El camionero que paró tres noches en el mesón
El tráiler aparcó al filo del cierre, las luces todavía encendidas iluminando el rótulo del Mesón La Higuera Negra. De la cabina bajó un hombre alto, negro, de pecho ancho y bíceps tatuados con líneas tribales. Llevaba camisa hawaiana abierta, vaqueros que no escondían el bulto que cargaba, una cadena gruesa de oro contra el esternón y un pequeño aro en el centro de la nariz. En el circuito de paradas lo conocían por un apodo que se había ganado de área en área: Demba Kouma, el Pistón.
Yaiza lo vio entrar mientras recogía la última mesa. Veintidós años, mechas rubias mal teñidas, piercing en el labio y un tatuaje en letras góticas en el antebrazo izquierdo. Apoyó la bandeja en la barra y se inclinó hacia Carmela.
—¿Lo conoces? —preguntó.
—De vista —respondió Carmela sin levantar los ojos del recibo que estaba cerrando.
—Pues mira el paquetazo que marca.
—Concéntrate en cobrar y vámonos.
—Una amiga me dijo una vez que no había que morirse sin haber probado a un negro como ese.
Carmela respiró hondo. Llevaba dos años haciendo de encargada en aquel mesón perdido y conocía aquel tono. Había estado por encima de él, de Yaiza y de aquella vida en otra época.
***
A la una de la madrugada solo quedaba Demba en una mesa del fondo, con un café frío y la mirada puesta en Yaiza. Carmela mandó al pinche a casa, recogió la caja y se fue al piso del pueblo. Yaiza vivía arriba, en la habitación que daba al rótulo.
—Por la puerta de atrás —le dijo ella al camionero antes de subir—. La ventana de al lado del letrero. No quiero que el resto del personal cuchichee.
Subió las escaleras sintiendo el corazón en la garganta. La habitación olía a tabaco y humedad. Demba ya estaba dentro, sentado en el borde de la cama con una toalla en la mano. La luz amarilla del rótulo le pintaba la piel de un color cobrizo a tramos.
—Voy a ducharme —dijo ella.
—Te espero.
Cuando salió del baño con la toalla anudada al pecho, él se había quitado todo menos un tanga atigrado que apenas contenía nada. Yaiza dejó escapar una risa nerviosa.
—¿En serio llevas eso?
—Hasta que te canses.
Le quitó la toalla con un solo tirón. La empujó suave hasta el colchón y le abrió las piernas con la rodilla. La boca de Demba era lenta cuando empezaba: le mordió el cuello, le succionó los pezones uno detrás de otro, le bajó por el vientre con la lengua hasta morderle el interior del muslo.
—Joder —murmuró ella.
Cuando él se levantó para sacarse el tanga, Yaiza tuvo que tragar saliva. Lo que le colgaba entre las piernas no encajaba en ningún cálculo previo. Estiró la mano para tocarlo, lo agarró con las dos y se inclinó.
—Ponte forro —dijo ella entre lametones.
Él sacó uno de los grandes de su bolsa y se lo enfundó él mismo, con un gesto practicado. Le levantó las piernas y se hundió de una sola estocada que la hizo arquearse contra el cabecero. Iba a un ritmo que sabía que las descomponía: hasta el fondo, salida casi entera, otra vez al fondo. Yaiza dejó de hablar a los pocos minutos. Solo se la oía respirar a tirones, como si la estuvieran rompiendo despacio.
Cuando ella se vino, él se salió, tiró el preservativo a la papelera y se descargó sobre el vientre de Yaiza con un gruñido seco. Se tumbó al lado un rato. Después se vistió en silencio, le dio un golpecito en la cadera y bajó.
Antes de bajar al camión la miró desde la puerta.
—Ya puedes contar que te has tirado al Pistón.
