La tarde que me dejé mirar en el malecón
Esto lo escribo para los que me preguntaron cómo empezó todo. Para los que me dicen que no se lo creen. Para la pareja que me mandó aquella foto hace unos meses y que me hizo entender que no estoy sola en esto.
Era septiembre. Esa época del año que no es verano ni otoño, donde el calor afloja pero el cielo todavía guarda algo de luz hasta las ocho de la tarde. Mi marido llevaba cuatro días fuera por trabajo y el piso se me había quedado grande, silencioso, con ese silencio que empieza a pesar. Cuatro noches durmiendo sola, con la mano metida entre las piernas y el coño empapado sin que ninguna corrida terminara de calmarme del todo.
Decidí salir a caminar por el malecón. No tenía un plan concreto, solo quería aire y movimiento. Pero mientras me vestía, algo me detuvo frente al cajón de la ropa interior.
Hoy no.
No sé de dónde vino ese pensamiento. Lo tuve y no lo discutí. Cerré el cajón, me puse un vestido largo color arena, de esos de tela fina que parecen una camisa de hombre agrandada, y salí a la calle con el coño desnudo debajo, sintiendo cómo el aire ya empezaba a colarse por el bajo del vestido y a lamerme los muslos.
***
El malecón de Chipiona a esa hora tiene una luz particular. El sol ya no pega de frente sino de lado, y la gente camina más despacio, como si todos hubieran tomado la misma decisión de no tener prisa. Hay parejas, jubilados, algún corredor rezagado, familias con niños que ya deberían estar cenando.
Me bajé del autobús en la entrada norte y empecé a caminar hacia el sur, hacia donde los pinos se acercan a la orilla y hay unos muretes de piedra donde la gente se sienta a ver pasar el tiempo.
El viento llegó casi de inmediato.
No era un viento fuerte, pero sí constante, de ese que viene del mar cargado de sal y que cuela por cualquier tela ligera. Sentí la tela del vestido moverse contra mi piel y me di cuenta, con una claridad que me sorprendió, de lo diferente que era esa sensación sin nada debajo. El aire me subía por las piernas hasta rozarme los labios del coño, entrando y saliendo, y a los pocos pasos ya notaba que me humedecía sin haber hecho nada, sin haber pensado en nada, solo por el simple hecho de caminar con la vulva expuesta al viento.
Cada paso. Cada corriente de aire.
Llevaba unos cien metros caminados cuando noté que los pezones se me habían endurecido. La tela los rozaba con cada movimiento y eso los hacía más sensibles, y cuanto más sensibles estaban, más consciente era de que se marcaban a través del vestido. Me miré un momento. Sí, se notaba. Dos puntas duras clavando la tela hacia afuera como si pidieran que alguien las mordiera.
Podría cruzar los brazos. Podría doblarme hacia dentro. Podría hacer algo.
No hice nada.
Seguí caminando, con los muslos rozándose entre sí a cada paso y una humedad tibia que empezaba a resbalarme por el interior de la pierna derecha.
***
Hay una cosa que pasa cuando decides no esconderte: el mundo no cambia, pero tú lo percibes de otra manera. De pronto eres consciente de cada persona que viene de frente, de los ojos que bajan un segundo y suben, de los que no bajan pero tampoco se van del todo. Un hombre mayor con un perro pequeño me miró dos veces y se quedó con la vista clavada en mis pezones marcados. Un chico joven que venía en bicicleta redujo la velocidad y giró la cabeza al pasar, con una expresión que no supo disimular; le vi la polla marcarse debajo del pantalón corto un segundo antes de que se alejara.
No era miedo lo que sentía. Era otra cosa, más parecida a la electricidad. Un calor concreto en el clítoris, latiendo, pidiendo.
Llegué a la zona de los muretes y me senté en uno que daba de frente al paseo. Desde ahí se veía la calzada principal, la gente que caminaba en ambas direcciones, algún coche que pasaba despacio. Eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos un momento.
El viento era más fuerte sentada. Con las piernas ligeramente separadas, la tela del vestido empezó a moverse de una manera que ya no era accidental. Sentí cómo se levantaba por delante, cómo el aire frío llegaba a donde no tenía nada que lo detuviera, cómo se colaba entre los labios de mi coño y me erizaba cada milímetro de piel mojada.
