Perdí la apuesta delante de los tres amigos
Esto pasó hace ya unos cuantos años. Mateo y yo llevábamos un par de años saliendo y rondábamos los veintidós. Como casi todas las parejas jóvenes sin casa propia ni coche, las oportunidades para tener sexo escaseaban más de lo que nos gustaba admitir. El invierno era el peor de los enemigos: ni el banco del parque ni la última fila del cine servían cuando la temperatura bajaba de cinco grados.
Por suerte teníamos a los amigos de Mateo. Hugo, Bruno y Tomás compartían un piso pequeño en el centro y los fines de semana abrían la puerta a quien se quisiera pasar. Casi siempre éramos un grupo numeroso, pero esa tarde de enero, no sé si por el frío o por algún virus que andaba rondando, solo estábamos los tres del piso, Mateo y yo.
Los compañeros de piso eran buenos chicos, pero seamos sinceros: ninguno destacaba por su físico. Quizás por eso siempre andaban especialmente cachondos; las chicas no les hacían demasiado caso. Aquella tarde, con el viento golpeando las ventanas, decidimos pedir pizzas y montar una sesión de cine en el salón.
Después de cenar, Bruno propuso una segunda película. Tenían varios CDs grabados sin etiqueta, copias caseras de cosas que habían ido recolectando, y empezaron a probarlos uno tras otro hasta que en la pantalla apareció un título que nadie esperaba: «Pollas grandes, volumen 4», seguido de un montaje de primeros planos imposibles.
Tomás saltó al mando y paró la reproducción, pero el daño estaba hecho. Hugo y Bruno empezaron a reírse de él como si tuvieran doce años.
—Tío, ¿pollas grandes? Por lo menos podrías tener un volumen de tetas.
—Yo qué sé, fue una recopilación que pillé hace siglos —se defendió Tomás.
Mateo intentó reconducir.
—Va, que está Sofía delante.
—Tranquilo —dije—, no me ofendo por tan poco.
La verdad es que mi cabeza ya no estaba en la conversación. Esos pocos segundos de imágenes se me habían quedado grabados, y de repente lo único en lo que podía pensar era en cómo encontrar un rincón a solas con Mateo en el camino de vuelta.
Hugo y Bruno se enzarzaron en una discusión sobre actores porno y tamaños imposibles. Justo cuando creí que cambiaban de tema, Bruno se giró hacia mí.
—Sofía, tú nos das el veredicto. ¿Esos tamaños son creíbles?
—Yo solo he estado con Mateo, no os puedo dar muchas referencias. Estoy contenta con lo que hay y punto.
—Pues podemos poner el vídeo y comparas —soltó Hugo, con sonrisa de canalla.
—No, gracias.
—Venga, mujer, ¿nunca has visto una porno?
—Nunca.
—Pues así te llevas ideas.
—Ya tenemos las nuestras —cortó Mateo, pasándome el brazo por el hombro.
Hugo no se daba por vencido y propuso votación. Él y Bruno levantaron la mano. Mateo y Tomás votaron en contra. Todos se giraron hacia mí, esperando mi voto. Y yo, no sé exactamente por qué, dije que sí. Me lo justifiqué pensando que un poco de morbo nos vendría bien para el viaje de vuelta a casa de mis padres. Mateo me miró con una mezcla de sorpresa y promesa, y pulsó el play sin discutir más.
Estábamos sentados así: yo en el sofá grande de tres plazas con Mateo a mi izquierda y Tomás a mi derecha. Hugo y Bruno cada uno en un sillón individual frente a la tele. Hacía bastante frío, así que Mateo, Tomás y yo nos tapamos con una manta enorme que cubría las tres piernas. Hugo se había echado por encima una manta de viaje pequeña. Bruno, por orgullo o descuido, se había quedado destapado.
