Lo que vi en el club swinger me excitó más que participar
Marcos pasó a recogernos el sábado a las once de la noche. Lucía llevaba un vestido corto de color negro que le marcaba cada curva, y unos tacones que solo usaba cuando quería sentirse otra. Yo me había puesto una camisa oscura y unos vaqueros, pero por dentro estaba lejos de aparentar calma. Me temblaban las manos. Las escondí en los bolsillos mientras caminábamos hacia el coche.
—¿Listos? —preguntó Marcos desde el asiento del conductor, con esa sonrisa amplia que lo hacía parecer incapaz de tomarse nada en serio.
—Listos —contestó Lucía antes de que yo pudiera abrir la boca.
La miré de reojo. Tenía los labios apretados y los ojos fijos en la carretera, pero su mano buscó la mía en el asiento trasero y la apretó con fuerza. Estaba nerviosa. Los dos lo estábamos. Llevábamos semanas hablando de esto, fantaseando con la idea mientras hacíamos el amor en nuestra cama, convirtiendo la posibilidad en combustible. Pero una cosa era hablar y otra muy distinta cruzar la puerta.
El club estaba en una zona de naves cerca de la autovía, al norte de la ciudad. Desde fuera no parecía nada. Una puerta metálica sin cartel, un timbre discreto, una cámara de seguridad. Marcos había venido varias veces y conocía el protocolo. Pagó las tres entradas —incluían dos copas por persona— y entramos por un pasillo estrecho que olía a ambientador de vainilla y a algo más denso debajo, algo animal que no sabría nombrar.
La primera sala era un bar con sofás de cuero, luz tenue y música electrónica suave. Había unas quince personas, la mayoría en parejas, algunas solas. Nadie se comportaba de manera especial. Parecía un bar de copas cualquiera, excepto por una tensión flotante, como la electricidad antes de una tormenta. Pedimos gin-tonics y nos sentamos en un rincón.
—Esto no es lo que esperaba —susurré al oído de Lucía.
—¿Qué esperabas?
—No sé. Algo más... evidente.
Marcos se rio bajito.
—Esperad una hora. Esto cambia.
Tenía razón. A medida que pasaba el tiempo, el ambiente se transformó. Las conversaciones bajaron de volumen. Las miradas se alargaron. Una pareja al fondo empezó a besarse de una manera que no dejaba lugar a dudas sobre sus intenciones. Vi cómo un hombre le susurraba algo al oído a su acompañante mientras ella cerraba los ojos y asentía despacio. Cada gesto parecía cargado de significado, como un lenguaje que todos entendían menos nosotros.
—¿Entramos? —propuso Marcos señalando una cortina de terciopelo oscuro al fondo del bar.
Lucía me miró. No dijo nada, pero vi la respuesta en sus ojos: un brillo que mezclaba miedo y hambre a partes iguales. Asentí.
***
Al otro lado de la cortina había un vestuario con taquillas metálicas. Marcos se desvistió sin ceremonias, como quien se cambia en el gimnasio, y se ató una toalla blanca a la cintura. Yo hice lo mismo, guardando las llaves y un paquete de preservativos en una riñonera pequeña. Lucía dudó un momento. Después se quitó el vestido por encima de la cabeza y lo dobló con cuidado sobre el banco. No cogió toalla.
La vi ahí, de pie bajo la luz rojiza del pasillo, con solo la ropa interior negra y los tacones que se había negado a quitarse. Tenía la piel erizada y los pezones marcados bajo el encaje del sujetador. Me di cuenta de que nunca la había visto tan expuesta y, al mismo tiempo, tan dueña de sí misma.
—Vamos —dijo, y caminó delante de nosotros.
El área principal era más grande de lo que imaginaba. Una plataforma acolchada dominaba el centro, lo bastante amplia para seis o siete personas. Alrededor había habitaciones separadas por mamparas de listones de madera, lo suficientemente abiertas como para intuir lo que ocurría dentro, pero lo bastante cerradas como para crear una ilusión de intimidad. En un rincón había una piscina pequeña iluminada con luz azul. En otra sala, más al fondo, alcancé a ver una cruz de madera anclada a la pared y un banco de cuero con correas. No entramos ahí.
Elegimos una habitación con tres camas escalonadas a cada lado, como gradas bajas cubiertas con sábanas limpias. En una de ellas había una pareja recostada. Él le acariciaba el muslo a ella mientras los dos miraban hacia la puerta, como esperando.
Nos instalamos en el lado opuesto. Marcos se sentó al borde de una de las camas. Lucía se colocó entre él y yo, de rodillas sobre la sábana. Me besó primero a mí, un beso largo y profundo que sabía a ginebra y a nervios. Después giró la cabeza y besó a Marcos.
Ahí está, pensé. Ya cruzamos.
Lo extraño fue que no sentí celos. Sentí algo completamente distinto: una descarga eléctrica que me recorrió el pecho y bajó directo al estómago. Ver sus labios sobre los de otro hombre, ver cómo él le ponía la mano en la nuca y ella se dejaba, no me apartó de la escena. Me clavó en ella.
Lucía se puso a cuatro patas. Yo me coloqué detrás y ella quedó frente a Marcos. Todo fluyó sin palabras, como si los cuerpos tuvieran su propio guion. La penetré despacio, sintiendo cómo su espalda se arqueaba con cada movimiento, y vi cómo su boca encontraba a Marcos, cómo él le sujetaba el pelo con una mano mientras cerraba los ojos.
