La apuesta que terminó conmigo encima de mi novio
De aquello hace ya varios años, pero todavía me acuerdo del frío que hacía esa tarde y de la cara que se nos quedó a todos cuando apareció la película equivocada en la pantalla. Por entonces yo tenía veintiún años, llevaba algo más de un año con Adrián y, como cualquier pareja joven sin casa propia ni coche, vivíamos pendientes de cualquier hueco para poder estar a solas. En invierno la cosa se complicaba, así que muchas tardes terminábamos en el piso compartido de tres amigos suyos: Mateo, Iván y Sergio.
Eran majos los tres, divertidos, pero ninguno destacaba especialmente con las chicas. Quizá por eso siempre estaban un poco salidos. Aquel sábado de enero llovía con ganas y los planes de calle se cancelaron solos. Habíamos pedido algo de cena temprano y, cuando terminamos, propusieron ver otra película. Empezaron a rebuscar entre una pila de DVDs grabados a mano. Algunos llevaban el título escrito con rotulador, otros estaban en blanco. Iván metió uno al azar.
—A ver qué hay aquí dentro… —murmuró.
La pantalla se llenó de letras rojas anunciando un volumen de cierta colección casera y una sucesión de primeros planos que no dejaban duda alguna sobre el contenido. Mateo se lanzó al mando con cara de circunstancias y paró la reproducción a toda prisa, pero ya era tarde. Iván y Sergio se descojonaban a su costa.
—Tú con un disco así, Mateo, ¿en serio? —se reía Iván—. Podrías tener uno de tetas, de culos, lo que sea, pero ¿pollas?
—Que no es mío —protestaba él, todo colorado.
—Ya, claro. Ese rotulador es el tuyo, eh.
Adrián les pidió que cortaran un poco, que yo estaba delante. Yo dije que no pasaba nada. La verdad es que los pocos segundos de imagen que había alcanzado a ver me habían dejado el cuerpo raro y, sin querer, ya estaba pensando en cómo arrancarle el pantalón a Adrián de vuelta a casa.
Empezaron entonces a discutir sobre actores porno, sobre si tal o cual tamaño era de verdad o estaba retocado, hasta que Sergio se giró hacia mí.
—Lucía, tú que eres la única chica, tira para nosotros: ¿es real eso o se inventan tamaños?
—Yo solo he estado con Adrián, qué queréis que os diga. A mí me sobra y me basta con lo que tengo.
—Pues ponemos el vídeo y comparas —soltó Iván, medio en broma.
—Paso.
—¿Nunca has visto una peli porno?
—Nunca.
—Pues mira, así coges ideas.
—Ya tenemos las nuestras —respondió Adrián, sin ganas.
Estuvimos así un rato. Iván y Sergio insistían, Adrián y yo poníamos pegas y Mateo callaba como un muerto, encogido en su sillón. Al final, Iván propuso votar. Iván y Sergio votaron sí, Adrián y Mateo votaron no. Quedaba mi voto. No sé qué fue lo que me empujó, pero levanté la mano y dije que adelante, que la pusieran. Adrián me miró sorprendido. Le devolví la mirada como diciendo «luego ya verás», porque él sabía perfectamente que aquello iba a terminar con sus dedos entre mis piernas en el sofá.
Estábamos repartidos así: en el sofá grande, Adrián a la izquierda, yo en el medio y Mateo a la derecha. En cada uno de los sillones individuales, Iván y Sergio. Como en el salón hacía algo de fresco, Adrián, Mateo y yo compartíamos una manta de lana grande. Iván tenía una manta pequeña, de viaje. Sergio iba sin manta, con un pantalón de chándal gris.
***
La película era una recopilación de historias cortas. La primera arrancaba con un masaje que terminó como cualquiera podía adivinar: la masajista subiendo lentamente por los muslos del cliente hasta que la toalla acabó por el suelo. Lo que apareció debajo nos dejó a todos en silencio durante unos segundos. Era un trozo de carne tan exagerado que la chica apenas podía abarcar la punta con la boca. La escena consistía sobre todo en lametones por el tronco y los testículos. Cuando ella se sentó encima a horcajadas, ni siquiera le entraba más de la mitad.
