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Relatos Ardientes

Lo que nadie en ese café de Roma debió oír

Roma despertó envuelta en nubes bajas y ese frío seco de mediados de octubre que hace que cada bocanada de aire sepa a piedra vieja y a hojas mojadas. Desde la ventana de nuestra habitación en un pequeño hotel de Trastevere, las cúpulas y los tejados de la ciudad se perfilaban contra un cielo gris que, lejos de decepcionarme, me parecía la decoración perfecta para nuestra primera semana de luna de miel.

Llevábamos tres días casados. Tres días en los que apenas habíamos salido de la cama por voluntad propia.

Adrián eligió para salir unos pantalones oscuros, una camisa y un jersey de cuello alto sin más pretensión que la comodidad. Yo, en cambio, me puse un vestido de lana granate por encima de unas medias negras, unas botas hasta la rodilla y un abrigo entallado que me llegaba a los muslos. Me recogí el pelo en un moño bajo y me puse los pendientes largos que él me había regalado el día anterior.

—Deberías estar prohibida —dijo desde el marco de la puerta del baño mientras yo terminaba de pintarme los labios.

No respondí, pero en el espejo vi cómo me miraba. Se acercó por detrás y me sujetó de las caderas, apretándose contra mi culo con una polla que ya empezaba a marcarse dura contra la tela del pantalón. Me mordió la nuca por encima del cuello alto del vestido.

—Si no salimos ahora, te follo contra el lavabo y no llegamos ni a la plaza —murmuró.

—Prometiste enseñarme Roma —dije, aunque separé un poco las piernas sin darme cuenta.

Se rió contra mi oreja y me dio una palmada suave en el culo antes de soltarme.

El comedor del hotel olía a café espresso y a pan recién horneado. Desayunamos despacio, sin prisa, con esa lentitud perezosa y cómplice de los recién casados que todavía no se creen del todo lo que les acaba de pasar. La mesa era pequeña y nuestras rodillas no tardaron en encontrarse debajo del mantel.

Adrián bebía su café mirándome por encima de la taza. Esa clase de mirada que te sigue un minuto después de que él haya desviado los ojos.

—¿Salimos a ver la ciudad? —preguntó.

—Prometiste enseñármela —le recordé.

—Te prometí muchas cosas.

Le di un mordisco al cornetto y no contesté.

***

Salimos del hotel pasadas las diez. El aire de octubre nos recibió con ese mordisco helado que agradeces cuando llevas buen abrigo y que duele cuando no lo llevas. Nosotros lo llevábamos, y además íbamos pegados desde el primer paso.

Adrián caminaba con un brazo alrededor de mi cintura, atrayéndome hacia su costado cada vez que el viento arreciaba. Cruzamos el Tíber por el Ponte Sisto y nos adentramos en Campo de' Fiori, que a esa hora todavía olía a verdura fresca y a aceite de los puestos del mercado.

Roma tiene esa cualidad extraña de hacerte sentir pequeño y eterno al mismo tiempo. Cada esquina es una capa encima de otra capa encima de otra más. Caminamos durante casi dos horas sin rumbo fijo, perdiéndonos por callejuelas donde el empedrado antiguo amortiguaba el ruido de nuestros pasos y las fachadas ocres filtraban una luz suave y difusa.

En la Via dei Coronari, Adrián me paró al menos cuatro veces para sacarme fotos con el móvil.

—Date la vuelta. No, así no. Mira hacia allá.

Yo posaba entre risa y exasperación, apoyada en portales de piedra o mirando escaparates cerrados, mientras él se alejaba unos pasos y me estudiaba con esa concentración que reservaba para las cosas que le importaban de verdad.

—¿Puedo seguir andando ya?

—Espera. Una más.

En la Plaza Navona nos sentamos un momento en el borde de la fuente. El frío del mármol se notaba a través del abrigo, pero Adrián me rodeó con los dos brazos por detrás y apoyó la barbilla sobre mi hombro. Deslizó una mano por dentro del abrigo, buscó el borde de mi vestido y me apretó el muslo por encima de la media, ahí donde el elástico se me clavaba en la piel.

