La propuesta que mi novia le hizo a un extraño en el mar
El calor de agosto nos golpeó desde el aparcamiento. Laura me tomó de la mano y echamos a andar por el sendero de tierra que bajaba entre pinos hasta la Cala del Pinar, una playa nudista escondida al sur de la costa. Veinte minutos de caminata cuesta abajo, con el olor a resina y sal mezclándose en el aire. Siempre decíamos que ese camino era una especie de ritual: con cada paso dejábamos atrás algo más que la ropa.
—Me encanta llegar aquí —dijo Laura, soltándose la camiseta por la cabeza sin detenerse—. Nada de bañadores empapados, nada de marcas. Solo piel.
Asentí, observándola. Llevábamos cuatro años juntos y cada verano repetíamos el mismo plan: tres semanas de vacaciones y al menos diez visitas a la cala. La conocíamos mejor que nuestro propio barrio. Sabíamos dónde se formaban las pozas cuando bajaba la marea, cuál era la duna más resguardada del viento y en qué rincón se apostaban los habituales. Matrimonios jubilados, alguna pareja joven, y siempre, sin falta, dos o tres hombres solitarios medio escondidos entre los matorrales, con la polla dura asomando entre las manos mientras fingían leer el periódico. Laura los llamaba «los centinelas». Yo los llamaba mirones pajilleros, sin más.
Pero nuestra relación con la cala tenía una capa que no compartíamos con nadie. En más de una ocasión nos habíamos escabullido entre las dunas, caminando con falsa calma antes de tirarnos sobre una toalla detrás de algún arbusto alto. El sexo allí tenía otra textura: la arena raspando la espalda, el peligro de una voz acercándose por el sendero, el cielo abierto como único techo. Era un vértigo que no encontrábamos en ningún otro sitio. Follar sabiendo que en cualquier momento un desconocido podía asomarse y vernos con su polla dentro de mi coño, o mi cara enterrada entre las tetas de Laura, era una droga que no queríamos dejar.
Y después llegó la fantasía.
No recuerdo quién la mencionó primero. Creo que fue Laura, una noche de junio, tumbados en la cama después de follar. Yo aún tenía la corrida chorreándome por los cojones y ella tenía el coño abierto y goteando semen sobre la sábana. Estábamos hablando de la playa, de las dunas, y ella dijo algo como «¿te imaginas si alguien nos viera y, en lugar de irse, se quedara a pajearse? ¿O si se acercara y me pidiera que se la chupara?». La idea quedó flotando en el aire del dormitorio como el humo de una vela recién apagada. No la discutimos. No hacía falta. A partir de esa noche, la fantasía del trío se convirtió en parte de nuestro repertorio. La usábamos en susurros mientras follábamos —«imagínate otra polla en mi boca mientras tú me revientas por detrás», me jadeaba ella con dos dedos míos hundidos en su culo—, la alimentábamos con detalles cada vez más concretos, y poco a poco dejó de ser un juego verbal para convertirse en algo que los dos queríamos probar.
Tanto, que empecé a llevar preservativos en el bolso de playa. Los guardaba dentro de una bolsa con cremallera, junto a la crema solar y las toallas. Laura lo sabía. Nunca dijo nada al respecto, pero una vez la vi comprobar que seguían ahí antes de salir de casa.
***
El día que todo cambió fue un miércoles de mediados de agosto. La cala estaba más vacía de lo normal. Hacía un calor denso, el tipo de calor que aplasta el sonido y convierte el horizonte en una línea líquida. Llevábamos un par de horas tumbados al sol cuando Laura me miró con esa expresión que yo conocía de memoria: labios entreabiertos, cejas ligeramente alzadas, un brillo oscuro en los ojos. Y una mano perezosa entre los muslos, dos dedos rozándose el clítoris a la vista de quien quisiera mirar.
—¿Damos un paseo? —preguntó, y no era una pregunta.