La película iba por episodios. La primera escena era un masaje. Una chica menuda atendía a un cliente alto, de espalda ancha. Cuando él se daba la vuelta y ella le retiraba la toalla, la cámara hizo un primer plano en el que apenas se veían unos labios envolviendo el glande. La chica se trepó encima y la penetración no terminaba de ocurrir: aquello no entraba más allá de la mitad. Yo había abierto los ojos como platos y mis muslos se apretaron sin que se lo pidiera.
Sin pensarlo, mi mano izquierda se metió bajo la manta y se posó sobre el bulto que crecía en los pantalones de Mateo. Él me miró de reojo, sorprendido, pero no me apartó. Le aparté un poco la goma del pantalón y le sujeté la polla con los dedos. Después le agarré la mano y la guié hasta mi entrepierna. La manta nos tapaba lo suficiente para que ninguno de los otros lo notara, aunque por las dudas eché un vistazo a la habitación. Bruno había doblado una pierna sobre el sillón, escondiendo lo que asomaba en su pantalón. Hugo se removía cada veinte segundos. Tomás miraba la tele sin abrir la boca.
Cuando terminó la primera escena me levanté con la excusa de ir al baño. Una vez dentro, me bajé las bragas y las metí en el bolsillo del pantalón. Si la noche se ponía interesante, Mateo iba a poder tocarme con mucha más comodidad.
Al volver al salón, Hugo y Mateo estaban en la cocina sirviendo unas copas. Iba a compartir la mía con Mateo, así que él se sentó al borde del sofá para tener a mano la copa, y a mí me tocó el sitio del medio, justo al lado de Bruno, que se había acercado al sofá. Antes de que arrancaran la siguiente historia, le pasé las bragas a Mateo bajo la manta. Las cogió, las miró un instante y se las metió en el bolsillo trasero del vaquero con una sonrisa que solo yo pude ver.
La segunda escena transcurría en una casita de playa. Una chica se iba de vacaciones con dos amigos y nada más llegar se metían los tres en el mar desnudos. Cuando volvieron a la arena, ella empezó a aplicarles crema solar y la cosa derivó en lo previsible: dos chicos enormes, ella entre los dos, una mamada por cabeza y un trío en toda regla. Yo había vuelto a apoderarme de la polla de Mateo y, sin esconderse demasiado, él comenzó a masturbarme metiendo y sacando dos dedos con un ritmo que me obligó a morderme el labio para no gemir.
Hugo y Bruno comentaban en voz alta lo poco realistas que les parecían los tamaños. Tomás permanecía callado, como si la película no fuera con él. Pero los dos sillones individuales no dejaban de crujir bajo cuerpos que se removían sin parar.
—Tener una polla así de grande tiene que ser un coñazo —dijo Hugo—. Las tías huyen al verla.
—Con eso la rompes en dos —añadió Bruno, riéndose.
—Sois unos brutos —solté yo, intentando no sonar entrecortada.
—¿Tú te imaginas que Mateo te metiera algo así?
—Habrá chicas a las que les guste, supongo.
—Pero serán pocas. Andarías escocida toda la semana.
—¿Y vosotros qué sabréis lo que ando?
Hugo y Bruno se rieron y, sin venir a cuento, empezaron a meterse con Tomás.
—Tomás, no te oíamos. Igual no decías nada porque la tienes monstruosa, ¿eh?
—¿Pero vosotros os enseñáis las pollas? —pregunté, intentando aligerar la situación.
—Vivimos juntos, alguna vez se ve algo en el baño. Pero a Tomás, nunca —contestó Hugo.
—Igual la tiene tan pequeña que le da vergüenza —pinchó Bruno.
Tomás levantó la cabeza por primera vez en media hora.
—No la tengo pequeña.
Lo dijo tan seco que se hizo un silencio raro. Yo intenté echarle un cable, pero salió mal.
—Dejadle en paz. Aunque la tenga pequeña, si se sabe usar también vale.
