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Relatos Ardientes

Dijo que su hijo me deseaba y pagó una fortuna

Llevaba diez años en el noticiero de las once. Diez años de maquillaje pesado, de auriculares fríos en el oído, de sonreír con la mitad de la boca cuando el director me pedía «un poco más de calidez». Mi nombre, Mariana Salinas, sonaba en miles de televisores cada noche, y eso me había construido una coraza que pocas cosas conseguían atravesar.

Aquella noche, sin embargo, la coraza se rompió antes de salir al aire.

Una asistente de producción se acercó a mí entre dos cortes de publicidad. Era una chica nueva, nerviosa, con una libreta apretada contra el pecho.

—Señora Salinas —susurró—, esto se lo dejaron en recepción. Dijeron que era urgente.

Me tendió un sobre de papel grueso, color marfil, sellado con lacre rojo. No tenía remitente. Solo mi nombre, escrito a mano con una caligrafía que reconocí sin saber bien por qué: la de alguien acostumbrado a firmar contratos millonarios. Lo guardé entre los guiones, ajusté el pinganillo y volví a mirar a cámara como si nada hubiera pasado. La voz no me tembló. Las manos sí, pero estaban debajo de la mesa y nadie las vio.

Cuando terminó el bloque y la cortina musical inundó el plató, me encerré en el camerino con el sobre apoyado sobre el tocador. Lo abrí con un cortapapeles de plata que me había regalado mi madre. La tarjeta de adentro era corta, casi cruel.

«Señora Salinas: mi hijo Tomás ha mostrado un interés particular en usted. Le ofrezco una noche con él. La compensación será generosa, suficiente para asegurar el futuro de su familia. Discreción garantizada. Atentamente, Eduardo Quintana.»

Conocía el nombre. Cualquiera lo conocía. Eduardo Quintana era el dueño de la cadena hotelera más grande del país, un hombre que aparecía en las portadas de las revistas de negocios con la misma frecuencia con la que su hijo Tomás aparecía en las de chismes. Tomás tenía veintisiete años, una cara de catálogo y una colección de escándalos que su padre se encargaba de tapar.

No era la primera propuesta indecente que recibía. En mi posición, era casi un riesgo laboral. Pero esta era distinta. La firma. La audacia. El hecho de que un hombre como Quintana se tomara la molestia de escribir a mano, en lugar de delegar el encargo en un asistente.

Sentí calor en la nuca. No era vergüenza. Era el coño mojándoseme dentro de la ropa interior, sin pedir permiso, mientras releía la palabra «noche» y me imaginaba lo que había detrás.

***

Llegué a casa pasada la una. Sebastián estaba en el sillón del estudio, leyendo un informe trimestral con las gafas a media nariz. A los cuarenta y cuatro años seguía siendo el hombre que me había hecho sentir segura cuando la fama empezó a apretarme el pecho. Tranquilo, analítico, capaz de leerme con un vistazo.

No le dije nada al entrar. Me senté a su lado, le saqué las gafas y le puse la nota sobre el regazo. Él la leyó dos veces. Lo supe porque sus ojos volvieron al principio del párrafo después de la firma. Cuando terminó, no apretó el papel, no lo arrugó. Lo dobló por la mitad con cuidado, como si fuera otro informe trimestral, y lo dejó sobre la mesa baja de cristal.

—Eduardo Quintana —murmuró—. Ese hombre no regatea cuando quiere algo.

—¿Qué estás pensando? —pregunté.

Mi marido giró el cuerpo hacia mí. Su mano encontró mi muslo, por encima de la tela del pantalón de vestir. La presión fue firme, deliberada. Reconocí la mirada. Era la misma que ponía cuando me explicaba una operación financiera complicada y se daba cuenta de que yo, en lugar de aburrirme, lo escuchaba con atención.

—Pienso que es una oportunidad —dijo, bajando la voz—. Una sola noche. Mucho dinero, sí, pero no es eso lo que me interesa. Lo que me interesa es que otro te folle bien fuerte, que te haga acabar hasta que te tiemblen las piernas, y que después vuelvas a esta cama y me lo cuentes con cada palabra sucia que se te escapó en la boca de él.

Lo miré, buscando una sombra de duda en su cara. Una broma. Un rastro de «esperaba que dijeras que no». No estaba. Sebastián hablaba en serio. La mano se le había cerrado alrededor de mi muslo con una fuerza que le desconocía.