—¿Estás feliz? —preguntó en voz baja.

—Sí —respondí.

Era la respuesta más corta y más verdadera que había dado en mucho tiempo.

Sus dedos subieron un centímetro más, rozándome ya la carne desnuda del interior del muslo. Cerré los ojos un segundo. Luego le aparté la mano con una sonrisa que no engañaba a nadie.

—En la calle no.

—En la calle sí —contestó—, pero luego.

Pasada la una del mediodía, el frío empezó a ganar la batalla. La humedad del río se había metido en los huesos sin que me diera cuenta, y mis pies, después de dos horas de adoquines, empezaban a protestar en silencio.

Fue al doblar una esquina cerca del Panteón cuando el olor nos detuvo en seco.

Café recién molido. Mantequilla caliente. El aroma inconfundible de algo horneándose detrás de una puerta entornada. Un pequeño local con las ventanas empañadas y un toldo verde oscuro sobre la entrada dejaba escapar ese olor por la rendija como una trampa bien tendida.

—Necesito entrar ahí —dije.

Adrián no protestó.

***

El interior nos acogió con una bocanada de aire caliente y ese ruido sordo y amable de los locales llenos a mediodía: conversaciones en italiano, el tintineo de la vajilla, la máquina del espresso disparando vapor. El techo era bajo, las paredes estaban cubiertas de fotos en blanco y negro enmarcadas, y el suelo de baldosas llevaba décadas contando historias de zapatos mojados.

Tuvimos suerte. Había una mesa libre al fondo, junto a la pared, pequeña y redonda, con apenas sitio para las tazas y nuestros codos.

Nos quitamos los abrigos y los colgamos en un perchero de madera junto a la pared. Sin el paño de por medio, el calor de la sala nos envolvió de golpe. Pedimos dos chocolates calientes y un par de galletas.

Durante un rato nos dedicamos a recuperar el calor simplemente mirando por la ventana empañada. La gente pasaba fuera encogida contra el viento. Nosotros estábamos dentro, con los pies entrelazados por debajo de la mesa sin que ninguno de los dos lo hubiera decidido conscientemente.

Le conté mis impresiones sobre la mañana. Él escuchaba asintiendo, con la taza entre las manos. Parecíamos dos turistas normales. Parecíamos dos personas en una luna de miel de manual.

Pero entonces levanté los ojos y lo pillé.

No me estaba escuchando. Me estaba mirando la boca.

Miraba cómo mis labios recogían el chocolate espeso del borde de la taza. Miraba cómo la punta de mi lengua rozaba la comisura para limpiar una gota que amenazaba con escaparse. Sus ojos no tenían nada de turista.

—Te has perdido todo lo que te acabo de contar —le dije.

—Completamente —admitió sin vergüenza.

—¿En qué estabas pensando?

Bajó la taza al platillo con cuidado. Se inclinó hacia adelante, reduciendo la distancia entre los dos a algo ridículo, y habló en voz muy baja. Lo bastante baja como para que solo yo pudiera oírle sobre el ruido del local.

—Estaba pensando que llevas desde el desayuno cruzando las piernas de esa manera, y que me está costando una brutalidad no meterte la mano por debajo de la mesa, apartarte las bragas y comprobar lo empapada que tienes el coño ahora mismo. Estaba pensando en cómo quiero que uses esa boca cuando salgamos de aquí. En lo bien que se te da chupármela y en las ganas que tengo de correrme contra el fondo de tu garganta.

El calor me subió por el pecho antes de que pudiera hacer nada por evitarlo. Me removí en la silla, sintiendo la fricción de las medias contra la tela de las botas, el pulso desbocado latiéndome en la garganta, y una humedad concreta y bochornosa creciéndome entre los muslos.

—Dijiste que la recompensa era esta noche —le recordé, pasándome el dedo por el borde de la taza para ganar tiempo.

—Sigo sin entender por qué tiene que ser esta noche —respondió—. Roma es la ciudad más vieja del mundo. Algo tan urgente no debería esperar.