—¡QUE NO LA TENGO PEQUEÑA! —protestó Tomás, casi gritando.
Mateo me miró como diciéndome «metí la pata yo, pero la rematas tú». Sin retirar los dedos de mi coño, soltó un «vale, vale» entre risas. Yo me sentí mal por Tomás. Para descargar tensión le pedí a Hugo que pusiera la siguiente historia. Pero justo cuando iba a darle al play, Tomás soltó:
—La tengo más grande que esos.
Lo dijo con la seriedad de un alumno examinándose. Nos giramos todos a mirarlo, tan rojo como un tomate, y se nos escapó la risa a la vez. Mateo y yo dejamos de tocarnos.
—Perdona, Tomás, no me reía de ti —dije—. Pero más grande que esos dos es mucho decir.
—Vamos, Tomás, ni una tía te la podría chupar —se carcajeó Hugo.
—Pues a mí no creo —murmuró Tomás.
—Fantasma —se sumó Mateo.
—¿Qué te apuestas? —preguntó Tomás.
—¿Yo?
—Sí. Tú y Sofía contra los tres.
Hugo aplaudió.
—Cincuenta euros. Yo voy con Mateo y Sofía.
—Yo voy con Tomás —dijo Bruno enseguida.
—Vale, ¿pero cómo lo medimos? —pregunté—. ¿Con mi boca?
Hugo se levantó y volvió de la cocina con un vaso de tubo de los altos.
—Si no le entra en un vaso de tubo, en una boca tampoco.
Cogí el vaso y me lo acerqué a la boca. Imposible abarcarlo con los labios. Pensé en la polla de Mateo, que tenía un tamaño respetable, y me imaginé el doble. Me costaba creer que algo así existiera fuera del porno.
—Mejor que cincuenta euros —solté—. Si no le entra en el vaso, os vais a tomar algo y nos dejáis la casa una hora a Mateo y a mí.
—Eh, eh, yo voy con vosotros —protestó Hugo.
—No. Que os vayáis los tres. Quiero la casa con mi novio, sola.
—¿Y si entra? —preguntó Bruno.
—Si entra, paga Mateo lo que queráis.
—No quiero pasta —dijo Bruno—. Otra cosa.
—Os doy dos minutos.
Cogí a Mateo de la mano y nos metimos en el baño. En cuanto cerré la puerta lo besé como si me fuera la vida. Le bajé el pantalón y me agaché para chupársela, hasta que él me levantó y me apoyó contra el lavabo, entrando desde atrás. La acababa de meter cuando golpearon la puerta.
—Ya tenemos la propuesta —dijo Bruno.
—Ahora salimos —contestó Mateo, todavía dentro de mí.
Si nos hubieran dejado tres minutos más, habríamos terminado. Pero la curiosidad pesaba más. Volvimos al salón con la ropa puesta de cualquier manera. Hugo se había sumado a Bruno y Tomás en la apuesta, lo cual ya nos olió mal.
—¿Qué pasa, Hugo, te ha enseñado Tomás la mercancía mientras estábamos fuera?
—Puede.
—Miedo me dais —dijo Mateo.
—Va, soltad la propuesta.
—Si entra en el vaso, os dejamos la casa hoy un rato y dos tardes al mes —arrancó Bruno—. Si no entra, os masturbáis aquí, delante de nosotros, sin manta.
—Pero si no estábamos haciendo nada —mentí.
—Se oían gemidos y no eran de la peli —dijo Hugo, con cara de listo.
—Ni de coña, queréis verla desnuda y seguro que vosotros ya habéis medido el vaso —protestó Mateo.
Yo lo pensé un segundo. Estaba tan cachonda que la idea de masturbarnos delante de ellos ya no me parecía tan terrible. Y la casa libre dos tardes al mes era una victoria estratégica de manual.
—Hecho —dije—. Pero solo una vez a la semana, no entra en el vaso, mide más de veinte centímetros y nadie se mueve de su sitio.