Nos levantamos y caminamos hacia las dunas con esa lentitud ensayada que ya dominábamos. Mientras avanzábamos por la arena, noté algo. Un hombre sentado cerca de nuestras cosas, treinta y pocos, hombros anchos, piel tostada por semanas de sol, y una polla gruesa y larga descansando sobre el muslo. Nos observaba sin disimular. No era la mirada perdida de quien descansa: era atención deliberada, como si nos estuviera leyendo. Vi cómo se le iba hinchando la verga a medida que Laura pasaba delante suyo con el coño depilado brillándole al sol.
Le devolví la mirada un segundo. Él no la apartó.
En las dunas, Laura y yo follamos rápido, con esa urgencia que nos daba saber que alguien podía aparecer en cualquier momento. Ella se me tiró encima nada más echar la toalla, me agarró la polla ya medio dura y se la metió en la boca hasta el fondo, chupando con hambre, ensalivándola entera hasta que le chorreaba la baba por el mentón y me caía sobre los huevos. La agarré del pelo y le follé la garganta unas cuantas veces, viendo cómo se le saltaban las lágrimas y cómo abría más los muslos, ofreciéndome un coño rosado y ya empapado. La tumbé de espaldas, le abrí las piernas de un manotazo y le enterré la lengua entre los pliegues, chupándole el clítoris hasta que arqueó la espalda y me clavó los talones en los omóplatos. «Métemela ya, joder, métemela», me suplicaba con la voz rota. Me subí, le apoyé la punta y se la clavé de una sola embestida hasta los cojones. Ella soltó un aullido que traté de tapar con la mano. Después se dio la vuelta, se puso a cuatro patas y me la puso encima. Yo la agarré de las caderas y la embestí sin piedad, viendo cómo sus tetas se balanceaban debajo, cómo su culo rebotaba contra mi pelvis, cómo la arena caliente le manchaba las rodillas. Ella se corrió apretándome la polla con el coño con tanta fuerza que casi me hizo terminar. Aguanté. Salí, le di la vuelta otra vez y me puse a horcajadas sobre su pecho. Me pajeé sobre su cara y le vacié una corrida espesa entre las tetas y la boca, y ella sacó la lengua para atrapar los últimos hilos. Terminamos sudando y riendo, con arena pegada al semen que le chorreaba por el cuello, y volvimos a la orilla para meternos en el agua.
Fue entonces cuando sucedió.
Yo me alejé nadando unos metros, como solía hacer para enfriarme. Cuando miré hacia la orilla, Laura estaba de pie en el agua hasta la cintura, hablando con el hombre de antes. Él se había acercado mientras yo nadaba. Estaban a menos de un metro de distancia, y Laura sonreía de esa forma que reservaba para las situaciones que la excitaban.
El corazón me latió con fuerza, pero no de celos. De anticipación.
Nadé de vuelta despacio, midiendo cada brazada. A medida que me acercaba, pude escuchar fragmentos de la conversación. Laura le estaba contando que veníamos a la cala desde hacía años, que nos gustaba la libertad, que a veces nos escapábamos entre las dunas a follar. Lo decía con una naturalidad desarmante, como si le estuviera explicando una receta de cocina.
—...y a veces buscamos algo más que estar solos —la escuché decir justo cuando llegué a su lado.
El hombre se llamaba Marcos. Tenía una voz grave y pausada, y una forma de hablar que transmitía calma. Me saludó con un gesto de la cabeza, sin rastro de incomodidad.
—Tu novia me estaba contando vuestras aventuras en las dunas —dijo, con media sonrisa—. La verdad es que veros caminar hacia allí me ha dejado la polla tan dura que no había forma de salir del agua sin hacer el ridículo.
Lo dijo con humor, sin vulgaridad, y los tres nos reímos. La tensión se rompió como una ola contra la roca. Y entonces Laura hizo lo que Laura siempre hacía cuando tomaba una decisión: actuar sin avisar.