Abrí las piernas un poco más.
Solo un poco. Lo justo para que el viento pudiera hacer lo que quisiera. Lo justo para que cualquiera que mirara hacia el murete viera lo que había debajo del vestido: un coño depilado, hinchado, brillando de humedad bajo la luz de las ocho de la tarde.
***
No voy a fingir que fue algo que me pasó sin querer. Sí quería. Eso es lo que me costó más tiempo admitir: que no fue el viento, que no fue la casualidad, que fui yo la que tomó la decisión de separar las piernas en ese murete con gente pasando a cinco metros.
Quería que me vieran. Quería que un desconocido cualquiera se empalmara con la imagen de mi coño abierto al aire. Quería sentirme una guarra en público, aunque solo fuera durante diez minutos.
Con los ojos cerrados, la experiencia se intensifica de una manera que es difícil de explicar. Dejas de controlar lo que ven los demás. Ya no puedes calcular si alguien mira o si mira para otro lado. Solo puedes escuchar: los pasos en el asfalto, las conversaciones que se acercan y se alejan, el ruido de los coches, algún silbido lejano que podía ser para mí o para otra persona o para nada.
La incertidumbre era parte de la excitación.
Sentí la tela voltearse por completo con una ráfaga más fuerte. Supe, sin tener que mirar, que quedaba expuesta de cintura para abajo, con el coño completamente a la vista de quien pasara por delante. No moví las piernas. No cambié de posición. Llevé la mano al botón superior del vestido y lo desabroché despacio, sin prisa, como si fuera un gesto completamente normal sentada en un murete público. Después el segundo botón, y el tercero, hasta que la tela se abrió y me dejó una teta afuera, expuesta al aire y a cualquier ojo.
Con la yema del dedo encontré el pezón.
Lo toqué primero con suavidad, solo para sentir cuánto de sensible estaba. Mucho. Demasiado para haberle prestado tan poca atención todo el camino. Lo pellizcé entre el índice y el pulgar, suave al principio, luego con más firmeza, tirando de él hasta que se estiró, y el calor que me bajó desde ahí hasta el vientre me hizo apretar las piernas un instante por instinto.
Las abrí de nuevo. Más que antes. Y bajé la otra mano.
La deslicé por el vientre, por el hueso de la cadera, y la metí entre los muslos. Encontré el coño empapado, tan mojado que los dedos resbalaron sin ningún esfuerzo hasta el clítoris. Estaba hinchado, latiendo, y con solo rozarlo se me escapó un espasmo por toda la espalda. Empecé a masajearlo en círculos pequeños, muy despacio, controlando cada movimiento para que desde lejos no se notara demasiado, para que solo el que estuviera a menos de dos metros pudiera ver con claridad lo que hacía. Metí un dedo dentro. Después dos. Los saqué mojados, resbalando, y los subí de vuelta al clítoris para untarlo con mi propio flujo.
***
Escuché pasos que se detenían. No cerca, no lo suficientemente cerca como para que fuera amenazante, pero sí lo suficiente para que lo notara. Escuché una voz baja, casi un murmullo, y otra voz que respondía igual de baja. Dos personas, al menos. No quise abrir los ojos.
Eso habría roto algo.
Mientras escuchara voces sin rostro, mientras los pasos fueran solo sonidos y no personas concretas con caras y juicios, podía mantenerme en ese estado intermedio entre la realidad y lo que quería que fuera real. Eran miradas sin dueño. Era el deseo abstracto de ser vista, no la cosa concreta y a veces complicada de que alguien específico te mire.
Seguí con los ojos cerrados.
La mano en el pezón, tirando, retorciéndolo. La otra mano metiéndose los dedos en el coño y volviendo al clítoris. El vestido levantado por delante y abierto por arriba. El aire frío entre las piernas mezclándose con el calor que me subía desde dentro. Los pasos, las voces, un silbido desde más lejos que me llegó como un eco.
Escuché una respiración más cerca. Alguien —un chico, por el tono— murmuró un «joder» tan bajito que apenas lo pillé, y a esa palabra le siguió un ruido inconfundible: el de una cremallera bajándose despacio, y después el rumor húmedo, rítmico, de una mano moviéndose sobre una polla. Se estaba pajeando mirándome. A tres metros. Sin decirme nada. Sin tocarme. Solo mirándome el coño abierto y masturbándose al mismo compás que yo.