Esto es lo que él quiere de verdad, pensé. No el dinero. La historia. Escucharme decir polla, verga, corrida, con la voz de otro hombre todavía metida en la garganta.

Su mano subió hasta la costura interior del pantalón. Yo no la aparté. Al contrario, abrí un poco más las rodillas y dejé que sus dedos encontraran, por encima de la tela fina, la humedad que la carta ya me había provocado. Sebastián soltó una risa breve, sorprendida.

—Estás empapada, Mariana —murmuró contra mi oreja—. Solo con leerla.

—Cállate —le dije, pero no le retiré la mano.

—Hazlo —susurró, mordiéndome el lóbulo—. Acepta. Quiero que vayas, que ese pendejo rico te abra de piernas hasta el fondo, que te llene la boca de su verga si le da la gana, y quiero que vuelvas y me lo cuentes todo con esos labios de presentadora que hablan tan bonito en cámara.

Se lo dije con los ojos, no con la voz. Iba a ir.

***

La noche acordada llegó tres días después. Me planté frente al espejo del vestidor con el pelo recogido a un lado y un vestido negro que se pegaba al cuerpo como una segunda piel. Debajo, lencería de encaje rojo carmesí, un conjunto que había comprado esa misma tarde y que Sebastián no había visto. Me lo había guardado. Era mi parte del trato.

Me miré una última vez. La presentadora se había ido. En su lugar había una mujer con las tetas apretadas por un sostén de encaje, con un tanga que ya se le pegaba al coño de puro anticipar, dispuesta a que otro hombre se la cogiera hasta romperla.

El hotel estaba en el corazón financiero de la ciudad. Olía a flores caras y a moqueta nueva. El conserje me llevó hasta el ático sin preguntar el nombre de quien me esperaba. Eso también lo había arreglado Quintana, supuse. Toqué la puerta con los nudillos y el corazón me latía contra las costillas como si quisiera salir y bajar a la calle por su cuenta.

Tomás abrió. Era más joven en persona que en las fotos. Camisa de lino blanca abierta hasta el segundo botón, pantalones holgados oscuros, pies descalzos sobre la alfombra. Tenía la mirada de alguien que nunca había escuchado un no, y los ojos le recorrieron el vestido sin pudor, despojándome antes de que cruzara el umbral. Le miré el bulto entre las piernas sin disimulo. Ya estaba dura. La tela del pantalón la marcaba entera, larga y gruesa, tirando hacia un lado.

—Eres más linda en persona que en cámara —dijo, con una sonrisa baja—. Pasa, por favor.

Entré. El aire acondicionado me erizó la piel. Tomás cerró la puerta y giró el cerrojo con un clic que sonó más serio de lo que esperaba.

El ático era una caja de cristal sobre la ciudad. Alfombras espesas, muebles oscuros, un ventanal panorámico que mostraba las luces como un mapa eléctrico. Yo no miré nada de eso. Tomás había invadido mi espacio antes de que pudiera dejar el bolso. Olía a colonia cítrica, a algo amaderado debajo, y al calor que desprenden los cuerpos jóvenes.

—Mi padre pagó mucho por esto —murmuró, acercando la boca a mi oído—. Pero no estoy aquí por el dinero. Estoy aquí porque me la vengo pajeando desde hace meses pensando en lo que hay debajo de los trajes que usas en pantalla. Pensando cómo sería meterte la verga hasta el fondo de esa boca con la que das las noticias, cómo sonarías gimiendo mi nombre en vez de leyendo el titular de las once.

El aliento caliente me golpeó la nuca. No respondí. No iba a darle una respuesta a esa frase. Sus manos encontraron mi cintura y tiraron de mí hacia él con una fuerza que no era brutal pero tampoco delicada. Sentí su polla contra el bajo vientre, dura, insistente, empujando la tela como si tuviera vida propia.

—Quiero verte ya —dijo—. Quiero verte las tetas, quiero verte el coño, quiero verte todo.

El primer beso no fue suave. Fue dientes y lengua, urgencia, el labio inferior atrapado entre los suyos. Su mano subió y me apretó una teta por encima del vestido, sin pedir permiso, tanteando el pezón hasta encontrarlo endurecido debajo de la seda. Le mordí la lengua en respuesta. Él gruñó dentro de mi boca y me pellizcó el pezón con dos dedos, fuerte, sacándome un gemido corto que se le hundió en los labios.

Sus dedos buscaron el cierre del vestido en mi espalda y el tejido cedió como si lo estuviera esperando. La seda negra cayó en un charco a mis pies. Quedé en medio del ático con la lencería roja, los tacones, y la mirada de él.