Vi cómo su brazo se movía bajo la superficie del agua. No podía ver qué hacía exactamente, pero la expresión de Marcos lo decía todo: los ojos se le cerraron un instante, la mandíbula se le tensó, y contuvo el aliento como si alguien le hubiera robado el aire de los pulmones. Yo me acerqué un poco más y bajé la vista. Laura le tenía la polla agarrada con la mano derecha, la muñeca subiendo y bajando despacio bajo el agua, midiéndosela, sopesándola. La tenía dura como una piedra, gruesa, con la punta morada asomando cada vez que ella tiraba del prepucio hacia atrás.
—Laura... —murmuré, acercándome un paso para cubrir la escena con mi cuerpo. Miré hacia la playa. Nadie nos prestaba atención.
—La tiene enorme —me susurró ella al oído, sin dejar de pajearlo—. Fíjate. No me cabe la mano entera.
Marcos apretó los dientes y dejó escapar un jadeo bajo. Laura le apretó la punta con el pulgar, jugó un segundo más, y después le soltó la verga despacio.
—Si te apetece —le dijo a Marcos, retirando la mano—, podríamos ir los tres a las dunas.
Marcos abrió los ojos. Nos miró a los dos, primero a ella, después a mí. Yo asentí.
—Voy a mi toalla —dijo él con voz ronca—. Dadme unos minutos.
Se alejó caminando con esa rigidez de quien intenta disimular una erección de veinte centímetros en una playa nudista, la polla apuntándole hacia arriba como un mástil que no había forma de bajar. Laura y yo nos quedamos flotando, mirándonos. El agua nos mecía con suavidad.
—¿Estás segura? —le pregunté, aunque mi cuerpo ya había respondido por mí y tenía la polla otra vez a media asta debajo del agua.
—Completamente —dijo, y sus ojos tenían ese brillo que yo había visto tantas noches en la cama, cuando susurrábamos la fantasía—. Pero quiero que tú mires. Que nos cuides. Solo eso, por ahora. Quiero que me veas mamársela. Que me veas abrirle las piernas y ofrecerle el coño. Que no te pierdas nada.
Acepté sin dudarlo. No era sumisión ni renuncia. Era otra cosa, algo que nos pertenecía solo a nosotros: la excitación de compartir, de ver a la mujer que amaba entregarse mientras yo sostenía el marco de la escena.
***
Laura salió del agua primero. Caminó hasta el bolso, sacó un preservativo con movimientos discretos y se lo guardó en la mano. Sin mirar atrás, tomó el sendero de las dunas. Su silueta se recortaba contra la arena dorada, las gotas de agua brillando en su espalda y resbalándole por la raja del culo como pequeñas estrellas.
Unos minutos después, Marcos se levantó de su toalla y siguió el mismo camino. Caminaba despacio, con las manos a los costados, como si diera un paseo cualquiera, aunque la polla todavía se le balanceaba hinchada entre los muslos.
Esperé. Conté hasta cien, escuchando solo el rumor del mar y mi propia respiración. La playa se había vaciado casi por completo. El sol empezaba a bajar, tiñendo el cielo de naranja y violeta. Me puse de pie y subí por el sendero.
Los encontré detrás de una duna alta, en el mismo rincón donde Laura y yo habíamos estado una hora antes. Ella estaba de rodillas frente a él, con la polla de Marcos entera dentro de la boca. Le agarraba los huevos con una mano y con la otra le tiraba del pelo del pubis mientras subía y bajaba la cabeza, ensalivándole la verga hasta que le brillaba entera. Marcos tenía las dos manos apoyadas en la nuca de ella y le marcaba el ritmo, empujándole la cara contra su pelvis. Se oía el chapoteo húmedo de la mamada y los gemidos ahogados de Laura cada vez que él le empujaba la garganta.