Yo, sin pensarlo, ya tenía la mano sobre el pantalón de Adrián. Él me miró un instante, alucinado, pero cuando le agarré la muñeca y le llevé la mano hasta mi entrepierna no se hizo de rogar. Bajo la manta nadie veía nada. Estaba ya bastante mojada y noté cómo me apretaba por encima de la ropa.
Eché un vistazo discreto al resto del salón. Sergio había levantado una rodilla para esconder el bulto del chándal. Iván se reacomodaba cada cinco segundos. Mateo, a mi lado, miraba la tele con una intensidad que no era solo curiosidad.
Al terminar la primera historia me levanté para ir al baño. De camino, sin pensarlo demasiado, me quité las bragas y me las metí en el bolsillo de los vaqueros. Cuando volví, Iván y Adrián estaban en la cocina sirviendo unas copas, así que me senté en el medio del sofá, con Sergio a la vista. Cuando Adrián se acomodó a mi lado, le pasé las bragas con disimulo y se le iluminaron los ojos. Las guardó sin decir nada.
***
La segunda historia era de tres amigos en una casa rural. Baño desnudos, crema solar, masturbaciones cruzadas y dos pollas que, sin ser tan brutales como la del masaje, eran bastante más largas que la media. Adrián volvió a meterme la mano debajo de la manta y empezó a colarme dos dedos despacio, con una paciencia que me estaba volviendo loca. Yo, mientras tanto, le sujetaba la suya por encima del pantalón.
—Tener una así debe ser un problema, en serio —comentó Iván—. Las chicas se asustan.
—Claro, hombre, con eso te parten en dos —añadió Sergio.
—Sois unos brutos —dijo Adrián.
—Yo creo que para todo hay gente —metí baza yo, intentando que no se me notara la voz—. Habrá chicas a las que les guste así.
—Pues serán pocas. Imagínate que Adrián te mete eso.
—Oye, tú qué sabrás de lo que le meto —saltó Adrián.
—Que no te andas tú con esos tamaños —contestó Sergio.
—¿Y tú qué sabes? —dije yo, más para picarles que por defenderlo.
—Andarías escocida toda la semana.
—Qué brutos sois, de verdad.
Mateo seguía sin abrir la boca. Era el más callado de los tres. Iván se dio cuenta y empezó a meterse con él.
—Tú lo dices porque no la has tenido nunca tan grande, ¿no, Mateo?
—No tiene por qué —respondió, sin mirar a nadie.
—¿Cómo que no tiene por qué? —Iván se rió—. ¿No nos dirás que la tuya es de las grandes?
—No te importa.
—Venga, Mateo, no nos hagas esto —insistió Sergio—. ¿Es enorme o tan pequeña que te da vergüenza enseñarla?
Mateo le mandó callar con un gesto. Yo, por bajarle el agobio, intenté echarle un cable.
—Dejadle en paz, qué más dará. Si la tiene pequeña pero juguetona, también vale.
—YO NO LA TENGO PEQUEÑA —soltó él, con una voz que silenció el salón.
Adrián se rió con la boca cerrada.
—Venga, Mateo, que Lucía solo te quería echar un cable.
Mientras todo esto ocurría, Adrián seguía con dos dedos dentro de mí y yo apretaba su polla por encima del pantalón. La situación me estaba poniendo demasiado caliente. Le dije a Iván que pusiera la tercera escena para cambiar de tema, pero Mateo aún no había soltado lo último.
—La tengo más grande que esos dos.
Lo dijo serio, tieso en el sillón, con la mandíbula apretada. Nos giramos todos a la vez. Se nos escapó la risa, pero más por sorpresa que por burla.
—Perdona, Mateo —dije—. No me río de ti, me río de cómo lo has dicho. Pero más grande que esos dos es bastante exagerado.