Tomás dio un paso atrás para mirarme entera. Se pasó una mano por el pelo. Con la otra se apretó el bulto del pantalón sin disimulo, ajustándose la polla contra la pierna.

—Carajo —soltó—. Eres perfecta. Mira estas tetas. Mira este culo. Voy a destrozarte esta noche, Mariana.

Sentí algo nuevo. No era solo deseo. Era poder. Lo empujé con la palma abierta hacia el sillón de cuero que tenía detrás. Cayó sentado, con las piernas abiertas y la erección todavía atrapada en la ropa. Me agaché para sacarme los tacones, despacio, sin dejar de mirarlo, y bajé las tiras del tanga rojo hasta dejarlas en el suelo. Me quedé desnuda de cintura para abajo, en tacones, con el sostén todavía puesto y los pezones asomando por encima del encaje rojo. Me llevé una mano al coño y me abrí los labios con dos dedos, mostrándole lo mojada que estaba.

—Toma lo que pagaste —le dije—. Cómemelo.

***

No necesitó una segunda invitación. Me agarró de las caderas y tiró de mí hacia su cara con una fuerza brutal. La primera lamida me cortó el aire: larga, ancha, plana, desde el perineo hasta el clítoris, chupándome entera como si quisiera bebérseme. Me sostuve de su pelo, los dedos enredados en los mechones oscuros, mientras él trabajaba con la lengua en círculos precisos, cerrando los labios alrededor del clítoris y succionando de a ratos hasta hacerme temblar las rodillas.

—Así —dije, sin reconocer mi propia voz—. Justo así, chúpame el coño, no pares.

Las manos de Tomás me apretaban las nalgas, las uñas hundidas en la carne. Me separó las nalgas con los pulgares y le sentí la lengua bajar del clítoris, entrar en el coño, coger un poco de la humedad, y subir más atrás. Me lamió el culo con la punta de la lengua, un círculo lento, provocador, mientras dos dedos suyos se me metían al coño de un empujón.

—Puta madre —gemí, echando la cabeza atrás.

Yo había llegado pensando que iba a ser un trámite, una transacción, y ahí estaba, de pie en un ático ajeno, con los dedos de un tipo de veintisiete años follándome el coño hasta el nudillo mientras me lamía el culo como si le hubieran pagado por eso también. Los dedos entraban y salían con un ruido húmedo, obsceno, que resonaba en el ático vacío. Sentía cómo se me escurría el jugo por el interior de los muslos.

—Estás chorreando —dijo él, apartando la boca un segundo, con los labios brillantes—. Toda mi cara está mojada de ti.

—Chúpame más —le ordené, empujándole la cabeza otra vez contra mi coño—. No pares hasta que me venga.

Volvió a la carga. Curvó los dedos dentro de mí buscando ese punto que Sebastián tardó años en encontrar y él encontró en dos minutos. La lengua le trabajaba el clítoris con una rapidez nueva, casi cruel. El primer orgasmo me llegó sin aviso, como una descarga. Tuve que apoyarme con una mano contra el respaldo del sillón para no caerme. Grité algo sin sentido. Me apreté contra su cara sin miedo de ahogarlo, y Tomás siguió con la lengua un segundo más de lo necesario, chupando los últimos espasmos, hasta que le di un golpe suave en el hombro para que parara.

—Ven aquí —dijo, levantándose, con la barbilla y los cachetes brillando de mi corrida.

Me llevó hasta la cama, una plataforma enorme con sábanas blancas, y se desabrochó el cinturón con dedos torpes. Cuando se quitó el pantalón y el bóxer de un tirón, me quedé mirándolo unos segundos. Tenía la polla exactamente como la había marcado la tela: larga, gruesa, con una vena que le subía por el lado izquierdo, la cabeza roja y ya empapada de líquido preseminal.

Me arrodillé en la alfombra sin que me lo pidiera. Le tomé el sexo con las dos manos, una encima de la otra, y lo miré desde abajo mientras le pasaba la lengua por la punta, recogiendo la gota transparente que tenía en el glande.

—Ábrela, presentadora —murmuró él, agarrándome el pelo—. Abre esa boquita bonita.

Abrí. Me la metió despacio la primera vez, deslizándose por la lengua hasta tocarme la garganta. Retrocedí un segundo, respiré por la nariz, y la volví a tragar entera, esta vez hasta la base. Le sentí los huevos contra la barbilla. Le escuché la maldición ronca por encima de mí.