Me agaché entre los matorrales, a tres metros de distancia. Desde ahí podía verlo todo y vigilar el camino de acceso. Sin darme cuenta ya me había agarrado la polla y me la pajeaba despacio.
Laura sacó la verga de la boca con un chasquido, escupió un hilo de saliva sobre el glande y se la lamió de arriba abajo, desde los cojones hasta la punta, mirándome de reojo. Cuando me encontró, sonrió con la boca llena y una gota de baba colgándole del labio. Fue una sonrisa breve, íntima, que decía «estoy aquí, estás ahí, esto es nuestro». Después le chupó la punta como si fuera un caramelo, con la lengua girando alrededor del glande, y volvió a tragársela entera hasta que se le hinchó la garganta.
Marcos gruñó, la apartó tirándole del pelo y la tumbó de espaldas sobre la toalla. Le abrió los muslos de par en par y se agachó entre ellos. Yo tenía una vista perfecta del coño de Laura, rosado y abierto, con el clítoris hinchado y los labios brillando de humedad. Marcos le enterró la cara y empezó a comérselo con hambre. Se oían los sonidos húmedos de su lengua chupándole el clítoris, lamiéndola de arriba abajo, metiéndosela dentro. Laura arqueó la espalda y agarró un puñado de arena con cada mano.
—Métemela ya —jadeó—. Métemela de una vez, joder, no aguanto más.
Marcos se incorporó, se puso el preservativo con manos firmes, agarró la polla por la base y frotó el glande contra los labios del coño de ella. Laura levantó las caderas, buscándolo, y él la penetró de una sola embestida hasta el fondo. El sonido que salió de la garganta de Laura fue algo que yo conocía bien, pero que nunca había escuchado desde fuera. Un gemido grave, largo, como si todo el aire de sus pulmones se escapara de golpe. Él empezó a moverse despacio, apoyándose en los antebrazos, marcándole las embestidas con la pelvis, y Laura le clavó las uñas en los hombros y le enrolló las piernas alrededor de la cintura para que se la metiera más adentro.
Yo los miraba sin parpadear, cascándome la polla al mismo ritmo con el que él la embestía. La escena tenía una cualidad irreal: la luz dorada del atardecer, la arena brillando como polvo de cobre, los sonidos del mar mezclándose con los jadeos y con el ruido húmedo de la polla de Marcos entrando y saliendo del coño de mi novia. Se veía cómo el condón se le manchaba de los flujos blancos y espesos de Laura cada vez que él se retiraba hasta la punta antes de volver a hundirse hasta los huevos.
Él la agarró por las corvas, le levantó las piernas hasta los hombros y se la clavó a fondo, doblándola en dos. Desde mi escondite veía cómo el culo de ella se abría, cómo el ano se le contraía con cada embestida, cómo los cojones de Marcos rebotaban contra sus nalgas. Laura giró la cabeza hacia mí y me sostuvo la mirada mientras él aumentaba el ritmo. Había algo en sus ojos que iba más allá del placer físico. Era triunfo. Era la certeza de que la fantasía que habíamos construido juntos durante meses estaba ocurriendo, y era mejor de lo que habíamos imaginado. Se llevó dos dedos a la boca, se los ensalivó y se puso a frotarse el clítoris mientras él seguía clavándosela.
—Me corro —jadeó ella, mordiéndose el labio—. Joder, me corro, no pares, no pares...
Se corrió con un aullido apretado, arqueándose entera, apretando las piernas contra los flancos de Marcos, y él siguió embistiéndola durante el orgasmo sin bajar el ritmo. Le puso la mano en el cuello, sin apretar, solo sujetándola, y ella gimió más fuerte todavía. La cambió de postura: la puso boca abajo, le levantó el culo con una mano y volvió a metérsela por detrás, agarrándola de las caderas. Follaron así unos minutos más, con Laura gimiendo contra la toalla y la mejilla llena de arena, hasta que Marcos se tensó con un gruñido contenido, su espalda arqueándose, y se detuvo dentro de ella. Se le vieron los huevos contraerse mientras se vaciaba, y Laura empujó las caderas hacia atrás para exprimirle hasta la última gota.
