Lo que vi hacer a mi mujer en aquel glory hole
Laura y yo llevábamos casi ocho años juntos cuando descubrimos que nuestra vida sexual tenía una puerta trasera que ninguno de los dos se había atrevido a abrir del todo. Todo empezó despacio, con conversaciones a media voz después de follar, cuando la guardia baja y las palabras salen sin filtro. Ella me confesó que le excitaba sentirse observada. Yo le confesé que me excitaba verla con otros. No fue una revelación de una noche. Fueron meses de tanteo, de ir subiendo la temperatura poco a poco, como quien prueba el agua con la punta del pie antes de meterse.
Nuestra primera experiencia real fue en un club liberal de las afueras. No voy a entrar en detalles porque esa es otra historia, pero lo que importa es lo que pasó después: las conversaciones cambiaron. Ya no hablábamos de fantasías en abstracto. Hablábamos de lo que habíamos sentido, de lo que queríamos repetir y de lo que todavía nos faltaba por probar.
Una noche, después de una sesión particularmente intensa en la cama, le solté la idea que llevaba semanas dándome vueltas en la cabeza.
—¿Sabes lo que me gustaría organizar? Un bukake.
Laura se quedó mirándome con esa expresión suya de medio lado, entre la risa y la incredulidad.
—¿Eso no era cuando un montón de tíos se corren encima de una mujer?
—Más o menos. La idea es que tú seas el centro de atención.
—Marcos, con los cuatro del mirador casi no di abasto. ¿Cuántos quieres meter ahora?
—Los que tú quieras. Diez, quince.
—Estás cada día más loco —dijo, pero noté que no lo descartaba. Cuando Laura descarta algo, cambia de tema. Esta vez no cambió de tema.
—Ya, pero ¿te imaginas cómo sería?
—Espera sentado, anda —respondió riéndose, y se dio la vuelta para dormir.
No insistí. Había aprendido que con Laura la mejor estrategia era plantar la semilla y dejar que germinara sola. Así funcionaba su cabeza: primero rechazaba, después preguntaba, después quería.
***
Unas semanas después salimos a cenar a un sitio que nos gustaba en el centro, un restaurante con mesas de madera oscura y luz tenue. Era sábado y había ambiente. Cerca de nosotros, una mesa larga con un grupo de unos doce o quince hombres, todos trajeados, celebrando algo que parecía una cena de empresa navideña. Hacían ruido, brindaban, se reían alto.
—¿Quieres que pidamos otra mesa? —le pregunté.
—No, estamos bien aquí.
Claro que estaban bien. Era la única mujer en esa zona del restaurante y más de la mitad de esos tipos le echaban miradas entre brindis. Laura llevaba una falda negra ceñida que le llegaba a medio muslo y una blusa de seda blanca que dejaba intuir bastante. Me fijé en cómo se sentaba más recta, en cómo echaba el pelo hacia atrás con ese gesto que solo hacía cuando sabía que la observaban. Le encantaba.
—Ve al baño y quítate el sujetador —le dije bajando la voz.
—¿Aquí? ¿Ya empezamos?
—Sabes que me pone.
—A ti te pone todo —dijo, pero se levantó.
Cuando volvió, la diferencia era evidente. La seda se le pegaba al cuerpo y se le marcaban los pezones oscuros con cada movimiento. Vi cómo dos del grupo interrumpieron su conversación para seguirla con los ojos mientras cruzaba el salón. Laura se sentó frente a mí con una sonrisa diminuta que decía que también se había dado cuenta.
—Los tienes locos —le dije.
—Tus cosas. Cualquier día vas a querer que me la quite directamente.
—No me tientes.
—¿Eso es lo que quieres? ¿Que un grupo de desconocidos me mire las tetas? ¿Como en tu famoso bukake?
Ahí estaba. Ella sacando el tema. Exactamente como había previsto.
—¿Tú podrías con todos esos? —le pregunté señalando la mesa con la cabeza.
Laura los miró de reojo, se mordió el labio y soltó una carcajada.
—Son demasiados para mí sola.
—Eso ya lo veremos.
—Sigue soñando, cariño.
Dejé el tema ahí. No quería parecer insistente. Pero su tono había cambiado. Ya no era un no rotundo. Era un «convénceme».