Eso fue lo que me terminó de romper por dentro.
Metí tres dedos y empecé a follarme el coño con fuerza, sin disimular ya, mientras con el pulgar seguía dándole al clítoris. Notaba cómo mis propios jugos me bajaban por el culo hasta manchar la piedra del murete. El orgasmo llegó despacio, construido sobre esos minutos largos de tensión acumulada, y cuando llegó no fue explosivo sino profundo, como algo que se suelta desde adentro y se expande hacia afuera en ondas lentas que me apretaron el coño alrededor de los dedos una y otra vez. Me mordí el labio para no gemir. La respiración del chico se aceleró al mismo tiempo, más rápida, entrecortada, y escuché un gemido apagado y un ruido húmedo distinto: acababa de correrse en el suelo, a un par de metros de mis pies, sin que nos hubiéramos tocado ni una vez.
Noté que me mojaba entera y eso me sacó de golpe del estado en que estaba.
Ya. Suficiente.
Me abotonné el vestido, con los dedos todavía brillantes de flujo, y disimuladamente me los limpié en el bajo por dentro. Bajé del murete con la misma naturalidad con la que me había subido. Me estiré la tela y eché a caminar en dirección contraria, de vuelta hacia la parada del autobús, sintiendo el semen ajeno seguramente todavía tibio a mi espalda y mi propia humedad resbalándome por los muslos con cada paso.
***
De reojo, sin girar la cabeza del todo, conté al menos seis chicos de entre veinte y treinta años que seguían ahí, de pie o sentados en muretes cercanos, mirando hacia donde yo había estado. Alguno tenía el móvil en la mano. Otro tenía todavía el bulto marcado bajo el vaquero. No sé si alguien grabó algo. En ese momento no me importó.
Me importó cuando llegué a casa.
Me duché despacio, con el agua caliente golpeándome el coño hinchado y los pezones aún doloridos de tanto pellizco, me senté en la cama con la toalla todavía puesta y estuve un rato mirando la pared, pensando en si debía sentirme avergonzada. Lo intenté. No lo conseguí. Lo que sentía era otra cosa: una especie de ligereza, como si hubiera dejado algo pesado en el murete y hubiera vuelto a casa con las manos libres.
Acabé la noche con el vibrador que me había comprado semanas antes. Me abrí de piernas sobre la cama de matrimonio, me lo apoyé en el clítoris al máximo de potencia y me corrí dos veces más pensando en el chico de la cremallera, en su polla que nunca vi pero que me imaginé gorda y roja, y en la mancha de semen que había dejado en el suelo por mi culpa. Pero eso fue solo el final del ritual. Lo que había pasado en el malecón era otra cosa, algo que no necesitaba de nadie más ni de ningún juguete: solo el viento, la tela, el sonido de una paja ajena a tres metros y la decisión de no esconderme.
***
Desde entonces he vuelto varias veces. No siempre a ese mismo murete, no siempre con el mismo resultado. A veces no pasa nada especial y vuelvo a casa con los pies cansados y nada más. Pero otras veces el viento está en el ángulo exacto y la gente pasa de la manera exacta y yo estoy en el estado de ánimo exacto, y entonces vuelve a pasar: los dedos en el coño, un desconocido cascándosela cerca, y esa corrida silenciosa que me deja limpia por dentro durante días.
Lo que más me costó fue ponerle nombre a esto. No es exhibicionismo, o no solo. Es algo más parecido a la necesidad de ser percibida en un estado en que normalmente nadie te percibe. La intimidad de algo que se supone que es privado, pero hecho en público. La emoción no viene de que te vean, exactamente, sino de que podrían verte y tú lo sabes y no haces nada para evitarlo, y de que a veces alguien se empalma y se corre por ti sin haberte tocado.
La diferencia es sutil pero es importante.
Una tarde de septiembre en un murete de piedra frente al mar me enseñó más sobre lo que me excita que años de noches normales en casa. A veces basta con cerrar el cajón de la ropa interior y salir a la calle.
El viento hace el resto.
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