—Mierda —jadeó, echando la cabeza atrás—. Mierda, mierda, cómo mama esta mujer.

Trabajé con calma, alternando la lengua y los labios, sacándomela hasta la punta para chuparla como una piruleta y volviéndomela a hundir hasta el fondo. Las manos seguían el ritmo, apretando la base, torciendo suavemente. Me gustaba el control. Me gustaba que ese chico, el de las revistas, el de los escándalos, estuviera apretando los dedos contra las sábanas como si tuviera miedo de empujarme demasiado. Le pasé la lengua por los huevos, uno primero y otro después, metiéndomelos brevemente en la boca. Él soltó un sonido que no era ni palabra ni gemido.

—Voy a acabar así —avisó, agarrándome el pelo con más fuerza—. Voy a acabarte en la boca, Mariana.

—No —le dije, soltándolo un segundo, con los labios brillantes de saliva y de él—. Adentro. Quiero tu corrida adentro. Métemela.

Lo subí a la cama. Me tendí de espaldas sobre las sábanas y lo miré abrir mis piernas con las dos manos, como quien abre un libro que llevaba tiempo queriendo leer. Me miró el coño de cerca, brillante, hinchado, abierto.

—Qué coño más rico tienes —murmuró—. Todo rosado. Todo mojado para mí.

—Cállate y méteme la polla —le dije.

Se puso encima. Se guio con la mano, frotándose la cabeza de la verga contra mis labios, resbalando por el clítoris, provocándome, empapándose. Entró de un solo movimiento, profundo, hasta el hueso. Yo grité algo que no fue una palabra. Sentí cada centímetro abriéndose paso, la sensación de estar llena, muy llena, más de lo que estaba acostumbrada.

Empezó a moverse despacio, midiéndome, saliendo casi entero para volver a hundirse hasta el final. Después aceleró. Sus caderas chocaban contra las mías con un golpe seco, obsceno, y cada embestida me arrancaba un gemido nuevo. La cama crujía. La cabecera golpeaba contra la pared de espejo. Me clavé las uñas en su espalda. Le dejé marcas rojas, largas. Quería dejarlas.

—Más fuerte —le pedí, mordiéndole el hombro—. Más fuerte, Tomás, fóllame más fuerte.

Me obedeció. Me agarró las dos piernas y me las abrió más, casi doblándomelas contra el pecho, y empezó a metérmela con una rabia nueva, cada estocada llegando hasta el fondo. Yo sentía el ruido de nuestros cuerpos, el chapoteo de mi coño empapado, el jadeo de él contra mi cuello.

—Date la vuelta —me ordenó, saliendo de golpe.

Me giré, me apoyé en las manos y en las rodillas, arqueé la espalda, le ofrecí el culo alzado. Sentí un manotazo en la nalga, seco, que me hizo apretar el coño. Otro. Después la punta de su verga buscando la entrada y hundiéndose de un solo empujón desde atrás. Me agarró del pelo, se lo enrolló en el puño, tiró de mí para arriba y me la clavó hasta el fondo con embestidas largas, brutales.

—Eres mía esta noche —dijo él, mirándome los ojos en el reflejo del ventanal—. Y yo soy tuyo.

—Dame todo —respondí—. Vacíate adentro. Lléname.

Me pasó una mano por delante, buscando el clítoris, frotándomelo en círculos rápidos mientras seguía embistiéndome desde atrás. El segundo orgasmo me agarró desprevenida y me tiró arriba como una ola. Me tembló todo, el coño se me cerró alrededor de él en espasmos que no podía controlar, y sentí cómo Tomás se tensaba un instante después, cómo se hundía hasta el fondo y se quedaba ahí, vaciándose dentro de mí con un gemido ronco que le nació desde el pecho.

Sentí cada latido de su corrida adentro, caliente, abundante. Se quedó dentro un rato largo, respirando contra mi nuca, hasta que salió despacio. Sentí el chorro tibio bajarme por el interior del muslo. No me limpié. Me dejé caer boca abajo sobre las sábanas blancas, con la marca de él escurriéndoseme por la piel, y me eché a reír bajito.

Quedamos los dos sobre la cama, pegados por el sudor, jadeando, con el ventanal y la ciudad encendida del otro lado del cristal.

