirme de haberlo dicho.

Entonces él habló.

—¿Cuándo?

No era la respuesta que esperaba. Le giré la cabeza para verle la cara. Sus ojos tenían algo encendido, una expresión que yo reconocía pero que hasta ese momento solo había visto en otros contextos.

—¿No te molesta? —pregunté.

—Me estás haciendo la pregunta equivocada —dijo—. La pregunta es si quiero mirarlo.

Ahí estaba.

Lo miré fijo durante varios segundos. Él no apartó la vista.

—Quiero verte —continuó, con la voz muy tranquila—. Quiero saber cómo reaccionas con una verga que no es la mía adentro. Quiero ver qué cara ponés cuando te corras con otro. Quiero escucharte gemir para él.

Me quedé callada un momento, sintiendo cómo esas palabras me humedecían entre las piernas antes de que terminara de procesarlas.

—De acuerdo —dije.

***

Mateo tenía treinta y siete años y era contacto de una amiga. No lo conocía en persona, pero habíamos hablado por teléfono una vez y había algo en su tono que me decía que entendería de qué iba el asunto sin necesidad de explicaciones largas. Era directo. No se hacía el difícil.

Quedamos para comer un jueves. Un restaurante sin pretensiones en Palermo, mesas pequeñas, luz baja. Llegó antes que yo y se puso de pie cuando me vio entrar. Era más alto de lo que había imaginado. Espalda ancha, una forma de pararse que ocupaba el espacio sin pedirle permiso a nadie.

Hablamos durante dos horas. De cosas intrascendentes: trabajo, viajes, películas. Pero la conversación real no era esa. Era la que pasaba por debajo, en las pausas, en cómo él me miraba la boca cuando yo hablaba y en cómo yo cruzaba las piernas debajo de la mesa sabiendo que él lo notaba.

Cuando llegaron los cafés, saqué el teléfono con aparente distracción y le escribí a Rodrigo un mensaje corto: Esta noche.

Su respuesta llegó en menos de un minuto: Listo.

Volví a guardar el teléfono en el bolso y lo miré a Mateo. Él sonrió sin preguntar nada. Sabía que algo había cambiado en el aire de la mesa.

***

El hotel era sencillo y anónimo, a tres cuadras del restaurante. Una habitación en el tercer piso con una ventana que daba a un patio interior oscuro. Mateo entró primero. Yo fui directo al baño, saqué el teléfono del bolso y abrí la videollamada con Rodrigo.

Lo vi en la pantalla: estaba en su habitación, la lámpara de noche encendida, la cara seria. Me miró sin decir nada durante un segundo.

—¿Estás lista? —preguntó en voz muy baja.

—Sí —dije.

—Quiero verlo todo, Camila. No apagues nada. Y no te tapes la boca cuando te corras.

Apoyé el teléfono contra el fondo del velador, inclinado hacia la cama para que tuviera el ángulo que necesitaba, y salí del baño.

Mateo estaba sentado en el borde de la cama. Me miró entrar sin moverse. Yo llevaba una falda oscura y una blusa de seda que sabía que me quedaba bien. Me acerqué despacio, sin apurarme. Cuando estuve a un paso de él, extendió la mano y la puso sobre mi cadera.

Solo eso.

Solo la mano en mi cadera.

Y sin embargo sentí cómo el coño empezaba a mojarse.

Me dejé atraer hacia él. Sus manos subieron por mis costados, lentas, tomando medida. Me coloqué de espaldas a él, dejándolo rodearme desde atrás, sintiendo el peso de sus brazos alrededor de mi cintura. Su boca bajó a mi cuello. Al mismo tiempo, una de sus manos me subió por debajo de la blusa y me apretó una teta por encima del corpiño. La otra bajó por mi vientre hasta clavarse entre mis piernas por encima de la falda, presionando fuerte, sintiendo el calor.

Rodrigo está mirando.

El pensamiento llegó claro, sin culpa, y en lugar de frenarme me aceleró. Había algo extraño y poderoso en ser vista así, en saber que alguien que me conocía bien estaba observando cada gesto desde el otro lado de una pantalla, sin poder intervenir, sin poder tocarme.