Los sonidos eran bajos, casi susurros. Respiraciones que se aceleraban, el roce húmedo de la piel, algún gemido contenido que Lucía dejaba escapar contra el cuerpo de Marcos. La pareja del otro lado nos miraba sin disimulo. Ella se había sentado sobre él y se movía despacio, al ritmo de nosotros, como si estuviéramos conectados por un hilo invisible.
Después cambiamos. Le pasé un preservativo a Marcos y él ocupó mi lugar. Lucía quedó entre los dos, y durante unos minutos el tiempo dejó de funcionar como siempre. No había antes ni después, solo la cadencia de los cuerpos, la piel caliente, el olor a sexo que lo llenaba todo. Yo observaba. Participaba. Pero sobre todo observaba.
Esto es lo que me enciende, entendí con una claridad que me sorprendió. No era el acto en sí. Era verla. Ver cómo respondía, cómo su cuerpo se abría a otro, cómo gemía de una forma distinta, más aguda, más libre, sin la familiaridad de lo conocido.
***
Estuvimos en esa habitación mucho tiempo. Hubo pausas para recuperar el aliento, para beber agua de unas botellas que alguien había dejado en una repisa, para mirarnos y reírnos bajito como adolescentes haciendo algo prohibido. Después volvíamos a empezar. Lucía con Marcos. Lucía conmigo. Lucía entre los dos. Cada ronda era diferente, como variaciones de un mismo tema que no se agotaba.
En algún momento, Marcos salió de la habitación. Lucía se tumbó a mi lado, con la cabeza apoyada en mi pecho, y sentí el latido de su corazón contra mis costillas. Estaba acelerado.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Mejor que bien —susurró.
Le besé la frente. Olía a sudor y a un perfume que ya casi había desaparecido. Nos quedamos así un rato, en silencio, escuchando los ruidos del club: pasos amortiguados, una risa lejana, algo que podía ser un gemido o simplemente la música cambiando de ritmo.
Decidimos recorrer las otras salas. En la plataforma central había un grupo de cinco o seis personas, una maraña de extremidades y sonidos que resultaba hipnótica de lejos. En otra habitación, una mujer estaba de rodillas mientras dos hombres la acariciaban con una lentitud casi ceremonial. Había algo ritual en todo aquello, algo que iba más allá del sexo puro. Era como asistir a una función donde las reglas normales estaban suspendidas y los cuerpos hablaban un idioma sin gramática.
Encontramos a Marcos en una de las salas del fondo. Estaba con una mujer que no habíamos visto antes, una morena de pelo largo que lo rodeaba con las piernas mientras él se movía con los ojos cerrados. Nos quedamos mirando desde la mampara un momento. Lucía me apretó la mano. No había molestia en su gesto, solo curiosidad y algo parecido al reconocimiento: estábamos en un lugar donde esas cosas simplemente ocurrían, donde el permiso estaba implícito en el aire que respirábamos.
Volvimos a nuestra habitación. Hicimos el amor solos, sin testigos, y fue extrañamente intenso. Como si todo lo anterior hubiera sido un preludio largo y necesario para llegar a este momento, los dos solos, con la piel todavía caliente por las manos de otros.
***
Marcos nos alcanzó en el bar media hora después. Tenía cara de agotamiento satisfecho. Pedimos las últimas copas y brindamos sin decir por qué. No hacía falta.
En el coche, de vuelta a casa, Lucía se acurrucó contra mí en el asiento trasero. La ciudad pasaba al otro lado de la ventanilla como una sucesión de luces borrosas.
—¿Qué piensas? —me preguntó en voz baja, para que Marcos no oyera.
—Que me excita mucho verte con otros —contesté, eligiendo las palabras con cuidado—. Pero no me pasa lo mismo al revés. No me interesa estar con otras mujeres.
Ella levantó la cabeza y me miró. No había sorpresa en sus ojos, sino comprensión. Llevaba tiempo sospechándolo, probablemente antes que yo.
—Es como si todo mi deseo pasara por ti —continué—. Por verte libre. Por verte deseada. No necesito variedad. Necesito profundidad.
Lucía no dijo nada. Se limitó a besarme en la mandíbula y a apretar su cuerpo contra el mío. Marcos puso una canción suave en la radio y condujo en silencio por la autovía vacía.
Después de aquella noche, dejamos de quedar con Marcos. Él empezó a salir con alguien y nosotros nos replegamos sobre nuestra intimidad, como quien cierra un libro después de un capítulo intenso. Alguna vez nos lo cruzamos por la calle y nos saludamos con naturalidad, un gesto breve que contenía el recuerdo de aquella noche sin necesidad de nombrarlo.
No volvimos al club. No porque la experiencia fuera mala, sino porque cumplió su función. Nos enseñó algo sobre nosotros que no habríamos descubierto de otra forma: que nuestro deseo no funcionaba como el de otros, que la excitación más profunda no estaba en la novedad sino en un solo punto de enfoque —ella, siempre ella— multiplicado por los ojos de desconocidos que la miraban como yo la miraba cada noche al meterme en la cama.
A veces, cuando hacemos el amor y le cuento en voz baja lo que recuerdo de aquella noche, siento que volvemos allí por un instante. La luz roja, las toallas blancas, su piel bajo manos ajenas. Y ella gime de esa forma que solo aparece cuando sabe que estoy mirando, cuando sabe que no hay nada en el mundo que me excite más que ser testigo de su libertad.