***
Esa noche follamos con una intensidad que no habíamos tenido en semanas. Laura estaba encima de mí, moviéndose despacio, con los ojos cerrados, cuando de pronto los abrió y me miró fijamente.
—Cuéntame cómo sería —dijo sin dejar de moverse—. Lo del bukake. Cuéntamelo todo.
—Primero tendrías que calentarlos. Ir chupándosela a cada uno, turnándote, hasta que la tuvieran dura del todo.
—¿A todos?
—A todos. Y después, si quisieras, podrías follarte a alguno. O a varios. Hasta que estuvieran a punto.
—¿Y luego?
—Luego te pondrías de rodillas y ellos se correrían donde tú dijeras. En la boca, en la cara, en las tetas. Lo que tú quisieras.
Laura aceleró el ritmo. Tenía las pupilas dilatadas y la respiración entrecortada.
—Es mucha leche para una sola boca —susurró.
—Tú siempre dices que te gusta.
—Me gusta, pero eso es otro nivel.
Se corrió con fuerza, con un gemido largo que le salió del fondo del pecho, y se dejó caer sobre mí temblando. Supe en ese momento que no era cuestión de si iba a pasar, sino de cuándo.
***
Durante las semanas siguientes empecé a investigar opciones. Salas privadas, clubs, contactos. Pero mientras organizaba lo grande, decidí dar un paso intermedio que acelerara las cosas. Un sábado por la tarde le propuse a Laura pasar por un sex shop a comprar lubricante. Era una excusa, por supuesto. Lo que yo quería estaba al fondo del local.
El sex shop era discreto, en una calle comercial sin mucho tránsito. Entramos y Laura puso esa cara de vergüenza fingida que ponía siempre en estos sitios, mirando los artículos con curiosidad disimulada. Le pregunté al dependiente si tenían salas privadas y me dijo que sí, varias, y que una estaba libre.
—Laura, ven. Quiero enseñarte algo.
—¿Adónde?
—Aquí mismo. Confía en mí.
La tomé de la mano y entramos en la salita. Era pequeña, con paredes oscuras y una pantalla donde se reproducía una película porno sin sonido. Había un banco acolchado y la luz era tenue, rojiza. Laura miró alrededor con cautela.
—¿Qué es este sitio? ¿Quieres que follemos aquí?
No le di tiempo a más preguntas. La empujé suavemente contra la pared y empecé a besarla. Al principio se resistió un poco, por costumbre más que por convicción, pero cuando le subí la falda y mis dedos encontraron lo que buscaban, se le escapó un suspiro que le disolvió cualquier duda.
Le quité la ropa sin prisa. Quería que se acostumbrara al lugar, que dejara de pensar en dónde estaba y solo sintiera. Me arrodillé frente a ella y empecé a lamerla despacio, tomándome mi tiempo con cada pasada de la lengua mientras le acariciaba los muslos. Laura apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos. Sus gemidos eran suaves, contenidos, como si temiera que alguien la oyera al otro lado.
La puse de espaldas, inclinada sobre el banco, y me deslicé dentro de ella. Estaba empapada. Empecé a follarla con un ritmo lento y profundo, sujetándola por las caderas, concentrado en ese sonido húmedo que hacían nuestros cuerpos al encontrarse.
Fue entonces cuando lo vi. En la pared lateral, a la altura de la cintura, había dos agujeros del tamaño de un puño. No eran casuales. Estaban ahí para eso.
Glory holes.
Laura no los había visto todavía. Yo seguí moviéndome dentro de ella, esperando. No tuve que esperar mucho. Por el agujero más cercano asomó una erección que Laura tardó unos segundos en detectar. Cuando la vio, se quedó inmóvil.
—Marcos, mira —dijo con los ojos muy abiertos.
Era grande, gruesa, de piel oscura. Laura no apartaba la mirada. Vi cómo la curiosidad le ganaba a la sorpresa, cómo inclinaba la cabeza para verla mejor.
—Tócala —le dije sin dejar de follarla.