Yaiza, todavía boca arriba, sacó el móvil. Le hizo una foto con flash al hombre que ya bajaba las escaleras y se la mandó a Carmela a las dos y media de la mañana, con una corrida que le atravesaba todo el cuerpo.
***
Antes del mesón, Demba había cerrado otra parada. Lo habían arrastrado a una nave alquilada Daro y los Caimanes, una cuadrilla de cuatro o cinco moteros que vivían de chatarrear y arreglar motos ajenas. Demba les había remolcado una moto rota con el tráiler dos días antes y, desde entonces, lo trataban como si fuera del clan.
Esa tarde apareció Manola, una mujer de cuarenta y cinco años, melena entrecana, tatuajes desordenados, escote agresivo. Llevaba una araña tatuada en el cuello, recuerdo de un grupo de moteras ya extinto. Caminaba balanceando las caderas como si supiera exactamente quién la estaba mirando.
—Los negros la tenéis más grande —le dijo a bocajarro cuando salieron a fumar al matorral.
—¿Ya lo has comprobado?
—Más de una vez.
No hubo más preámbulo. Le subió la camiseta, le bajó los vaqueros y la puso a cuatro patas sobre la hierba seca. Manola era de las que mamaban con técnica: giro de muñeca en cada succión, lengua dura, succión sonora a los testículos. Daro y otros dos llegaron a los matorrales con cervezas y se quedaron mirando como quien se asoma a un combate de feria.
—Vaya pedazo de cipote gasta el cabronazo —murmuró uno.
—Normal que tengan poderío.
Demba sabía que lo miraban y daba función. Sacaba casi entero, volvía a clavarlo de una tacada, le tiraba del pelo a Manola hasta arquearle el cuello. Ella entró en una especie de fuga: hablaba sin parar, decía sí y no a partes iguales. Cuando squirtó sobre la hierba, él clavó tres pistonazos secos y se vació dentro con un rugido.
—Te gusta preñar, ¿eh? —dijo ella mientras se incorporaba, abriéndose por si caía algo.
—Es tu problema, no el mío.
Subió al tráiler con la sonrisa del que ya tiene la siguiente parada en la cabeza.
***
Volvió al mesón a la mañana siguiente. Esta vez camiseta negra ajustada con un logo cualquiera, vaqueros nuevos, colonia barata comprada en la gasolinera. Yaiza lo vio entrar por la puerta principal y levantó la barbilla esperando un saludo. Él pasó de largo, se sentó en una mesa apartada y pidió por señas al camarero del turno.
El camarero era Quique. Veinte años, un metro sesenta escasos, delgado, lampiño, coleta y caderas más anchas que la cintura. Caminaba como si pidiera permiso por hacerlo.
—¿Qué hay que no sea cerdo? —dijo Demba.
—Cordero, pescado, ternera.
—Pues eso.
Comió sin prisa. Yaiza, en la barra, lo miraba con los brazos cruzados.
—Ni me ha saludado el muy hijoputa —le dijo a Carmela.
—Es su forma de ser. Piensan con la polla. Uno más, uno menos.
Cuando Quique le retiró el plato, Demba se tomó su tiempo.
—¿Dónde vives, majo?
—En Vallehondo. Aquí cerca.
—¿Tienes vehículo?
—La moto en el taller. Voy en autobús.
—Yo te llevo, si quieres. Salgo cuando salgas tú.
Quique se quedó callado. No supo qué cara poner. Más tarde, en el pasillo del baño, Demba lo arrinconó contra la pared y le pasó la mano por debajo del cinturón, palpándole el culo con descaro.
—Te espero a las cuatro.
***
El camión arrancó con un bocinazo que la mitad del comedor escuchó. Yaiza miró por la ventana con la mandíbula apretada.
—No me lo puedo creer —dijo.
—Para estos cualquier trinchera vale —respondió Carmela sin levantar la vista.
—Lo va a partir en dos.