Se separaron despacio. Marcos se quitó el preservativo con cuidado, hinchado y pesado del semen, lo ató y lo enterró en la arena. Laura se quedó tumbada, con los ojos cerrados, el coño rojo y abierto todavía palpitando, y una sonrisa satisfecha que le curvaba los labios. Yo tenía la mano llena de mi propia corrida, que me había vaciado sobre la arena unos segundos antes que él.
***
Volvimos por separado, como habíamos acordado sin necesidad de decirlo. Primero Marcos, con pasos tranquilos y la toalla al hombro. Después Laura y yo, cogidos de la mano, sacudiéndonos la arena como si acabáramos de echarnos una siesta entre las dunas.
Al pasar junto a la toalla de Marcos, él levantó la vista.
—Ha sido increíble —dijo, sin afectación. Como quien comenta una buena puesta de sol.
—Sí que lo ha sido —respondió Laura, y le tendió su teléfono para que guardara su número.
Marcos tecleó con calma, se lo devolvió y nos dedicó un último gesto con la mano. No hubo promesas ni despedidas formales. Solo un número guardado y el entendimiento silencioso de que aquello podía repetirse.
En el coche, con las ventanillas bajadas y el olor a sal todavía en la piel, Laura apoyó la cabeza en mi hombro. Tenía los muslos entreabiertos y el bañador puesto sin bragas debajo; le vi una mancha húmeda oscureciendo la tela por la entrepierna.
—¿Y bien? —preguntó.
La miré de reojo. Tenía el pelo revuelto, restos de arena en la mejilla y esa expresión de plenitud que la hacía parecer más joven.
—Esto solo ha sido el principio —dije, entrelazando mis dedos con los suyos sobre la palanca de cambios.
Laura cerró los ojos y sonrió. El coche avanzaba por la carretera de la costa, y por el retrovisor vi cómo la playa se hacía pequeña hasta desaparecer. Pero lo que había empezado allí no iba a quedarse en la arena. Los dos lo sabíamos.
Esa noche, en la cama, no necesitamos inventar nada. Teníamos un recuerdo real, caliente, compartido. Laura se me subió encima nada más apagar la luz, con el coño ya empapado, y se dejó caer sobre mi polla de un solo golpe. Empezó a cabalgarme despacio, apoyando las manos en mi pecho, y mientras me montaba me susurró al oído los detalles que yo no había podido ver desde los matorrales: cómo la había tocado Marcos antes de penetrarla, cómo le había metido dos dedos y le había buscado el punto por dentro hasta hacerla gritar, qué le había dicho al oído —«qué coño más apretado tienes, zorra, te voy a llenar entera»—, cómo se sentía tener otro cuerpo encima mientras sabía que yo estaba mirando, cómo la polla de él era más gruesa que la mía y le había abierto el coño de una manera nueva.
Cada palabra me la ponía más dura. Le agarré las tetas, se las apreté, le pellizqué los pezones hasta que ella soltó un gemido agudo y aceleró el ritmo. La agarré de las caderas y la embestí desde abajo con toda la fuerza, escuchando el chapoteo húmedo de su coño tragándose mi polla una y otra vez. Ella se corrió apretándome entera, temblando encima de mí, y yo me vacié dentro con un gruñido que me salió del fondo del pecho.
—La próxima vez —dijo, mordiéndome el lóbulo de la oreja mientras el semen le chorreaba por los muslos sobre mi pubis— quiero que tú también participes. Quiero teneros a los dos a la vez. Uno por delante y otro por detrás. Quiero que me llenéis los dos agujeros al mismo tiempo.
La próxima vez. Dos palabras que se quedaron vibrando en la oscuridad del dormitorio como una promesa hecha de arena, sal y piel desnuda.