—Vamos, Mateo, que con eso una tía no te la puede chupar entera —añadió Iván.
—Pues no creo.
—¿Qué te apuestas? —saltó Mateo, mirándonos a Adrián y a mí.
—¿Nos lo apuestas a nosotros? —preguntó Adrián.
—Sí. A vosotros dos.
—Cincuenta euros —dijo Iván—. Yo voy con Adrián y Lucía.
—Yo con Mateo —siguió Sergio.
—¿Y cómo lo comprobamos? —pregunté yo, dudando si seguir o no la broma—. ¿Con mi boca?
—Con un vaso de tubo —contestó Iván—. Si no le entra en un vaso, en una boca tampoco. Esperad un segundo.
Iván se levantó y volvió de la cocina con un vaso largo, de los que se usan en bares para combinados. Lo dejó en la mesa baja con una gravedad ridícula. Yo lo cogí, lo acerqué a mi boca y traté de imaginar abarcarlo con los labios. Imposible. Pensé en la polla de Adrián, que está bien sin ser un monstruo, y calculé que tendría que ser casi el doble para que de verdad no me cupiera. Sonreí. Me estaba volviendo a poner cachonda.
—Mejor que cincuenta euros —solté—. Si la polla de Mateo no le entra al vaso, os pegáis una vuelta y nos dejáis la casa a Adrián y a mí.
—Eh, eh, que yo voy con vosotros —protestó Iván—. Que os deje Mateo su cuarto.
—No. Yo quiero la casa entera.
—Vale, y si le entra, ¿qué? —preguntó Sergio.
—Si le entra, os debemos cincuenta euros y a otra cosa.
—Naah. Ahí no me mojo. Quiero algo mejor.
Mateo carraspeó.
—Oye, que el que tiene que enseñar la polla soy yo.
—Dadnos un par de minutos —dije—. Vamos a pensarlo.
***
Tiré de Adrián hacia el cuarto de baño. Cerré la puerta con pestillo y nos abalanzamos uno encima del otro. Le bajé el pantalón, me puse de rodillas y se la metí en la boca con ganas. Me levantó, me hizo girarme y me apoyé en el lavabo. Acababa de meterla cuando llamaron a la puerta.
—Ya tenemos la propuesta —dijo Sergio desde el pasillo.
—Vamos —contestó Adrián, con una voz que no engañaba a nadie.
Joder. Dos minutos más y nos habríamos corrido.
Volvimos al salón colorados. Iván sonreía como si supiera algo que nosotros no.
—He cambiado de bando —anunció—. Voy con Mateo y con Sergio.
—¿Qué pasa, Iván, te la ha enseñado y te ha convencido? —pregunté.
—Puede.
—Miedo me dais —dijo Adrián.
—Venga, soltadlo ya.
—Si la polla de Mateo entra en el vaso —empezó Sergio—, os dejamos la casa esta noche y dos tardes al mes.
—No está mal —admitió Adrián—. ¿Y la otra parte?
—Si no entra, os masturbáis ahí mismo, en el sofá, sin manta. Como antes pero a la vista.
—Pero si antes no estábamos haciendo nada —mentí, descaradamente.
—Se oían gemidos, Lucía. Y no era la película.
—Ni de coña. Queréis ver a Lucía desnuda y seguro que ya habéis probado el vaso.
Sopesé. La polla de Mateo, por mucho que él presumiera, no podía ser de las del vídeo. Esos eran tamaños imposibles. Calculé.
—Una vez a la semana, no le entra al vaso, y le mide más de veinte centímetros.
Iván, Sergio y Mateo se miraron.
—Hecho.
—¿Estás loca? —me susurró Adrián.
—Si perdemos, te paja con la mano por dentro del pantalón —contesté yo, pegándome a su oreja.
—No, no —cortó Sergio—. Con el pantalón bajado. Algo tenemos que ver.
—Eso, eso —añadió Mateo, ya más animado—. Que yo voy a tener que enseñar la polla.