—Hecho —respondieron los tres a la vez.
Mateo me miró como si me hubiera vuelto loca. Tomás se levantó, se desabrochó el cinturón con manos temblorosas y se bajó el pantalón. Lo que apareció bajo el calzoncillo no impresionaba en estado flácido: gruesa, sí, pero blanda. La introdujo en el vaso y entró con holgura.
—Hecho. La casa para nosotros —celebró Mateo.
—No vale —protestó Hugo—. Tiene que estar dura.
—Joder, con vosotros mirando me corto —se quejó Tomás.
—Te sientas, ponemos la peli y cuando se te ponga, repites —solucionó Bruno.
Tomás se sentó. Pusieron la tercera historia: una pareja casada que invitaba a tres amigos a casa. Después de un par de copas, la mujer hacía un striptease para los cuatro y empezaba a chuparles la polla a los tres invitados mientras el marido la observaba desde un rincón. La escena era tan redonda que no parecía casualidad. Estaba absorta cuando Tomás carraspeó.
—Listo.
Hugo paró el vídeo. Tomás se levantó, esta vez con la polla apuntando hacia delante, y de verdad había crecido lo suyo. El glande, brillante y oscuro, era casi el doble de ancho que hacía cinco minutos. Acercó el vaso al capullo, lo apoyó… y no entró. Probó dos veces más, presionando el cristal contra los labios del prepucio, pero el diámetro no daba.
Mateo y yo pusimos cara de funeral. Hugo y Bruno daban saltos de alegría. Negociamos unos cuantos minutos, pero al final aceptamos. Una apuesta es una apuesta.
Tomás se sentó a mi lado, con la polla todavía fuera, apoyada como un trofeo sobre su muslo. Pulsaron de nuevo el play. Yo me bajé el pantalón hasta los tobillos. Mateo, sentado a mi izquierda, hizo lo mismo. Empezamos por encima de la ropa interior y enseguida él me metió dos dedos. Bruno se levantó del sillón y se sentó en la mesa baja del salón, justo enfrente, con la polla fuera y empezando a tocarse. Hugo había girado el suyo casi noventa grados para tener mejor ángulo.
Tomás también se había rendido al espectáculo y se masturbaba a mi derecha, pero con un disimulo que daba ternura, como si cada vez que yo girara la cabeza intentara esconderse. Era hipnótico mirar su polla: el grosor, esa cabeza enorme apareciendo y desapareciendo bajo el prepucio con cada subida.
—¿Te queda mucho? —me susurró Mateo al oído, casi rogando.
—Con tres mirando me cuesta llegar —admití.
—¿Te subes?
Negué con la cabeza, aunque ya me lo estaba pensando. Dos minutos más y mi cuerpo decidió por mí. Me incorporé, le acomodé la polla a Mateo en la entrada del coño y bajé despacio. Esta vez Hugo tenía la mejor butaca, porque me había puesto de espaldas a él. Oí cómo se bajaba el pantalón sin disimulo, atento a la polla de Mateo entrando y saliendo.
Tomás se acercó al borde del sofá, apoyado de rodillas detrás de mí, su polla rozando casi mi columna. Los tres me observaban como si fuera una atracción de feria. Sus comentarios sobre mi culo y la suerte que tenía Mateo no hacían más que excitarme. Cabalgaba cada vez más rápido, los pechos saltando bajo la camiseta que aún llevaba puesta.
En una de esas que giré la cabeza, encontré a Tomás muy cerca, con la polla apuntándome, brillante en la punta. Me dio miedo de que en cualquier momento perdiera el control y me tocara. Pero también me dio un punto de morbo que me sacudió por dentro.