—No sé…
Le tomé la mano y se la acerqué. Sus dedos rodearon el tronco con cuidado al principio, casi con timidez, y después empezó a moverla arriba y abajo. Sentí cómo se contraía alrededor de mí mientras lo hacía. Le excitaba. Le excitaba mucho.
La incliné un poco más sobre el banco para que su boca quedara a la altura del agujero. Laura me miró un segundo, buscando mi aprobación, y yo asentí. Se acercó despacio y la metió en su boca. Al principio apenas le cabía. Abrió todo lo que pudo y empezó a lamerla con pasadas largas y firmes, girando la lengua alrededor de la punta antes de volver a engullirla.
Verla así, desnuda, follándola yo por detrás mientras ella chupaba a un completo desconocido a través de una pared, fue una de las imágenes más intensas de mi vida. Cada detalle se me grabó a fuego: la curva de su espalda, el movimiento rítmico de su cabeza, los sonidos que hacía su boca, la manera en que sus caderas se empujaban contra mí pidiendo más.
Me puse a su lado para que pudiera atendernos a los dos. Laura se arrodilló en el suelo frío y empezó a alternarnos, una chupada para él, una chupada para mí, sin pausa, con una concentración que nunca le había visto. Tenía saliva en la barbilla y los ojos vidriosos.
La levanté y la volví a inclinar sobre el banco, pero esta vez orientada hacia el agujero. Ella misma se colocó y guió la erección del desconocido dentro de sí. Soltó un gemido grave cuando la sintió entera y empezó a moverse contra la pared con un ritmo que fue acelerando.
Yo miraba. Solo miraba. Y descubrí que mirar era casi mejor que participar. Cada expresión de su cara, cada espasmo, cada sonido era más intenso visto desde fuera. Tenía el corazón desbocado y una erección que me dolía de lo dura que estaba.
Entonces, por el segundo agujero, apareció otra. Laura la vio y ya no hubo vacilación. La agarró con la mano libre y empezó a masturbarla mientras seguía follándose al primero. Estaba desatada, moviéndose entre los dos agujeros como si llevara toda la vida haciéndolo, cambiando de uno a otro con una naturalidad que me dejó sin aliento.
No aguanté más y me corrí en su mano mientras ella seguía a lo suyo. Al cabo de unos minutos, los gemidos al otro lado de la pared se hicieron más urgentes. Laura se arrodilló frente a los agujeros, abrió la boca y esperó. El primero se corrió con un gruñido que se oyó amortiguado a través de la pared. Laura recibió todo, tragó, y giró hacia el segundo justo a tiempo. Apretó los labios alrededor de la punta y lo ordeñó hasta la última gota, limpiándolo después con la lengua como quien saborea algo que no quiere desperdiciar.
Se sentó en el suelo, desnuda, con el pelo revuelto y la respiración agitada. Me miró y se relamió despacio.
—No tenía ni idea de que esto existía —dijo con una voz ronca que no le conocía.
—¿Te ha gustado?
—¿Tú qué crees?
Nos vestimos en silencio, con esa calma extraña que viene después de cruzar una línea que no tiene vuelta atrás. Cuando salimos al pasillo, Laura se detuvo un momento y me apretó la mano.
—Lo del bukake —dijo mirándome a los ojos—. Organízalo.
No dije nada. Solo sonreí. Llevaba meses esperando escuchar esas dos palabras.
***
Salimos del sex shop con el lubricante que nunca fue la razón de la visita. El aire frío de la calle nos golpeó en la cara y Laura caminó pegada a mí, con la cabeza apoyada en mi hombro. Había algo distinto en ella. No era solo la satisfacción física. Era la certeza de haber descubierto un lado suyo que hasta esa tarde solo existía en conversaciones de almohada.
En el coche, antes de arrancar, me miró con esa media sonrisa que ponía cuando ya estaba pensando en la siguiente vez.
—La primera vez que veo algo así y acabo con dos desconocidos —dijo negando con la cabeza—. Tú tienes la culpa de todo.
—Yo solo te llevé hasta la puerta. Entraste tú solita.
Laura se rio y encendió la radio. Conduje de vuelta a casa con la ventanilla bajada, el aire helado colándose en el coche y la certeza de que lo que venía después iba a ser mucho más intenso que todo lo que habíamos vivido hasta entonces.