—Está bien —cedí—. Pero nadie se mueve de su sitio en el sofá. Y luego tiráis ese vaso, que da grima.
***
Mateo se puso de pie en medio del salón. Se desabrochó el cinturón y bajó el pantalón hasta las rodillas. Lo que apareció debajo del calzoncillo me hizo cerrar la boca. La tenía blanda, sí, pero ya colgaba pesada, gruesa, mucho más gruesa de lo que jamás habría imaginado. Cogió el vaso, se la acercó y la metió rozando las paredes.
—Toma, ha entrado —se apresuró Adrián—. Casa para nosotros.
—No, no, no —saltó Iván—. Así no vale. Tiene que estar dura. ¿Quién mide su polla en reposo?
—Tiene razón —dijo Sergio.
—Joder, es que con todos mirándome me corto —se quejó Mateo.
—Venga, siéntate. Ponemos la peli y, cuando se te empalme, lo intentas otra vez.
***
La tercera historia era de un matrimonio que invitaba a tres amigos a casa. Después de unas copas, ella les hacía un striptease y les iba chupando la polla a los tres mientras el marido miraba desde una silla. Yo, en el sofá, intentaba mantener la cara neutra, pero por dentro estaba a mil. Mateo, a mi derecha, tenía una mano metida bajo la manta y una respiración muy poco disimulada.
—Ya está —dijo de pronto.
Se levantó, se bajó otra vez los pantalones y, esta vez, lo que tenía entre las manos no era lo de antes. No me hizo falta verla cerca del vaso para saber que habíamos perdido. Era larga, gruesa, con el glande brillante y una vena bien marcada por encima. Acercó la punta al cristal y, por mucho que empujó, no había manera. El capullo solo entraba si la apretaba contra el borde, deformándose. La piel del vaso quedaba tirante. Adrián y yo le dijimos que probara desde otro ángulo. Mateo lo intentó dos, tres veces. Nada.
Iván y Sergio estaban dando saltos. Adrián se pasó las manos por la cara. Yo respiré hondo. Una apuesta es una apuesta.
—Vale —dije—. Pero sin tocarnos. Cada uno en su sitio.
***
Volvimos a sentarnos. Mateo, esta vez, se quedó con la polla fuera, descansando sobre su muslo desnudo. Se tapó por encima con un pico de la manta, pero se notaba el bulto perfectamente. Iván puso de nuevo la película. Adrián y yo empezamos a tocarnos otra vez, primero por debajo de la ropa. Después, me puse de pie, me bajé los vaqueros hasta los tobillos y me senté de nuevo. Adrián hizo lo mismo. La manta nos cubría a medias.
Iván y Sergio habían girado los sillones para vernos mejor. Sergio incluso había acercado el suyo dos palmos. Yo intentaba mirar la pantalla, pero mis ojos se iban a la izquierda, donde la polla de Mateo subía y bajaba lentamente con su mano, hipnótica. Me daba vergüenza reconocerlo, pero no podía dejar de mirar.
—Lucía, ¿te subes? —me susurró Adrián al oído.
Negué con la cabeza. Pero apenas un minuto después, con su lengua jugando en mi cuello y dos dedos dentro de mí, dije que sí. Me coloqué encima, le acomodé la punta y me dejé caer despacio, hasta hundirla del todo. Un gemido se me escapó sin permiso.
A partir de ahí, todo se me hizo borroso. Iván se había bajado el pantalón y se masturbaba con la vista clavada en cómo Adrián entraba y salía por detrás. Sergio se sentó sobre la mesa baja, con la polla fuera, para tener mejor ángulo. Mateo se levantó y se puso de rodillas en el extremo del sofá, a medio metro de mi cara. La suya, entre las manos, parecía más enorme cada segundo.
Yo cabalgaba más rápido. Adrián me agarraba las caderas con fuerza. Cada comentario de los chicos sobre mi culo, sobre lo que tenía Adrián entre las piernas, sobre cómo se me marcaban los pechos debajo de la camiseta, me empujaba un poco más cerca del orgasmo. Me incliné hacia adelante, casi tumbada sobre el pecho de Adrián. Ahora tenía a Mateo justo detrás, con la polla a centímetros de mi espalda. Por un momento pensé que, si se corría así, me caería todo encima.