Me moví hacia atrás, apretando el culo contra el bulto duro que ya notaba en sus pantalones. Un jadeo grave se le escapó a Mateo contra mi oreja. Sus dedos se colaron dentro del corpiño, pellizcaron el pezón, lo torcieron un poco, y a mí se me escapó un gemido que no intenté disimular. Sabía perfectamente que el micrófono del teléfono lo estaba levantando todo.

Levanté los brazos y le rodeé la nuca, jalando su cabeza más cerca mientras giraba la mía para alcanzar su boca. Nos besamos sin suavidad, con lengua desde el primer segundo. Él tomó el control del beso mientras su mano derecha me subía la falda, buscaba la bombacha y la corría a un costado. Sus dedos me encontraron empapada.

—Estás toda mojada —murmuró contra mi boca—. ¿Cuánto hace que estás así?

—Desde el restaurante —dije.

Metió dos dedos de golpe y yo grité contra su cuello. Los movió adentro con firmeza, buscando el punto, mientras el pulgar me presionaba el clítoris en círculos apretados. Me apoyé completa en él para no caerme. La falda me colgaba subida hasta la cintura y él me estaba abriendo con los dedos frente al teléfono, con las piernas separadas, dejando que Rodrigo viera cada movimiento de la mano de otro hombre metida en mí.

—Sacate todo —dijo Mateo bajito.

Me separé de él y me quedé de pie frente a la cama, dándome la vuelta para que el ángulo del teléfono me tomara de frente. Me desabroché la blusa botón por botón, sin apuro. El corpiño cayó después. La falda ya la había perdido. Me quedé solo con la bombacha empapada y la bajé despacio hasta los tobillos, mirando a la pantalla mientras lo hacía.

Mateo se quitó la ropa sin apresurarse, con la mirada fija en mí todo el tiempo. Cuando se bajó los pantalones, la polla le saltó dura, gruesa, más grande de lo que había esperado. Se me contrajo algo por dentro solo de mirarla. Me arrodillé frente a él sin que me lo pidiera.

La tomé con la mano, sentí el peso, y me la metí en la boca hasta donde pude. Mateo soltó el aire de golpe y me apoyó la mano en la nuca. No apretó, pero la dejó ahí, marcando el ritmo. Yo empecé a chuparla despacio, sacándola entera para lamerla desde la base hasta la punta, dando vueltas con la lengua alrededor del glande, escupiendo saliva sobre ella para deslizar mejor la mano.

—Así —dijo él—. Mirame.

Levanté los ojos y lo miré mientras se la metía hasta el fondo de la garganta. Me atraganté una vez y no me importó. Sabía que Rodrigo estaba viendo cómo se me llenaban los ojos de lágrimas, cómo se me caía la baba por el mentón, cómo movía la cabeza adelante y atrás con la polla de otro entre los labios.

Mateo me tomó del pelo y me la sacó de la boca con un ruido húmedo.

—A la cama —dijo—. Boca arriba.

Me dejé caer de espaldas sobre el colchón, con las piernas todavía separadas y colgando del borde. Él se arrodilló en el suelo, me tomó de los muslos y me acercó el coño a la boca. Cuando su lengua me tocó, arqueé la espalda entera y grité. Mis dedos se cerraron sobre sus hombros primero, después sobre su pelo.

Comió con hambre. Nada de esos lametones tímidos que a veces uno tiene que soportar. Me chupó el clítoris entero adentro de la boca, me lo apretó con los labios, jugó con la lengua encima y abajo, mientras dos dedos me entraban y salían con un ruido mojado que llenaba la habitación. Le agarré la cabeza con las dos manos y le presioné contra mí, moviéndole las caderas contra la cara, sin dejarlo respirar.

—No pares —dije—. No pares, no pares, no pares.

Tardé en recordar que Rodrigo estaba mirando. Y cuando lo recordé, fue porque lo sentí en el estómago, un calor diferente: la conciencia de que él estaba ahí escuchando cómo yo le suplicaba a otro hombre que no parara de comerme el coño. Esa sensación no era culpa.

Era exactamente lo contrario.

El primer orgasmo me pegó ahí, con la boca de Mateo pegada a mí y los dedos adentro, y no lo detuve. Le cerré los muslos alrededor de la cabeza y me sacudí entera, sintiendo cómo el coño se me apretaba alrededor de sus dedos una y otra vez. Me llevó más lejos de lo que esperaba.