Me reí a pesar de mí misma.

—Estamos en un restaurante lleno de gente.

—Lo sé.

Sus ojos no se movieron de los míos.

—Hay un baño al fondo de ese pasillo —dijo—. Lo vi cuando entramos.

Pausa.

—¿Me acompañas?

No era una orden. Nunca lo eran con él. Era una pregunta con la respuesta flotando en el aire entre los dos, esperando a que yo decidiera cogerla o dejarla caer.

El problema era que mi cuerpo había tomado la decisión antes de que mi cabeza terminara de procesar la pregunta. Notaba mis propios pezones erguidos contra el sostén, marcándose contra la lana del vestido, y las bragas ya visiblemente mojadas contra los labios inflamados del coño.

Me puse de pie despacio. Noté la fricción de las medias contra el interior de las botas, el peso del moño en la nuca, el pulso acelerándose todavía más.

—Cinco minutos —dije en voz baja—. Y te portas bien.

Sonrió de medio lado.

—No te prometo nada.

***

Dejamos los abrigos colgados y las tazas a medias sobre la mesa. Un par de abrigos y un par de tazas de chocolate son la mejor señal de ocupado que existe en un restaurante. Nadie nos daría nuestra mesa en al menos diez minutos.

Caminé detrás de él a través del pasillo estrecho que olía a especias y a detergente de limón. El murmullo del local fue quedándose atrás. Una pequeña placa de latón indicaba los servicios al fondo, junto a la puerta de la cocina.

Adrián empujó la puerta del baño de hombres con cuidado, lo justo para asomarse. Luego me miró y asintió.

Entramos.

El espacio era pequeño y estaba inmaculado. Dos urinarios de pared, un lavabo de cerámica blanca y una sola cabina al fondo con puerta de madera pintada de verde oscuro. El suelo de baldosas era el mismo que en el salón y olía a jabón de romero y a desinfectante limpio.

Nos metimos en la cabina. Adrián pasó el pestillo.

El chasquido del metal resonó en el silencio del cuarto de baño como si fuera el único sonido en el mundo.

Me quedé de pie entre su cuerpo y la pared, con la espalda a centímetros del frío azulejo. El espacio era tan justo que cualquier movimiento era un roce, y cada roce era un pequeño incendio.

—Hola —dijo, en voz muy baja.

—Hola —respondí.

Me puse de puntillas y lo besé antes de que terminara de sonreír.

El beso no se pareció en nada a los del desayuno. Fue urgente y torpe y sabía a chocolate y a café y a tres días de luna de miel acumulados en un único punto de presión. Su lengua entró en mi boca como si llevara horas esperando y yo se la chupé con una desesperación de la que no me creía capaz. Sus manos encontraron mis caderas debajo del abrigo que no llevaba puesto, buscando la tela del vestido, deslizándose hacia arriba por mis muslos hasta el borde de las medias.

Noté que tragaba saliva cuando sus dedos encontraron el final de la tela y el inicio de mi piel. Siguieron subiendo, hasta encontrar el tejido empapado de las bragas.

—Joder —susurró contra mi boca—. Estás chorreando.

Apartó la tela a un lado con dos dedos y me pasó la yema por toda la raja del coño, de abajo arriba, muy despacio, hasta encontrar el clítoris. Se me escapó un jadeo que ahogué contra su cuello.

—Shhh —dijo.

Sus dedos empezaron a moverse en círculos pequeños sobre el capullo hinchado, con esa precisión insultante que él llevaba tres días perfeccionando. Yo intentaba no mover las caderas y era imposible: mi pelvis buscaba su mano por instinto, empujándose contra sus nudillos.

Metió dos dedos dentro de mí sin previo aviso.

El ruido húmedo que hicieron me hizo cerrar los ojos con fuerza. Estaba tan mojada que sus dedos entraron hasta el fondo de una sola embestida, y noté cómo mi coño se cerraba alrededor de ellos como si llevara todo el día esperándolos.

