La noche que mi marido me pidió que fuera infiel
El sobre llegó a recepción cuando faltaban diez minutos para entrar en directo. Marina lo descubrió al subir a su camerino para retocarse el pintalabios, antes del informativo de la noche. La asistente lo había dejado sobre el tocador, junto al vaso de agua tibia que ella pedía siempre antes de salir al plató.
—Lo trajo un mensajero —dijo la chica, encogiéndose de hombros—. No quiso dejar tarjeta.
Marina giró el sobre entre los dedos. Papel grueso, color marfil, con su nombre escrito a tinta negra en una caligrafía que parecía sacada de otro siglo. Sin remitente. El sello de lacre rojo seguía intacto.
—Gracias —murmuró, sin abrirlo todavía.
Decidió esperar al final del directo. Llevaba doce años presentando el informativo de las once y nunca había permitido que nada la sacara de su rutina antes de las cámaras. Esa noche, sin embargo, leyó las noticias con la cabeza dividida en dos. Una parte enumeraba los muertos del último accidente en la autopista, la subida del precio de la luz, la victoria del equipo local. La otra no podía dejar de pensar en aquel sello rojo, intacto, esperándola en el camerino.
Cuando la sintonía de cierre invadió el plató, Marina se quitó el micrófono con prisa y subió las escaleras sin hablar con nadie. Cerró la puerta con pestillo, algo que jamás hacía. Se sentó frente al espejo, rompió el sello con la uña del pulgar y desplegó la única hoja que contenía el sobre.
Señora Vidal: mi hijo lleva tiempo siguiéndola por la pantalla. Le ofrezco una noche con él a cambio de una compensación que aseguraría su tranquilidad económica de por vida. Discreción absoluta. Si acepta, encontrará en este mismo sobre la dirección y la hora. Eduardo Sandoval.
Marina dejó la hoja sobre el tocador y se apoyó contra el respaldo de la silla. Conocía aquel apellido. Eduardo Sandoval era el dueño de la empresa de telecomunicaciones más grande del país, el hombre cuyo rostro aparecía cada cierto tiempo en las páginas salmón de la prensa. Su hijo Sebastián era una rúbrica habitual en las revistas del corazón, conocido por sus fiestas en la sierra y su afición a estrellar coches deportivos.
Ella no era una jovencita ingenua. Le habían propuesto cosas peores en doce años de televisión. Lo que la dejaba sin aire no era la propuesta en sí, sino el calor que le subía despacio por el cuello mientras releía el papel. Sintió cómo se le humedecía la braga sin haberlo pedido, cómo los pezones se le apretaban dentro del sujetador, y tuvo que apartar la mirada del espejo para no reconocer del todo a la mujer que la observaba desde el otro lado.
***
Llegó a casa pasada la medianoche. Daniel seguía despierto en el salón, con un libro de tapa dura abierto sobre las rodillas y las gafas resbalándole por la nariz. Marina se quitó los tacones en la entrada y caminó descalza por el parqué hasta sentarse a su lado. Le tendió la hoja sin decir nada.
Daniel leyó. Marina observó cada uno de sus gestos. Esperaba un golpe en la mesa, una broma seca, quizá esa voz fría que él reservaba para los enfrentamientos serios. Lo que vio fue otra cosa: la comisura del labio levantándose despacio, los ojos volviéndose más oscuros detrás de las gafas.
—Sandoval no escribe estas cartas a cualquiera —dijo, al cabo de un rato.
—Daniel.
—¿Tienes miedo?
—No sé qué tengo —respondió ella—. Por eso te lo enseño.
Él dobló la hoja con cuidado y la dejó sobre la mesa de cristal. Después le puso la mano en el muslo, por encima de la falda, con la palma abierta y los dedos firmes. La presión fue tranquila, deliberada.
—Quiero que aceptes —dijo, sin mirar a otro sitio que no fueran los ojos de ella.