Me incorporé y giré sobre Mateo para quedar de cara a la sala. Él se recostó en el sofá y yo seguí cabalgando, ahora frente a los chicos. Bruno me pidió la camiseta. A esas alturas, que me vieran las tetas era lo de menos. Me la quité y la dejé caer al suelo. Mis pechos saltaban con el ritmo. Hugo y Bruno se pusieron de pie a mi izquierda, las pollas apuntándome, y alguno alcanzó a rozarme el brazo con la cabeza del glande sin querer. Y delante, Tomás, con la suya enorme y dura como una piedra.
En la tele se oían gemidos sincronizados. Yo estaba al borde del orgasmo cuando Mateo, sin decir palabra, me sacó, me puso de rodillas sobre el sofá y se colocó detrás. Comenzó a embestirme rápido, los huevos chocando contra mis labios cada vez. La polla de Tomás había quedado a la altura de mi cara.
Y entonces dije una tontería.
—Mateo, creo que me cabe.
—¿Qué?
—La de Tomás. Creo que me cabe en la boca.
—Pero ¿cómo te va a caber, loca?
Lo dije más por el morbo del momento que con intención de probarlo, pero todo se desencadenó como a cámara lenta. Mateo, al oír eso, empujó con más fuerza todavía. Yo abrí la boca todo lo que pude, mirando fijamente el glande de Tomás. Y él lo interpretó como una invitación. Acercó el capullo y lo apoyó contra mis labios. Mi lengua salió por instinto y le rozó la punta. Justo entonces Mateo embistió fortísimo y Tomás aprovechó para empujar la cabeza hacia dentro. Solo el glande, pero entró.
Iba a apartarme cuando Mateo se corrió en mi interior. La empujada fue tan fuerte que me clavé sobre Tomás un poco más. Mateo descargó tres o cuatro veces, y cada movimiento me empujaba hacia delante. Sentí cómo todo mi cuerpo temblaba a la vez: orgasmo. Me agarré a la base de la polla de Tomás con las dos manos, no para masturbarle, sino para sujetarme. Y entonces noté las venas latiendo bajo mis dedos. Reaccioné como un resorte: la saqué de mi boca y aparté la cara. Justo a tiempo. El primer chorro salió disparado y aterrizó entre mis pechos. El siguiente cayó sobre el respaldo del sofá. El resto, en sus piernas y en la mía.
Cuando me incorporé, sentí algo cálido bajándome por el brazo. Miré: Hugo terminaba de descargar sobre su mano y un hilo se me había escurrido por el codo. Quise levantarme para ir al baño y al apartarme me topé con Bruno, polla en mano, a punto de explotar. Le dije con la mirada que ni se le ocurriera. Di dos pasos rápidos, pero los pantalones todavía me rondaban los tobillos y tropecé. Caí encima de Tomás. Y entonces sentí, contra mi espalda, el chorro caliente de Bruno: el muy cabrón se corrió encima de mí pasara lo que pasara. Una parte cayó también sobre Tomás, que empezó a gritarle barbaridades. Mateo se sumó al coro.
Me encerré en el baño y me metí en la ducha. Cuando salí, los tres seguían discutiendo. Bruno hacía esfuerzos por mantener la cara compungida, pero la sonrisa de oreja a oreja le delataba.
Les recordé entonces, con toda la calma del mundo, que habíamos ganado la apuesta también. La condición decía «no entra en el vaso», y no había entrado. La casa seguía siendo nuestra esa noche. Y dos tardes al mes durante el resto de la temporada.
Se largaron a regañadientes. Tomás se disculpó cinco veces. Bruno seguía sin asumir su parte. Hugo se reía en bajito al cerrar la puerta.
Mateo y yo terminamos lo nuestro en el sofá, esta vez sin público.
Si esa misma situación me ocurriera hoy, no tengo la menor duda: solo habría echado a dos. Hace poco, entre risas, le he dicho a Mateo que no me importaría volver a coincidir con Tomás. Me ha mirado con esa cara que pone cuando una idea le ronda por dentro. Veremos.