***

Volví a casa al amanecer. Sebastián estaba despierto, sentado contra el respaldo de la cama, leyendo otra vez. Cuando me vio entrar, dejó el libro sobre la mesa de noche y me dedicó una sonrisa lenta. Bajó la mirada por mi cuerpo, se detuvo en la marca amoratada del cuello, en el pelo revuelto.

—Cuéntame —dijo—. Y quítate todo.

Me quité la ropa en el centro del cuarto, despacio, sin pudor. Cuando bajé el tanga rojo, ya seco, vi cómo sus ojos se clavaban en el interior de mis muslos, todavía manchado de la corrida de otro hombre. Se le tensó la mandíbula. Se le levantó la sábana en el regazo.

—Ven acá —dijo, con la voz más ronca de lo normal.

Me deslicé bajo las sábanas con él y lo besé con una intensidad nueva. Sentí su polla contra el muslo casi al instante, dura como una piedra. Le bajé la mano hasta llevársela a mi coño. Estaba todavía abierto, hinchado, resbaloso, con restos que no eran míos.

—Todavía tengo su corrida adentro —le susurré al oído—. ¿La sientes?

Sebastián soltó un sonido gutural que jamás le había escuchado. Metió dos dedos, curvándolos, y los sacó brillantes.

—Detalle por detalle —pidió, con los dedos empapados—. Quiero saberlo todo.

Me empujó suavemente hasta dejarme bajo él. Mientras me abría las piernas y se guiaba con la mano, le conté el ático, el ventanal, el vestido en el suelo, el primer beso, cómo Tomás me había arrodillado en la alfombra y me había comido el coño hasta hacerme acabar de pie. Sebastián entró en mí de un solo empujón, resbalando fácil por el semen de otro, y soltó un gemido bajo al sentirlo.

—Sigue —jadeó, moviéndose despacio—. Sigue contando.

Le conté cómo le había mamado la verga hasta la garganta, cómo la tenía larga y gruesa, cómo me había suplicado por mi boca. Le repetí, en su oído, cada palabra sucia que le había dicho a Tomás. Le describí cómo me había puesto en cuatro, cómo me había agarrado del pelo, cómo se había vaciado dentro de mí.

—Toma lo que pagaste —murmuré, mordiéndole la oreja, y sentí cómo a Sebastián se le tensaba todo el cuerpo y aceleraba las embestidas.

—Dios —jadeó—, Dios, Mariana.

—Todavía la tengo adentro —le repetí—. Estás cogiéndome encima de su corrida. ¿Te gusta? ¿Te gusta hundírmela ahí, donde estuvo la suya?

—Sí —gruñó, embistiéndome más fuerte—. Sí, sí, sí.

—Soy tuya, igual —agregué después, agarrándole la cara con las dos manos, obligándolo a mirarme—. Pero esta noche me rompí para que tú pudieras armarme de nuevo. Ahora acaba adentro. Mézclate con él. Márcame de los dos.

Sebastián me besó la marca que Tomás me había dejado en el cuello. La mordió con fuerza, marcándome encima, hasta hacerme gemir. Sus embestidas se hicieron erráticas, brutales. Cuando acabó, lo hizo con un gemido largo, hundido hasta el fondo, vaciándose en el mismo lugar. Se quedó respirando contra mi clavícula un rato largo, todavía adentro, sintiendo cómo se le encogía la verga poco a poco dentro de mí.

—Gracias —dijo, casi en un susurro—. Por todo.

Me dormí con el sol entrando ya por las cortinas, con los dos hombres escurriéndoseme entre los muslos, sintiendo que algo había cambiado entre nosotros. No el matrimonio. No el amor. Algo más adentro, una habitación que no sabíamos que teníamos y que ahora, con la puerta abierta, no íbamos a poder volver a cerrar.

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Comentarios(8)

GusLector

que bueno!!! ojala haya segunda parte

Vale_2024

me recordo a algo que me paso hace tiempo, sin llegar a tanto claro jaja. muy entretenido

NinaK_ok

increible, no podia dejar de leer

Rodrigo_LF

y despues que paso?? hay continuacion? me dejo con la intriga

Mauri_PBA

Muy bien escrito la verdad. Me gusto que no sea burdo, tiene suspenso y te va enganchando de a poco. Se nota que hay talento. Esperando mas relatos asi

azaeloctubre

diez años leyendo noticias y le llega ese sobre jaja. tremendo

DiegoBaires

la propuesta que solo ese hombre podia hacer... uff, genial el gancho del principio

LautaroMdQ

genial, una de las mejores confesiones que lei aca

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