—¿Qué?
—Quiero que aceptes y que vayas. No por el dinero. Por lo que viene después.
—No sé de qué hablas.
—Sí lo sabes —murmuró él, subiendo la mano un par de centímetros, colándola bajo la falda hasta rozar con los nudillos el encaje de la braga—. Estás mojada, Marina. Ya estás mojada solo de habérmelo enseñado.
Ella no lo negó. No podía. Los dedos de Daniel apartaron a un lado la tela y le acariciaron los labios del coño con una lentitud calculada, abriéndolos, resbalando por la humedad hasta hundirse un dedo entero sin resistencia. Marina soltó el aire de golpe.
—Quiero que vayas, que te folle bien follada, y que cuando vuelvas te metas en mi cama y me lo cuentes con la polla de él todavía caliente entre las piernas —siguió Daniel, casi sin voz—. Quiero saber cómo te la mete. Cómo te corres. Qué le dices al oído. Quiero que me lo describas mientras te la meto yo, palabra por palabra.
—Daniel…
—Acepta.
Marina cabeceó despacio, primero una vez, después otra. Daniel sacó el dedo empapado, se lo llevó a la boca y lo chupó sin apartar los ojos de ella. Después la besó, y Marina se probó a sí misma en su lengua.
—Dile a Sandoval que te recoja un coche —le susurró él contra los labios.
***
Tres noches más tarde, Marina se miraba al espejo del vestidor. Llevaba un vestido negro de seda mate, ajustado, que le caía hasta media pierna y se abría en una raja discreta. Debajo había escogido una lencería de encaje granate, un conjunto que se había comprado esa misma mañana sin habérselo planteado nunca. La tela era casi inexistente: un tanga que se le metía entre las nalgas y un sujetador de balconet que le levantaba las tetas hasta el nacimiento del escote. Cuando se giró para verse el reverso, el espejo le devolvió a una mujer que no se parecía a la presentadora del informativo.
Daniel apareció en el umbral con una copa de vino tinto. Se la tendió sin decir nada y Marina bebió un sorbo largo. Se besaron despacio, con cuidado, como quien firma un contrato.
—Llámame si necesitas salir de allí —dijo él.
—No voy a llamarte.
—Lo sé. Pero llámame igual. Y no te laves antes de volver. Quiero olerlo.
Marina asintió sin palabras y sintió otra vez ese calor entre las piernas. El coche la esperaba en la verja. Era negro, con cristales tintados, y el chófer le abrió la puerta sin saludarla por su nombre. Marina entró sin mirar atrás.
***
El hotel era un edificio antiguo del centro, un palacete restaurado que olía a cera y a flores blancas. El recepcionista la guió a una suite del segundo piso sin pedirle ningún dato. Marina golpeó la puerta dos veces, con los nudillos, y respiró hondo.
Sebastián abrió. Era más joven de lo que aparentaba en las fotografías, con esa belleza un poco insolente de los chicos que han crecido sin oír nunca la palabra «no». Llevaba una camisa blanca abierta hasta el segundo botón y el pelo aún húmedo de la ducha. La miró de arriba abajo sin disimulo, y Marina sintió cómo le recorrían los ojos por encima del vestido como si la estuvieran desnudando lentamente.
—Eres más alta de lo que parece en pantalla —dijo él.
—Los planos engañan.
—Pasa.
La suite estaba en penumbra, iluminada solo por dos lámparas de mesa y la luz blanca de la ciudad que entraba por el ventanal. Sebastián cerró la puerta y echó el cerrojo con un gesto pausado. El sonido del pestillo cayó en el silencio como una piedra al fondo de un pozo.
—No te he ofrecido nada —dijo él—. ¿Quieres tomar algo?
—No.
—Mejor.
Se acercó. Marina notó el aroma a colonia limpia, a sándalo y a algo más, algo joven que ella no había olido en mucho tiempo. Sebastián levantó la mano y le pasó el dorso de los dedos por la mejilla, con una delicadeza que no encajaba con su fama.