***

Me di vuelta sin decir nada. Apoyé las palmas sobre el colchón y levanté las caderas, dejando el culo en pompa. Sabía exactamente dónde apuntaba la cámara del teléfono. Sabía que Rodrigo estaba viendo el coño hinchado y brillante, esperando.

Mateo se colocó detrás de mí, puso las dos manos en mis caderas y no esperó señal. La punta me abrió y él empujó de una hasta el fondo.

El primer movimiento me cortó el aliento. Se me escapó un grito ronco que rebotó en las paredes de la habitación.

El ritmo empezó intenso y se mantuvo así desde el principio. Mi cuerpo avanzaba y retrocedía con cada embestida. Sentía la polla golpeándome adentro, contra el fondo, cada estocada un golpe seco de las caderas de él contra mis nalgas. Él no aflojaba.

—Qué rico coño tenés —dijo entre dientes—. Toda mojada, así, para mí.

Tomó mi cabello. Lo enrolló en su mano y jaló hacia atrás con firmeza, obligando a que levantara la cabeza, a que mi espalda se curvara más. El ángulo cambió y la polla me entró todavía más profundo. El sonido que salió de mi garganta no lo controlé.

Sus manos cayeron sobre mis nalgas, firmes, marcando el compás. Cada vez. Palmadas fuertes que me dejaban la piel caliente y roja. Me chupó el dedo pulgar de la otra mano y me lo apretó contra el culo, presionando el anillo, entrando de a poco, mientras seguía cogiéndome el coño sin parar.

—Ay, dios —gemí—. Ay dios, ay dios.

Mi cuerpo respondía solo, siguiendo el ritmo sin que yo tuviera que pensar. Los sonidos salían solos también y no me preocupé por callarlos. La habitación se llenó de ellos, y del chapoteo de nuestros cuerpos, y del ruido de la mano de Mateo cayendo sobre mi culo, y de su respiración pesada detrás.

Rodrigo está escuchando.

Ese pensamiento me atravesó como una descarga eléctrica. Lo imaginé al otro lado del teléfono, inmóvil, con los ojos fijos en la pantalla pequeña, con la mano en su propia polla, viendo lo que nunca había visto: mi espalda arqueada, mis manos clavadas en la sábana, Mateo detrás de mí clavándomela sin pausa, su pulgar metido en mi culo.

—Decilo —le pedí a Mateo, girando la cabeza apenas—. Decilo fuerte para el teléfono.

Él entendió al segundo.

—Te estoy cogiendo, Camila —dijo, alto, claro, mientras me daba una palmada—. Te estoy cogiendo como se te tiene que coger. Toda mojada me la estás pidiendo.

Escuché un ruido apagado desde el teléfono. Un gemido bajo. Rodrigo se estaba tocando.

Todo se volvió más intenso todavía.

***

Lo detuve con una mano en su pecho. Él paró de inmediato, con la polla todavía adentro. Me la sacó despacio, con un tirón que me hizo apretar los dientes, y yo me di vuelta. Me senté encima de él con la espalda recta. Agarré la verga con la mano, la coloqué en la entrada del coño, y me la clavé de un solo movimiento, hundiéndome hasta el fondo.

Los dos gemimos al mismo tiempo.

Puse las palmas abiertas sobre su pecho y empecé a moverme. Despacio al principio, sintiendo cada centímetro, adaptándome al ángulo nuevo. Subía casi hasta la punta y bajaba de golpe. La polla me tocaba adentro un punto que me hacía apretar los ojos.

Lo miré a los ojos mientras me lo cogía. Él me devolvió la mirada con una expresión que no disimulaba nada. Sus manos se aferraron a mis muslos primero, después subieron a las tetas, apretándolas, tirando de los pezones. Yo aceleré.

Me monté con más fuerza, rebotando encima con las manos apoyadas en su pecho, dejando que las tetas me saltaran libres. Sabía que la cámara del teléfono me estaba tomando de costado, que Rodrigo estaba viendo mi silueta perfecta, cómo subía y bajaba encima de otro, cómo se me marcaban los músculos de las piernas con cada embestida.

—Tocame el culo —le dije a Mateo.

Su mano subió y bajó otra vez, chupó dos dedos y me los apretó contra el ano, entrando de a poco al ritmo que yo marcaba con las caderas. Doble presión, adelante y atrás, y yo perdiendo la cabeza encima de él.