—Así de puta te has puesto por lo que te he dicho ahí fuera —murmuró contra mi oreja mientras los sacaba y volvía a meterlos—. Con dos frases.

—Cállate —le dije, y mis manos fueron a buscar el botón de su pantalón.

Le desabroché la bragueta con dedos torpes y saqué la polla de dentro del calzoncillo. Estaba ya dura como una piedra, gruesa, con la punta brillante de una gota gorda de presemen. La abarqué con la mano y la apreté, y él soltó el aire contra mi cuello.

Él apoyó la frente en la mía, respirando contra mi boca, sin moverse del todo.

—Te lo dije —murmuró—. Roma no espera.

Sonreí a pesar del pulso desbocado.

—Cierra la boca y—

El chirrido de la puerta principal del baño nos cortó en seco.

Nos quedamos inmóviles. Pegados el uno al otro, sin respirar, escuchando los pasos de alguien que acababa de entrar al cuarto de baño. Yo con la polla de mi marido en la mano y sus dos dedos todavía enterrados en mi coño.

El sonido de los zapatos sobre las baldosas. El agua del grifo. El zumbido del secador de manos.

Ninguno de los dos nos movimos ni un milímetro.

El corazón me latía tan fuerte que estaba convencida de que se oía desde fuera de la cabina. Adrián mantenía las manos quietas, con los ojos fijos en los míos, sin apartar la mirada. Pero muy lentamente, mientras el desconocido se enjabonaba las manos, curvó los dedos dentro de mí y empujó hacia arriba, buscando ese punto exacto que me hacía perder la cabeza.

Me mordí el labio hasta hacerme daño.

Los pasos se acercaron.

Se detuvieron frente a la cabina de al lado.

El cerrojo de la puerta contigua se cerró con el mismo chasquido metálico que el nuestro.

Adrián soltó el aire muy despacio por la nariz. Yo enterré la cara en su cuello para no reírme en voz alta.

Estábamos en el baño de un café romano, recién casados, con el pestillo puesto y la ropa a medio colocar, mientras un completo desconocido a veinte centímetros de nosotros se acomodaba sin prisa en el cubículo de al lado.

Lo que ocurrió después no lo había planeado ninguno de los dos.

Pero el riesgo de que aquel desconocido pudiera oírnos, aquella pared de madera ridículamente fina que era lo único que nos separaba de él, hizo que todo se volviera diez veces más intenso. Ese tipo de intensidad que no se puede fabricar. Que aparece sola o no aparece.

Adrián me miró con una pregunta silenciosa, la polla todavía palpitando en mi mano.

Asentí.

Me llevó con dos manos, sin ruido, hasta ponerme de rodillas frente a él. El suelo de baldosas estaba frío incluso a través de las medias, pero me daba igual. Tenía su verga a la altura de la boca, gruesa y roja, con las venas marcadas y el capullo brillante. Le pasé la lengua por toda la longitud, de abajo arriba, saboreando la sal del presemen, y luego me lo metí entero en la boca de una sola vez.

Le oí morderse el puño para no gemir.

Empecé a chupársela despacio, muy despacio, sin hacer el menor ruido. Cerraba los labios apretados alrededor del tallo cada vez que subía, y usaba la lengua contra la parte inferior del glande cuando llegaba arriba. Sabía perfectamente cómo le gustaba. Llevaba tres días refrescando la memoria.

Él me sujetaba el moño con una mano, sin forzar, solo acompañando el ritmo. Cuando levanté los ojos y lo miré desde abajo, con la polla hundida hasta el fondo de mi boca, vi en su cara una expresión que no le había visto nunca: mitad devoción, mitad amenaza. Como si estuviera a punto de partirme en dos.

Del otro lado de la pared se oyó el ruido inconfundible del papel higiénico girando en su soporte.

Me saqué la polla de la boca y le pasé la lengua ancha por los huevos, uno primero, luego el otro, y luego me la volví a meter hasta que sentí que la punta me golpeaba en la garganta. Una arcada muda me sacudió el pecho. Se me saltaron las lágrimas. La saliva se me escapó por las comisuras y me resbaló por la barbilla hasta el escote del vestido.