—¿Por qué has venido? —preguntó.
—Porque mi marido me lo pidió.
El joven se quedó quieto un instante, sorprendido, y después soltó una risa baja que vibró contra el cuello de ella.
—Tu marido me cae bien —dijo—. Tendré que invitarle a cenar algún día.
La besó. Marina pensó que sería un beso brusco, de chico con prisa, y se equivocó. Sebastián la besó despacio, midiendo cada paso, dejándole espacio para que ella decidiera cuándo apretar la lengua y cuándo morderle el labio. Marina apretó. Marina mordió. Cuando se separaron, los dos respiraban con la boca entreabierta.
—Quiero verte —murmuró él—. Sin esto.
Le bajó la cremallera del vestido por la espalda con un movimiento limpio. La seda cedió en silencio y resbaló hasta el suelo. Marina quedó frente a él en lencería granate y tacones, las manos en los costados, el pulso golpeándole en la garganta.
Sebastián tardó en reaccionar. Cuando lo hizo, dejó escapar el aire por la nariz como si llevara aguantándolo desde que abrió la puerta.
—Joder —murmuró—. Estás para comerte entera.
Le pasó una mano por el vientre, subió hasta el balconet y le sacó una teta del sujetador sin bajárselo, dejando el pezón asomado por encima del encaje. Se agachó y se lo mamó ahí de pie, en mitad de la suite, chupando con los labios cerrados y raspándole después la areola con la punta de la lengua. Marina se agarró a la nuca de él y sintió cómo se le doblaban las rodillas.
—Ven —dijo él, cuando la soltó, tendiéndole la mano.
***
La condujo hasta el sofá del centro de la suite. Se sentó él y la atrajo a su regazo, de espaldas a la ventana. Marina apoyó las rodillas a ambos lados de las caderas de Sebastián y notó la dureza de su polla debajo de la tela del pantalón, apretándole el coño a través del tanga. Empezó a moverse encima, restregándose despacio, buscando la forma con la que aquel bulto le encajaba mejor en el clítoris. Él le mordió la clavícula, después el inicio del otro pecho, después el pezón a través del encaje mientras le agarraba el culo con las dos manos y la apretaba contra él.
—Eres preciosa —le dijo contra la piel.
—No soy ninguna chica de tu edad —respondió ella.
—Por eso. Por eso me pone tanto follarte.
Le bajó las copas del sujetador con el pulgar y se llevó el pezón a la boca. Marina cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. La lengua de Sebastián era caliente y paciente. La estuvo lamiendo y mordisqueando durante un rato larguísimo, cambiando de un pecho al otro, dejándoselos brillantes de saliva. Una de sus manos se coló dentro del tanga por detrás, le abrió las nalgas y bajó por la raja hasta encontrarla empapada. Dos dedos entraron sin resistencia. Marina se mordió el labio para no gemir.
—No te calles —murmuró él, levantando la cara—. Quiero oírte gemir como una guarra.
Y entonces ella gimió. Sin pudor, sin filtro de presentadora, sin la voz educada que ponía delante de las cámaras. Sebastián movió los dedos dentro de ella con paciencia, curvándolos, buscando el punto exacto contra la pared de delante, mientras con el pulgar le hacía círculos lentos sobre el clítoris hinchado. Marina se aferró a sus hombros, los pies levantados del suelo, y se corrió en menos de cinco minutos, con un temblor que le subió desde las pantorrillas hasta los hombros y le hizo escupir un grito ronco contra el pelo de él.
—Eso ha sido rápido —dijo él, divertido, sacando los dedos empapados y enseñándoselos.
—Cállate.
—Es un cumplido. Mira cómo estás.
Le pasó los dedos por los labios y Marina los abrió sin pensarlo. Se chupó su propia humedad de la mano de él, despacio, sin apartarle la mirada.