El orgasmo llegó sin aviso, como siempre llega cuando uno deja de perseguirlo. Una tensión que empezó en algún punto profundo y se fue expandiendo hacia afuera hasta que todo el cuerpo se contrajo en un segundo y luego se soltó de golpe. Grité fuerte, sin taparme la boca, sintiendo cómo el coño me pulsaba alrededor de la polla en espasmos largos, cómo se me contraía el culo alrededor de sus dedos. Me quedé quieta encima de él, con las manos en su pecho y la boca abierta, sin poder moverme ni hablar.

—Camila —dijo él, en voz baja.

Era la primera vez que usaba mi nombre en toda la noche.

Me dejé caer de costado sobre la cama.

***

Mateo se acomodó encima de mí otra vez. Más rápido ahora, más directo. Me abrió las piernas con las rodillas y se me metió adentro de una sola embestida. Mis piernas se abrieron solas más todavía, se le enrollaron en la cintura. Levanté las caderas para encontrarlo y cerré los ojos.

Cogía duro, sin ritmo cuidado, buscando lo suyo. Yo le clavaba las uñas en la espalda y le pedía más al oído. Su boca me chupaba el cuello, dejándome marcas que iba a tener que tapar al día siguiente. Sus caderas chocaban contra las mías con un ruido sordo, repetido, cada vez más rápido.

En ese momento pensé en Rodrigo.

No como culpa. Como algo añadido, como un elemento más en todo lo que ya me tenía completamente fuera de mí.

Lo imaginé ahí, en esa habitación a oscuras al otro lado del teléfono, con la mano en la polla, viéndome así: completamente entregada a algo que él mismo había pedido. Viéndome sin filtro, sin la actuación que uno sostiene siempre con la persona que te conoce bien. Viéndome recibir la corrida de otro hombre.

Con Mateo no había historia. No había nada que sostener. Solo una polla adentro y un cuerpo pesado encima y las ganas de acabar otra vez.

Y Rodrigo lo estaba viendo todo.

Ese pensamiento me hundió más todavía en lo que estaba sintiendo. Mateo aceleró de golpe, gruñó cerca de mi oreja, y sentí cómo se hinchaba adentro un segundo antes de llenarme. Los chorros calientes de semen me subieron por dentro mientras él seguía empujando con embestidas cortas, vaciándose completo. Yo me acabé otra vez con él adentro, apretando las piernas alrededor de su cintura, sintiendo cómo la corrida ajena me chorreaba entre los muslos cuando él por fin se sacó.

Todo se detuvo.

***

Los cuerpos se relajaron. El ruido de la calle seguía afuera. El ventilador del techo giraba despacio en el silencio.

Me quedé boca arriba un momento, mirando el techo blanco de la habitación, con la respiración todavía alta y el semen todavía saliéndome despacio. Mateo estaba a mi lado, quieto, sin hablar. No hacía falta hablar.

Giré la cabeza hacia el velador.

El teléfono seguía ahí, inclinado hacia la cama. La pantalla tenue en la penumbra.

Rodrigo del otro lado.

Habiendo visto todo.

Abrí el chat y le mandé un mensaje sin palabras: solo un punto, como señal de que había terminado. Treinta segundos después me respondió con una sola imagen: una llama.

Sonreí contra la almohada.

Sabía exactamente lo que eso significaba para la próxima vez que nos viéramos.

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3.9(19)

Comentarios(9)

vanesa

tremendo!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

Marcos_99

Por favor que haya una segunda parte, quede con mil preguntas. Como reacciono el despues??

SoledadBaires

Me recordo algo que viví hace años, pero jamas lo hubiera contado tan bien. Excelente!

leofiuco

increible... me dejo sin palabras jaja

Fran_ba

Lo de la camara fue un detalle muy original, le da otra vuelta al relato. Muy bueno!

Ferchu22

y el no quiso participar o solo con mirar le alcanzaba? jajaja Buenisimo igual

RubenSur23

Que forma de contarlo, se siente real sin ser burdo. Segui escribiendo!!

PatricioM

Vi el titulo y tuve que entrar a leerlo completo. No me decepciono para nada, todo lo contrario. El detalle de la camara fue muy original. Gracias por compartirlo!

Miranda_ok

sigue asi!!! esperando el proximo con ansias

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