Adrián tiró del moño hacia arriba, suave pero firme, hasta obligarme a soltarla.

—Levántate —articuló sin voz.

Obedecí. Las rodillas me temblaban.

Me giró contra la pared con las dos manos en las caderas, sin ruido, y me subió el vestido por encima del culo. Oí, más que noté, cómo me apartaba las bragas a un lado con un dedo. Luego el roce del glande caliente contra los labios del coño, buscando la entrada, resbalando por la humedad que yo misma había fabricado.

Entró de una sola embestida.

Tuve que morderme el dorso de la mano hasta dejarme la marca de los dientes para no gritar. El gemido que se me escapó fue apenas un soplo, pero él estaba tan pegado a mí que lo oyó y me tapó la boca con la palma.

—Chsss —dijo, casi sin sonido, contra mi oreja—. Como hagas ruido, nos oye.

Empezó a follarme así, con la mano sobre mi boca y la otra en mi cadera, sujetándome contra la pared del cubículo. Embestidas cortas al principio, casi contenidas, medidas al milímetro para que las baldosas no vibraran, para que el pestillo no chasquease, para que el sonido de nuestras pieles chocando quedara reducido a un chapoteo mínimo, ahogado, secreto.

Yo sentía cada centímetro de su polla entrando y saliendo, la fricción brutal, el capullo golpeando cada vez más hondo, y esa sensación de plenitud imposible que solo él conseguía. Mis manos abiertas contra el azulejo frío. Su pecho pegado a mi espalda por encima del jersey. Su aliento entrecortado contra mi cuello.

Al otro lado del tabique, el desconocido tosió una vez y desplegó lo que sonaba a periódico.

La idea de que estaba ahí, tan cerca, ajeno por completo a que a treinta centímetros de su cabeza una mujer estaba siendo penetrada contra la pared, me disparó algo por dentro. Empujé el culo hacia atrás para recibir cada embestida, buscando más profundidad, más ángulo, más de todo.

—Puta —me susurró Adrián al oído, con esa voz baja y rota que reservaba para estos momentos—. Mira cómo te gusta que te folle donde puedan oírnos. Mira cómo se te aprieta el coño.

Cerré los ojos con fuerza.

Sus embestidas se fueron haciendo más largas, más profundas, más rítmicas. La mano que me tapaba la boca se aflojó lo justo para bajar por mi cuello, colarse por debajo del vestido y agarrarme una teta por dentro del sostén. Me pellizcó el pezón entre el pulgar y el índice, y ese pequeño dolor perfecto me hizo apretarme entera alrededor de él.

Sentí que se le escapaba un gruñido bajo, casi inaudible.

La otra mano bajó, encontró de nuevo el clítoris y empezó a frotarlo en círculos apretados al mismo ritmo que sus caderas. Yo estaba ya tan cerca que temblaba entera. Cada embestida me empujaba un poco más al borde. La combinación de sus dedos, su polla y el peligro absurdo de estar haciendo esto ahí, en un baño de café romano, con un desconocido a un metro de nosotros, me tenía a segundos de correrme.

—Voy —articulé sin voz, moviendo solo los labios.

—Aguanta —susurró—. Juntos.

No pude. Me corrí antes, mordida contra la manga del jersey de él, con todo el cuerpo sacudiéndose en pequeñas convulsiones silenciosas, apretándome sobre su polla en oleadas cerradas y furiosas mientras él seguía embistiéndome con la respiración cada vez más entrecortada.

Sentí, en medio del orgasmo, cómo se hundía hasta el fondo por última vez, se quedaba muy quieto un instante, y luego se corría dentro de mí con espasmos calientes que me llenaron entera. Un gemido apagado se le escapó contra mi hombro, ahogado en la lana del vestido, pero fue un gemido de verdad, y por un segundo pensé que nos habían pillado.

Del otro lado del tabique, el desconocido pasó una página del periódico.