Decidí girarme. Me incorporé y me senté de cara hacia los chicos, con Adrián tumbado debajo. Sergio me pidió por favor que me quitara la camiseta. A esas alturas, lo de menos era la camiseta. Me la saqué junto con el sujetador. Iván soltó algo entre dientes. Mateo apartó la mirada un segundo y luego volvió, más fijo todavía.
Seguí montando a Adrián. Los pechos me saltaban con cada movimiento. Iván y Sergio se habían puesto de pie y tenía a uno a cada lado, con las pollas apuntándome. En algún momento, alguno me rozó el brazo con el glande y di un respingo. Frente a mí, Mateo se masturbaba con cuidado, casi con reverencia. La piel se le iba para atrás y aparecía un capullo enorme, brillante. Si la chupara, aunque fuera un poco, ¿qué podría pasar? Se me escapó otro gemido que no controlé.
Adrián notó mi cambio y, sin avisar, me sacó del regazo, me puso de rodillas en el sofá y me empezó a follar desde atrás. Las embestidas eran rápidas, casi rabiosas. Yo cerré los ojos. Cuando los abrí, Mateo estaba a un palmo de mi cara, y la polla, gigantesca y palpitante, justo enfrente.
—Adrián —dije, con la voz rota—, yo creo que me cabe.
—¿Qué?
—La de Mateo. Me cabe en la boca.
—Pero qué dices, Lucía…
Lo siguiente pasó como en cámara lenta. Mis palabras debieron ponerlo a mil, porque Adrián empujó con más fuerza. Yo abrí mucho la boca, simulando metérmela, y Mateo lo interpretó como una invitación. Acercó el glande hasta rozarme los labios. Saqué la lengua. La pasé por su punta. En ese segundo, una embestida fuerte de Adrián por detrás me empujó hacia adelante, y la cabeza entera de la polla de Mateo se me coló dentro de la boca.
Iba a sacármela, pero entonces sentí cómo Adrián estallaba en mi interior, en chorros calientes que me sacudieron por dentro. Cada empujón suyo me clavaba un poco más la polla de Mateo en los labios. Mi cuerpo entero se rindió. Un orgasmo larguísimo me recorrió desde la nuca hasta los muslos. Me agarré con las dos manos al rabo de Mateo para sostenerme y, justo en ese momento, noté palpitar las venas en la palma. Lo aparté de mi boca a toda prisa, y un chorro espeso salió disparado y cayó sobre mis pechos.
A mi izquierda, Iván terminaba de descargar sobre su mano. Algo cálido me resbaló por el brazo. Quise levantarme para ir al baño, pero, al dar un paso, me tropecé con los vaqueros en los tobillos y caí de bruces sobre Mateo, en el sofá. Su polla, aún empapada, me quedó pegada al vientre.
No habían pasado dos segundos cuando noté el chorro de Sergio caer sobre mi espalda y mi culo. El muy cerdo se había acercado a propósito. Mateo le empezó a gritar. Adrián también. Yo no tenía cuerpo para discutir. Me arrastré hasta el baño, me metí en la ducha y dejé que el agua se llevara todo lo que había encima de mí.
Cuando salí, secándome con una toalla, los tres seguían discutiendo. Al menos se habían subido los pantalones. Sergio, entre la bronca, sonreía aún. Sonreía hasta que les recordé que la apuesta la habíamos ganado nosotros y que ya estaban tardando en marcharse.
***
De aquello hace ya muchos años. Si me ocurriera hoy, no tengo ninguna duda de que no echaría a los tres. A dos sí. Al otro, a ese de las venas marcadas y la mirada callada, lo invitaría a quedarse. De hecho, últimamente se lo he comentado a Adrián. Y, por la sonrisa que se le pone, creo que él también lleva años pensándolo.