Demba salió de la autopista por un camino secundario que llevaba a un pinar de tierra roja. En el salpicadero, el ordenador de a bordo iluminaba una crucecita de plástico y, en el parasol, una foto suya con una mujer alta, gruesa y cuatro niños. Quique miró la foto, miró al camionero.
—¿Es tu familia?
—Lo son todo. En mi tierra hay zonas sin cobertura. Cuando bajan a la capital, hablamos.
—Y aun así.
—Y aun así.
Le sonó el móvil a Quique. Era un mensaje de Yaiza con una foto del cipote del camionero y dos líneas en mayúsculas avisándole de que tuviera cuidado, que aquel tío no perdonaba. Demba soltó una risa cuando vio la pantalla por encima del hombro.
—La cabrona te ha mandado mi polla.
—Pues sí.
—¿Eres maricón de raza?
—Bue… bueno…
Demba se desabrochó los vaqueros sin dejar de conducir y se la sacó. Quique miraba sin acabar de creérselo. Aparcaron en un claro del pinar. Pasaron al cuchitril de detrás de la cabina, una litera estrecha con fotos de niños pegadas en el contrachapado y un cargador colgando. Demba lo desnudó en cuatro tirones, le masajeó el culo, le dio cachetes hasta que las nalgas vibraban.
—¿Te ves capaz de meterte esto entero?
—Bueno. Puedo intentarlo.
Lo dilataron a dedo y vaselina. Quique se montó encima a horcajadas, los ojos cerrados. La primera vez se metió la mitad. La segunda más. A la tercera se dejó caer entero sobre la polla y soltó un grito que rebotó en las paredes del camión.
—Joder.
—No te muevas.
Demba bombeó desde abajo, los rugidos saliéndole entrecortados. Quique se masturbó a la vez y se corrió sobre el pecho oscuro del camionero. Cuando se separaron, el chico no podía caminar derecho. Demba puso reggaetón y bajó la ventanilla mientras volvían al pueblo.
Lo dejó en una calle estrecha porque el camión no entraba al casco viejo.
—¿Te llamas…?
—Demba. Pero todos me llaman el Pistón.
Bocinazo, virage de una mano y desapareció.
***
Al día siguiente, en la barra del mesón, el ambiente estaba raro. Quique libraba dos días. Yaiza recogía servilletas con un cigarrillo apagado entre los dedos. Carmela hizo cuentas y se asomó a la ventana.
—¿Irás a la fiesta esta noche? —preguntó Yaiza.
—Cutrerada de pueblo. Pero igual sí.
—Y eso del negocio que tenías con tu amiga, ¿en qué quedó?
—Quizá en unos meses dejo esto. La ciudad. No quiero seguir aquí mucho más.
El tráiler de Demba volvió a aparecer al filo del mediodía. Entró en el comedor con paso largo, la mirada barriendo las mesas. Se sentó en una de las que solía servir Quique. Carmela se acercó con la libreta.
—¿Menú?
—Sin cerdo.
—Hoy hay merluza.
—Merluza.
—El camarero de siempre no ha venido —dijo ella sin mirarlo.
—Igual está preñado —respondió él con media sonrisa.
Carmela apuntó el pedido y lo miró un instante de más. Cuando volvió a traerle el plato, él la enganchó por la muñeca un segundo y la soltó.
—Te tengo vista de algún sitio —le dijo—. Pero con más glamour que aquí.
—Puede ser.
—Si mal no recuerdo, fue Heraclio el ganadero quien te reventó el culo en aquella historia.
Carmela se quedó quieta dos segundos. Después dejó el plato en la mesa y se fue sin decir palabra. Demba tampoco terminó la merluza.
—¿Qué le has hecho al semental? —le susurró Yaiza al pasar.
—Nada que valga la pena contar.
Cuando se levantó para pagar, el camionero la atajó.
—Esta noche tendríamos que hablar.
—Ahora no puedo.
—En la fiesta.
—Estaré.