***
Lo dejó tumbarse de espaldas en la cama. Le abrió la camisa, el cinturón, el pantalón. Sebastián la dejó hacer, con los brazos por encima de la cabeza, mirándola con una mezcla de incredulidad y placer. Marina le besó el vientre, la cadera, la cara interna del muslo, antes de bajarle el bóxer y descubrir la polla que había estado presionándola contra el sofá un momento antes. Era gruesa, dura, con la punta ya brillante. Se la envolvió con la mano y la miró de cerca antes de decidir nada.
La lamió primero desde la base hasta la punta, como quien prueba un helado, y le pasó la lengua plana por debajo del glande. Sebastián soltó un jadeo largo. Después se la metió entera en la boca, todo lo que le entró, hasta notarla en el fondo de la garganta.
—Marina —musitó él, y aquella fue la primera vez que pronunciaba su nombre.
Lo dijo como si pidiera permiso. A ella le gustó.
Se entretuvo. Se la sacaba entera, le lamía los huevos uno a uno, le pasaba la lengua por el frenillo y volvía a metérsela hasta atragantarse un poco. Cuando sentía que él estaba a punto, aflojaba, la dejaba resbalar entre los labios y empezaba otra vez desde el principio. Escupía sobre la punta y usaba la mano para masturbarle mientras le mamaba solo el glande. Sebastián le agarró el pelo, no para forzarla, sino para tener algo a lo que aferrarse.
—Para —jadeó él—. Para, joder, que me corro y no quiero correrme así.
Marina lo soltó con un chasquido húmedo y se subió por su cuerpo hasta colocarse encima.
—¿Tienes algo? —preguntó ella.
—En la mesilla.
Tomó el preservativo, lo abrió con los dientes y se lo puso ella misma, con calma, deslizándoselo entero mientras le apretaba la polla con la mano. Después se apartó el tanga a un lado sin quitárselo, tomó la polla con la otra mano y se la metió despacio, centímetro a centímetro, viéndola desaparecer dentro de ella. El gemido que se le escapó esa vez no fue suyo: fue de los dos. La sintió llenarla del todo, apretando por dentro hasta un sitio que Marina llevaba tiempo sin usar así.
Empezó a moverse con un ritmo que ella misma marcaba, subiendo y bajando entera, sacándosela casi del todo y volviendo a empalarse hasta el fondo. Las manos apoyadas en el pecho de Sebastián, la cabeza echada hacia atrás, las tetas botándole delante de la cara de él. Sebastián la sujetaba por las caderas, sin imponerle nada, dejándola decidir, y de vez en cuando levantaba la cabeza para mamarle un pezón al vuelo.
—Así —susurró ella.
—Como tú quieras. Cabálgame, joder, cabálgame como te dé la gana.
Marina se corrió otra vez encima, contrayéndose alrededor de él, y cuando terminó de temblar se dejó caer hacia delante, jadeante. Sebastián aprovechó, la hizo girar sobre la cama y la puso boca abajo. Le levantó las caderas, le apartó el tanga arruinado y volvió a metérsela desde atrás, de un solo empujón. Marina gritó contra la almohada.
—Sí —murmuró él, agarrándola del pelo y tirando lo justo para arquearla—. Así te quería ver.
La embistió a fondo, con la cadera chocándole contra el culo, produciendo un sonido húmedo que llenaba la suite. Sebastián le pasó la mano por debajo y le buscó otra vez el clítoris mientras la seguía follando por detrás, frotándoselo en círculos rápidos.
—Córrete otra vez —le pidió al oído—. Córrete conmigo dentro.