Nos quedamos así unos segundos larguísimos, él todavía dentro, con su corrida escurriéndose despacio por la cara interior de mi muslo, entre la piel y el elástico de la media. Su frente apoyada en mi nuca. Mi mejilla contra el azulejo frío. Los dos escuchando la respiración del otro y la ausencia total de ruido en el resto del baño.

Cuando por fin salió de mí, sentí el vacío como un pequeño luto.

Me dio la vuelta con cuidado, todavía sin hablar. Me bajó el vestido. Me arregló el moño lo mejor que pudo con dos dedos. Sacó un pañuelo de papel del bolsillo del pantalón y, agachándose sin ninguna vergüenza, me limpió despacio entre las piernas, secando lo que resbalaba por el interior de mis muslos y por el borde de las medias.

Yo lo miraba desde arriba con las manos temblorosas apoyadas en el tabique.

Se guardó el pañuelo en el bolsillo interior del jersey, se metió la polla dentro del pantalón, se subió la bragueta.

Nos quedamos mirándonos con una sonrisa muda de conspiradores.

El ruido del local llegaba amortiguado desde el pasillo, mezclado con el murmullo lejano de las conversaciones en italiano y el tintineo ocasional de la vajilla. El mundo seguía girando al otro lado de esa puerta de madera verde, completamente ajeno a lo que acababa de pasar dentro.

Esa idea, la del contraste entre el café lleno de gente y el silencio cargado de nuestra cabina, fue lo último en lo que pensé de forma coherente durante un buen rato.

No salimos de aquel baño en cinco minutos.

***

Cuando volvimos a la mesa, el chocolate seguía tibio y los abrigos seguían colgados exactamente donde los habíamos dejado. El camarero pasó junto a nosotros sin mirarnos, equilibrando una bandeja con la habilidad que solo da la práctica de muchos años.

Nos sentamos. Pedimos otros dos cafés.

Yo notaba todavía, contra el asiento, el pulso amortiguado del coño hinchado, y una humedad tibia entre las piernas que ningún pañuelo de bolsillo iba a solucionar del todo. Cada vez que me removía en la silla, la costura de las bragas me rozaba en un sitio que estaba ya demasiado sensible, y una descarga pequeña me subía por la columna.

Adrián me miró por encima de la mesa con esa expresión de satisfacción tranquila que yo ya había aprendido a reconocer en los tres días que llevábamos casados.

—¿Seguimos con la visita turística? —preguntó.

—Sí —dije—. Aunque creo que ya he visto la parte más interesante del día.

Se rió en voz baja.

—La noche todavía no ha empezado —dijo, y me pasó el pulgar por el labio inferior para limpiarme una gota imaginaria de chocolate—. Esto era el aperitivo.

Fuera, Roma seguía igual. El frío, el empedrado mojado, la luz gris de octubre filtrándose entre los tejados. Dentro, dos tazas de café humeantes y dos personas que llevaban tres días casadas y que acababan de añadir una historia más a las muchas que guardan esas paredes viejas.

Roma acumula capas. Siempre lo ha hecho.

La nuestra era pequeña, ridícula y completamente nuestra.

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Comentarios(10)

ViajeroK77

Que relato tan bien escrito, se siente que estabas ahi de verdad. Felicitaciones!

LectorNocturno7

increible

MiriamV09

Roma de fondo y esa tension... perfecto. Esperando la segunda parte si es que hay jaja

RomaFan_88

Me encanto como arranca, ese susurro al oido en un cafe con gente alrededor tiene algo muy especial. Sigue publicando!

Seba_Cba

Que envidia sana jaja, luna de miel en Roma y encima eso. Tremendo

ValentinaGBA

Muy bien narrado, se nota que tenes talento para crear tension sin apurarte. Me gusto mucho

PabloSanMar

corto pero intenso, quede con ganas de mas!!

Naty_porteña

Me recordo a un viaje que hize con mi pareja, esa sensacion de hacer algo que "no deberias" en publico es unica. Buen relato

LucianaM

Buenisimo!!! Por favor continua la historia

GuitarreroK

El escenario que elegiste es perfecto para este tipo de relato. Roma tiene esa magia... muy bueno

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