***
Carmela tenía cuarenta años recién cumplidos, una melena oscura, ojos grandes y un cuerpo que el gimnasio había sostenido bien. Esa noche se puso un vestido negro de tirantes que le marcaba el escote. La fiesta del pueblo eran cuatro casetas, una banda que tocaba versiones y unos pocos cohetes apuntando al cielo. Apenas saludaba a nadie. Vivía allí desde hacía dos años y los vecinos la consideraban altiva, relamida, una zorra de cuidado.
Demba apareció a las once. Camisa hawaiana abierta, cadena al pecho, el aro brillándole en la nariz cuando pasó bajo el foco principal de la plaza. Caminaba con esa zancada larga que ya era su firma. La encontró sola, apoyada en una barra improvisada de tablones.
—Te han contado cosas, ¿verdad? —empezó ella.
—Heraclio fue cliente mío. Tuvimos un asunto. Se me quedó clavado.
—A mí también.
—Entiendo que las consecuencias.
—Las pagamos con carne, sí.
—Y ahora estás de camarera en un pueblo de mierda.
—¿Me ves muy vieja?
—Estás cojonuda, al menos vestida.
Justo entonces pasó Quique cojeando. Saludó con la mano, evitó mirarlos mucho rato, dijo algo del concierto y siguió de largo.
—Ya me imagino qué le has hecho al pobre —dijo Carmela.
—Todo agujero que valga la pena.
—Lo sospechaba.
—¿Tu casa está cerca?
—Ni preguntas.
—Soy tu mejor opción esta noche. Aquí solo hay desconocidos de paso. Los tres se follan a quien pueden.
Carmela aceptó el zasca con una media sonrisa. Llevaba dos años sin acostarse con nadie del pueblo que valiera la pena, solo con un par de tipos casados de Vallehondo y algún macarra de paso. Echó a andar y él la siguió a dos metros, como un perro que sabe el camino.
***
El piso era pequeño, dos habitaciones y un salón con ventana a la plaza. La música de la fiesta entraba por las rendijas. Empezaba un bolero antiguo que Carmela conocía de su madre.
Se besaron contra la puerta antes de cerrarla. Demba le bajó los tirantes del vestido sin esperar, le sacó las tetas que Yaiza le había envidiado tantas veces. Carmela le agarró el bulto por encima de los vaqueros, le fue desabrochando el cinturón con una sola mano. La música de la plaza pasó a algo más alegre, cohetes de fondo.
En el dormitorio él se quedó con un tanga rojo. Se lo bajó delante de ella sin teatro. Carmela le sopesó los cojones y lo masturbó despacio, mirándole la cara.
—Caballo, me dijeron.
—Compruébalo.
Se montaron en sesenta y nueve. Ella tenía la garganta entrenada y la lengua activa. Él le repartía mordiscos en el culo, le abría las nalgas con los pulgares, le pasaba la lengua de un agujero a otro sin descanso. Cohetes en la calle, persianas tremolando con la luz incandescente de la plaza.
—Quiero polla ya —dijo ella.
—¿Sin forro?
—Sin forro.
La puso al borde del colchón, le abrió las piernas y se hundió de una embestida. Carmela soltó un grito que se perdió entre los cohetes. Vino el bombeo lento, después el rápido, después el animal. Le metió el pulgar en el culo, le tiró del pelo, la cacheteó hasta que la piel le ardió. Carmela squirtó sobre las sábanas con un alarido. Demba se salió, se la metió por detrás un segundo y descargó dentro de ella con un bramido seco.
Quince minutos más tarde el camionero salía del piso con la camisa por fuera, desabotonada al pecho. La plaza estaba más vacía. Los pocos vecinos que quedaban cuchichearon: la encargada del mesón, esa zorra. Demba paró en una caseta de feria y compró un par de muñecas y un cochecito de juguete. Cuando volvió al tráiler, sonreía como quien por fin se ha cobrado una cuenta vieja.