Cambiaron de postura una vez más. Sebastián se puso encima, la cara hundida en su cuello, mordiéndola, susurrándole cosas que Marina no quería recordar al día siguiente y que quizá recordara siempre —que estaba caliente, que la iba a llenar, que se imaginaba a su marido escuchándola contar todo aquello—. Le levantó una pierna hasta apoyársela en el hombro y le entró más profundo, más lento, sacándosela casi entera y volviéndola a hundir hasta el tope. Marina se corrió una tercera vez con las uñas clavadas en la espalda de él, gimiendo su nombre. Cuando Sebastián se vino, lo hizo con un gruñido ronco pegado a su oreja, empujando contra el fondo mientras ella sentía el latido de la polla dentro incluso a través del preservativo.
Se quedaron un rato así, sudados, los corazones latiendo al mismo ritmo, la polla todavía dentro ablandándose despacio.
—Tu marido es un hombre afortunado —dijo él, separándose con cuidado y quitándose el preservativo lleno.
—Lo sabe.
***
El coche la dejó en su urbanización al amanecer. Marina entró en casa con los tacones en la mano, los pies fríos sobre el suelo, el tanga guardado en el bolso porque estaba tan empapado que no había querido volver a ponérselo. Daniel estaba despierto en la cama, con una lámpara baja encendida y el libro abandonado en la mesilla. La miró entrar como si llevara horas esperando ese momento.
—Ven —dijo él.
Marina se metió bajo las sábanas con la lencería granate todavía puesta, sin el tanga. Daniel la abrazó por detrás y la besó en la nuca. Deslizó la mano por su vientre hasta abajo y le palpó el coño hinchado, todavía caliente, todavía abierto.
—Estás toda usada —susurró contra su pelo, con la voz espesa—. Se nota que te la han metido bien.
—Daniel…
—Cuéntamelo. Desde el principio. Sin saltarte una palabra.
Ella notó al instante que él estaba duro contra su culo, listo, sin disimulo. Marina se giró boca arriba y Daniel se le puso encima, entrándole despacio en un coño que ya había sido de otro esa noche. Los dos gimieron a la vez.
Y Marina le contó. Le contó el sello rojo, el coche negro, el hotel que olía a cera. Le describió cómo Sebastián le había sacado la teta del sujetador y se la había mamado de pie. Cómo la había metido dos dedos en el sofá hasta hacerla correrse encima. Cómo se la había chupado ella arrodillada en la cama, cómo se la había puesto el preservativo con la boca. Cómo se había sentado encima y la había cabalgado, cómo la había puesto a cuatro patas después y la había follado del pelo. Le repitió palabra por palabra lo que Sebastián le había susurrado al oído mientras se corría.
Daniel la escuchaba con la respiración cada vez más densa, embistiéndola cada vez más fuerte, marcando cada frase con un golpe de cadera. La agarró por debajo de las rodillas, se las levantó hasta doblársela sobre el pecho y empezó a entrarle hasta el fondo, castigándola con un ritmo lento y profundo.
—¿Se corrió dentro? —jadeó él.
—En el preservativo. Pero lo sentí.
—Dime cómo se lo pediste.
—Le dije que me la metiera. Le dije que me follara bien. Igual que a ti.
—Tómame —le dijo Marina entonces, repitiéndole a su esposo lo mismo que había susurrado horas antes—. Es tuyo. Todo lo que me hizo él es tuyo ahora. Córrete en mí, Daniel, córrete dentro que quiero notarte.
Daniel se vino con un sonido grave que ella no le había oído nunca, hundiéndose hasta el fondo, vaciándose entero dentro de ella. Marina notó los espasmos de la polla de su marido en el mismo sitio donde una hora antes había estado la de Sebastián, y se corrió otra vez sin tocarse, apretándolo contra sí con las piernas cruzadas por detrás de la espalda de él. Cuando la besó, fue un beso distinto a los de antes. Más fondo. Más hondo. Con sabor a los dos.
Marina supo, antes incluso de cerrar los ojos para dormir con el semen de su marido corriéndole todavía entre los muslos, que aquella noche no había cerrado nada: había abierto algo. Y ya no había forma de volver a sellarlo.